Guantes blancos

El truco del financiamiento: endeudamiento de cuello blanco

 

Las manos mágicas fue un microprograma de la televisión de los ‘80. El recurso era sencillo. Las manos flotaban en la pantalla y hacían trucos con cartas, papeles, vasos o pañuelos. Dos guantes blancos. Ningún mago a la vista. Teatro negro. “Las manos mágicas te dirán la forma de aprender, bonitos trucos que de magia son…”. Así arrancaba la intro, que contenía una advertencia como remate: “…el resto depende de usted”. Una promesa de aprendizaje, una destreza manual y una zona oscura donde ocurría lo decisivo.

El programa financiero que Luis Caputo presentó en el microcine del Ministerio de Economía tuvo algo de ese formato. No por espectacular. Al contrario. Fue una exposición sobria, técnica, casi escolar. Caputo estuvo acompañado por José Luis Daza, el viceministro chileno, y por Federico Furiase, secretario de Finanzas. Mostraron dos filminas. Ordenaron vencimientos de capital en una columna. Enumeraron fuentes de recursos para pagarlos en la otra. Explicaron cómo el Tesoro piensa cubrir las necesidades en dólares hasta 2027.

La presentación buscó responder una pregunta concreta: ¿de dónde va a sacar el gobierno los dólares para pagar deuda, sostener reservas y llegar al final del mandato sin una corrida cambiaria que derive en una nueva crisis de financiamiento?

La respuesta oficial combina compras de divisas al Banco Central, emisiones en el mercado local, privatizaciones, desembolsos de organismos, créditos bancarios garantizados y un eventual financiamiento bilateral.

La presentación del equipo económico se emperifolló cuando habló Daza, que la maquilló con jerga financiera y física matemática. Explicó que el marco conceptual del programa se basa en las “opcionalidades” que tienen “bases científicas muy sólidas” y citó a Black, Scholes y Merton para sostener que “cuando los agentes tienen incertidumbre, el valor de la opcionalidad aumenta”.

 

 

 

La explicación termina diciendo bastante más de lo que pretende. Porque debajo del andamiaje científico aparece el dato político y financiero del programa: si hacen falta tantas “opcionalidades” es porque el financiamiento todavía no está normalizado. La incertidumbre no está en la teoría. Está en los acreedores. Y las “opcionalidades” son, precisamente, la forma elegante de administrar esa incertidumbre.

Es un esquema narrado en condicional. El plan no descansa en ninguna fuente en firme. Descansa en varias que deben funcionar al mismo tiempo. Que el mercado local renueve. Que las privatizaciones avancen. Que los organismos acompañen. Que el Banco Central pueda venderle dólares al Tesoro sin erosionar su propio balance. Que el riesgo país siga bajando. Que el año electoral no cierre la canilla.

La magia, esta vez, no está en hacer aparecer dinero. Está en conseguir que todas las piezas se muevan sin chocar.

Caputo presentó el programa como una señal de solvencia. La forma de sobrevivir sin el oxígeno de Wall Street. Porque si la Argentina tuviera acceso al mercado global, no necesitaría apelar a las “opcionalidades” como fuente de financiamiento.

El gobierno presentó el programa financiero 2026-2027 como una hoja de ruta. La comunicación oficial lo ordenó en siete definiciones. La primera habla de una herencia crítica, con vencimientos inminentes por más de 2.400 millones de dólares y sin acceso al mercado. La segunda dice que la nueva deuda se emite sólo para refinanciar capital heredado y que los intereses se pagan con superávit fiscal. La tercera afirma que 2026 construye un colchón para descomprimir 2027. La cuarta sostiene que el programa es conservador y no incorpora otras fuentes alternativas que el equipo dice trabajar desde hace más de un año. La quinta convierte al paso del tiempo en aliado. La sexta fija el objetivo de lograr grados de inversión. La séptima promete beneficios concretos para las familias: crédito largo, mercado de capitales, inversión y empleo. La partitura es orden, paciencia y confianza.

La tabla de 2026 muestra necesidades por 19.200 millones de dólares. El principal renglón son los vencimientos de capital, por 9.300 millones. Ahí entran 1.100 con el FMI, 2.400 de Bonares, 3.000 de Globales y 2.700 con organismos internacionales, sin contar al Fondo. Después aparecen los intereses, por 8.900 millones: 3.100 con el FMI, 1.800 de Bonares, 2.100 de Globales y 2.000 con otros organismos. A eso se suma una capitalización del Banco Central por 1.000 millones. La suma llega a 19.200 millones. No es un calendario liviano. Es una pared con fecha.

