A fines de 1959, en medio del rechazo popular generado por el ajuste lanzado por Arturo Frondizi y apoyado por el FMI, Canal 13 estrenó La dimensión desconocida (The Twilight Zone, en el original en inglés), mítica serie creada por el guionista y productor Rod Serling. Serling fue también el presentador de los diferentes capítulos: entre 1959 y 1964, su rostro impasible anunció historias inquietantes surgidas de la frondosa imaginación de escritores como Richard Matheson y Ray Bradbury. Varias generaciones de televidentes le deben a la serie la primera confrontación con lo inexplicable, incluyendo a un joven espectador que tendría un futuro promisorio: Steven Spielberg. En Duelo a muerte (Duel, en el original en inglés), su primera película realizada para la televisión a partir de un relato de Matheson, se percibe la herencia de Serling: lo aterrador surgido en medio de la banalidad de lo cotidiano, sin ayuda de un escenario fantástico. Como en los cuentos de Julio Cortázar, lo fantástico en La dimensión desconocida se presenta como un pliegue en la realidad, una acechanza detrás de la rutina de todos los días. Serling utilizaba la ciencia ficción como metáfora para deslizar en un programa popular temas sociales candentes, ocultos detrás del sueño americano y su plenitud consumista. Fue también su manera de sortear la censura en plena Guerra Fría y, sobre todo, de atenuar la presión que ejercían los grandes anunciantes sobre los contenidos de la televisión. Mariano Kairuz escribió al respecto: “Serling, que no se consideraba a sí mismo un escritor de género, tenía una respuesta. 'Las cosas que no podía decir un republicano ni un demócrata, las podía decir un marciano', diría en una entrevista. Lo que lo estaba volviendo loco de la televisión eran las permanentes y delirantes intromisiones de los sponsors, que detentaban poder de aprobación sobre los textos. La colección de anécdotas de Serling al respecto era considerable ya hacia 1958: que la Ford no quería que en el decorado de Nueva York se viera el edificio Chrysler; que tal tabacalera consideraba que las palabras 'american' y 'lucky' de los diálogos de otro guion estaban demasiado asociadas a la competencia; que nada de fósforos en la citada 'Réquiem...', sentenciaron los 'encendedores Ronson'”.
En 1985 se estrenó la segunda etapa de La dimensión desconocida, ya sin Serling, fallecido unos diez años antes. Juego de palabras es uno de los primeros episodios de esa nueva época. Lo dirigió Wes Craven —el creador del personaje de Freddy Krueger— y relata la historia de Bill Lowery, vendedor de una gran compañía que un día empieza a perder la noción de las palabras. No se trata de un problema neurológico o de falta de comprensión, sino de un proceso paulatino que comienza en su oficina, cuando un colega le pide consejo sobre una empleada de la compañía a la que quisiera invitar a almorzar. La conversación fluye en la clásica banalidad corporativa hasta que el colega dice “dinosaurio” en lugar de “almuerzo”. Lowery cree que se trata de una broma, le hace repetir la palabra y al final se ofusca, creyendo que le está tomando el pelo. La incomprensión es mutua; su compañero no entiende a qué se refiere, ya que, para él, “dinosaurio” significa lo que “almuerzo” para Lowery. Cuando, más tarde, nuestro héroe involuntario vuelve a su casa, le cuenta la anécdota a su esposa, quien, como el colega, no entiende a qué se refiere su marido. “Dinosaurio” es también para ella la palabra adecuada para “almuerzo”. El fastidio se vuelve furia, sobre todo porque, cada día, nuevas palabras van cambiando de sentido. Llega un momento en el que ya no consigue comunicarse, ni siquiera con su esposa o su pequeño hijo. Se transforma así en una especie de Robinson Crusoe, separado del resto de la humanidad por un océano de palabras cuyo sentido le es esquivo.
El final del capítulo transcurre en la habitación del hijo, que se enfermó. La preocupación por la fiebre del pequeño volvió a acercar a sus padres, alejados por la imposibilidad de comunicarse. En la última escena, Lowery, sentado en la cama, mira los libros de su hijo para aprender a leer. Por supuesto, ninguna de las imágenes que allí aparecen corresponde a la palabra que la acompaña. Una voz en off nos explica que Bill Lowery acaba de entrar en la dimensión desconocida y deberá volver a aprender una lengua que desconoce.
