HEGEMONÍA

Recuperación de derechos de los sectores populares y disciplinamiento de los sectores concentrados.

 

El gobierno democrático, nacional y popular de Alberto Fernández comenzará su segundo año con el desafío de dar comienzo a un proyecto nacional de transformación, luego de un primer año transcurrido afrontando una pandemia que ha provocado una cantidad de consecuencias regresivas en el orden social y una fuerte caída de la actividad económica. Siempre es necesaria la referencia respecto a que esos efectos devastadores del virus no fueron un hecho particular argentino, sino que sus efectos se extendieron a la gran mayoría de los países. Pero al gobierno argentino, esos daños de la peste se agregaron a los años de devastación neoliberal que lo precedieron en el ejercicio del poder.

Mirando el futuro, la pregunta que se impone es: ¿de qué transformación se trata? Para responderla es útil remontarse al final del gobierno de Menem, que coincidió con la década en que el proyecto neoliberal se desplegó mundialmente con el grado más intenso del ejercicio de su hegemonía. Gabriel Palma en América Latina en su ‘Momento Gramsciano’, las limitaciones a una salida tipo ‘nueva socialdemocracia europea’ a este impasse” (El trimestre económico, oct-dic, 2020) afirma que “el desafío para los neoliberales no era superar creativamente al keynesianismo, sino borrar cualquier vestigio de su existencia”. Lo que se debe interpretar es que la economía del bienestar en los países centrales durante el período de posguerra, cuyos arreglos institucionales y política económica devinieron en una mejora en la distribución del ingreso y en el crecimiento de la productividad y el empleo, no constituía una alternativa con la cual los neoliberales pretendían competir ni discutir, sino eliminarla. En Europa el sistema político socialdemócrata-socialcristiano fue el régimen institucional articulado con ese patrón económico-social. En América Latina se desplegaron proyectos populares y/o populistas que tuvieron una matriz similar de impulso económico y construcción social. Estas alternativas en occidente y en el tercer mundo coexistieron en el marco del mundo bipolar, mientras en el bloque hegemonizado por la URSS se experimentaba el llamado “socialismo real”. La ofensiva neoliberal coincidió con la desaparición de este último, y como se sigue de la afirmación de Palma tenía el claro objetivo de acabar con el “patrón keynesiano” hegemónico en occidente.

Palma cita una de las últimas entrevistas concedidas por Margaret Thatcher, en la que responde que su mayor logro político había sido “la transformación del Partido Laborista en el ‘Nuevo Partido Laborista’”, el de la tercera vía de Anthony Giddens, Tony Blair y Gordon Brown. El autor evoca la tesis de Gramsci que sostiene que toda ideología que pretende mantenerse como hegemónica tiene que ser capaz de absorber elementos de ideologías contrapuestas, pero, como decíamos, tiene que hacerlo en forma imaginativa para articular dichos elementos con la esencia de la propia ideología, en forma creativa y penetrante. Según Gramsci, entonces, para que un consenso permanezca como hegemónico los grupos dominantes tienen que hacer concesiones ideológicas a los grupos subordinados, pero no como para poner en peligro su dominación. Las declaraciones de la “dama de hierro” revelan que su objetivo principal era producir los cambios necesarios para eliminar la potencia como alternativa política del proyecto que la precedió. La hegemonía del neoliberalismo había sido conquistada con tal magnitud que consiguió la transformación de los partidos que constituían la base institucional de la sociedad que la había precedido. El economista chileno establece la diferencia entre  las dos agendas económicas socialdemócratas, la de posguerra y la proneoliberal:

  • “En la primera la idea central era que, para generar dinamismo económico, había que disciplinar al capital y al gran empresariado de tal forma que la única manera de ganar dinero fuese haciendo algo socialmente útil.”
  • “En su versión 2.0, en cambio, la teología neoliberal impregnó la ideología socialdemócrata de forma que la convenció de que lo único que había que hacer para generar dinamismo económico era tener a los ricos contentos.” La ideología económica de la nueva socialdemocracia ha sido adoptada y pregonada por dirigentes empresariales y políticos pro status quo en la región, quienes están dispuestos a costear una agenda social que permita una salida más ordenada a la crisis. Pero en esta época de globalización del capitalismo financiarizado sustituyen la alternativa de financiar dicha protección social con reformas tributarias progresivas con la opción de aumentar la deuda pública, como lo ha hecho la nueva socialdemocracia europea. Imaginan que una salida de este carácter conduciría al ideal de una situación win-win: en lo económico conservaría el corazón del modelo rentista neoliberal, y en lo social  con la colocación de bonos públicos  en mercados financieros internacionales con exceso de liquidez y a tasas de interés muy bajas, podrían financiar la paz social y un miserable piso de asistencialismo de los sectores más vulnerables, bajo la advocación de un ideario de equidad. Igual que los socialismos derechizados europeos, su programa contempla seguir permitiendo que grandes agentes continúen manipulando indiscriminadamente los mercados productivos y financieros en su favor, inclusive continuando con la mercantilización continua de los espacios de la vida social.

