Hay que salir a ganar

Hace falta decisión y audacia para movilizar y apasionar al electorado

 

Llovió.

Y acotó los daños sobre la cosecha que estaba provocando la prolongada sequía en todo el país. Sequía que había logrado el milagro de que la Mesa de Enlace, autodesignada autoridad suprema de la Argentina, se dignara a presentarse ante a las autoridades nacionales para reclamar medidas de ayuda frente a un problema realmente existente.

No sólo iba a perder de ganar “el campo”, sino que las proyecciones de ingresos de divisas y de recaudación tributaria iban volviéndose más oscuras a medida que Dios no mandaba llover.

Así está la Argentina que no logró industrializarse plenamente, que no desarrolló nuevas capacidades competitivas exportadoras, que no desplegó su potencial científico y tecnológico: dependiendo de la lluvia…

 

 

A la caza del mítico empresario responsable

El gobierno profundiza su meta de acuerdos negociados con el empresariado para controlar los precios e ir haciendo una política que mantenga algún grado de reactivación y permita una leve mejora de los ingresos populares.

Se recuesta para eso en la buena voluntad de las diversas fracciones empresarias, ya que no parece dispuesto a usar las herramientas disciplinadoras de las que dispone el Estado. Dentro de los escasos márgenes de los que dispone, intenta utilizar la provisión selectiva de dólares a diversos sectores como un premio que los lleve a respetar las políticas de precios que pactan con el gobierno.

Mientras tanto, sigue presenciando maniobras de sobre y subfacturación de exportaciones, y de jueguitos al borde de la ilegalidad en los diversos mercados bursátiles y financieros. Castiga o limita a algunos puntualmente, sin querer hacerse una imagen de anti-empresario.

El gobierno hace un enorme esfuerzo de construcción de puentes y de confianza, para disuadir a fracciones empresarias de peso de seguir ganando sin apostar al caos económico.

No se puede decir que la política actual de reducción tendencial y acordada de la inflación vaya a fracasar indefectiblemente, pero reposa en un conjunto de elementos muy volátiles. Mencionábamos antes el problema de la sequía, y por lo tanto la reducción de las exportaciones y del ingreso de divisas, que ya estaba promoviendo una subida de los dólares marginales.

También la disparada en el precio de la carne en las últimas semanas afectará el futuro índice de precios. Algunos, mirando al dólar marginal, sacarán la conclusión de que será mejor remarcar por las dudas. Otros, mirando los precios en movimiento, supondrán que lo mejor es comprar dólares. Son comportamientos que refuerzan las enfermedades de la economía local.

Es un clima económico para nada novedoso, característico de las restricciones cambiarias generadas por las políticas neoliberales, combinadas con las debilidades fiscales tradicionales del Estado argentino y los comportamientos microeconómicos ultradefensivos o ultraespeculativos de los empresarios, incorporados a su ADN decisional a lo largo del tiempo y de las crisis locales.

Todo es frágil, y nadie es leal a nadie.

 

 

 

Aracre

La incorporación como jefe de asesores presidenciales del ex CEO de Syngenta, Antonio Aracre, ha generado numerosas polémicas y no pocos rechazos en el campo nacional y popular.

Aracre se había caracterizado, en forma creciente durante los últimos dos años, por su participación en los medios, con opiniones que sorprendían dado que no era lo que habitualmente se suele escuchar en el ámbito empresarial más concentrado, ganado por una ideología neoliberal extremista y antisocial.

El nuevo jefe de asesores, en cambio, ofrecía opiniones matizadas en relación a los típicos libelos patronales, a la derecha más apocalíptica y golpista, y se mostraba dispuesto al intercambio con gente con la que no coincidía. Sin abandonar –por supuesto– una mirada corporativa, parecía comprender que era necesario buscar adecuaciones entre la lógica de la acumulación capitalista y las necesidades de otros sectores golpeados del país.

En esta columna mencionamos, sin nombrarlo, su propuesta pública de que el gobierno contratara a miles de egresados de la carrera de Economía para ponerlos a controlar los costos y los precios de las principales empresas formadoras de precios, para eventualmente castigar con severidad a los abusadores. En su momento señalamos que eso estaba “a la izquierda” de lo que el actual gobierno es capaz de imaginar.

Su incorporación suscitó airadas críticas, como si eso confirmara un giro “derechista” o “pro-patronal” de Alberto Fernández. En todo caso, este gobierno no ha pretendido, en ningún momento, sacar los pies del plato de lo que el consenso empresarial realmente existente cree que hay que hacer. Pudo haber roces marginales, pero desde el Ejecutivo no se ha manifestado ningún desacuerdo sustancial con el poder fáctico. El Presidente no ha venido a generarles desagrado, aunque una parte de los señores empresarios no ha cesado un instante en mostrar su desprecio por el Frente de Todos desde el primer día de la gestión.

Además Aracre, a diferencia de otros personajes menores y turbios que lo precedieron, no proviene de roscas políticas poco conocidas. Conoce el gran mundo empresarial porque tiene una larga trayectoria allí adentro.

No dirigió la sección regional de cualquier multinacional, sino de una multinacional muy particular, porque no es una multinacional occidental. Syngenta pertenece a China National Chemical Corporation (ChemChina), gigante productivo y comercial que viene comprando otras firmas de enorme dimensión a nivel global, y que para colmo de males occidentales es una empresa cuyo dueño es el Estado Chino.

