Guastavino, el argentino

La música que escuché mientras escribía

 

En los 88 años de su vida, iniciada y concluida en Santa Fe, Carlos Guastavino fue un manantial de belleza. Como Barenboim, provenía de una familia de músicos. No me acuerdo si te conté que cuando Barenboim empezó a salir del hogar paterno para visitar a sus compañeros de la escuela primaria se asombró al ver que en sus casas no había pianos, tan natural le parecía. En el caso de Guastavino se trataba de instrumentos menos engorrosos de trasladar: el clarinete del tío, la guitarra del padre y la mandolina de la madre (y no para cortar papas fritas).

 

 

Como Alberto Williams, que nació medio siglo antes que él, en 1862, y como su coetáneo Alberto Ginastera, Guastavino unió una rigurosa formación académica con la búsqueda de raíces folklóricas, que dieron lugar a lo que se llamo un nacionalismo musical. Las Cantilenas Argentinas son una muestra de la obra de Guastavino como compositor e intérprete.

 

 

Su generosa producción abundó en canciones sobre poemas de autores conocidos, como el «Chañarcito», de León Benarós, que aquí podés oír en la bellísima versión de Eduardo Falú, un hijo de inmigrantes sirios, guitarrista virtuoso que llegó a ser el principal intérprete de proyección folklórica en el noroeste y el litoral argentinos. La voz de Falú es de avanzada, su dulzura prefigura una nueva masculinidad no machista.

 

 

Otro que le puso letra a una obra de Guastavino fue Atahualpa Yupanqui. Te lo pongo como demostración de lo grande que era Guastavino, no porque me guste. Me parece que Atahualpa no está a su altura, que se acomoda al estereotipo que en algunos países de Europa quieren del indio subamericano. María Elena Walsh también se ganó el puchero en París con bombo, poncho y plumas, pero no quiso hacernos tragar esa ensalada a nosotros.

 

 

Guitarrista y cantante discreto, Yupanqui  lo compensaba con la irradiación telúrica de su nombre. (Pero era un seudónimo. En realidad se llamaba Héctor Roberto Chavero Aramburu o Haram).

Dejó temas como Luna Tucumana, Caminito del Indio o El Arriero, dedicadas al hombre del Noroeste argentino, que penetraron en el imaginario popular. (Pero había nacido  en un pueblo de la provincia de Buenos Aires próximo a Pergamino. En su juventud fue novio de la madre de Lilia Ferreyra, que vivía en Junín. Lilia a veces bromeaba que Atahualpa pudo haber sido suegro de Rodolfo Walsh. Hasta 1966 vivió entre la ciudad de Buenos Aires, Montevideo y París. Recién en aquel momento se instaló en el Cerro Colorado, en el Norte de Córdoba, aunque diez años después de nuevo estaba en París, donde lo veneraban).

Todos sabemos que las penas y las vaquitas se van por la misma senda, y de quién son unas y otras. (Pero las letras no las escribía él sino su esposa franco canadiense, Nenette Pepin Fitzpatrick).

Todas sus biografías dicen que fue el más grande folklorista argentino y que siempre se solidarizó con los pobres y los perseguidos. (Pero en su correspondencia personal saludó con simpatía el golpe de 1976 y se reunió con el embajador en París, Tomás Anchorena, para analizar de qué modo podía contribuir a mejorar la imagen del gobierno argentino, de acuerdo con Sábato.)

Si te gusta no te preocupes por todo esto que escribí y seguí gozándolo, que es lo que más importa.

Dejemos esta digresión que ya se hizo demasiado larga y, por supuesto, discutible, y volvamos a Guastavino, que me parece mucho más auténtico que Chavero.

Uno de sus temas fue grabado por  la soprano maorí Kiri te Kanawa:

 

 

Otra de sus grandes canciones fue compuesta en 1941, sobre el poema La Paloma, de Rafael Alberti. Guastavino repitió al final de cada estrofa los primeros versos de Rafael, se equivocó la paloma, se equivocaba, y al año siguiente la incluyó en su Suite Argentina.

Joan Manuel Serrat la grabó en 1968 e hizo de ella un éxito mundial.

 

 

Otras versiones que me gustan son la del impresionante Bola de Nieve.

 

 

Y la del italiano Sergio Endrigo.

 

 

También la grabó Diego el Cigala, que pongo como curiosidad, aunque no es la que más me atrae. El flamenco es poderoso, pero alguno de sus cultores creen que pueden pasar cualquier cosa por ese filtro, y no es así.

 

 

¡Si ni grandes músicos como Mercedes Sosa y Barenboim podían tocar el tango como se debe!

La identidad cultural es algo demasiado serio. Y la honestidad artística también.

 

 

 

 

 

 

 

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