Esta expresión de transformismo es lo que expresa el voto de la UCR y otros  “autoconsignados como progresistas” en contra del “aporte de las grandes fortunas”, y también el peso de la cultura hegemónica neoliberal para que no se pudieran conseguir los votos parlamentarios para que ese aporte por única vez hubiera sido sancionado como impuesto permanente. También las dificultades para lograr un texto final para su tratamiento, que no incluyó a las personas jurídicas. Pero haber logrado la aprobación parlamentaria, entonces, no sólo resuelve una necesidad frente a la emergencia sanitaria sino que constituye un avance en la disputa cultural del campo nacional y democrático.

 

 

Solcialdemocracia 2.0 en la Argentina

En la Argentina el primer intento de socialdemocracia “versión 2.0” fue el de la Alianza que llevó al gobierno a la fórmula De la Rúa-Álvarez, luego del liberalismo neo que cumplió su etapa más larga y profunda durante el gobierno de Menem. Antes de la asunción, dos intelectuales provenientes del campo de la heterodoxia económica escribieron un artículo en el diario Clarín del 24 de abril de 1998. Es un texto liminar de la propuesta de subordinar a los partidos políticos populares definitivamente a la hegemonía ya construida para una sociedad neoliberal. Dicen el primer ministro de economía del que sería luego el gobierno de la Alianza y su jefe de asesores,  José Luis Machinea y Pablo Gerchunof, “entre fines de los 70 y principios de los 90, ese paisaje experimentó una profunda transformación. El consenso de posguerra se agotó y la revolución rusa colapsó. Desde entonces, un desafío se impuso a las corrientes intelectuales y políticas de centroizquierda: darle al progresismo un nuevo sentido, acorde con los tiempos. Para hacerlo, sin embargo, hay que superar un complejo dilema. Si se acepta -como se lo hace- la victoria universal del capitalismo, ¿cómo evitar la mimetización del discurso progresista con el del nuevo conservadurismo, aún cuando éste se nos presente hoy declinante y en retroceso? Y si se rechaza -como se lo hace también- al mercado como solución suficiente para los problemas económicos y sociales, ¿de qué manera apartarse de ese otro conservadurismo estatalista y proteccionista que hace tiempo agotó todo lo que podía dar de bueno a la sociedad? Es en ese estrecho espacio entre dos conservadurismos que líderes como Blair, Jospin, Prodi, Schroeder, Frei, Cárdenas o Cardoso, cada uno con sus matices, intentan construir los cimientos de un progresismo renovado”.  Nótese cómo se parte de aceptar resignadamente desde una fuerza popular “la victoria universal del capitalismo”, cómo se listan nombres encabezados por Blair, cómo se reconoce al reconvertido Cardoso cuando en Brasil había una poderosa fuerza transformadora convirtiéndose en una alternativa de poder. El discurso denota la preocupación por encontrar la forma de diferenciarse de lo que llaman “nuevo conservadorismo”. Continúan y van a la médula de los planteos de la “tercera vía” – la socialdemocracia de derecha 2.0- sintetizando su versión para la Argentina como “tareas para una época, no para un gobierno. Por ello es que en este texto vamos a destacar sólo tres puntos. En primer lugar, asumamos una definición por la negativa. No es en el plano macroeconómico de corto plazo donde encontraremos una clave de la agenda. El respeto por los equilibrios macroeconómicos no es ni progresista ni conservador, porque progresismo es distinto de populismo. Mantener un déficit fiscal bajo o limitar el endeudamiento de la Nación a las posibilidades de repago son reglas ineludibles si se quiere mantener la estabilidad y sostener el crecimiento, pero ello no define que una sociedad sea más o menos justa. Hay sí, en cambio, un debate pendiente respecto de cómo potenciar ese crecimiento; desde una perspectiva progresista se requiere complementar el funcionamiento de los mercados con políticas que incentiven las capacidades dinámicas de los sectores productivos y que consecuentemente eleven el valor agregado de la producción. En segundo lugar, el nuevo progresismo no debe detener la dinámica de la acumulación de capital, que todavía tiene mucho camino por recorrer. A diferencia de lo que puede haber sido en el pasado, cuando otras eran las circunstancias económicas, hoy no es progresista pensar en un Estado productor de bienes y acumulador de capital. Por el contrario, el énfasis hay que colocarlo en promover la dinámica inversora y en facilitar la multiplicación de actores privados en ese proceso. Una política progresista es aquella que no se conforma con que funcionen los mercados libres, sino que apunta a que lo hagan de manera adecuada y provechosa para toda la sociedad”.