Desde hace dos años y medio, cuando asumió Javier Milei —el Presidente de los Pies de Ninfa—, muchos argentinos nos sentimos Bill Lowery. Asistimos azorados a enunciados extravagantes referidos a una inflación que baja hacia arriba, a los millones de argentinos que —en medio del desplome del consumo y del aumento del endeudamiento de las familias— habrían salido de la pobreza (una cifra que, dependiendo del día y del pastillero del Presidente, oscila entre ocho y quince millones) o a las felicitaciones periódicas entre funcionarios del área de Economía (“¡Masterclass!”) pese a los casi 300.000 puestos de trabajo formales evaporados desde noviembre del 2023 y al cierre de más de 22.000 empresas. Del mismo modo, escuchamos promesas referidas a un futuro tecnológico irrefrenable mientras el gobierno desguaza el CONICET y el INTI y desfinancia las universidades. Entre dos amenazas y tres gruñidos, el padre de Conan afirma ser la desprotegida víctima de golpistas imaginarios a quienes prometía enterrar vivos. El oficialismo y sus antenas mediáticas “hablan en dinosaurio”: las palabras ya no parecen tener el sentido que les solíamos asignar.
En Milei, fenómeno verbal, su último y muy recomendable libro, Juan José Becerra nos da algunas pistas sobre la neolengua libertaria: “Además del huevo antipolítico, lo que se va incubando por primera vez es un ánimo, una fuerza de interpelación amenazante que encuentra, menos en sus argumentos que en la pasión que los despliega, un modo de deslizarse sorteando las dificultades que se le presentan a la razón mediante la gracia de no reconocerlas”. La neolengua de la motosierra, el idioma del odio, se libera de las cadenas de la argumentación y de la esclavitud del discurso lógico. Sustituye datos y hechos históricos por supersticiones reaccionarias que busca imponer a fuerza de machacarlas: “Milei considera el fracaso argentino por mera existencia de lo estatal, y en el que el rigor historiográfico no asoma como un artículo de primera necesidad en el acto de argumentar. Lo reemplazan las supersticiones libertarias de la historia argentina postulada por su maestro Alberto Benegas Lynch (h), en cuyo lenguaje especulativo Milei se formó como discípulo bajo una enseñanza sacerdotal en la que la ideología es religión”.
Becerra no la juega de entomólogo, no mira el fenómeno Milei entre dos portaobjetos, desde la comodidad de un microscopio. Al contrario, se hace cargo y lo explica como una construcción colectiva: “Pero, así como su prédica arrasa con las diferencias allí donde surjan, no está —de ninguna manera— predicando en el desierto. Todo lo contrario: es el enviado de la experiencia popular de desilusión en la política que, otra vez, como en el 2001, encuentra un solaz en la renovada ilusión de abolirla”. Sin la tierra fértil de la antipolítica, regada durante casi dos décadas por los medios hegemónicos para limar al kirchnerismo, Milei hubiera, efectivamente, predicado en el desierto. La secuencia de dos gobiernos fallidos (el de Cambiemos y el del Frente de Todos) le dio a ese magma de furia ciudadana y moralismo selectivo una justificación. El Presidente de los Pies de Ninfa representa ese nuevo sueño de solución virtuosa por fuera del supuesto horror de la política. En palabras de Becerra: “La indignación moral, el caballito de batalla con el que buena parte de la sociedad ha estado trotando durante varios años en los campos de la autoindulgencia”.
La antipolítica es la respuesta perezosa de una parte de la clase media para intentar justificar la crisis eterna que padece. Bajo esa mirada simplista, el drama sería la venalidad de los políticos; nunca las decisiones ciudadanas, ni tampoco las desastrosas políticas públicas impulsadas por nuestro establishment financiero y los organismos de crédito internacionales. Los campos de la autoindulgencia reemplazan el debate político y la confrontación de modelos diferentes por el moralismo selectivo y la encuesta judicial. Es por eso que de nada sirve debatir con quienes no respetan las reglas elementales del discurso lógico. Aceptar los términos de esa discusión inútil equivale a boxear con un contrincante munido de una silla o una llave inglesa y, a la vez, invocar indignado las reglas del marqués de Queensberry.
La única forma de escapar del laberinto de la neolengua libertaria —el último capítulo del manual neoliberal— es a través del ejercicio pleno e impaciente de la política. No se trata de refutar las alucinaciones de la banalidad psicotizada del Presidente o, mucho peor, de “hablar en dinosaurio” para mendigar el apoyo ilusorio del establishment financiero. Se trata de ofrecer la contundencia de una realidad mejor cuando el peronismo vuelva, ya casi inevitablemente, al poder. Es decir, alucinaciones verbales de un lado, desarrollo con inclusión del otro.
No parece una elección muy compleja.

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