Las fuentes de 2026 suman 22.900 millones de dólares. Allí están los 6.700 millones que el Tesoro espera comprarle al Banco Central. El renglón es sensible. Supone que el Central tenga dólares disponibles y que pueda vendérselos al Tesoro sin deteriorar la señal de reservas. También aparecen 800 millones de roll over intra sector público, 4.000 millones de préstamos con garantía de organismos internacionales, 1.900 de desembolsos del FMI, 2.800 de otros organismos, 6.000 de emisiones locales y 800 de privatizaciones. Las emisiones internacionales figuran en cero. Las “otras fuentes” también. La diferencia entre fuentes y necesidades deja un saldo de 3.700 millones. Ese es el colchón.

En 2027 el programa se vuelve más justo. Las necesidades suben a 24.900 millones de dólares. Los vencimientos de capital suman 15.700 millones: 4.400 con el FMI, 4.900 de Bonares, 3.600 de Globales y 2.800 con otros organismos. Los intereses agregan 9.200 millones: 3.100 con el FMI, 1.900 de Bonares, 2.100 de Globales y 2.100 con otros organismos.

 

 

Sobre ese cuadro pesa un condicionante que el gobierno menciona poco. La deuda con el Fondo Monetario es deuda senior. Tiene prioridad de cobro sobre cualquier acreedor privado. Eso significa que una parte importante de la capacidad futura de generar dólares ya tiene dueño. Antes de mirar si la Argentina podrá pagarle a un banco, a un bonista o a un fondo de inversión, el mercado sabe que primero cobrará el Fondo. Esa condición reduce el margen para conseguir nuevo financiamiento y explica, en parte, por qué el gobierno debe recurrir a garantías multilaterales, ingeniería financiera y préstamos estructurados para volver a endeudarse.

Las fuentes de 2027 empatan los 24.900 millones. No dejan margen. El programa arranca con el saldo de 3.700 millones que debería sobrar de 2026. Suma 4.900 de compras de dólares al Banco Central, 1.800 de roll over intra sector público, 1.700 de desembolsos del FMI, 4.200 de otros organismos, 5.000 de emisiones locales, 2.000 de otras fuentes y 1.500 de privatizaciones. Los préstamos con garantía de organismos aparecen en cero. Las emisiones internacionales, también. El cierre es exacto. Demasiado exacto para un país electoral.

Se paga con cinco pilares. Primero, compra de reservas por 11.600 millones de dólares, porque el Tesoro se propone comprarle al Banco Central divisas para pagar deuda. Segundo, emisiones locales por 7.000 millones. Tercero, privatizaciones por 2.300 millones. Cuarto, préstamos bancarios garantizados por 4.000 millones. Quinto, un crédito bilateral por alrededor de 2.000 millones.

El signo de pregunta se impone sobre toda la arquitectura. Los cinco pilares presentan severas deficiencias en su grado de firmeza.

La compra de dólares al Banco Central depende de que las reservas crezcan. Las emisiones locales dependen de un mercado chico y ya exigido. Las privatizaciones dependen de precios, compradores y tiempos políticos. Los préstamos garantizados dependen de organismos y bancos. Y el crédito bilateral aparece como promesa, todavía sin nombre propio visible. En un programa presentado para despejar incertidumbre, una parte relevante de la certidumbre sigue escrita en potencial.

Los números exactos también mienten un poco. El primer desfasaje está en los préstamos garantizados. La filmina habla de 4.000 millones de dólares. Pero lo material hasta ahora son 3.200 millones. Es decir, hay 800 millones que integran el pilar, pero no aparecen todavía como operación cerrada. No es una diferencia menor. En un programa que se vende como blindaje, cada tramo no asegurado vuelve a ser una pregunta.

El segundo desfasaje está en las privatizaciones. La filmina suma 2.300 millones de dólares entre 2026 y 2027. En el cuadro, el gobierno computa 800 millones para este año y 1.500 millones para el próximo. Pero en la misma conferencia el número de corto plazo quedó más abierto, entre 500 y 1.000 millones. La diferencia importa. Pero además las privatizaciones no son caja automática. Hay que vender activos, conseguir precio, cerrar contratos y evitar que el año electoral licúe el interés de los compradores. El gobierno las computa como fuente. El mercado las mira como probabilidad.