Es clave la afirmación que “son tareas para una época”. La socialdemocracia de la Alianza adhiere así al concepto de la época de la victoria universal del capitalismo. Leyó el advenimiento del neoliberalismo como el signo de ese triunfo y trata de construir una política que tiene como eje la aceptación de la hegemonía de los propietarios del capital, o sea renuncia a la disputa por imponer la lógica de disciplinar al capital, de intervenir en la definición de la estructura distributiva de la sociedad, buscando un espacio para introducir accesorios que la diferencien aceptando el reino del pensamiento y la doctrina de los triunfadores de lo que llaman “una época”.

Luego viene el renunciamiento a la perspectiva keynesiana cuando se refieren al “mantenimiento de un déficit fiscal bajo” como concepto autónomo e independiente de las condiciones de la economía. Previamente hablan del “respeto de los equilibrios macroeconómicos”, sin aclarar qué significan estos equilibrios, pero sí la necesidad de desideologizarlos. En lugar de referirse a limitar el peso de los mercados, a los cuales reconocen que tenían una lata concentración, en la asignación de recursos, promueven su complementación. Dicen “que no se debe detener la dinámica de acumulación del capital”, lo afirmaban cuando se venía de una década en que esa dinámica se vitalizaba con privatizaciones, fuga de capitales y debilitamiento de las negociaciones salariales. ¡Lindo progresismo! Luego sancionan que “hoy no es progresista pensar en un Estado productor de bienes y acumulador de capital” y que se ocupa que los mercados libres funcionen de manera adecuada y con provecho social.  No se les puede negar que para formular este compendio de propuestas Machinea y Gerchunoff tienen una escritura con el refinamiento que no poseen los que hoy redactan los textos de la AEA, siendo que perseguían los mismos objetivos.

 

 

¿Qué transformación?

Gabriel Palma muestra en su artículo que la aplicación de estas políticas tuvieron consecuencias muy regresivas en términos económicos y sociales. Más que una convergencia entre países subdesarrollados y desarrollados por la mejora de los primeros, se produjo una convergencia inversa. Entre 1980 y 2018 la distribución del ingreso empeoró en los países de la OCDE y también en América Latina. La concentración de la propiedad fue vertiginosa. El aumento de la productividad estuvo estancado en América Latina, aunque el promedio de aumento del empleo entre 1980 y 2018 superó al promedio mundial. En cambio los países de la OCDE tuvieron un desempeño del empleo y la productividad menor que el promedio mundial. En Oriente, en cambio, China tuvo un desempeño extraordinario en el aumento de la productividad, aunque en el crecimiento del empleo estuvo apenas por debajo del promedio. Vietnam, India y Corea tuvieron resultados muy exitosos en las dos variables.

El desastre neoliberal y su acompañamiento de las socialdemocracias 2.0 se completan con el financiamiento de los gastos aplicados a la redistribución secundaria mediante impuestos regresivos, producto de las reducciones y reformas tributarias “ofertistas” (son las que pretenden estimular la inversión bajando impuestos), completadas con endeudamiento público. Esta última forma es constitutiva de la financiarización y una posibilidad de alta rentabilización del capital sin aplicación productiva. Las reformas neoliberales han provocado un fenómeno de concentración creciente en los mercados, que estos han perdido definitivamente potencialidad de algún disciplinamiento por competencia y su funcionamiento se centra fundamentalmente en la colusión de grandes propietarios de medios de producción y de capitales que valorizan financieramente. La liberalización neoliberal no produjo mejoras de la competencia sino un impresionante cambio del poder a favor del capital. La “victoria final del capitalismo” presentada por Giddens, Blair y sus discípulos, fue una derrota por un largo período de los sectores populares.

