HADAS DE NOVELA NEGRA EN NUEVA YORK

Retorna un autor al que oscurecieron por su luminosidad

 

Par complementario de las brujas, las hadas ocultan en forma aviesa su lado oscuro tanto como las primeras su luz. Si no, obsérvese al Hada Buena de la base aérea de Morón cuyos ropajes paulatinamente se deshilachan dejando a la vista una desnudez perversa. Las otras, las que valen, las de los cuentos, resultan más funcionales a la siesta de los adultos que al grácil solaz de los infantes, quienes alimentan el pavor nocturno con la amenaza de la mágica irrupción.

Esta última idea acaso haya primado en el espíritu de James Patrick Donleavy (Nueva York, 1926 – Irlanda, 2017) al escribir Cuento de Hadas en Nueva York allá por 1961 y publicarla una docena de años más tarde. Por estas pampas la novela vio raudamente la luz muy rápidamente, en 1975, en una impecable traducción del gran Enrique Pezzoni (Buenos Aires, 1926 – 1986) que hoy reedita con prolijidad una editorial recién parida.

 

J. P. Donleavy.

 

Lo que traen a cuento las hadas de J.P. Donleavy son treinta y un capítulos de unas doce páginas por unidad. Dentro de los cuales rebosan varias historias dentro de una historia, cuya multiplicidad se asienta más en la desopilante intensidad de los personajes que en su número, que tampoco es escaso. El grueso de la trama gira en torno a las peripecias de Cornelius Christian, que arriba al puerto de Nueva York con el féretro de su esposa, muerta durante el viaje. De buenos modales y bien parecido, el joven viudo se conchaba en la funeraria encargada del servicio fúnebre, donde inicia un rally tan dipsómano como infatuado y erotómano, no obstante insuficiente para liquidarlo. Se cruza con una viuda serial, codiciosa y celotípica en una relación que siempre amaga y nunca llega. Hay un sepulturero con ínfulas de aristocracia, sexo, un médico de modales lisérgicos décadas antes de que se popularice el ácido, un exhibicionista que no muestra sus partes sino frases filosóficas, sexo, la indispensable novia de la adolescencia humillada como corresponde, la señora burguesa que hace añicos sus votos matrimoniales, sexo, piñas, palazos, algunos tiros, alcohol en abundancia.

Personajes con lenguaje propio de exquisita —para bien y para mal— idiosincrasia, deambulan sin embargo dentro del mitológico vientre de una protagonista omnipresente: la ciudad. En lo que transcurre de un invierno a otro surge una urbe amenazante, donde la señal para bajar del bus se hacía tirando una soguita, los cigarrillos costaban menos de medio dólar, los varones usaban sombrero y las damas, guantes. Una polucionada Nueva York de enormes limusinas, con iluminación expresionista, en crudo banco y negro, con vestimentas en verde, marrón, azul oscuro. Descripta en forma puntillosa: “La prostibularia avenida Lexington, el amplio bulevar del Park y los elegantes emporios de Madison. Entre la gente que inunda la pálida, gris Quinta avenida. Ráfagas de aire frío desde calles transversales. Soplan sobre Brooklyn. A través de los barrotes de cárceles y manicomios. Tras los cuales miran los perturbados ojos prisioneros”. Escenario de amor/odio que procura extenderse bajo el imperio de “esta lengua rocosa que Nueva York parece sacar ante el mundo con insolencia para mostrarle sus inmensas golosinas rellenas de oro. Aquí tiene uno apenas un segundo para subir al escenario. Y desde allí saludar o saltar desde un rascacielos”. Escenografía que alude a un país en su conjunto: “Eh, qué está haciendo encerrado ahí con mi mujer. Extasiado con la bandera norteamericana. Con las últimas estrellas que tiene. Una por los negros, otra por los pardos, otra por los amarillos, diez por los blancos. Y el resto por todos los miserables. La izaré para demostrar a los vecinos en qué país inmundo vivimos. Allá, en el jardín de ese hijo de puta con toda la patriótica estatuaria que es Norteamérica”.

Poco agrega que J.P. Donleavy haya luchado en la Marina de los EE.UU. toda la Segunda Guerra y en 1946 emigrado para hacerse ciudadano irlandés. Pues Cuento de Hadas es todo lo contrario —si esto fuera posible— a una novela autobiográfica o de un amor despechado. Se parece más a un relato fantástico sin magos, tecnología ni criaturas sobrenaturales. Con meros mortales porque la muerte más que acechar, se hace amiga; en palabras del funebrero: “Solo la muerte es nuestro ámbito. Y nosotros ofrecemos consuelo. Y vivimos mientras los demás mueren”. Jugueteo con lo tanático hasta volverlo erótico mediante una acción vertiginosa, sin respiro, en la que pasan cosas una tras otra bajo la mira telescópica de descripciones cortadas a filo de cuchillo, diálogos contrapuntísticos, frases cortas, tajantes. En las que el autor intercala metáforas con destellos metafísicos: “Los labios de Fanny son un suave durazno que se parte”; “Los débiles despiertan en los fuertes un apetito feroz”; “Exhaustos caballos de tiro, enmudecidos después de aullar como locos en sus pesadillas”; “Si come bien, caga bien y trabaja bien, nada puede matarlo, salvo una larga vida”; “La naturaleza humana me decepcionó y perdí la esperanza porque la encontré muy semejante a la mía”. Cinismo emparedado entre Kierkegaard y Groucho Marx, genera sarcasmo y remata con ironía cada capítulo mediante poemitas símil haiku, sin métrica, adrede despeinados y en bastardilla: “No se moje / los pies / en el / cielo”.

Modelo de escritura incapaz de encajar en ninguna academia, genera una belleza extraña al conducir al lector —de la mano, la nariz o el rabo— por senderos abruptos que de repente se transforman en amplias autopistas de lenguaje. Frases escuetas, nunca estrechas ni mezquinas, hacen del sentido un saltimbanqui vigoroso que tuerce la escena según mire hacia un lado o hacia el otro. En el malabar, cambia de la tercera persona a la primera sin escalas, intercala el sueño en la vigilia, derrapa en una curva en la que parece estrolarse y sin embargo retoma el camino tras hacer añicos la obviedad. Multiplicidad de recursos que hacen del lenguaje una megalópolis incrustada en la ciudad acaso más cosmopolita del orbe, la prosa de Donleavy vuelve a descubrirse a cada página, montada sobre una historia devoradora en su frenesí, de lectura rápida si se quiere, honda cuando se intenta. Las hadas jamás se muestran a simple vista. Hay que resignificarlas.

 

FICHA TÉCNICA

 

 

 

 

 

Cuento de Hadas en Nueva York

J.P. Donleavy

Buenos Aires, 2018

409 págs.

 

 

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