Guerra e impunidad

La violencia desatada arrasa los valores más esenciales a la convivencia

 

La vida social ha sido posible gracias a la existencia de reglas y normas. Sin ellas, la humanidad no habría llegado hasta nuestros días. Las estructuras normativas han variado a lo largo del tiempo y de las distintas culturas y sociedades, manteniendo, sin embargo, una función común: la de imponer límites a acciones y relaciones sociales que, libradas a su propia dinámica, conducen al canibalismo social y a la destrucción de las sociedades. Hoy la impunidad se naturaliza y la violencia desatada y explícita arrasa con las normas y valores más esenciales a la convivencia. Esta amenaza a la vida humana en el planeta es ignorada por la mayor parte de la población mundial.

Esto no es casual. Ocurre en un mundo atormentado por las contradicciones de un orden global encerrado en una dinámica irracional, que busca maximizar ganancias en todos los órdenes de la vida social. Esta dinámica concentra cada vez más el poder en pocas manos y multiplica e intensifica la desigualdad y la exclusión social, generando conflictos que encierran a las sociedades en un brete sin salida. En el centro de este orden global, un país, los Estados Unidos, es carcomido por conflictos internos cada vez más agudos y enfrenta, al mismo tiempo, turbulencias geopolíticas que amenazan su dominio sobre el mundo. En estas circunstancias, naturalizar la impunidad constituye un objetivo central de la guerra por concentrar el poder, que asuela tanto al centro como a la periferia del orden global. Paradójicamente, el conflicto en Ucrania desnuda el interés de una estructura de poder que con impunidad propaga el fuego de la guerra hasta los últimos confines de un mundo que se piensa ancho y ajeno, pero no lo es.

 

 

La lógica de escalar la crisis y el riesgo nuclear

Cada día que pasa, la OTAN y los Estados Unidos se involucran más intensa y directamente en la guerra de Ucrania, al tiempo que ignoran las advertencias rusas sobre una escalada del conflicto, que puede derivar en una guerra nuclear. El fin de semana pasado, el Presidente de Ucrania, Volódimir Zelensky, y dos altos funcionarios del gobierno norteamericano –Antony Blinken, secretario de Estado, y el ministro de Defensa, Lloyd Austin– se reunieron en Kiev para coordinar el envío de más munición y “armamento pesado” a las Fuerzas Armadas de Ucrania. En esta entrevista, los funcionarios revelaron la estrategia del gobierno norteamericano: alimentar sin límites a la guerra con el objetivo de “debilitar a Rusia” [1], empantanándola en una “operación militar que ya ha fracasado”. Según Blinken, Rusia “busca reafirmar su poder económico y militar y vemos lo opuesto: su ineficiencia militar y su economía destrozada” [2]. Poco después, en una reunión de Austin con cuarenta jefes militares de la OTAN en una base militar norteamericana en Alemania, se coordinó el envío de nuevo armamento a Ucrania, que podrá ser utilizado de un modo “completamente legítimo” en territorio ruso [3].

Así, los altos mandos de la OTAN explicitan su participación directa en la planificación y desarrollo de esta guerra. El lunes, el canciller ruso advirtió que estas definiciones y el envío de armas a Ucrania conforman “una guerra de proximidad” (proxy war) y un “riesgo de guerra nuclear (…) que no debería ser subestimado” [4]. Esta advertencia fue rápidamente desestimada por el Pentágono y las autoridades de la OTAN, llegando el primero a calificar los dichos del canciller ruso como “una bravuconada (…) que no ayuda” [5]. En estas circunstancias, el Presidente de Rusia, Vladimir Putin, señaló que todo armamento enviado a Ucrania será considerado una intromisión en la guerra y destruido: “Si algún país se entromete en la guerra de Ucrania, la respuesta será inmediata y con un golpe devastador (…) Tenemos todas las herramientas para ello, del tipo que nadie tiene. Y no alardeamos: las usaremos si lo necesitáramos” [6]. Poco después, el Ministerio de Defensa ruso anunciaba la intensificación de bombardeos a depósitos de armamentos, vías de ferrocarril y centros de energía en Ucrania.

Esta semana, Putin recibió en Moscú a Antonio Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, y le comunicó su preocupación por el intento de “ciertos colegas” de imponer en la ONU los intereses de un país sobre los de los demás, sin respetar la Carta de las Naciones Unidas. También le explicó que la “operación especial” rusa en Ucrania ha seguido el precedente sentado en Kosovo y aceptado por la Corte Internacional de Justicia y otros organismos internacionales. El desarrollo de esta operación se adecúa, según Putin, a las pautas estipuladas en el capítulo 7 del artículo 5 de la Carta, y aclaró que la negociación diplomática con el gobierno de Ucrania está por el momento estancada, debido a que este último rompió acuerdos realizados bajo la mediación del gobierno de Turquía. Finalmente, Putin invitó a Naciones Unidas y otros organismos internacionales a inspeccionar los corredores establecidos por el ejército ruso para proteger a la población civil en Mariúpol y la situación de más de 1.200 soldados ucranianos que ya se han rendido [7].

