Grinberg no está ahí

Un relato desde la Chacarita, en la despedida final al periodista que ilustró a más de una generación

 

 

 

En el principio y el fin todo se une
Entre la vida y la muerte, titilamos
Nada es más fácil que volverse un sol.
Miguel Grinberg

 

No fue hasta que alguien cantó, en una lengua que la mayoría desconocía, que nos acercamos a la puerta de la sala donde yacía el féretro cerrado. Lo hicimos en medialuna, en torno a la entrada, sin ingresar donde sólo la hija lloraba mientras unía sus manos a las de quien cantaba.

Hasta entonces, habíamos permanecido en una antesala con asientos y mesitas para el café, sobre las que habíamos acercado un par de revistas Mutantia y un libro de Miguel Grinberg. Allí habían transcurrido las charlas entre quienes lo conocieron y los actos de urbanismo social previsibles en estos casos, hasta que el arte se impuso. Habíamos actuado casi como si Grinberg no estuviese allí.

 

 

 

 

Luego de que esa voz nos cautivara como las sirenas en la Odisea, la dinámica entre los presentes se convirtió en algo más parecido a una común-unión: En ronda, se leyeron párrafos de los textos que llevamos sin planearlo.

Así caímos en la cuenta de que el periodista de 84 años al que despedíamos se había adelantado al uso del lenguaje inclusivo en escritos que referían a “hombres y mujeres” o “chicos y chicas” desde hacía cuatro décadas.

Hubo quien prefirió relatar anécdotas que, por cuestiones generacionales, databan de antes de la dictadura o de principios de la democracia, en los que “Miguel” estuvo, como la Multiversidad, de la que Claudio Pereyra contó historias. No había, al sábado de la semana pasada, contemporáneos de los orígenes de aquel recorrido vital por Estados Unidos que hoy es visto como legendario.

Sólo Juan Carlos Kreimer, siete años menor, podía dar cuenta del comienzo de los años ‘60, cuando editaron la revista Eco Contemporáneo. Kreimer continuó esa tarea mientras el editor se iba en busca de insumos para su crecimiento interior que habrían de servir como reservas vitales para las generaciones que abrevamos en su oasis de conocimientos, que compartía con generosidad, sin estridencias, casi siempre a borbotones, porque el tiempo nunca alcanzaba para decirlo todo.

Kreimer ya había dicho lo suyo en Satori Sur, el film donde resumen los inicios de aquella “década brillante y heroica que cambió al mundo”, sobre lo que Grinberg había escrito en su libro Memoria de los ritos paralelos, o en Beat Days, cuyas páginas trasuntan el clima de época dentro de la que interactuó en una transición histórica, aquella que fue desde el movimiento de poesía norteamericana de 1955 hasta la letrística de las canciones que sonarían como parte de las movilizaciones y rebeldías que encendieron muchas praderas, fuera y dentro de las mentes de varias generaciones.

Que aquellos intentos por cambiar el mundo no fueran prisioneros de una batea de discos o de humedecidos diarios viejos fue en parte debido a la fuerza de aquellos mensajes y a las profundidades de donde provenían los clamores por nuevas formas de libertad, amor y otros valores que las almas sensibles no necesitaban definir sino compartir; pero también gracias a quienes propalaron el mensaje más allá del cerco de los convencidos. Entre ellos estuvo Miguel Grinberg.

Cuando hubo que poner un medio de comunicación para que circulara esa existencia creativa, Grinberg estuvo. No fue convocado por nadie, no se sumó como líder de una movida que recién se gestaba, sino que la pre-sintió y voló a colaborar en su creación.

En esta semana se ha difundido la lista de publicaciones que hizo o en las que escribió, desde Eco o la revista-libro Mutantia, hasta sus columnas en CantaRock, que llegó a ser la tercera revista en ventas de la naciente democracia que hoy perdura. Sin embargo, Miguel no vive en esas crónicas enciclopédicas de datos y fechas.

Estuvo sí, durante la década del ‘80, a cargo de Mutantia, la publicación que traía –al momento– lo que se discutía en el mundo, la primera que “puso sobre el tapete la problemática nuclear, de los pesticidas y de la destrucción de la naturaleza”.

