HEGEMONÍA

Recuperación de derechos de los sectores populares y disciplinamiento de los sectores concentrados.

 

El gobierno democrático, nacional y popular de Alberto Fernández comenzará su segundo año con el desafío de dar comienzo a un proyecto nacional de transformación, luego de un primer año transcurrido afrontando una pandemia que ha provocado una cantidad de consecuencias regresivas en el orden social y una fuerte caída de la actividad económica. Siempre es necesaria la referencia respecto a que esos efectos devastadores del virus no fueron un hecho particular argentino, sino que sus efectos se extendieron a la gran mayoría de los países. Pero al gobierno argentino, esos daños de la peste se agregaron a los años de devastación neoliberal que lo precedieron en el ejercicio del poder.

Mirando el futuro, la pregunta que se impone es: ¿de qué transformación se trata? Para responderla es útil remontarse al final del gobierno de Menem, que coincidió con la década en que el proyecto neoliberal se desplegó mundialmente con el grado más intenso del ejercicio de su hegemonía. Gabriel Palma en América Latina en su ‘Momento Gramsciano’, las limitaciones a una salida tipo ‘nueva socialdemocracia europea’ a este impasse” (El trimestre económico, oct-dic, 2020) afirma que “el desafío para los neoliberales no era superar creativamente al keynesianismo, sino borrar cualquier vestigio de su existencia”. Lo que se debe interpretar es que la economía del bienestar en los países centrales durante el período de posguerra, cuyos arreglos institucionales y política económica devinieron en una mejora en la distribución del ingreso y en el crecimiento de la productividad y el empleo, no constituía una alternativa con la cual los neoliberales pretendían competir ni discutir, sino eliminarla. En Europa el sistema político socialdemócrata-socialcristiano fue el régimen institucional articulado con ese patrón económico-social. En América Latina se desplegaron proyectos populares y/o populistas que tuvieron una matriz similar de impulso económico y construcción social. Estas alternativas en occidente y en el tercer mundo coexistieron en el marco del mundo bipolar, mientras en el bloque hegemonizado por la URSS se experimentaba el llamado “socialismo real”. La ofensiva neoliberal coincidió con la desaparición de este último, y como se sigue de la afirmación de Palma tenía el claro objetivo de acabar con el “patrón keynesiano” hegemónico en occidente.

Palma cita una de las últimas entrevistas concedidas por Margaret Thatcher, en la que responde que su mayor logro político había sido “la transformación del Partido Laborista en el ‘Nuevo Partido Laborista’”, el de la tercera vía de Anthony Giddens, Tony Blair y Gordon Brown. El autor evoca la tesis de Gramsci que sostiene que toda ideología que pretende mantenerse como hegemónica tiene que ser capaz de absorber elementos de ideologías contrapuestas, pero, como decíamos, tiene que hacerlo en forma imaginativa para articular dichos elementos con la esencia de la propia ideología, en forma creativa y penetrante. Según Gramsci, entonces, para que un consenso permanezca como hegemónico los grupos dominantes tienen que hacer concesiones ideológicas a los grupos subordinados, pero no como para poner en peligro su dominación. Las declaraciones de la “dama de hierro” revelan que su objetivo principal era producir los cambios necesarios para eliminar la potencia como alternativa política del proyecto que la precedió. La hegemonía del neoliberalismo había sido conquistada con tal magnitud que consiguió la transformación de los partidos que constituían la base institucional de la sociedad que la había precedido. El economista chileno establece la diferencia entre  las dos agendas económicas socialdemócratas, la de posguerra y la proneoliberal:

  • “En la primera la idea central era que, para generar dinamismo económico, había que disciplinar al capital y al gran empresariado de tal forma que la única manera de ganar dinero fuese haciendo algo socialmente útil.”
  • “En su versión 2.0, en cambio, la teología neoliberal impregnó la ideología socialdemócrata de forma que la convenció de que lo único que había que hacer para generar dinamismo económico era tener a los ricos contentos.” La ideología económica de la nueva socialdemocracia ha sido adoptada y pregonada por dirigentes empresariales y políticos pro status quo en la región, quienes están dispuestos a costear una agenda social que permita una salida más ordenada a la crisis. Pero en esta época de globalización del capitalismo financiarizado sustituyen la alternativa de financiar dicha protección social con reformas tributarias progresivas con la opción de aumentar la deuda pública, como lo ha hecho la nueva socialdemocracia europea. Imaginan que una salida de este carácter conduciría al ideal de una situación win-win: en lo económico conservaría el corazón del modelo rentista neoliberal, y en lo social  con la colocación de bonos públicos  en mercados financieros internacionales con exceso de liquidez y a tasas de interés muy bajas, podrían financiar la paz social y un miserable piso de asistencialismo de los sectores más vulnerables, bajo la advocación de un ideario de equidad. Igual que los socialismos derechizados europeos, su programa contempla seguir permitiendo que grandes agentes continúen manipulando indiscriminadamente los mercados productivos y financieros en su favor, inclusive continuando con la mercantilización continua de los espacios de la vida social.

