Guarda con el hipopótamo gris

Una vez desteñido el cisne negro, el gobierno empieza a descubrir lo que se avecina

 

En junio el gobierno de Mauricio Macri le pidió al Fondo Monetario Internacional un blindaje financiero de 50.000 millones de dólares porque, según explicaron el ministro de Hacienda Nicolás Dujovne y el todavía presidente del Banco Central Federico Sturzenegger en la carta que le escribieron a la directora gerente del organismo, Christine Lagarde, la Argentina estaba al borde de la insolvencia por culpa de tres “cambios inesperados” que configuraban un mapamundi de calamidades: la sequía en la región pampeana, el aumento de la tasa de interés en los Estados Unidos y la suba del precio del petróleo en todas partes.

El informe que redactaron los subordinados de Lagarde para recomendarle al directorio del FMI que concediera la solicitud del gobierno replicó textualmente esas tres razones aducidas por los funcionarios argentinos. Fue culpa de los “cisnes negros”, coincidieron ambos, apelando a la metáfora ornitológica que, desde hace décadas, le sirve de excusa a gobernantes incompetentes, auditores distraídos y analistas miopes para justificar las crisis que provocan sus políticas, los estragos que disimulan sus informes y las sorpresas que desmienten sus pronósticos.

La tesis del cisne negro se originó en la refutación de la falacia de que todos los cisnes son blancos, ocurrida en 1697 cuando un explorador holandés descubrió en la costa occidental de Australia que esa ave, supuestamente mitológica, en realidad existía. Desde entonces, la expresión “cisne negro” se utiliza para referirse al eventual acaecimiento de algo que se juzga imposible. En su variante financiera, los cisnes negros son eventos tan inesperados que ningún observador racional podría haberlos anticipado, y que se manifiestan repentinamente acarreando consecuencias disruptivas extremas.

En otras palabras, un cisne negro no es algo que se vea todos los días. Por eso, cuando el mes pasado Dujovne y el reemplazante de Sturzengger, Guido Sandleris, tuvieron que escribirle de nuevo a Lagarde para implorarle la ampliación del préstamo y el adelanto de sus desembolsos, enfrentaron dos dificultades: no podían volver a culpar a los tres cisnes avistados en junio porque las aguas serenas del estanque donde han vuelto a flotar plácidamente ya destiñeron su plumaje hasta devolverle la blancura original. El propio gobierno vaticina una cosecha récord, el precio internacional del petróleo ha caído 20% en un mes y vale casi lo mismo que a principio de año, y el rendimiento de los bonos del gobierno estadounidense redujo la velocidad de su recuperación. Además, en el interín, tampoco había sucedido ningún otro evento, inesperado o no, capaz de explicar por qué, a pesar de la muestra de confianza conceptual y metálica del FMI, la inflación y el dólar habían seguido subiendo en lugar de bajar.

Esta vez el staff del FMI no se hizo eco de las imprecisas “dificultades imprevistas” que borronearon Dujovne y Sandleris para eludir las responsabilidades del oficialismo. Con lenguaje poco diplomático, los técnicos del organismo adjudicaron en la primera página de su informe buena parte de la culpa del fracaso a las “autoridades” argentinas por la política cambiaria incoherente y poco clara del Banco Central. El juramento de no permitir que se sume ni una moneda a los escasos pesos en circulación que ya no le alcanzan a casi nadie para llegar a fin de mes, es la replica obediente del gobierno al reproche de su tutor. Y la recesión cruel su corolario ineludible.

Mientras tanto, que la cotización del dólar haya cedido casi cuatro pesos en el mes de octubre sugiere que los rendimientos elevadísimos de los instrumentos de ahorro en pesos ofrecidos por el gobierno nacional y los bancos locales han persuadido a los inversores extranjeros de volver a pedalear en la bicicleta del carry-trade, después de cinco meses seguidos en los que se llevaron del país 5.500 millones de dólares más de los que trajeron. Podremos confirmarlo recién el 26 de noviembre, cuando el Banco Central difunda su informe sobre la evolución del mercado cambiario en octubre. Claro que, como funcionan estas cosas, para entonces lo que nos interesará saber es si la orientación de ese flujo de divisas no ha vuelto a revertirse en noviembre.

El dólar en coma inducido, las tasas en pesos por las nubes, los capitales especulativos de regreso, el riesgo país en niveles prohibitivos. Un estado de cosas distinto al de los peores meses de la corrida pero demasiado parecido aún al de los meses previos que la gestaron. La teoría económica ofrece otra metáfora zoológica, menos divulgada que el cisne negro, para describir esa situación: el hipopótamo gris. [1] Un fenómeno con la misma capacidad de daño del cisne negro, pero que, en lugar de ser inesperado y súbito, puede advertirse a simple vista y avanza lenta pero inexorablemente hasta aplastar a los incautos que eligen ignorarlo.

Cómo será de grande el nuestro que hasta los funcionarios del gobierno ahora lo ven y le temen. Lo demuestran dos medidas impulsadas por el Banco Central esta semana a pesar de su parentesco con las políticas del gobierno anterior: la renovación del swap de monedas con China y la exigencia de encajes para ciertas inversiones extranjeras de corto plazo. Es que no alcanza con advertir la presencia del hipopótamo. También hay que saber cómo evitar que te aplaste, y eso no se aprende releyendo el manual de instrucciones del FMI.

 

 

[1] Variante doméstica de la teoría del rinoceronte gris formulada por la analista política estadounidense Michele Woucker en 2013.

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11 Comentarios
  1. Hugo dice

    El problema de Argentina no es el cisne negro ni el hipopótamo gris. Es el gato amarillo.

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