 

 

Vladimir Putin y Antonio Guterres en Moscú.

 

 

Más allá de la posible mediación de Naciones Unidas, la situación en Ucrania se complica rápidamente, debido a una guerra informativa que, como hemos visto en otras notas, apela explícitamente a la desinformación y las fake news para moldear a la opinión pública en torno a un eje central: Putin ya ha sido derrotado en Ucrania, y acorralado intentará utilizar armas químicas, biológicas y/o nucleares [8]. Este relato, que busca imponer la rusofobia en el mundo, entra en contradicción con los análisis de ex funcionarios de inteligencia y de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos y de la OTAN [9]. Según los mismos, Rusia controla el desarrollo de las operaciones militares en Ucrania, estas se desarrollan de acuerdo a los objetivos propuestos y el aniquilamiento de las fuerzas de Ucrania en el sur y este del país  es inminente. La contradicción entre esta realidad y el relato sobre la misma lleva al coronel retirado Douglas MacGregor a temer la irrupción de una operación de falsa bandera, de consecuencias impredecibles.  [10].

Así, el peligro nuclear, lejos de ser inverosímil o mínimo, adquiere centralidad y podría ser detonado al margen de una decisión rusa.

Estas circunstancias desnudan la irracionalidad de una estrategia militar centrada en escalar impunemente a la guerra, arriesgando en el proceso una confrontación nuclear. Los conflictos internos en los Estados Unidos y su incidencia sobre la política exterior arrojan luz sobre esta irracionalidad.

 

 

Twitter, rusofobia y elecciones

El jueves pasado, el Presidente norteamericano, Joe Biden, propuso el envío al Congreso de un paquete de medidas suplementario al presupuesto oficial, que busca obtener 33.000 millones (billions) de dólares de ayuda a Ucrania, algo que equivale a seis veces de su presupuesto militar y a un tercio de su PBI. El nódulo central de esta ayuda reside en la compra de armas y en el fortalecimiento de la guerra informativa para “contrarrestar la desinformación y propaganda rusa (…) y asegurar la libertad de expresión”[11] en un país cuyo gobierno ha eliminado a los partidos políticos de oposición y tiene bajo control militar a todos los medios de comunicación. Este paquete muestra la relevancia que el gobierno de Biden otorga a la continuidad del conflicto militar y a la guerra informativa, en vísperas de las elecciones de medio término que se celebrarán en noviembre.

En este contexto político, el gobierno norteamericano busca impedir un triunfo electoral de los seguidores de Donald Trump. Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido en 2020, hoy la puja entre elites políticas impregna la pelea entre un puñado de monopolios tecnológicos por controlar la producción y circulación de información. Esta semana, Elon Musk logró comprar Twitter, una plataforma digital de importancia crucial en la guerra informativa. Esto ocurrió a pesar de todos los escollos levantados por el propio Twitter para impedirlo. Musk, un magnate que se jacta de no ser demócrata, se ha comprometido a “recuperar la libertad de expresión” en esa red social, destruyendo los mecanismos que esta plataforma despliega para censurar y bloquear información que contradice a la política oficial [12]. Esto ha desatado la furia de los medios y corporaciones que controlan a las redes sociales. Detrás de esta furia por “defender la libertad de prensa” ante las “maquinaciones de un mega-multimillonario monopólico”, está el intento de imponer el interés de una elite política, disfrazado de libertad de prensa [13]. Esta pelea por el control del relato oficial se suma a la lucha entre monopolios tecnológicos por maximizar ganancias. La adquisición de Twitter suma a la red satelital Starlink –que provee acceso a Internet de banda ancha a bajo costo en las regiones más remotas del mundo–, perteneciente al complejo monopólico Tesla/Spacex, controlado por Musk. Esta plataforma de comunicación digital es fundamental para ampliar mercados y expandir las ganancias del emporio en su conjunto.

La pérdida del control de los demócratas sobre Twitter ocurre al mismo tiempo que el escenario político es sacudido por nuevas revelaciones, provenientes de distintas causas judiciales que complican al gobierno y al establishment político demócrata y neo-con en negociados corruptos y en manipulación de los medios y redes sociales para destituir al gobierno de Trump [14]. Por un lado, esas novedades muestran que, contrariamente a lo afirmado oportunamente por Biden, este habría estado al tanto de los negocios corruptos de su hijo Hunter Biden con empresas de Ucrania y China cuando él era Vicepresidente. Esta información, contenida en la computadora de Hunter Biden e inicialmente publicada durante la campaña electoral de 2020, fue rápidamente bloqueada por los medios de comunicación y las redes sociales, denunciando su falsedad y su pertenencia a una campaña de desinformación rusa, algo que fue rubricado por más de 50 ex funcionarios de inteligencia. En paralelo, nuevas revelaciones de la Investigación Especial sobre el origen del Russiagate –el operativo político armado en 2016 con el objetivo de destituir a Trump por supuesta conspiración con Rusia– parecen sepultar los argumentos de la defensa de los imputados y apuntan nuevamente al rol crucial que habrían tenido en esta operación política el principal abogado del Partido Demócrata y funcionarios del gobierno de Biden [15].

