¡Grande, Barry!

La biografía de Pedro Leopoldo Barraza, el primer periodista asesinado por la Triple A

 

En su libro Operación Vallese: Barraza, el hombre detrás de la historia (Edición del Colectivo de Trabajadoras y Trabajadores de Prensa), su autor Pablo Waisberg recupera un vibrante y preciso cordón umbilical entre tres crímenes de Estado ocurridos en la Argentina con doce años de diferencia.

En agosto de 1962, con Frondizi ya destituido y José María Guido en el poder, un grupo de la policía bonaerense, estimulado por sectores civiles, secuestró, torturó, asesinó y finalmente desapareció al obrero metalúrgico Felipe Vallese. A pesar de las movilizaciones que generó el caso (Un grito que estremece, Vallese no aparece, se cantaba en algunos actos), la cuestión permaneció largamente impune. Vallese, de 22 años, era delegado sindical en la fábrica Trafilación y Esmaltación de Alambres (TEA), y desde sectores cercanos a la Juventud Peronista y a los dirigentes Andrés Framini y los hermanos Rearte discutía la hegemonía de Vandor al frente de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), así como resistía el ideal político del vandorismo: “Peronismo sin Perón”.

En octubre de 1974 otra banda policial, enquistada en la Alianza Anticomunista Argentina (la temible Triple A) asesinó de 55 balazos a Carlos Laham, de 21 años, recientemente iniciado en la actividad fotográfica, y fusiló con otros 25 tiros al periodista Pedro Leopoldo Barraza, de 36. La hipótesis de este doble crimen remite a tres senderos de abrumadora veracidad. En 1963, en dos publicaciones militantes (Compañeros y 18 de marzo, ambas dirigidas por Mario Valotta, también interdicto durante el frondizismo), Barraza contó con lujo de detalles y con nombres y apellidos cómo había ocurrido el secuestro de Vallese y quiénes eran los oficiales de la Bonaerense que en una fría noche de invierno rodearon al obrero metalúrgico a la altura de la calle Canalejas al 1700, le pegaron un culatazo en la cabeza y no lo devolvieron más. En su libro, Waisberg vuelve a poner negro sobre blanco aquella valiente investigación, en la que Barraza no omite a otros instigadores: el gremio manejado por Vandor, que varios años después se ocupó, en un libro, sobre el trágico desmán y consecuentemente, la burocracia sindical; el desinterés del Gobierno y del Poder Judicial y, cuando no, los principales medios.

En 1971 Juan Fiorillo, jefe en la Departamental de San Martín y otros 38 policías de distinta graduación fueron juzgados en La Plata y condenados entre tres y nueve años de prisión, pena que no todos llegaron a cumplir. Más adelante Fiorillo tuvo poder de mando en la Triple A, así como participó en operativos durante la dictadura. En noviembre de 1971 Barraza, ya un avezado periodista de temas políticos, publica en el diario La Opinión una reseña burlona sobre el libro Astrología Esotérica (Secretos Develados), escrito por el entonces hombre fuerte del entorno de Perón, José López Rega. Ese personaje oscurísimo, que pasó de cabo a comisario general en un pasamanos político y de secretario privado del general en el exilio a ministro en el gabinete de Perón y de su sucesora María Estela Martínez, jamás perdonó la mojada de oreja de Barraza. Una tercera pista es que, al momento del asesinato Barraza y Laham eran una pareja, algo más que condenable en el imaginario de la organización criminal que en ese 1974 perpetró más de 220 clases distintas de atentados. Cuando asumieron la responsabilidad del ataque dejaron claro que habían actuado contra “bolches y homosexuales”.

 

 

 

El investigador

Periodista y escritor, Waisberg nació en 1974, tres meses antes del martirio de Pedro y Carlos. Biógrafo de Rodolfo Ortega Peña y de Mario Firmenich e investigador de casos como La Noche de las Corbatas y la toma del regimiento de La Tablada, inserta en su libro aquella muestra de fina ironía que fue la crítica de PLB al libraco de 737 páginas de López Rega.  Afirmación del secretario privado de Juan Perón: El movimiento de los astros antes que la política, el factor preponderante en las luchas populares. En ese trabajo Barraza insistió en llamarlo “El astrólogo”, lo que más adelante el ingenio popular transformó en el todavía más justiciero “El Brujo”.

 

 

Pablo Waisberg, con su libro.

 

 

Waisberg presenta a Barraza como El hombre detrás de la historia. En su minuciosa e inobjetable pesquisa sostiene que Pedro y el joven Laham fueron tan víctimas del terrorismo de Estado como había sido Vallese. “Están en la historia, allí los coloco, porque fueron personajes no reivindicados y a pesar de haber sido propiciadores del cambio, quedaron perdidos en el tiempo”. ¿Hubiera sido Vallese otro desaparecido? “¡Es tan difícil aventurar derroteros! De haberse salvado en 1962, hasta 1976 hubieran pasado catorce años, en los que hubo de todo. Lo mismo podría uno preguntarse sobre Barraza. Lo que si puedo afirmar es que los tenían apuntados desde distintos lugares. Y que, de continuar en la actividad política y social estarían muy en la mira”, responde Waisberg, y agrega: “Las injusticias que en la década del ’60 sensibilizaron a Felipe y a Pedro, seguían iguales o parecidas diez años después”. ¿Cómo los imagina hoy?: “Parecidos a como fueron, pero con vida. Tanto Vallese como Barraza tendrían poco más de 80 años y Laham pasaría apenas los 60. Eran gente con pulsión por la política, sensibles a las luchas populares. Eso no se va nunca. Vallese sería un hombre con gran experiencia sindical y, por tanto, propicio para la consulta. Barraza y Laham habían contado en sus últimos tiempos que creían que eran seguidos y por eso tenían en la cabeza irse a vivir a otro país o hacer un exilio interno. Tal vez hoy vivirían en Villa Gessell al frente de un negocio de dulces artesanales”, arriesga.

