Guadañazo a los premios

12 de diciembre. El intento de Larreta de recortar galardones y subsidios a nuestros artistas

 

Por un par de décadas perpetré el periodismo profesional. Desde comienzos de los años ‘70, la incursión fue por las secciones de política, educación, ciencia, vida cotidiana, hasta algún deporte impopular. Las volteretas de la vida, de las cuales el obligado ostracismo dictatorial resultó determinante, me empujaron hacia otros rumbos, nunca ajenos al trabajo sobre la palabra y su escritura. Instalado en mis nuevos parajes laborales, despunté el vicio durante 14 años con un subproducto de la crítica literaria: las reseñas, en un diario que ya no es lo que fue. Tras un largo interregno, con el advenimiento de El Cohete a la Luna, Horacio Verbitsky tuvo –tiene– la generosa audacia de permitirme esta reincidencia semanal ininterrumpida. Con una libertad inédita. Elijo entonces para esta oportunidad no un comentario sobre libros sino la crónica de una escaramuza en la que triunfan los trabajadores. Un episodio muy reciente donde procuro desplegar el periodismo llano y duro. El de la información que habla por sí misma. El de la concatenación de los acontecimientos que permiten elaboraciones políticas sin necesidad de monsergas ni opinología. El que muestra las personas, los hechos, las pruebas. El que celebra la inteligencia del lector. El que nunca se termina de aprender. Sin la ilusión del logro pleno, con la alegría de haberlo intentado.

 

Una veloz movilización de agrupaciones, instituciones y demás colectivos de artistas plásticos, teatristas, músicos y escritores logró detener —por el momento— la inminente sanción de una inconsulta norma regulatoria de los premios bianuales que rigen los subsidios a la creación. Fuente de algún sustento para el trabajo creador, en su orígenes, hace un siglo, fueron establecidos “no como dádiva que envilece, sino aliciente que conforta”.

En el marco de la campaña financiera de reasignación de recursos con miras al 2023, bien puede inscribirse el drástico cambio de la ley que regula los Premios Municipales a las artes, impulsado por Horacio Rodriguez Larreta y su ministro de Cultura, Enrique Avogadro. Instaurado en 1919, se concursa cada dos años para diversas categorías de artes plásticas, música, dramaturgia, poesía y narrativa, entre otras, otorgando una recompensa en metálico que hoy ascendería a 70.000 pesos por única vez, y un subsidio vitalicio mensual de 53.000 pesos. El condicional se debe a que desde 2012 no se han efectivizado los concursos, ni siquiera convocado a los jurados. Los artistas, oportunamente cumplieron en aplicar en sus respectivos rubros; la alcaldía: fesa. En julio pasado las autoridades porteñas anunciaron que los galardones pendientes estarían resueltos en los dos últimos meses de este año. Al cierre de esta edición parece improbable que se encuentren en el bolso de Papá Noel. Más si se considera que hay siete mil obras esperando ser evaluadas, remanentes de los concursos sin evaluación ni dictamen. En su lugar, un nuevo proyecto regulatorio fue presentado el primer día de diciembre y tratado en comisión 48 horas más tarde —un récord—; se incluyó para su tratamiento dentro del combo megalómano de la última sesión del año, el jueves 9, pero no llegó. Ante el escándalo, el gobierno de CABA lo postergó.

 

 

 

 

La ley y la trampa

El engendro logró aunar al conjunto de colectivos y voluntades en su contra, aún a las instituciones más próximas ideológicamente al larretismo. Generó petitorios, movilizaciones callejeras, repudios surtidos en creciente volumen y vehemencia. No es para menos. El núcleo venenoso está en el amague de pasar la edad para comenzar a recibir los subsidios de los actuales 50 años a 60 para les dames y 65 para les caballeres. Si las o los subsidiades cobran una jubilación, pensión u otro emolumento estatal, se les restará del monto adjudicado. Dicho de otra manera, las arcas porteñas se desentienden y pasa a garpar el Estado Nacional (parecería que el macrismo reciclado desestima hacerse del Ejecutivo Nacional en 2023, chanzan los corrillos). En números, esto significa que quien cobra un subsidio vitalicio de 53.000 pesos, y además una jubilación mínima de 26.000, terminaría embolsando 27.000.

Al modo de carnada, el proyecto incluye instancias apetitosas. Los concursos pasarían a ser anuales, con una recompensa por única vez de 500.000 pesos para el ganador, 200.000 para el segundo y 60.000 para el tercer lugar. En la actualidad el primer premio es de 70.000 pesos. Ningún reconocimiento ni generosidad: con la quita de subsidios por el incremento en el límite de edad, más lo que se le endosa a Nación vía jubilaciones, las arcas municipales ganan guita. Engañapichanga que empapa la promesa de escepticismo ante la realidad accesoria de que se adeudan nueve convocatorias, lo que equivale a 200 premiados y un centenar de eventuales subsidiados que hace años no ven un centavo. La palabra del macrilarretismo no parece confiable.

 

 

Enrique Avogadro, a la sazón ministro de Cultura en CABA.