Estos fenómenos ocurren en un contexto de creciente incertidumbre económica, marcado por el aumento de la inflación, su impacto sobre los ingresos de los asalariados y una política monetaria que ata las manos de la Reserva Federal de Estados Unidos e impacta sobre los mercados financieros. Estos factores contribuyen a explicar una caída de la aprobación del gobierno norteamericano que hoy llega al 39%. La experiencia indica que con menos del 50% de aprobación se pierden, en promedio, 37 bancas de diputados [16]. Hoy los demócratas sólo tienen 5 bancas más que los republicanos y muy pocos meses por delante para impedir una catástrofe electoral.

En este contexto, germina una política exterior basada en el “cuanto peor mejor”, que al escalar las acciones militares, maximiza las ganancias del complejo industrial militar y resguarda el poder político de una elite que controla la guerra informativa.

 

 

Argentina: poner fin a la impunidad

El país, que en la década del ’30 se sacudía al ritmo del Cambalache, hoy es atropellado por un huracán de impunidad que tiene como principales protagonistas a los sectores sociales más ricos. Cerca del 40% de la población vive en la pobreza. Muchos no alcanzan a comer lo mínimo e indispensable y la mayoría de los más perjudicados son niños. Difícilmente haya existido en la historia argentina una emergencia tan profunda como la actual. Frente a esto, los que más tienen se rehúsan a hacer cualquier tipo de aporte para mitigar esta situación y no vacilan en reclamar subsidios de toda clase para “invertir” y enfrentar costos derivados de la inflación internacional. No contentos con haber hecho ganancias extraordinarias en los dos últimos años, especulan reteniendo divisas de exportación, fugan todo el capital que pueden, desabastecen y forman precios internos al ritmo que se les ocurre, apostando al mismo tiempo a la corrida cambiaria. Este sector, que concentra el poder económico, controla a los medios y a una mafia que desde hace mucho tiempo se reproduce en los intersticios de la Justicia, los partidos políticos y las organizaciones empresariales. Rememorando sus tiempos en la Casa Rosada, el propio Mauricio Macri acaba de recordarlo: “Ellos eran los que venían a visitarme (…) pero cuando llegaban a la puerta (…) decían: ‘Pero la mía está, ¿no?’ Eran colaboradores del cambio con freno de mano puesto”.

El lema de este círculo áulico es “Cuanto peor, mejor”. Esta situación posiblemente se agravará con la llegada del FMI, que ya ha marcado la cancha: a pesar del extraordinario aumento del precio de las materias primas que exportamos, el Banco Central de la República Argentina (BCRA) no ha logrado recomponer las divisas al nivel acordado con esta institución. Al mismo tiempo, la imposibilidad de emitir obliga al Tesoro a buscar financiamiento en un mercado de capitales locales cada vez más reacio y listo a exprimirlo a piacere. Mientras tanto, una inflación descontrolada devora los magros aumentos dados a los más vulnerables, algo que el ministro de Economía anticipa será sólo por un mes… porque hay que “tranquilizar a la economía”.

La jungla de impunidad no termina aquí e incluye actos vandálicos cargados de odio y protagonizados por aquellos que apuestan a “recuperar la patria”, ahorcando a los funcionarios y colgándolos de las rejas que rodean a la Casa Rosada. El gobierno no puede mirar para el otro lado. No actuar implica naturalizar a la impunidad y agravarla. Tiene pues que aplicar las leyes y recursos del Estado para ponerle fin y movilizar el apoyo de los que lo eligieron para que participen en una cruzada épica, en todo el país, contra la inflación, los condicionamientos del FMI y las huestes políticas y judiciales que apuestan al caos.

 

 

 

 

[1] Lloyd Austin, ministro de defensa norteamericano, zerohedge.com, 25/04/2022.
[2] Antony Blinken, secretario de Estado norteamericano, zerohedge.com, 25/04/2022.
[3] zerohedge.com, 27/04/2022.
[4] zerohedge.com, 25/04/2022; thehill.com, 24/04/2022.
[5] zerohedge.com, 25, 26/04/2022.
[6] zerohedge.com, 27/04/2022.
[7] hen.kremlin.ru 26/04/2022.
[8] Entre otros, dailymail.co.uk, 26/04/2022; forbes.com, 26/04/2022.
[9] Por ejemplo, Jacques Baud, “The military situation in the Ukrain”, thepostil.com, 10/04/2022.
[10] https://www.youtube.com/watch?v=zMEGbPDvkJI.
[11] zerohedge.com, 28/04/2022.
[12] Este rol de Twitter y otras redes sociales ha sido analizado en anteriores notas.
[13] Entre otros, FCC Commissioner en zerohedge.com, 28/04/2022.
[14] Entre otros, zerohedge.com, 04, 26 y 27/04/2022.
[15] Entre otros, zerohedge.com, 15, 16, 26 y 27/04/2022.
[16] edition.cnn.com, 14/04/2022.

 

 

 

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