Haroldo sigue andando en la luz

Los 45 años de la desaparición de Conti, la carta que Sábato le escribió a su hija y los archivos de Crisis

 

1.

Casa Rosada, mediodía del 19 de mayo de 1976. El Presidente de facto Jorge Rafael Videla encabeza la mesa del almuerzo. Comen con él los escritores Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, el padre Leonardo Castellani y el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), Horacio Esteban Ratti. Al principio Sabato y Ratti son los que más hablan: Ley del libro, derechos de autor, problemas de la SADE. Sabato plantea la necesidad de crear un consejo de notables que supervise los programas de televisión. Borges, con el tono humorístico de Borges (si es que puede llamarse humorístico algo que sucede en la mesa de Videla) dice que él no integraría nunca ese consejo. Sabato aclara que él tampoco. ¿Entonces? Embarcan a los otros, pero ellos se quedan en tierra, piensa el padre Castellani, que recuerda que en Inglaterra conversó con Chesterton sobre un consejo de supervisores de radio que el viejo escritor inglés integraba. Videla escucha. Castellani ya no piensa en Chesterton sino en Haroldo Conti, el escritor que está desaparecido hace dos semanas. Del consejo de escritores cambian de tema y empiezan a hablar de política (si es que puede llamarse político un tema que se toca en la mesa de Videla): Borges y Sabato afirman que Argentina nunca ha sido purificada por una guerra internacional. Silencio en el silencio de una mesa oscura. El dictador los mira. Repiten: purificar el país a través de la guerra. El genocida, que hasta entonces casi no había hablado, les dice que la Argentina ya había tenido guerras internacionales. El Padre Castellani piensa en la Triple Alianza, en la Independencia, en las dos guerras mundiales que sufrió Europa. Y Europa sigue impura, piensa el Padre. Borges y Sabato se quedan en silencio: negarán, más adelante, que hayan hablado de purificar el país a través de la guerra. Pero Castellani los oyó clarito. El viejo Borges habla de su reciente operación en los ojos y hace un chiste. Castellani volvió a pensar en Haroldo Conti. Piensa también en otras personas que le pidieron que intervenga por ellos por situaciones menos urgentes, pero teme que el pedido que está por hacer por Haroldo se desdibuje. Saca papel y birome del bolsillo y escribe: Haroldo Conti. Le extiende el papel al mandamás de la tortura y la muerte. Videla recibe el papel, habla: la paz va a volver muy pronto al país, dice. ¿Eso qué quiere decir?, piensa el anciano padre Leonardo Castellani. No lo sabe y acaso no lo sabrá nunca: morirá cinco años después, en 1981. Eugenio Ratti, animado por el gesto de Castellani, le extiende una lista al Asesino, en la que había escrito el nombre de 16 escritores que estaban pasando  tales fueron sus palabras, “por una circunstancia muy lamentable”. Videla insiste: cada una de esas situaciones será analizada y aclarada de acuerdo a la Ley. Ratti quiere ver en esto un buen presagio.

 

De izquierda a derecha: Horacio Ratti, Jorge Rafael Videla, Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, el padre Leonardo Castellani y el general José Villareal.

 

 

2.

El párrafo anterior es un lacónico y libre retrato de la ya famosa reunión de cuatro escritores con Videla. Fue escrito con los testimonios que Leonardo Castellani y Horacio Ratti brindaron tiempo después del almuerzo a la revista Crisis, que los publicó en julio de ese 1976, en lo que sería su penúltimo número (de su primera etapa, porque en 1986 volvería a salir a la calle). Vale aclarar que aquella ocasión los mencionados Sabato y Borges se negaron a conceder reportajes a la revista Crisis, pero no al diario La Razón, en el caso de Sabato. Allí dijo sobre el almuerzo:

“Es imposible sintetizar una conversación de dos horas en pocas palabras, pero puedo decir que con el Presidente de la Nación hablamos de la cultura en general, de temas espirituales, culturales, históricos y vinculados con los medios masivos de comunicación. (…) Hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuo. En ningún momento el diálogo descendió a la polémica literaria o ideológica. Tampoco incurrimos en el pecado de caer en la banalidad. Cada uno de nosotros vertió, sin vacilaciones, su concepción personal de los temas abordados. (…) El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la modestia del Presidente”.