Lo cierto es que ninguno de los tres está en este mundo. Entre uno y otro crimen transcurrieron doce años demasiado intensos y siete gobiernos, tres de facto (Onganía, Levingston, Lanusse) que parecía que nunca se iban a ir y cinco con civiles (Frondizi suplantado por Guido; Illia, Cámpora, subrogado por Lastiri, Perón, primero y tras su muerte María Estela Martínez), unos y otros gobernantes en un marco de generalizada tormenta institucional.

 

 

 

Alias El Tarta

Con Héctor Cámpora democráticamente elegido, Pedro Leopoldo Barraza fue designado director-Interventor de LS6 Radio del Pueblo, de Buenos Aires. Hasta ese momento era una más de las emisoras en manos del Estado. En 1983 fue licitada y adjudicada a una sociedad (que no era Clarín) que la nombró Radio Mitre. De ese cargo ejecutivo Barraza fue eyectado sin sonrisas apenas después del fallecimiento de Perón. En su breve gestión puso en jaque a los llamados “bolseros”, intermediarios de avisos publicitarios acostumbrados desde siempre a quedarse con la parte del león. Según cuenta Waisberg en ese tiempo, Barraza había dejado atrás sus tareas en medios militantes y privados como Clarín, Confirmado y La Opinión y se encontraba alejado tanto de la política como del periodismo.

Hippón, transgresor en su etapa final, Barraza es presentado en el libro en origen como integrante de una familia radical, antiperonista e incluso algo “gorilón”. Rondó el frondizismo hasta desencantarse y a partir de 1955 estuvo cerca de figuras emblemáticas de la resistencia peronista, de integrantes activos del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara y de la incipiente guerrilla de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). Este cronista trabajó con Barraza en el semanario Confirmado y en el diario La Opinión y lo recuerda con afecto, como un bromista incesante que a pura risa hacía olvidar su tartamudez. Waisberg redondea: “Era tartamudo, pero no cuando imitaba a Balbín o a Frondizi”.

Al cumplirse diez años de su asesinato, Horacio Verbitsky escribió en la revista Humor un perfil titulado “Gracias por tu vida, Barry”. Barry era Barraza, “el primer periodista asesinado por la Triple A. Habían militado juntos en los años ’60 en un grupo cercano a Andrés Framini. “Fue militante en los ’60. Y cuando todos se hicieron peronistas en los ’70, se fue replegando gradualmente a la vida privada. No tenía prejuicios y se animó a enfrentar los ajenos. Un militante que fumara marihuana y se proclamara gay era, por entonces, una originalidad pasmosa”, describió. Verbitsky compara el trabajo de Barraza sobre Vallese con el de Rodolfo Walsh en Operación Masacre y con el de Francisco Urondo en La patria fusilada.

En los tiempos en que sexo, droga y rock and roll alcanzó volumen de consigna política, Barraza abrazó nuevas experiencias vitales, muchas de ellas anticipadas a su tiempo. Informal, cruzado contra la solemnidad, algunos testimonios en el libro, y en otras notas evocativas, lo recuerdan vestido con túnica y sandalias, con musculosa de batik y morral tejido al hombro y hasta en pelotas, recibiendo en su casa.

 

 

 

…Y fueron millones

La calle Canalejas donde frente al número 1776 hace 58 años secuestraron a Felipe Vallese hoy lleva su nombre, así como un salón de actos importante en el edificio de la Confederación General del Trabajo.

En 2012 la Agrupación Barrios por Memoria y Justicia colocó una baldosa recordatoria en Lavalle y Suipacha, en la vereda del edificio en donde vivieron Laham y Barraza. Removida por el gobierno de la Ciudad, por gestión de familiares y amigos fue repuesta en octubre de 2019. “Aquí vivieron Pedro Leopoldo Barraza y Carlos Laham, militantes populares asesinados por el terrorismo de Estado». El Centro Cultural El Hormiguero homenajeó a Barraza poniendo su nombre al estudio de la FM que emite desde Villa Soldati.

 

 

 

 

Tiene razón Carlos del Frade, cuando en el prólogo del libro de Waisberg presenta a Vallese, Barraza y Laham como gente idealista, comprometida y jugada y como víctimas de un Estado cada vez más terrorista.

El comisario Juan Fiorillo, vinculado a los tres crímenes, murió en 2008 cumpliendo una prisión domiciliaria. Genio (del mal) y figura (siniestra) hasta antes de su sepultura, había participado en el brutal acto genocida cuando en La Plata atacaron la casa de Daniel Mariani, matando a su esposa y llevándose a su hija de meses, nieta de Chicha Mariani, que falleció buscándola.

Así como Barraza fue el narrador del caso Vallese, Pablo Waisberg es el cronista de Vallese, Barraza y Laham. Las conclusiones de esos episodios tremendos siguen moviendo pisos y techos oficiales. El libro, conmovedor, prueba que esas historias trágicas siguen activas, y acusadoras. Concluye Waisberg: “Después de la aparición del libro, desde España, alguien que lo leyó me hizo llegar un lote de 40 cartas escritas por Barraza. ¿Te digo la verdad? Todavía no me animé a leerlas”.

 

 

 

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1 comentario
  1. norberto dice

    Historia conmovedora, por momentos parece un travelling que nos arrastra por lo mejor y lo peor de nuestra historia. Vidas luminosas, segadas por lo más nefasto que recordemos. Gracias Ula, por la reseña.

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