Hablemos de la victoria

El tragicómico intento de presentar como David al representante auténtico de Goliat

 

La victoria electoral del 27 de octubre debe ser cautelosamente ponderada, particularmente por todxs sus artífices. Sus dimensiones sólo pueden ser apreciadas si se considera el proceso político que ha tenido un hito en las urnas del domingo, pero que se prolonga sin solución de continuidad. Nuestro antagonista nos ofrece pruebas elocuentes, al mismo tiempo que trabaja para generar una confusión más. Me apuro a aclarar que no me refiero a uno de los más graciosos grotescos majulianos, el del “empate técnico”.

Si consideramos que desde hace unos años se están enfrentando en la arena política dos actores excluyentes, no podemos perder de vista que un objetivo recíproco —y determinante de continuidades— de ambos protagonistas es derrotar al adversario; sin embargo, el objetivo así enunciado parece una obviedad que no revela importantes particularidades vinculadas a los fines y los medios, que mantienen la implicancia de continuidad: para el Régimen, el objetivo pasó a ser la desaparición lisa y llana del oponente, para lo cual se propuso eliminar, a como dé lugar, a su líder indiscutida; es decir que la derecha democrática entiende que democracia y guerra son sinónimos, lo que refuerza la idea de que el domingo se ganó una batalla; nada más, y nada menos. Otra singularidad está dada por cuanto el medio principal que emplea esta nueva derecha es también una constante y, por lo tanto, signo de continuidad: la mentira en cualquiera de sus formas; por ejemplo, al servicio de la manipulación que activa miedos irracionales y odios, o de la persecución política que anula al adversario. Naturaleza y continuidad de semejantes fines y medios son una medida inequívoca de la calidad del adversario y, por lo tanto, del valor de nuestro triunfo.

Claro, el mismo proceso político impone condicionamientos: ahora se trata de

  • a) debilitar y —así— condicionar al futuro gobierno y
  • b) neutralizar a Cristina mientras continúa la tarea para demolerla.

Como botones de muestra tenemos la corrida cambiaria que esta vez fue provocada antes, no después de la elección; la reciente e insostenible reivindicación de la mágica causa de los cuadernos quemados pero reaparecidos, por parte del periodista que hizo la amañada denuncia; y las interpretaciones de analistas de los medios dominantes que, desde que se conoció la fórmula del Frente, sostuvieron que más temprano que tarde las diferencias entre Cristina y quienes se iban integrando a la coalición tendrían incidencia en un eventual gobierno, particularmente las del candidato a Presidente Alberto Fernández. Desde el lunes están intentando instalar, con rango de certezas,

  • a) que las discrepancias ya se han puesto de manifiesto —ofrecen como prueba la composición de los palcos del domingo a la noche en ocasión de los festejos y el de la asunción del gobernador de Tucumán del martes— y,
  • b) que el triunfo ha sido ajustado. Esta evaluación del resultado es una maniobra que tiene como antecedentes directos e inmediatos la estrategia del “sí, se puede” y la narrativa que siguió al segundo simulacro de debate presidencial, la del Macri “más entero” y “dispuesto a dar pelea” a pesar de las grandes “dificultades”, de las que sería víctima y no causante. En síntesis, mostrar como el héroe David al representante de Goliat.

Que la derrota definitiva del campo popular  y la eliminación de Cristina son objetivos sepultados por la historia de nuestro pueblo y la inclaudicable entereza de esa mujer, son hechos constatados que difícilmente se puedan revertir.

Que la realidad se encargará de convertir en frustración la ilusión de quebrar la unidad popular pacientemente construida, es una hipótesis de alta probabilidad de ocurrencia.

En cambio, ciertos indicios sugieren que la prédica del resultado ajustado ha encontrado recepción, particularmente por parte de algunxs compañerxs que en lugar de festejar fueron ganados por una sensación de derrota.

Hagámonos entonces algunas preguntas: aquí y en cualquier parte, ¿es escasa una diferencia de 8 puntos, que podría ser mayor cuando se conozca el escrutinio definitivo? ¿Es ajustado un triunfo obtenido no sólo ante el principal candidato del Régimen, sino ante los de todas sus variantes; o qué otra cosa son Espert y Gómez Centurión? ¿Es apretada esta victoria frente a un fuerte bloque de poder liderado por la banca extranjera e integrado, entre otros, por el gobierno de EE.UU., los grandes medios y poderosos grupos económicos? ¿Es aceptable menoscabar el triunfo cuando sectores pertenecientes al campo popular fueron funcionales al Régimen en lo que fue una virtual segunda vuelta? ¿Es poco haber ganado en primera vuelta? ¿Es razonable una interpretación que convierte en una especie de derrota política el triunfo en las urnas obtenido en condiciones objetivas claramente adversas? Cuestionamientos a la performance electoral en tales circunstancias, ¿no serían un lujo político que no nos podemos dar? ¿Qué intereses se benefician con tal evaluación? Estas no son todas, pero alcanzan.

Si tus respuestas son mis respuestas, entonces tenemos que festejar. Festejar con alegría una gran victoria, que ha disipado el miedo más genuino: el de sólo pensar que podrían seguir cuatro años más. Festejar porque hemos sido protagonistas de un 27 de octubre que quedará registrado como una histórica derrota de la oligarquía. Festejar porque hemos ganado con un arma noble, la urna.

Si tus respuestas son mis respuestas, preparate y sumate para seguir en la lucha que continúa y que no dará tregua, contra un rival poderoso pero que puede y debe ser vencido en beneficio del pueblo entero.

Si tus respuestas no son las mías, preferiría estar equivocado y no que los mismos magos que lograron que en 2015 Macri se convirtiera en Presidente, hayan logrado ahora dar vuelta con un micrófono el partido que ganamos categóricamente en la cancha.

 

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