En Crisis, precisamente, había brillado el escritor Haroldo Conti y sólo hay que ir a los antiguos números (hoy todos disponibles en internet en esta extraordinaria colección) para ver la magnitud de las crónicas que allí escribía el autor de algunos de los mejores cuentos y novelas que se hayan compuesto en la Argentina. La obra de Haroldo fue interrumpida con su desaparición, ocurrida en la madrugada del 5 de mayo de 1976, a manos de una brigada operativa del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército.

Desde entonces Haroldo Conti está desaparecido. Testimonios afirman que murió en el Centro Clandestino de Detención El Vesubio, víctima de las torturas a las que fue sometido. Castellani logró visitarlo el 8 de julio del 76, probablemente poco tiempo antes de su muerte. El último número de la primera etapa de Crisis, publicado en agosto del '76, lo cierra un texto de su director, Eduardo Galeano, titulado El hombre y el río. Ahí escribía:

“¿Cuántos naufragios sufrió mi hermano Haroldo, además de aquel que le rompió el barco contra las costas del Brasil? ¿Cuántas veces creyó descubrir, en la bruma, la perdida nave azul? ¿Cuántas veces se reventó contra las rocas? ¿De dónde le vienen los dolores que le atormentan el cuerpo? ¿Para qué escribe mi hermano Haroldo si no es para salvarse y salvar lo que merece ser salvado? Los pescadores van y vienen por el Paraná. ¿Qué aventuras te prometen o devuelven, hermano Haroldo, el río barroso y la alta mar? ¿Encontrarías lo que venís persiguiendo, un mediodía cualquiera, en el centro de las aguas o del cielo? ¿O has descubierto ya que tu navío imposible viaja por los caminos del jodido mundo? ¿Es dura la travesía, hermano? ¿Andar duele? Al final del recorrido no está la eternidad, sino nosotros. No te detengas. No te nos vayas a caer, que te andamos precisando”.

 

Haroldo Conti en el delta del Tigre.

 

 

3.

Año a año el número de lectores de la obra de Conti crece como un río y nuevas y viejas generaciones se dejan arrastrar por la corriente de su caudalosa literatura. Se lo reedita, se lo traduce, se lo lee y se lo quiere. El amor íntimo que Conti despierta en los lectores no tiene muchos precedentes. Todos los testimonios coinciden en que era un hombre extraordinario, un gran padre y compañero, un militante sensible y comprometido hasta la médula. Hay una carta suya, dirigida en enero del '76 a Fernández Retamar, en la que dice:

“(…) Me dijo Marta que le dijo Gustavo Hernández, de la embajada, que según una carta de Beba yo daba por sentado que este año iba a La Habana. No sé de dónde salió eso pero juro que jamás se me cruzó por la cabeza. Para mí lo que decidan los compañeros está siempre bien porque se hace de acuerdo a los intereses de la Revolución. Así trabajamos aquí noche y día y esto nos salva del individualismo y las decisiones personales tan funestas a menudo. Por otra parte, mi mayor alegría es que viaje a allí gente nueva para que eso se conozca cada vez más. Sé lo bien que les hace a los compañeros y ojalá que pudiesen ir todos. Muchos se lo merecen y lo necesitan más que yo, inclusive para salvar sus vidas. Quiero que esto quede claro. En cuanto a la situación aquí, las cosas marchan de mal en peor. Me acaba de informar muy confidencialmente (…) que se espera un golpe sangriento para marzo. Inclusive los servicios de inteligencia calculan una cuota de 30.000 muertos”.

Año a año, en varias ocasiones pero fundamentalmente los 5 de mayo, se reproduce en la prensa, en las conversaciones y en los recordatorios, la escena con la que se inicia esta nota. Las fuentes son fiables, probablemente exactas, y sobre eso no quedaba mucho que decir. Este 5 de mayo, cuando se cumplieron los 45 años del secuestro de Haroldo Conti, su hija Alejandra dio a conocer en su Facebook una carta que le envió Ernesto Sabato, hasta entonces inédita, que dice lo siguiente:

“Santos Lugares, 5 de mayo de 1983

Querida Alejandra:

Imposibilitado de estar con ustedes personalmente, no quiero, sin embargo, que falte mi palabra de emocionada adhesión al homenaje que se tributa a tu padre, en el séptimo aniversario de su desaparición. Seguimos esperando que la dictadura militar dé cuenta de todos y cada uno de los hombres y mujeres que por decenas de millares desaparecieron en las tenebrosas sombras de las cárceles secretas. No queremos ni siquiera sentir hablar de conciliación si no es sobre la base de la estricta justicia para todos los que en este trágico período de la historia argentina cometieron delitos. Y esperamos que el gobierno constitucional aplique con rigor el ejercicio de la justicia que establece nuestra Carta Magna.