La Argentina inicia una etapa de transformaciones. La enseñanza de la experiencia histórica mundial, regional y nacional demuestra que se invirtió más, creció más la productividad, mejoró la distribución del ingreso, la inversión tuvo un carácter productivo y no especulativo, cuando las economías se organizaron con definidos dispositivos de disciplinamiento del empresariado, direccionando la inversión privada a fines especificados y útiles. Que en esa época fue clave la asunción del Estado de funciones productivas y su rol en evitar la concentración de la riqueza y garantizar la distribución del ingreso. Las estructuras tributarias eran progresivas. Los cambios que se introdujeron con el objeto de ampliar la protección de los derechos de propiedad, significaron una ineficiente ampliación de éstos que tuvo un impacto regresivo en las economías y sus estructuras sociales.

Cuando hoy se van a emprender cambios transformadores en la economía argentina,  el gobierno nacional, popular y democrático debería poner el centro de su análisis en la cuestión de la hegemonía política. Es momento de desplazar al neoliberalismo de ese lugar. El derecho a extender los impuestos a la propiedad –como lo recomienda Alicia Bárcena, Secretaria ejecutiva  de la CEPAL— resulta una cuestión esencial para una reforma tributaria que debe progresivizar el impuesto a las ganancias y debe establecer el impuesto a la herencia. No sólo como medidas de justicia distributiva sino como un cambio en la cultura hegemónica. Hay que cancelar el falso progresismo de la “tercera vía” que reniega del populismo. Hay que instalar un nuevo paradigma de ideas que resignifique la cuestión del disciplinamiento. Se debe pasar a una época de recuperación de derechos de los sectores populares y eso significa el disciplinamiento de los sectores concentrados. Sin este punto de partida es imposible un programa transformador. Como señalaba Gramsci se pueden tomar ideas y hasta realizar concesiones, pero asumiendo la hegemonía. La hegemonía debe residir en los derechos políticos y no en los de propiedad.

 

 

 

 

 

10 Comentarios
  1. apico dice

    Su caracterización del actual gobierno como democrático-nacional y popular, es cuanto menos, una exageración. Nadie le pide tanto maestro. Como aceptado, le pongo democrático, pero de nacional y popular, nada. Partiendo de caracterizaciones desacertadas, es muy difícil llegar a conclusiones correctas. No voy a discrepar con los términos económicos que Ud utiliza, porque no soy economista, pero ,como soy Peronista le diría algo mas sencillo: Hay que gobernar para que la distribución económica entre los habitantes, tienda a ser inclusiva. Un gobierno es Peronista, cuando gobierna para incluir a la totalidad de la población que habita en nuestro País. Cuando hace lo contrario, como es el caso del actual gobierno, nosotros lo denominamos «neo-liberal, social-demócrata». Si coincido con Ud en que para empezar con la inclusión social, hay que empezar por disciplinar al sector empresarial- político- financiero-agro-exportador. Podría Ud mencionar algún ejemplo de que tal cosa este ocurriendo, o vaya a ocurrir?….. Maestro, «la única verdad, es la realidad», lo demás es puro cuento

  2. HERNÁN DE ROSARIO dice

    En su artículo el profesor Guillermo Wierzba expresa:

    “Palma cita una de las últimas entrevistas concedidas por Margaret Thatcher, en la que responde que su mayor logro político había sido “la transformación del Partido Laborista en el ‘Nuevo Partido Laborista’”, el de la tercera vía de Anthony Giddens, Tony Blair y Gordon Brown. El autor evoca la tesis de Gramsci que sostiene que toda ideología que pretende mantenerse como hegemónica tiene que ser capaz de absorber elementos de ideologías contrapuestas, pero, como decíamos, tiene que hacerlo en forma imaginativa para articular dichos elementos con la esencia de la propia ideología, en forma creativa y penetrante. Según Gramsci, entonces, para que un consenso permanezca como hegemónico los grupos dominantes tienen que hacer concesiones ideológicas a los grupos subordinados, pero no como para poner en peligro su dominación. Las declaraciones de la “dama de hierro” revelan que su objetivo principal era producir los cambios necesarios para eliminar la potencia como alternativa política del proyecto que la precedió. La hegemonía del neoliberalismo había sido conquistada con tal magnitud que consiguió la transformación de los partidos que constituían la base institucional de la sociedad que la había precedido”.