Grinberg estaba entre nosotros como un editor lúcido en sus selecciones de materiales y artistas, incluso en la elección de sus amistades, lo que da cuenta de sus necesidades afectivas y sus preferencias vitales. No buscó rodearse de gente con dinero, ni de cuerpos atractivos, ni de personajes famosos.

Un ejemplo de ello fue la relación con Witold Gombrowicz, tan polaco como Grinberg padre, tan exiliado como su madre ucraniana. No sería osado presumir que el joven porteño descubrió al escritor que quedó varado en Buenos Aires por un cuarto de siglo, que sobrevivía con otro empleo mientras se dedicaba a escribir sin el reconocimiento que recién le llegaría cuando, de regreso a Europa, fuera propuesto para el Nobel de Literatura, poco antes de morir en 1969. Para ese año, dejaba de salir Eco, la revista donde Grinberg editó los textos del amigo polaco.

 

Con Gombrowicz.

 

Es que el porteño había percibido que sus obras se adelantaban a Beckett y Ionesco “en vanguardia precursora y fulminante”. ¿Qué leyó en él? Por ejemplo, la mirada sobre la etapa previa a la madurez en quienes cuidan las formas para adaptarse a la vida adulta, con los riesgos que conlleva de terminar convertido en instrumento de engaño –incluso– para sí mismos. Ahí sí estuvo el ojo –y el alma– de Miguel.

Por aquella tarea señera, Grinberg recibió del gobierno de Polonia la Cruz de Oro al Mérito Cultural, el mayor galardón en tiempos de paz, y fue convocado a disertar en la Universidad de Yale, en Estados Unidos.

 

 

Este sí que tocó con todos

 

Con Nicanor Parra y Allen Ginsberg, en La Habana, febrero de 1965.

 

Grinberg estuvo, es cierto, compartiendo la bohemia estadounidense con creadores impresionantes, pero la enumeración de talentos no da cuenta de en qué lugar se paraba. Está en las fotos con Allen Ginsberg, Henry Miller, Lawrence Ferlinghetti, LeRoi Jones, Thomas Merton... Discutía con Jack Kerouac, interactuó con Bob Fosse; se reencontrará vía Skype con el cineasta Jonas Mekas… pero quien estuvo ahí no era un Figuretti entre celebridades sino un espíritu indómito con ansias de cultivarse para multiplicar.

 

Con Henry Miller.

 

Entre las tantas anécdotas que Grinberg le contó a este cronista, una fue la suelta de globos por la paz. Pareció una travesura inocente, pero en los Estados Unidos de los ‘60 constituía un manifiesto. Consistió en repartir globos con la consigna de liberarlos a determinada hora. Entonces, cuando los globos remontaron al cielo, muchos vieron que lo que “confluía” en lo alto era también un ánimo compartido.

 

Con Thomas Merton.

 

De todo lo que le interesaba y modelaba en su mente a partir del intercambio con otros artistas americanos trajo a la Argentina para seguir conversando con Luis Alberto Spinetta o Charly García, Miguel Cantilo o León Gieco. De esas cercanías quedaron registros de su nombre, su foto, su cámara o su guitarra en álbumes y afiches.

En veladas nocturnas estuvo Miguel para percibir que Spinetta era “una nación en sí mismo, una república de la indagación obstinada”. Alguna vez compartieron escena, aunque con Miguel dentro de un cubo, un disfraz que representaba al personaje del Tema de Elmo Lesto.

Sin embargo, Grinberg no intentó traer el modelo estadounidense a la Argentina porque acá había otra América genuina con su propia cultura, capaz de darle forma a sus creaciones con identidad sin pretensiones de calcar, sino con una voz nueva con la que hablarle al mundo.

“Gracias, Generación Beat, por decirnos que no estamos solos en este combate de creación. Tampoco lo están ustedes. Cercano está el día en que todos nos pondremos el alma y daremos la mano bajo un cielo libre de estroncio y bombas limpias, y cantaremos nuestro sencillo amor y nuestra inconmensurable libertad. De ellas depende que éstas no sean puras palabras exaltadas, declamativas y fútiles" (Eco Contemporáneo N° 4).

 

 

Ecología

De esos años que quedaron para siempre asociados al hipismo, Grinberg retuvo los valores más profundos. Siempre estuvo para repetir que integraba un colectivo –una nación– que no se proponía destruir, sino construir lo alternativo. Si estábamos contra las guerras –no sólo la de Vietnam– entonces había que vivir la paz; si estábamos contra el mercado que propende a la concentración de la riqueza, debían buscarse formas de consumo lo más cercanas a la tierra.