Te pido que leas estas líneas en el acto y te abraza cariñosamente,

Ernesto Sabato”.

 

Facsimilar de la carta. Archivo de Alejandra Conti.

 

 

4.

Alejandra Conti tiene 63 años, es profesora y artista plástica. Entre sus obras se destaca Libro de plumas (ver video), una serie de dibujos que nació a partir de una pluma que encontró en la calle: ¿A dónde van a morir los pájaros?, se preguntó Alejandra, y esa pregunta dio inicio a más preguntas (¿A dónde está el pájaro al que le perteneció?), asociaciones con la ronda de las Madres de Plaza de Mayo, dibujos, frases escritas en lápiz.

 

 

 

 

Libro de plumas es –afirma Alejandra– una obra en construcción, todavía abierta.

Ella está en Buenos Aires, “en el centro del centro de la pandemia”, dice, y yo le cuento que estoy en Rosario, que por estos días es como estar en un pequeño espejo de Buenos Aires. Se ríe. Vamos, súbitamente, a Sabato y al contexto de su carta:

–Cuando yo publico esa carta fue como una manera de reivindicar la figura de Sabato, en el sentido de que para mí fue muy importante su apoyo. A ver si me puedo explicar: yo esto lo hablé con Jorge Asís, el Turco, porque bueno, quería cotejar algunas cosas sobre esa famosa carta que habíamos hecho para pedir por mi viejo (en ese momento estaba Viola); una carta que habíamos redactado (en la que pedía la aparición con vida de Haroldo) y por la que empiezo a juntar firmas. Es muy difícil explicar el momento en el cual se vivía. Yo eso lo hice sola, cuando lo recuerdo no lo puedo creer; era una locura si lo ves de ahora: por ejemplo yo me iba por calle Corrientes, una de la mañana, dos, a esperar que salieran los actores de los teatros para juntar firmas.

–¿Año 81?

–Sí. Entonces yo empiezo a pedir firmas, y por ejemplo consigo la de María Elena Walsh: me recibe en la casa, en ese momento estaba con una sueca de Amnesty y nos sentamos ahí en el living y yo le comento: “Mirá, estoy buscando firmas de apoyo para, bueno, presentarlas a la Junta…” y María Elena Walsh me mira y me dice: “¿Vos todavía creés que está vivo?”. Yo no me olvido más de eso. Por supuesto, me firmó.

A mí el impulso que me daba la valentía (o el coraje, o lo que le quieras llamar) para esto que hice, era la convicción de que lo iba a encontrar, de que estaba vivo. ¿Te das cuenta? Me llevó mucho tiempo de terapia aceptar eso; es más, en ese momento fijate que había versiones de que los desaparecidos se habían rajado a Europa, las versiones eran esas, que se estaban dando la gran vida en Europa. Versiones espantosas.

–¿A quién más le pediste la firma?

–Conseguí el teléfono de Antonio Berni, el pintor. Y bueno, yo lo llamé. Me atendió muy bien, pero estaba terriblemente nervioso: “Mirá, disculpame, yo no puedo firmar porque en este momento me tienen confiscada una obra completa en la Aduana”. Recibías ese tipo de respuestas. Me explicó la situación que estaba viviendo y por la cual no iba a poder firmar. Ese es uno, ¿te digo otro?

–Bueno.

–Borges. Consigo por intermedio ya no sé de quién que me atienda Borges. Le expliqué y me dijo que él tenía mucho respeto por la obra de Haroldo pero que no concordaba con su ideología. Y bueno, le agradecí porque pensé que ni me iba a atender. Entonces Borges tampoco firmó. Después, bueno, conseguí alguna firmas.

–¿El contacto con Sabato se da ahí?

–En ese momento yo tenía a una persona allegada que consigue el teléfono. Ya estaba acostumbrada a que me dieran una excusa, por eso para mí es muy valorable que no sólo me haya atendido, sino que me invitó a Santos Lugares. Fuimos una tarde; Matilde, su señora, nos sirvió un té, estuvimos charlando un rato bastante largo, ahí en ese living le expliqué que lo seguíamos buscando.

–¿Año 81 también?