Como sea, si la Argentina estuviera integrada al mercado global, no debería depender de una combinación tan precisa entre Banco Central, bancos locales, organismos, privatizaciones y garantías.

El riesgo país funciona como termómetro de esa tensión. Después de la presentación, bajó y se acercó a los 400 puntos básicos, el menor nivel en más de ocho años. La señal fue positiva. Pero no definitiva. La semana corta cerró con tendencia alcista y el riesgo país en la zona de los 420 puntos básicos.

Este indicador puede parecer lejano para la vida cotidiana. No lo es. Si el programa depende del financiamiento, el riesgo país define el costo de esa dependencia. Y si ese costo sube, la tasa se vuelve más pesada, la deuda más dura y el crédito privado más esquivo.

Fernando Morra, ex viceministro de Economía, un cuadro técnico de excelencia, más preciso para leer restricciones financieras que para interpretar el guion de la política, al que le tocó negociar con estos mismos acreedores, calculó que todavía faltan alrededor de 2.800 millones de dólares entre privatizaciones y financiamiento local, justo cuando la estacionalidad de divisas juega en contra.

Incluso, a contramano de la explicación oficial, estimó que para 2027 el desafío sería mayor: entre 10.000 y 13.000 millones, buena parte en el mercado local y en un año electoral. La pregunta no tiene adorno. A qué tasas. Y qué pasa si ese mercado se encarece o se cierra.

Morra puso el foco en la parte menos vistosa del programa de financiamiento. Advirtió que lo presentado como estrategia tiene mucho de salida forzosa: recurrir al mercado local. El punto es decisivo. El mercado local no es una pradera infinita. Es una pieza chica. Entran bancos, fondos, aseguradoras, empresas, provincias y Tesoro. Todos miran la misma silla.

El programa tiene así un “vivir con lo nuestro” financiero. Pero no es el de la industria nacional ni el de la sustitución de importaciones. Es otro. Es vivir con el ahorro del mercado local para cumplir con acreedores externos. Una versión flaca, severa, sin épica. El Estado busca pesos y dólares adentro para sostener compromisos afuera.

Esa tensión cruza a los grupos locales que, hasta ahora, ayudaron a sostener la transición. No sólo por acompañamiento político. También porque pudieron endeudarse. El ciclo de obligaciones negociables les dio aire, les permitió traer dólares y al mismo tiempo alimentó la cuenta financiera que el gobierno necesitaba mostrar. Pero ese mecanismo tiene límite y vencimiento.

En el ciclo Milei, el endeudamiento corporativo volvió a crecer. Entre enero de 2024 y marzo de 2026, las empresas emitieron cerca de 29.000 millones de dólares en obligaciones negociables. Las diez principales explicaron dos tercios del total.

Son las mismas empresas que demandan dólares. Con lo cual, compiten con el Tesoro por la misma caja futura. Las principales firmas analizadas enfrentan vencimientos por cerca de 5.000 millones de dólares en 2026 y más de 24.000 millones en los años posteriores. El plan financiero no elimina esa disputa.

El programa tampoco aclara qué ocurrirá con el swap chino. En agosto vence el acuerdo marco por unos 18.000 millones de dólares y queda, además, un remanente superior a 2.200 millones del tramo activado, registrado como pasivo del Tesoro. La Argentina no tiene ninguna posibilidad de cancelar de golpe una obligación cercana a los 21.000 millones. Necesita una nueva firma del Banco Popular de China y, en última instancia, una decisión política del gobierno de Xi Jinping.

La omisión contrasta con la revelación de Caputo sobre el supuesto swap de Estados Unidos: “Si se requiriera, tendríamos que charlarlo nuevamente”. Es decir, aquella asistencia no quedó como una línea automática y disponible. Fue una operación financiera puntual de Scott Bessent, ya cancelada. Un eventual rescate futuro requiere volver a pedirlo.

En paralelo, el programa dice cómo refinanciar capital, pero deja los intereses apoyados sobre un superávit cada vez más exigido. En 2026 los intereses suman 8.900 millones de dólares. En 2027, 9.200 millones. La deuda nueva puede estirar capital. No borra el costo financiero. Ese costo se paga con ajuste fiscal. Y cuanto más crece la cuenta de intereses, más rígido se vuelve el programa que el gobierno presenta como libertad de acción.