Entendió temprano que el cuidado del planeta era vital y, si bien su primer acercamiento a la ecología surgió por la amenaza nuclear, poco a poco pasó de las marchas anti-armamentistas al reclamo por un mayor cuidado del ecosistema. Así, durante la guerra de Malvinas estuvo entre los más vocingleros en Nairobi, donde tuvo lugar la primera reunión internacional que trató el tema ecológico en el hemisferio austral. Eso le valió ser votado entre los miembros de la Comisión Directiva de una Junta de Enlace que propició el primer diálogo sur-sur en la materia.

Grinberg estuvo entre los que mediaron en la circulación internacional de información sobre lo que el capitalismo buscaba imponer, a la vez que difundía una cultura alternativa con qué reemplazarla.

De eso hablamos cuando lo despedimos: Perla Gabisson recordaba su énfasis en evitar la crítica si no era para sugerir algo mejor. Una premisa suya era: “Debemos ser aquello en lo que queremos que el mundo se convierta”.

En sus conferencias siempre denunciaba algo nuevo; en las clases, nos enseñaba a poner el ojo en las relaciones entre el capital más concentrado y su avaricia por apoderarse de todo. Hablaba rápido, aportaba fuentes y datos, citaba libros que aún no habían sido traducidos (como Nuestro entorno sintético, de 1962) y resumía las principales líneas discursivas que confrontaban en el campo anti-sistema. Hacía que fuera imprescindible tomar nota de lo que decía, de modo que no fuera un desperdicio que tanta memoria de su parte cayera en los sacos rotos de la nuestra, en formación.

Algunos de quienes lo despedimos la semana pasada habíamos participado de la Asamblea Ecológica Permanente, que sesionaba en el anexo de la Cámara de Diputados a instancias de Alberto Aramouni, del ex Partido Demócrata Cristiano.

Grinberg resaltaba la novedosa experiencia de que la Asamblea pasara de reunirse en cuchitriles a tener un espacio en el Congreso. Emparentaba el nombre en la experiencia de derechos humanos: “porque el problema es de derechos humanos y social también”. Con todo, “no era un grupo de denuncia sino de trabajo: por una ley ambiental y por el capítulo ambiental de una posible reforma constitucional”, adelantaba en 1991, tres años antes de que fuera convocada.

No obstante, ese era un objetivo pequeño. De lo que hablaba era de “la reformulación de la sociedad contemporánea”. Antes le decíamos “cambiar el mundo”, pero los nuevos objetivos tácticos requerían de un nuevo lenguaje.

 

El equipo de la revista Cuestión de Vida, del grupo editorial Mutantia, surgido de un taller de TEA (1990).

 

 

 

Salud

Por entonces, en el Congreso se permitía fumar, lo que nos generaba constantes discusiones. Grinberg contó que tenía enfisemas pulmonares debido a su trabajo durante años en redacciones donde fumaban. Pocas veces habló de aquello que habría de minarle la salud a largo plazo.

En cambio, cuando hablaba de rock, recordaba que Spinetta había reparado en el incremento del cáncer infantil, que había sido excepcional un siglo atrás pero que en estos tiempos requería de áreas específicas de oncología infantil en todos los grandes hospitales.

Grinberg nunca se limitaba a abordar costados triviales.

Su mirada sobre los detalles podía detenerse, sí, en una lechuga. Describía los filamentos con que empezaba a crecer en las botellas desechables en las que plantó desde su balcón, con las semillas que le dieron para las huertas ecológicas que promovió cerca de las escuelas de Barracas.

“Hay que nutrirnos bien; no sólo de comida sino de personas. Las malas compañías no son los delincuentes, sino aquellos que ante cada iniciativa se paran delante para señalarte todos los defectos, las contradicciones, los peligros y que ‘además te vas a morir de hambre’”.

No murió de hambre y sobrevivió mucho más que cualquiera.

 

 

Espiritualidad

Esa mirada alterna entre homus consumidoris y homus vivendis lo llevó a profundizar en lo espiritual, para lo cual meditaba y hasta desarrolló un nuevo método para quienes no estaban acostumbrados. Creía que “cada uno tiene el potencial de ser un gigante espiritual” y sostenía que para “modelar sociedades diferentes debemos sembrar esas sociedades en las personas que van a integrarla”.