Toda persona informada conoce, a esta altura de los hechos, el significado de la guerra económica multidimensional que Estados Unidos está desplegando contra China en todo el planeta, y por supuesto en América Latina. Consignamos, en estos años, las graciosas advertencias de los funcionarios norteamericanos de gira por su patio trasero sobre los peligros del “imperialismo chino”. Y recordemos la orquestada campaña que se desató localmente contra las “granjas chinas”, un proyecto de exportación masiva de carne porcina a China que prometía mejorar en 2.000 millones de dólares la balanza comercial argentina. El gobierno se asustó y lo archivó.

Pero aunque Aracre no significara nada en términos del posicionamiento internacional argentino, puede significar algo en términos de manejo del Estado.

 

 

En uno de sus habituales tweets, informó recientemente que estaban planificando junto al Presidente las metas gubernamentales del primer trimestre del año. Debemos decirlo con franqueza: en un gobierno que se ha caracterizado por la improvisación, por la falta de metas y propósitos explícitos, por las idas y vueltas improductivas, por la inconsistencia de numerosas acciones, introducir un poco de pensamiento metódico, ordenado, como es el que impera en las buenas grandes empresas, es ya un avance.

Para poner un ejemplo: se perdieron casi dos años en iniciar la construcción de gasoducto Néstor Kirchner. De contar con ese gasoducto desde el año pasado, tendríamos ya una situación más holgada en el comercio exterior, y por lo tanto menor presión sobre las divisas. Las maniobras especulativas y desestabilizadoras serían menos preocupantes y habría un margen mayor para la reactivación.

Claro, eso nunca reemplazará contar con una mirada política estratégica, pero el aspecto de la planificación hace demasiado tiempo que brilla por su ausencia en un espacio político marcado por el cortoplacismo y perdido en las maniobras “tácticas”.

La falta de planes, metas y plazos no es patrimonio intelectual del pensamiento progresista, sino la quintaesencia del neoliberalismo periférico.

 

 

 

Situación de derecha

Para salir de la discusión, muy actual, sobre si este gobierno es nacional y popular, de centro indefinido, o de derecha tramposa, proponemos un ejercicio.

Olvidémonos un segundo de qué frente gobierna nuestro país. Olvidémonos de la Argentina.

Hablemos de un país X, situado en algún punto de Oceanía.

Nos cuentan los siguientes datos de ese lejano país X:

  • los grandes empresarios hacen lo que quieren, ya que el Estado no los puede controlar;
  • la distribución del ingreso es regresiva;
  • un porcentaje menor de la población la pasa bomba, mientras una mayoría tiene constantes dificultades en cuestiones básicas de la vida cotidiana;
  • los impuestos son bajos y regresivos;
  • los sectores más rentables se resisten a pagar impuestos y logran poner límites a las políticas públicas que los deberían regular;
  • la opinión pública es manipulada por medios de propaganda que responden directamente a los sectores sociales más poderosos;
  • los principales estratos judiciales están fusionados con el poder económico;
  • hay un sistema político bipartidista donde un partido no puede cambiar nada relevante, y el otro propone ampliar las desigualdades.

No cabe duda que estamos describiendo una situación que la sociología política no podría calificar sino como “de derecha”. Ninguna persona progresista, nacional y popular o de izquierda podría decir que es una situación deseable, sobre la cual se puede establecer un pacto de convivencia de largo plazo.

Es importante, al menos, ponerse de acuerdo en el rechazo a ese cuadro social, más allá de las explicaciones de sus causas.

Porque ser conservador no quiere decir tener doble apellido, vivir en Barrio Norte y tener grandes propiedades. Ser conservador es no estar dispuesto a arriesgar nada para que algo cambie.

 

 

 

La moneda está en el aire

2023 amanece como un año con enorme incertidumbre económica, social y electoral. La derecha se apresta a recibir servida en bandeja la gestión del Estado, apostando a los tropiezos que pueda acumular la actual gestión hasta el final del mandato. Ese gobierno que le caería en las manos como fruta madura, por el peso propio de una realidad inalterable, no está en absoluto garantizado.

Hasta las elecciones resta un período muy breve, que será impactado tanto por las realidades objetivas, materiales, como por los discursos e imágenes que se puedan transmitir con efectividad a la población. No es sólo qué pasará con la inflación. Son también discursos y propuestas las que movilizarán y apasionarán –o no– al electorado. Si alguien quiere, con decisión y audacia, puede impactar en un escenario así de indeterminado.

Ambos campos de la disputa política no parecen consolidados y hay elevada incertidumbre sobre proyectos y candidaturas. El escenario internacional en el que está inserta la Argentina también está fluido. Los nubarrones se alternan con los rayos de sol, tanto en la economía como en los conflictos en marcha.

En este contexto sumamente nebuloso, podemos al menos contar con algunas certidumbres, producto de la experiencia vivida en estos últimos años: un proyecto político popular no podrá prescindir de una clara vocación por la reconstrucción de las capacidades regulatorias y de planificación del Estado. Las multinacionales planifican. Los países soberanos planifican. La Argentina tiene que planificar y saber a dónde quiere ir.

Deberá plantearse metas políticas ambiciosas para responder a las necesidades populares y entusiasmar a las mayorías: vivienda, salud, trabajo. Para establecer un rumbo propio tendrá que trabajar en fortalecer la soberanía nacional, lo que implica en el siglo XXI recuperar capacidades de investigación, desarrollo y producción propias. Pero también encarar un profundo trabajo descolonizador.

Nada de esto está por fuera de las cosas que se pueden hacer en nuestro país.

Decimos esto para no parecernos a ese lejano país X de Oceanía que nos describieron, hundido en una situación de derecha, empujado hacia la resignación entre los conservadores y los reaccionarios.

 

 

 

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