La promesa oficial dice que la nueva deuda se toma para refinanciar capital heredado y que los intereses se pagan con superávit. La lectura crítica pregunta otra cosa. Qué clase de superávit. A costa de quién. Y cuánto tiempo puede sostenerse un modelo que paga intereses crecientes, toma deuda con garantías externas, vende activos, usa al Banco Central como fuente y depende de que el mercado local no se cierre.

 

Nuevo

El segundo capítulo llegó sobre la hora. El gobierno tenía por delante un vencimiento con bonistas privados de unos 4.400 millones de dólares. La solución fue una operación con bancos internacionales por 3.200 millones de dólares, respaldada por garantías de organismos multilaterales. Caputo consiguió los dólares, pero abrió otra puerta delicada: con más endeudamiento externo, garantías multilaterales, comisiones bancarias y jurisdicción de Nueva York.

La operación se dividió en dos tramos. El primero, por hasta 2.000 millones de dólares, fue con BBVA Nueva York y Santander Nueva York, con garantía del Banco Mundial a través del BIRF y MIGA. El segundo, por hasta 1.200 millones de dólares, fue con Deutsche Bank AG, sucursal Londres, con garantía parcial del BID por hasta 550 millones. En ambos casos aparece The Bank of New York Mellon como agente administrador. El Banco Nación fue designado agente de proceso en Nueva York.

La comisión reconocida a BBVA y Santander es de 0,50% sobre el monto del préstamo. En la operación total, los bancos cobrarán 16 millones de dólares de comisión. El número puede parecer pequeño frente al vencimiento. No lo es. Es el precio visible de una estructura donde el riesgo se reduce por la garantía pública multilateral y la comisión queda en manos privadas.

A la comisión de estructuración se suman otros costos. No está sólo el 0,50% para los bancos. También aparecen honorarios del agente administrador, gastos legales, administrativos, de estructuración, costos vinculados a las garantías y descuentos sobre el desembolso efectivo.

Lo cierto es que, en el primer crédito, la cifra es sideralmente mayor: unos 165 millones de dólares quedan absorbidos por comisiones, primas y gastos necesarios para acceder al financiamiento. En el tramo de Deutsche Bank, además, la comisión de estructuración equivale a unos 6 millones.

El marco fue el Decreto 478. Allí el Poder Ejecutivo autorizó tomar hasta 5.000 millones de dólares en préstamos con garantía de organismos multilaterales. También habilitó la prórroga de jurisdicción a favor de tribunales estaduales y federales de Nueva York y la renuncia a oponer inmunidad de jurisdicción para reclamos vinculados a esos acuerdos. Con los 3.200 millones ya tomados, se utilizó el 64% del cupo. Quedan 1.800 millones disponibles para operaciones futuras.

La defensa oficial es que esas garantías permiten bajar el costo. Es relativamente cierto. Un banco presta más barato si otro cubre buena parte del riesgo. Pero ahí está la clave. El Banco Mundial aprobó una garantía combinada BIRF-MIGA que cubre el 95% de los pagos del servicio de deuda del préstamo con BBVA y Santander. El BID aprobó una garantía de hasta 550 millones para el préstamo con Deutsche Bank, equivalente al 45,8% del capital prestado. Para el banco, el activo queda mucho más limpio. Para el Estado, queda la deuda.

Es cierto que la tasa luce más baja que una emisión soberana pura. Pero no luce baja si se mira el nivel de garantía. En el tramo con BBVA y Santander, el Banco Mundial y MIGA cubren el 95% del servicio de deuda del préstamo. Con semejante cobertura, el riesgo efectivo de los bancos queda muy reducido. Aun así, la tasa ronda el 6% anual. Es menos que el 12,5% que Caputo dijo que le pedían para una emisión internacional, pero sigue siendo cara para un activo tan protegido.

Morra lo planteó de modo técnico. Una garantía suele movilizar varias veces el capital. En otras condiciones, el instrumento mejora el costo de una emisión. En este caso, se usó casi uno a uno para sustituir el acceso al mercado, que no existe en condiciones normales. La palabra “normal” merece quedarse un momento. El manual liberal habla de normalización cuando baja el riesgo país, se achica el Estado y se ordenan los pagos. Pero una economía normal no necesita cubrir con garantías multilaterales casi todo el riesgo de un préstamo bancario para poder pagar vencimientos. Eso no es normalidad. Es un salvataje con lenguaje de mercado.