    El profesor Wierzba hace mención a la tercera vía cuyo máximo exponente fue Anthony Giddens quien a fines de los noventa publicó un libro titulado precisamente “La tercera vía”, en el que expone la necesidad de reemplazar el histórico socialismo marxista por un socialismo aggiornado, moderno. En otros términos: ni conservadorismo neoliberal, ni socialismo marxista, socialismo socialdemócrata bastante cercano al neoliberalismo.

    A continuación me tomo el atrevimiento de transcribir la reseña que el profesor Rosendo Bolívar Meza (Centro de Estudios Científicos y Tecnológico “Ricardo Flores Magón” del Instituto Politécnico Nacional) sobre el libro de Giddens.

    El objetivo de este libro es resucitar el idealismo político, ya que el autor parte del hecho de que las ideas políticas parecen haber perdido su capacidad para estimular y los líderes políticos, su capacidad para dirigir. La vida política no es nada sin ideales, pero los ideales son vacíos si no se refieren a posibilidades reales. Antes de presentar su propuesta de la tercera vía como la renovación de la socialdemocracia, Anthony Giddens hace un recorrido por los orígenes y desarrollo de la socialdemocracia y del conservadurismo neoliberal. Los orígenes del socialismo están ligados al primer desarrollo de la sociedad industrial, entre la mitad y el ocaso del siglo XVIII. Lo mismo puede decirse de su principal oponente, el conservadurismo, que surgió en respuesta a la Revolución francesa. El socialismo comenzó siendo un cuerpo de pensamiento opuesto al individualismo; su interés por desarrollar una crítica del capitalismo vino después. Los neoliberales, defensores del libre mercado, también hacen una defensa de las instituciones tradicionales, en especial de la familia y la nación. Uno de los rasgos más distintivos de los neoliberales es su oposición al Estado de 238 Rosendo Bolívar Meza bienestar, el cual es visto como el origen de todos los males, de manera parecida a como lo fuera el capitalismo para la izquierda revolucionaria. Como se desprende de los párrafos anteriores, constatamos que existen grandes diferencias entre la socialdemocracia y el neoliberalismo sobre la imagen que cada uno de ellos tiene respecto del futuro del Estado de bienestar. La mayoría de los socialdemócratas desea mantener un gasto elevado en bienestar, mientras que los neoliberales apoyan una red de seguridad social mínima: Los neoliberales quieren reducir el Estado; los socialdemócratas, históricamente, han buscado insistentemente expandirlo. La tercera vía sostiene que lo necesario es reconstruirlo, ir más allá de aquellos derechistas que dicen que el gobierno es el enemigo, y de aquellos izquierdistas que dicen que el gobierno es la solución (pág. 86). En este sentido, la cuestión no es más o menos gobierno, sino aceptar que el gobierno debe ajustarse a las nuevas circunstancias de la era global. Por ello, el término tercera vía no tiene particular significación en sí mismo ni por sí mismo. Para efectos de este libro se concibe como una renovación socialdemócrata. La expresión tercera vía parece haberse acuñado a fines del siglo XIX. Aunque fue utilizada por los grupos de derecha en los años veinte, su mayor uso ha sido principalmente por socialistas y socialdemócratas. A comienzos del periodo de posguerra, los socialdemócratas se convencieron de que estaban encontrando una vía distinta al capitalismo de mercado norteamericano y al comunismo soviético. En el momento de la refundación de la Internacional Socialista, en 1951, se estaba hablando explícitamente de la tercera vía en este sentido. Veinte años más tarde el término se utilizó para referirse al socialismo de mercado. A finales de la década de los ochenta los socialdemócratas suecos utilizaron el término para hablar de una importante renovación programática.