Nada de eso, ni los prólogos al respecto que escribió para los volúmenes de Ludovica Squirru, le despegó los pies de la tierra. Así, en una charla sobre sabiduría hindú, destacaba la protección dada en La India al Dalai Lama y a los budistas del Tibet.

Se refería a la espiritualidad, pero siempre la conectaba con datos de la política o la economía:

“Cuando hablamos de justicia social no sólo nos referimos a darle de comer a los hambrientos o techo a los pobres, sino en darle a los seres humanos la posibilidad de que asuman esa divinidad que alberga en ellos mismos para hacerla crecer y multiplicarse, así como otros lo hacen con el dinero”.

Por eso proponía que “la educación y la comunicación social deben estar dirigidas a abrir los caminos para que la gente, que parece común, descubra su grandeza y su destino divino”.

Planteaba eso como alternativa a “la maratón de masacres espantosas que desde los noticieros nos someten a una idea macabra de la realidad” y proponía “empezar a resaltar las zonas de luz, creatividad y potencia creativa”. De ahí que muchas de sus notas cerraran con mensajes esperanzadores respecto de que un gran cambio estaba gestándose “aquí, allá y en todas partes”.

“La utopía no es lo imposible sino lo que demanda más tiempo”, repetía de Albert Camus.

 

 

El mundo

Periodista al fin, “velocísimo traductor”, lector voraz, revelaba hace tres décadas las fake news que nadie admitía, como una vez, durante la Guerra del Golfo, en que se difundieron como contemporáneas imágenes de cormoranes empetrolados que en verdad eran material de archivo.

Comenzaba algunas charlas públicas contando cómo las empresas medicinales les robaron los datos a los chamanes para patentarlos; o que la rosa mosqueta de los Andes había sido patentada por un laboratorio yanqui de cosmética, una forma de sustracción menos llamativa que la mega-minería.

Fue de los primeros en adelantar que las multinacionales vendían semillas con genética alterada para dar mayor rinde, cuya comercialización era acompañada de un combo que terminaban por generar “una nueva forma de dependencia hacia los países centrales”.

Entre 1993 y 2000 fue pro-secretario de la agencia de noticias Télam, donde escribía sobre ecología. En una segunda etapa allí, uno de los jefes le advirtió que no podría escribir nada de energía nuclear, ni agrotóxicos, ni minería. Era como pedirle a Maradona que no pateara al arco.

 

 

Legado

Por todo lo señalado y por mucho más fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires (2015).

Hacia 2017, para su 80º cumpleaños, Leandro Donozo, director de Gourmet Musical Ediciones, ideó el libro 80 preguntas a Grinberg, formuladas por ocho decenas de personas cercanas.

El autor del libro Miguel Abuelo, el paladín de la libertad, su alumno Juanjo Carmona, le dijo a un diario: “Alrededor de 2018 comenzó su deterioro. Ahora estaba con muy poco nivel de conciencia, conectaba cada quince días. Tenía una enfermedad degenerativa del cerebro que iba complicando todo. Estaba en la casa, pero en una situación bastante crítica”.

No obstante, en aquel año ‘18 organizó el festival Mariposas de Madera que reeditó en 2019 con lo más granado de la historia del rock.

 

 

 

Este escritor que nació en una casa sin biblioteca editó medio centenar de libros; no hace falta enumerarlos, basta ver en Wikipedia el artículo que creamos. Vivió rodeado de volúmenes y carpetas que no le dejaban lugar a casi nada, como se ve en la película Satori Sur.

 

Con Octavio Paz. Grinberg organizó un encuentro de escritores en México.

 

 

 

El pasado no vuelve

 

 

Como parte de los festejos octogenarios, el film Satori Sur cuenta con la imperdible participación de Jonas Mekas, un lituano que escapó de un campo nazi con su hermano; llegó a ser un exponente estadounidense del cine experimental que desarrolló una gran sensibilidad, capaz de reparar en la imagen de “un arbolito inclinado en el rincón oscuro en donde no llega el sol”. A los 84 años visitó Buenos Aires para el Bafici 2006, donde presentó su film A Letter from Greenpoint. Todavía en 2018 recordaba a Grinberg y hasta supo dónde buscar una foto de él, como captó el director Federico Rotstein en lo que sería una de las últimas apariciones de Mekas en cine, ya que habría de morir el 23 de enero de 2019.