La Argentina tiene experiencia en este tipo de salvatajes con lenguaje de mercado. Los préstamos garantizados aparecieron siempre cuando el acceso voluntario al crédito ya estaba dañado. En 1999, durante el final del menemismo y luego bajo De la Rúa, el Banco Mundial respaldó una emisión para sostener a la convertibilidad cuando el riesgo país ya subía. La deuda terminó en default y la garantía debió ejecutarse.

El segundo antecedente fue RenovAr, durante el gobierno de Mauricio Macri. Allí el Banco Mundial garantizó por 480 millones de dólares contratos de energía renovable para atraer capital privado. Tampoco fue la historia virtuosa que después se contó. La Auditoría General de la Nación concluyó que el programa no logró instalar los proyectos comprometidos a precios más competitivos y que ese incumplimiento tuvo un impacto negativo sobre el costo de la energía. También detectó laudos, litigios e incumplimientos dentro del esquema. La garantía protegió al inversor. Los problemas y los mayores costos quedaron de este lado.

En 2026, el mecanismo dio otro paso. Ya no respalda una emisión para sostener el acceso al mercado ni contratos destinados a construir infraestructura. Garantiza préstamos bancarios para pagar deuda que vence. Es un salvataje de urgencia presentado como innovación financiera. Cambian los contratos. La secuencia se mantiene.

El politólogo Nicolás Tereschuk reconstruyó el correlato discursivo. En julio de 2024, Caputo dijo que los pagos estaban cubiertos hasta 2026. Después llegaron nuevos auxilios del Fondo y del Tesoro estadounidense. Más tarde aseguró que ya tenía los dólares de 2025, luego los de 2026 y finalmente presentó un programa para despejar 2027. Cada anuncio declara cerrado el problema. Cada vencimiento abre una nueva ventanilla. La abundancia dura lo que tarda en llegar la próxima fecha de pago.

Morra también señaló ese punto. Sorprendió, dijo, que se hablara de un supuesto exceso de dólares cuando venimos de déficit de cuenta corriente y los pagos de intereses recién empiezan a crecer.

Por eso el nuevo préstamo no puede separarse del crecimiento de la deuda. Ahí la historia deja de ser un inventario de antecedentes y pasa a explicar el presente.

El gobierno destaca que baja la deuda. Pero el stock nominal en dólares volvió a dispararse. La deuda bruta de la Administración Central pasó de 455.077 millones de dólares al cierre de 2025 a casi 483.854 millones en el primer trimestre de 2026. Sólo en esos tres meses aumentó alrededor de 28.800 millones. Desde el inicio del gobierno de Milei, el incremento nominal ronda los 113.000 millones.

También importa qué deuda aumenta. La deuda bruta en moneda extranjera, excluido el propio sector público, creció 24.800 millones de dólares desde noviembre de 2023: 12.800 millones en el Tesoro y otros 12.000 millones en el Banco Central. La deuda no desapareció. Se expandió y se repartió en más casilleros.

El otro lado de esa operación fue cambiario. El 11 de abril de 2025 el Banco Central inició la fase tres del programa, cambió el esquema hacia bandas móviles y eliminó restricciones para que las personas humanas pudieran comprar moneda extranjera sin límites de monto o destino. En abril, la formación de activos externos de personas humanas llegó a 2.247 millones de dólares. En enero de 2026, más de 1,6 millones de individuos compraron 2.613 millones de dólares. Desde la flexibilización del cepo hasta enero de 2026, las compras de personas humanas superaban los 29.000 millones de dólares.

Está muy claro: los dólares que entraron para pagar la deuda habilitaron la demanda privada de divisas. No de todo el pueblo. En un país de salarios flacos, la compra sistemática de divisas es una práctica de sectores con capacidad de ahorro. El 3% de la población.

La deuda aparece así repartida en capas. Una capa está en el Tesoro. Otra en el Banco Central. Otra en las empresas. Otra en los vencimientos futuros. Otra en las garantías. Otra en los intereses.

Caputo saca conejos de la galera. Un bono local. Un préstamo garantizado. Una compra al Central. Un desembolso del Fondo. Una privatización. Un crédito bilateral. Pero el conejo no cambia la jaula.