 

 

 

 

El número vivo

Como el promedio de premiados en cada ocasión ronda los 40 años, habrán de bancarse un cuarto de siglo para cobrar el beneficio. No podrán ausentarse del país dos años seguidos a trabajar, estudiar, lo que fuere, porque pierden todo. Salvo que sean discapacitados o hijos menores (¡de premiados de más de 60 años!), quedan fuera asimismo los herederos, hasta ahora beneficiarios de un porcentual. Si bien se amplían algunas categorías hacia las nuevas tecnologías en artes visuales, se restringen otras como obra de teatro infantil, ensayo, narrativa inédita, de contenido argentino o americano, entre otras. El criterio adoptado para la configuración pretendida se esfuma en la sarasa oficial que alude: “Hubo que procurar las cosas que son realmente centrales y en ese sentido había que integrar los distintos concursos existentes en algo ordenado». Así son las cosas de las cosas, centrales en su centralidad. Esencialismo del que no es ajeno el remanido pretexto multiuso de la quita del puntito de coparticipación realizado a la CABA por el gobierno nacional del Frente de Todos en 2020.

Aparte de la consideración ideológica de lo que la cultura representa para el gobierno de la CABA, incide una cuestión de caja. De hecho, el presupuesto destinado al área se precipita en caída libre en forma constante, sin contar los misterios de la subejecución. Del 2,30% de 2016 pasó al 1,6 % este año y baja al 1,51% para el año entrante. Con tamaña artillería argumental, los dirigentes de los colectivos involucrados encararon al ministro Enrique Avogadro el martes 7, capciosamente convocados en el Teatro San Martín en el mismo momento en que se desarrollaba la movilización frente a la Legislatura. “Yo soy un funcionario y hay cosas que me gustan y hay cosas que no me gustan hacer”, fue la curiosa gramática elegida por el ministro para suplantar una respuesta con una confesión. Poco después y ante la tormenta, Rodriguez Larreta instruyó a su ministro de sacar el proyecto de la agenda parlamentaria y poner la jeta. En un rapto de amnesia, como si hubiese alguna vez puesto en consideración de los artistas la ley, el funcionario declaró: “No le dimos a los artistas el tiempo suficiente para hacer una devolución razonada y vamos a dedicar todo el tiempo que haga falta para conversar”. Sin que se le despeine el jopo, agrego: “No vamos a sacar el proyecto a las apuradas”.

 

 

Los artistas se movilizaron y lograron frenar la degradación del Premio Municipal. Foto: @marubielli

 

 

 

 

En carne propia

El dibujante sanfernandino Jorge Meijide (Meiji), premiado en 1982, señala aspectos definitorios: “El Jurado pasa a integrarse por seis miembros en lugar de cinco; se elimina el sistema de votación de tres jurados en representación de los artistas; herramienta democrática que permitía la rotación de los mismos; aseguraba la representatividad de los artistas participantes y la transparencia de las decisiones. El nuevo proyecto propone un jurado de seis miembros designados por el Ministerio de Cultura en el que uno de ellos tiene un voto doble en caso de empate”. Y concluye: “El subsidio no es una jubilación. Equipararlos es una atrocidad. Pensemos en la perversidad de todo esto. Es como robarle la limosna a un ciego”. En esta perspectiva, los artistas consideran la intentona como un paso más hacia la privatización de las industrias culturales. Coartado “el aliciente que conforta” para cualquier proyecto, los autores se verían forzados a recurrir a fuentes privadas, con los condicionamientos estéticos y de contenidos que ello encierra.

Por su parte, el artista plástico Daniel Santoro, también ganador en 1984, ilustra la movida con su impronta personal: “Esto es una canallada más de las que nos tiene acostumbrados el Gobierno de la Ciudad; es una maniobra burda para ahorrarse mucha plata en el presupuesto y seguramente  gastarla después en propaganda. Cuando empecé a cobrar el subsidio, pude dejar mi trabajo, que paradójicamente era de empleado municipal en el teatro Colón, para dedicarme, malamente, a mi actividad”. Evoca entonces a  Fortunato Lacámera, el gran pintor del barrio de La Boca, “empleado ferroviario, nunca pudo consolidar una obra con el volumen que debería tener para el gran pintor que era porque no recibió el reconocimiento y apoyo que necesitaba”.

 

 

Nobles & plebeyos

Autopercibida como sucursal de la nobleza europea del siglo XIX, cruzada con rico chatarrero de Miami, la —más pequeña que gran— burguesía de cabotaje asocia libremente la actividad artística con un ornamento se salón. Un divertimento desprendido del ocio consuetudinario para ricos herederos o vicio de bohemios menesterosos. Algo parecido a lo que ocurre con la actividad intelectual, que tampoco sería producción y, menos, trabajo. Recluido en el ámbito de lo privado, en el mejor de los casos es estimado por la derecha neoliberal en su condición de mercancía. Pueden llenarse el buche con loas a la cultura en tanto valor de cambio durante las charlas de piscolabis, con semblante adusto y voz aguardentosa.

En ciertos aspectos la creación artística se realiza ocasionalmente en forma individual. Circunstancia que de ningún modo implica que la colectividad de artistas pueda considerarse de por sí individualista. Cuando la integridad resulta amenazada (como en los casos de violencia y abuso sexual), así como cuando se intenta vulnerar derechos largamente adquiridos, la solidaridad prevalece. Entonces se despierta el espíritu combativo y permanece en alerta. A nadie se le escapa que, entre gallos y medianoche, en cualquier momento resurgirá la intentona de reflotar el postergado guadañazo. La derecha subestimó a quiénes se enfrenta.

 

 

 

 

 

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