Estrenado en el Festival de Mar del Plata, el film ganó el premio a la Mejor Banda Sonora Original, compuesta por Juan Ravioli; un reconocimiento acorde al protagonista que historió el rock de acá.

 

 

 

 

 

 

En la casa de Grinberg hay cuadros con fotos junto a Ginsberg y Spinetta. En el film quedó otra con Steven Spielberg. En artículos de esta semana se publicó que Martin Scorsese lo cita por ahí, a partir de un dato que yo había agregado en Wikipedia antes de que otros reeditaran. En verdad, lo que aparece en No Direction Home es la foto de Ginsberg con Grinberg, a partir de que el poeta del norte había tenido mucha influencia sobre Bob Dylan.

Siempre ligado al rock como una fuente movilizadora de energía, siguió revisitando esa música desde 2005 en Radio Nacional en un envío semanal de 2 a 5 de la madrugada y que puede oírse en el archivo en la red.

Así lo había hecho desde 1972 en El Son Progresivo, por Radio Municipal, como recordó Liliana Vitale durante su sepelio: “Lo oía desde Villa Adelina”, dijo, y destacó su rol de liderazgo sin usos políticos ni religiosos porque “contagió más que con palabras, con todo lo que vivió”.

 

Con Nito Mestre, Raúl Porchetto y León Gieco.

 

También Nito Mestre, de Sui Generis, se acercó a acompañar a la familia, al igual que trabajadores del escenario como Monitor Rodríguez o Quaranta, iluminador de Serú Giran, o los periodistas especializados Claudio Kleiman, Sergio Marchi y Freddy Berro. El artista Pedro Conde lo saludó en las redes con una foto junto a Jorge Pistocchi.

 

Pistocchi, otrora editor de revistas de rock, fallecido en 2015.

 

 

Su hijo Thomas contuvo el llanto para referirse a la “transición a un mejor plano” de quien “sembró mucha luz”. Luego, cargamos el cajón con él al medio; Adrián Ruiz, de Barricada TV; el “Gran Calibán” y otros dos amigos, lo subimos al vehículo que lo llevaría a cremar al cementerio de la Chacarita, adonde dejamos ir sólo a la familia, para que tuvieran una despedida reservada.

 

 

 

https://www.facebook.com/esteban.jacyna.kurmin/videos/380278027244827

 

Medio centenar le dispensaron el aplauso que habíamos contenido durante toda la mañana cuando leíamos sus textos a puertas cerradas. Uno de ellos era el que Grinberg había elegido para el cierre de su libro Somos la gente que estábamos esperando:

 

Mensaje de los Ancianos de la Tribu de Indios Hopi

Ahora deben volver a la gente y decirles que ésta es La Hora.

He aquí las cosas que deben considerarse:

¿Dónde están viviendo?

¿Qué están haciendo?

¿Cuáles son sus relaciones?

¿Están en el vínculo correcto?

¿Dónde está su agua?

Conozcan su huerto.

Es tiempo de que pronuncien su Verdad; de que construyan su comunidad.

Sean buenos unos con otros. Y no busquen fuera de sí mismos al líder.

¡Esta podría ser una buena época!

Hay allí un río que fluye muy rápido. Es tan grande y raudo que asustará a algunos. Tratarán de aferrase a las orillas. Sentirán que son destrozados y sufrirán mucho. Sepan que el río tiene su destino.

Los ancianos dicen que debemos soltar la orilla, y deslizarnos hacia el centro del río, manteniendo los ojos abiertos, y las cabezas por encima del agua.

Vean quién está allí con ustedes y celebren.

A esta altura de la historia, no tomaremos nada como personal; ¡menos, a nosotros mismos! Pues en el momento en que lo hacemos, nuestro crecimiento y camino espiritual se detienen.

Ya pasó el tiempo del lobo solitario. ¡Reúnanse!

Cancelen la palabra combate de tu actitud y tu vocabulario.

Todo lo que hagan desde ahora deben hacerlo de manera sagrada y celebrando.

Somos la gente que estábamos esperando.

 

 

 

 

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