El endeudamiento de cuello blanco tiene esa virtud. No se presenta como fuga. Se presenta como puente. No se anuncia como subordinación. Se anuncia como normalización. No dice “entrego jurisdicción”. Dice “mejoro condiciones de financiamiento”. No dice “los bancos cobran con bajo riesgo”. Dice “reduzco el costo para los argentinos”. La frase suena seria. La letra chica trabaja mientras los mortales duermen.

 

Guarida

El tercer capítulo tiene un nombre conocido: Bank of New York Mellon. Cada vez que la Argentina vuelve a endeudarse, ese banco reaparece. En los nuevos préstamos por 3.200 millones de dólares, la entidad fue designada agente administrador de ambas operaciones. No es un actor nuevo. Lleva más de veinte años en la arquitectura financiera de la deuda argentina.

El vínculo formal comenzó el 2 de junio de 2005, con el Trust Indenture del primer gran canje posterior al default de 2001. Entonces todavía era The Bank of New York. La fusión con Mellon llegó en 2007. Ese contrato convirtió al banco en agente fiduciario de los bonos emitidos bajo legislación de Nueva York. Antes, los títulos de los ‘90 se regían por el Fiscal Agency Agreement de 1994, con Bankers Trust como agente fiscal.

Su momento más conflictivo llegó con los fondos buitre. Después del fallo de Thomas Griesa, la Argentina depositó fondos para pagar a los bonistas que habían ingresado a los canjes. El BNY Mellon bloqueó esos pagos porque sostuvo que no podía incumplir la orden de la justicia de Nueva York. El dinero estaba. Pero no llegaba. La mano estaba. El mecanismo, también. El resultado fue el default técnico.

El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner intentó desplazarlo. El Congreso aprobó la Ley de Pago Soberano, que declaró removido al BNY Mellon por incumplimiento de sus obligaciones fiduciarias y dispuso que Nación Fideicomisos ocupara ese lugar. En paralelo, el Banco Central revocó la autorización para que la entidad mantuviera representación legal en la Argentina. Pero la estrategia encontró un límite jurídico: bajo legislación de Nueva York, el fiduciario no podía ser removido unilateralmente por el emisor soberano.

El conflicto se cerró recién en 2016, cuando el gobierno de Mauricio Macri acordó con los holdouts. Desde entonces, el BNY Mellon conservó su rol en el fideicomiso original de 2005, integró el nuevo indenture de 2016 y volvió a actuar durante la reestructuración de 2020.

Ahora aparece de nuevo. Pero cambia la función. Ya no es sólo fiduciario de bonos reestructurados. Es agente administrador de créditos bancarios garantizados por organismos.

Las distintas sillas que ocupa el BNY Mellon en la cadena de valor de la deuda argentina revelan un conflicto de intereses más profundo que una incompatibilidad formal. El mismo actor administra fideicomisos, custodia los flujos de pago, interviene como agente de los bonistas, participa en las reestructuraciones y ahora administra los nuevos créditos garantizados por organismos multilaterales. Cambian los gobiernos, los acreedores y los contratos. El banco permanece en casi todos los eslabones. Ocupa una posición privilegiada en la infraestructura que organiza, ejecuta y cobra sobre la deuda externa argentina.

El BNY Mellon tiene su casa matriz en 240 Greenwich Street, Nueva York. Pero la estructura del grupo remite a Delaware: The Bank of New York Mellon Corporation es una corporación constituida bajo las leyes de ese Estado, y dentro de su red aparece BNY Mellon Trust of Delaware, con domicilio en 103 Bellevue Parkway, Wilmington, Delaware 19809. La propia compañía define a BNY como marca corporativa de The Bank of New York Mellon Corporation y de sus subsidiarias. Entre esas sociedades figuran vehículos bancarios, fiduciarios, de custodia, inversiones, wealth management y Pershing. No es una rareza marginal. Es la forma jurídica usual de una gran infraestructura financiera global.

Las manos mágicas no negaban el truco. Lo mostraban. Pero administraban la oscuridad. Nunca se veía el cuerpo que las movía. El programa de Caputo hace algo parecido. Muestra fuentes, fechas y montos. Muestra los guantes. Lo que deja en penumbra es la pregunta central: quién pagará la magia cuando se cierre el telón.

 

 

 

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