–Claro. Yo creo que le debo haber leído la carta que habíamos redactado. Hay gente que me pregunta qué pasó con esa carta y fijate cómo son las cosas que yo no la presenté, no la llevé a mesa de entradas, y claro, me hacen llegar por intermedio de una persona, que estaba en la Marina, una advertencia clarita, concreta y corta: que me dejara de joder. Entonces ahí todo material que te comprometiera tenías que destruirlo u ocultarlo, y bueno, yo vivía con mi madre, estaba mi hermano Marcelo, estaba comprometida también una tía mía, la hermana de mi papá, entonces evidentemente yo no presenté esa carta, tampoco sé dónde la escondí. Era todo personalmente, a escondidas, muy difícil, una época muy difícil; por eso quiero rescatar que para mí fue importantísimo que Sabato apoyara.

Cuando le dije que íbamos a ver si podíamos hacer una conferencia en la SADE para presentar el pedido, él me dijo: “Bueno, yo voy a ir a la SADE, no suelo hacer esto, lo voy a hacer por vos”. Entonces cómo no voy a valorar eso, ¿me querés decir? Yo quiero destacar que nunca conocí a un intelectual tan ingenuo y humilde como Sabato.

–¿Volviste a verlo a Sabato? ¿Volvieron a tener contacto?

–En ese té que tomamos, esto lo vamos a llamar nota de color, para que no sea trágico, resulta que en un momento terminamos de tomar el té, charlando y qué sé yo, se levanta y me dice: “¿Vos sos artista plástica, pintora?”. “Sí”, le digo. ¿Viste cuando te sacan de contexto? Me acordé de mí en ese momento, me pareció raro que me preguntara a mí, mi persona, y entonces me dice: “Vení, te voy a mostrar algo porque quiero tu opinión” y me lleva por un pasillo a un cuartito, en el cuartito abre la puerta y yo me quedé muda; había cuadros, varios, todo orgulloso me empieza a mostrar las pinturas. Ahí descubro que también pintaba, entonces ahí nos pusimos a hablar. Estuvimos hablando de composición, de colores; una charla hermosa y sorprendente. La cuestión humana fue para mí importantísima, es más, a partir de esa charla que tuvimos, todos los años, por ejemplo para Año Nuevo o Navidad, me mandaba tarjetas.

–¿Sobre Haroldo hablaron? ¿Te dijo algo?

–Yo no te voy a mentir, no puedo recordar el dialogo que tuvimos. Para mí fue muy fuerte que aceptara ir a la SADE. Era muy jugado que alguien aceptara, por eso te digo: no se puede juzgar tan duramente. De alguna manera lo reivindiqué, porque se lo merece.

Un detalle, pero es importantísimo: en ese momento no sabíamos el plan de exterminio, no te lo podías imaginar, por eso yo seguía buscando a mi padre, ¿entendés? Porque lo último que se te ocurría era que los asesinaban, aunque te parezca una cosa obvia ahora. No lo sabíamos los que estábamos medianamente afuera de la situación. Con familiares habíamos hecho actividades para concientizar a otros familiares de desaparecidos, íbamos a la plaza con folletería y organizábamos actividades, si había grupos de chicos hacíamos pintura y aprovechábamos para dar el folleto de concientización de lo que estaba pasando. Yo me acuerdo de una tarde en la que nos paramos un grupo de familiares a entregar folletería en el Obelisco, ¿sabes qué hacía la gente? Nos queríamos acercar para darle el folleto y te esquivaban.

 

 

 

5.

Ernesto Sabato tiene, como Borges, un grueso historial de halagos hacia golpes militares previos a su encuentro con Videla. Después de este recuerdo de Alejandra, Sabato seguirá teniendo lecturas de la historia tan brutalmente incongruentes como aquella de purificar al país a través de la guerra. Alejandra Conti no niega las intervenciones de Sabato ni el almuerzo que éste tuvo con el Dictador. Y tampoco niega su gratitud y su recuerdo, esa nota de color en el espanto. Alejandra simplemente recuerda (con un tono de ternura que se pierde en la desgrabación), tal como le pidió su padre en una breve carta sin fechar:

"Ale:

Gracias por enseñarme a amar a todas las pequeñas cosas de este mundo. Gracias por ser hermosa y dulce y acaso parecida a este loco vagabundo que no merece pero que todos los días se maravilla de ser tu padre.

Recuérdame siempre con ternura, que es lo que ha olvidado el mundo.

Papá".

 

 

 

* Publicado en el portal Río Belbo.

 

 

 

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