Esta expresión de transformismo es lo que expresa el voto de la UCR y otros  “autoconsignados como progresistas” en contra del “aporte de las grandes fortunas”, y también el peso de la cultura hegemónica neoliberal para que no se pudieran conseguir los votos parlamentarios para que ese aporte por única vez hubiera sido sancionado como impuesto permanente. También las dificultades para lograr un texto final para su tratamiento, que no incluyó a las personas jurídicas. Pero haber logrado la aprobación parlamentaria, entonces, no sólo resuelve una necesidad frente a la emergencia sanitaria sino que constituye un avance en la disputa cultural del campo nacional y democrático.

 

 

Solcialdemocracia 2.0 en la Argentina

En la Argentina el primer intento de socialdemocracia “versión 2.0” fue el de la Alianza que llevó al gobierno a la fórmula De la Rúa-Álvarez, luego del liberalismo neo que cumplió su etapa más larga y profunda durante el gobierno de Menem. Antes de la asunción, dos intelectuales provenientes del campo de la heterodoxia económica escribieron un artículo en el diario Clarín del 24 de abril de 1998. Es un texto liminar de la propuesta de subordinar a los partidos políticos populares definitivamente a la hegemonía ya construida para una sociedad neoliberal. Dicen el primer ministro de economía del que sería luego el gobierno de la Alianza y su jefe de asesores,  José Luis Machinea y Pablo Gerchunof, “entre fines de los 70 y principios de los 90, ese paisaje experimentó una profunda transformación. El consenso de posguerra se agotó y la revolución rusa colapsó. Desde entonces, un desafío se impuso a las corrientes intelectuales y políticas de centroizquierda: darle al progresismo un nuevo sentido, acorde con los tiempos. Para hacerlo, sin embargo, hay que superar un complejo dilema. Si se acepta -como se lo hace- la victoria universal del capitalismo, ¿cómo evitar la mimetización del discurso progresista con el del nuevo conservadurismo, aún cuando éste se nos presente hoy declinante y en retroceso? Y si se rechaza -como se lo hace también- al mercado como solución suficiente para los problemas económicos y sociales, ¿de qué manera apartarse de ese otro conservadurismo estatalista y proteccionista que hace tiempo agotó todo lo que podía dar de bueno a la sociedad? Es en ese estrecho espacio entre dos conservadurismos que líderes como Blair, Jospin, Prodi, Schroeder, Frei, Cárdenas o Cardoso, cada uno con sus matices, intentan construir los cimientos de un progresismo renovado”.  Nótese cómo se parte de aceptar resignadamente desde una fuerza popular “la victoria universal del capitalismo”, cómo se listan nombres encabezados por Blair, cómo se reconoce al reconvertido Cardoso cuando en Brasil había una poderosa fuerza transformadora convirtiéndose en una alternativa de poder. El discurso denota la preocupación por encontrar la forma de diferenciarse de lo que llaman “nuevo conservadorismo”. Continúan y van a la médula de los planteos de la “tercera vía” – la socialdemocracia de derecha 2.0- sintetizando su versión para la Argentina como “tareas para una época, no para un gobierno. Por ello es que en este texto vamos a destacar sólo tres puntos. En primer lugar, asumamos una definición por la negativa. No es en el plano macroeconómico de corto plazo donde encontraremos una clave de la agenda. El respeto por los equilibrios macroeconómicos no es ni progresista ni conservador, porque progresismo es distinto de populismo. Mantener un déficit fiscal bajo o limitar el endeudamiento de la Nación a las posibilidades de repago son reglas ineludibles si se quiere mantener la estabilidad y sostener el crecimiento, pero ello no define que una sociedad sea más o menos justa. Hay sí, en cambio, un debate pendiente respecto de cómo potenciar ese crecimiento; desde una perspectiva progresista se requiere complementar el funcionamiento de los mercados con políticas que incentiven las capacidades dinámicas de los sectores productivos y que consecuentemente eleven el valor agregado de la producción. En segundo lugar, el nuevo progresismo no debe detener la dinámica de la acumulación de capital, que todavía tiene mucho camino por recorrer. A diferencia de lo que puede haber sido en el pasado, cuando otras eran las circunstancias económicas, hoy no es progresista pensar en un Estado productor de bienes y acumulador de capital. Por el contrario, el énfasis hay que colocarlo en promover la dinámica inversora y en facilitar la multiplicación de actores privados en ese proceso. Una política progresista es aquella que no se conforma con que funcionen los mercados libres, sino que apunta a que lo hagan de manera adecuada y provechosa para toda la sociedad”.

Es clave la afirmación que “son tareas para una época”. La socialdemocracia de la Alianza adhiere así al concepto de la época de la victoria universal del capitalismo. Leyó el advenimiento del neoliberalismo como el signo de ese triunfo y trata de construir una política que tiene como eje la aceptación de la hegemonía de los propietarios del capital, o sea renuncia a la disputa por imponer la lógica de disciplinar al capital, de intervenir en la definición de la estructura distributiva de la sociedad, buscando un espacio para introducir accesorios que la diferencien aceptando el reino del pensamiento y la doctrina de los triunfadores de lo que llaman “una época”.

Luego viene el renunciamiento a la perspectiva keynesiana cuando se refieren al “mantenimiento de un déficit fiscal bajo” como concepto autónomo e independiente de las condiciones de la economía. Previamente hablan del “respeto de los equilibrios macroeconómicos”, sin aclarar qué significan estos equilibrios, pero sí la necesidad de desideologizarlos. En lugar de referirse a limitar el peso de los mercados, a los cuales reconocen que tenían una lata concentración, en la asignación de recursos, promueven su complementación. Dicen “que no se debe detener la dinámica de acumulación del capital”, lo afirmaban cuando se venía de una década en que esa dinámica se vitalizaba con privatizaciones, fuga de capitales y debilitamiento de las negociaciones salariales. ¡Lindo progresismo! Luego sancionan que “hoy no es progresista pensar en un Estado productor de bienes y acumulador de capital” y que se ocupa que los mercados libres funcionen de manera adecuada y con provecho social.  No se les puede negar que para formular este compendio de propuestas Machinea y Gerchunoff tienen una escritura con el refinamiento que no poseen los que hoy redactan los textos de la AEA, siendo que perseguían los mismos objetivos.

 

 

¿Qué transformación?

Gabriel Palma muestra en su artículo que la aplicación de estas políticas tuvieron consecuencias muy regresivas en términos económicos y sociales. Más que una convergencia entre países subdesarrollados y desarrollados por la mejora de los primeros, se produjo una convergencia inversa. Entre 1980 y 2018 la distribución del ingreso empeoró en los países de la OCDE y también en América Latina. La concentración de la propiedad fue vertiginosa. El aumento de la productividad estuvo estancado en América Latina, aunque el promedio de aumento del empleo entre 1980 y 2018 superó al promedio mundial. En cambio los países de la OCDE tuvieron un desempeño del empleo y la productividad menor que el promedio mundial. En Oriente, en cambio, China tuvo un desempeño extraordinario en el aumento de la productividad, aunque en el crecimiento del empleo estuvo apenas por debajo del promedio. Vietnam, India y Corea tuvieron resultados muy exitosos en las dos variables.

El desastre neoliberal y su acompañamiento de las socialdemocracias 2.0 se completan con el financiamiento de los gastos aplicados a la redistribución secundaria mediante impuestos regresivos, producto de las reducciones y reformas tributarias “ofertistas” (son las que pretenden estimular la inversión bajando impuestos), completadas con endeudamiento público. Esta última forma es constitutiva de la financiarización y una posibilidad de alta rentabilización del capital sin aplicación productiva. Las reformas neoliberales han provocado un fenómeno de concentración creciente en los mercados, que estos han perdido definitivamente potencialidad de algún disciplinamiento por competencia y su funcionamiento se centra fundamentalmente en la colusión de grandes propietarios de medios de producción y de capitales que valorizan financieramente. La liberalización neoliberal no produjo mejoras de la competencia sino un impresionante cambio del poder a favor del capital. La “victoria final del capitalismo” presentada por Giddens, Blair y sus discípulos, fue una derrota por un largo período de los sectores populares.

La Argentina inicia una etapa de transformaciones. La enseñanza de la experiencia histórica mundial, regional y nacional demuestra que se invirtió más, creció más la productividad, mejoró la distribución del ingreso, la inversión tuvo un carácter productivo y no especulativo, cuando las economías se organizaron con definidos dispositivos de disciplinamiento del empresariado, direccionando la inversión privada a fines especificados y útiles. Que en esa época fue clave la asunción del Estado de funciones productivas y su rol en evitar la concentración de la riqueza y garantizar la distribución del ingreso. Las estructuras tributarias eran progresivas. Los cambios que se introdujeron con el objeto de ampliar la protección de los derechos de propiedad, significaron una ineficiente ampliación de éstos que tuvo un impacto regresivo en las economías y sus estructuras sociales.

Cuando hoy se van a emprender cambios transformadores en la economía argentina,  el gobierno nacional, popular y democrático debería poner el centro de su análisis en la cuestión de la hegemonía política. Es momento de desplazar al neoliberalismo de ese lugar. El derecho a extender los impuestos a la propiedad –como lo recomienda Alicia Bárcena, Secretaria ejecutiva  de la CEPAL— resulta una cuestión esencial para una reforma tributaria que debe progresivizar el impuesto a las ganancias y debe establecer el impuesto a la herencia. No sólo como medidas de justicia distributiva sino como un cambio en la cultura hegemónica. Hay que cancelar el falso progresismo de la “tercera vía” que reniega del populismo. Hay que instalar un nuevo paradigma de ideas que resignifique la cuestión del disciplinamiento. Se debe pasar a una época de recuperación de derechos de los sectores populares y eso significa el disciplinamiento de los sectores concentrados. Sin este punto de partida es imposible un programa transformador. Como señalaba Gramsci se pueden tomar ideas y hasta realizar concesiones, pero asumiendo la hegemonía. La hegemonía debe residir en los derechos políticos y no en los de propiedad.