    Pero, como bien señala el autor, la apropiación de la tercera vía por parte de Bill Clinton y Tony Blair no ha sido bien vista por los socialdemócratas ni por la vieja izquierda, pues la perciben como un neoliberalismo recalentado. Miran hacia Estados Unidos y ven una economía bastante dinámica, pero también una sociedad con los niveles de desigualdad más extremos en el mundo desarrollado. Para Giddens el verdadero debate sobre el futuro de la socialdemocracia es que: …la tercera vía se refiere a un marco de pensamiento y política práctica que busca adaptar la socialdemocracia a un mundo que ha cambiado esencialmente a lo largo de las dos o tres últimas décadas. Es una tercera vía en cuanto que es un intento por trascender tanto la socialdemocracia a la antigua como el neoliberalismo (pág. 38). A partir de 1989, con la caída del muro de Berlín y la crisis de los países socialistas de Europa Oriental, se dio una reorientación socialdemócrata. La mayoría de los partidos comunistas occidentales cambiaron sus nombres y se acercaron a la socialdemocracia, mientras que en los países de Europa del Este se formaron nuevos partidos socialdemócratas. A partir de entonces se produjeron cambios ideológicos importantes. Los partidos socialdemócratas empezaron a preocuparse por cuestiones como la productividad económica, las políticas participativas, el desarrollo comunitario y, particularmente, la ecología. La socialdemocracia dio un paso más allá del campo de la distribución de recursos para dirigirse hacia la organización física y social de la producción y las condiciones culturales del consumo en las sociedades capitalistas avanzadas (pág. 29). De acuerdo con Anthony Giddens, la política de la tercera vía debería adoptar una actitud positiva hacia la globalización. Los socialdemócratas necesitan responder al proteccionismo económico y cultural. La política de la tercera vía no debería identificar globalización con un apoyo universal al libre comercio, y en cambio sí debería mantener como preocupación esencial la justicia social. La libertad debería significar para los socialdemócratas autonomía de acción, así como una nueva relación entre individuo y comunidad aunada a una redefinición de derechos y obligaciones. La reforma del Estado y del gobierno debería ser un principio orientador básico de esta política. El gobierno debe y puede actuar para diseñar y aplicar una base económica que el autor denomina como nueva economía mixta, la cual sólo puede ser eficaz si las instituciones de bienestar existentes se modernizan completamente. Así pues, la política de la tercera vía propugna una nueva economía mixta, diferente de la vieja que se expresaba en dos versiones: la primera implicaba una separación entre el Estado y los sectores privados, pero con una gran parte de la industria bajo el control público y la segunda era y es el mercado social. En cada una de estas economías, los mercados permanecen en gran medida subordinados al gobierno.

    La nueva economía mixta busca en lugar de eso una sinergia entre sectores públicos y privados, aprovechando el dinamismo de los mercados, pero teniendo en cuenta el interés público. Requiere un equilibrio entre regulación y desregulación, tanto a nivel transnacional como nacional y local; y un equilibrio entre lo económico y lo no económico en la vida social (pág. 120). La reforma del Estado y del gobierno en la tercera vía, debe contemplar, entonces, los siguientes aspectos: 1. El Estado debe responder estructuralmente a la globalización. 2. El Estado debe aumentar el papel de la esfera pública, lo que implica una reforma constitucional dirigida a una mayor transparencia e imparcialidad, junto con la introducción de nuevas salvaguardas contra la corrupción. 3. Elevar la eficiencia administrativa de los estados, ya que se desconfía del gobierno cuando es engorroso e ineficaz. 4. Se necesitan formas democráticas distintas, en las que el gobierno pueda establecer un contacto más directo con los ciudadanos, y los ciudadanos con el gobierno. Estos puntos son algunos de los que señalan una forma de gobierno que debe promover la socialdemocracia: el nuevo Estado democrático. La nueva política de la tercera vía define igualdad como inclusión y desigualdad como exclusión. Inclusión se refiere en su sentido más amplio a la ciudadanía, a los derechos y deberes civiles y políticos que todos los miembros de una sociedad deberían tener, no sólo formalmente, sino como una realidad de sus vidas. También se refiere a las oportunidades y a la integración en el espacio público. En una sociedad en la que el trabajo sigue siendo esencial para la autoestima y el nivel de vida, tener acceso a él es un ámbito principal de oportunidades. La educación es otro. Dos formas de exclusión que se presentan en las sociedades contemporáneas son las siguientes: una es la de los que están abajo, aislados de las oportunidades que ofrece la sociedad; otra es la exclusión voluntaria de la cúspide o de las elites, consistente en una retirada de las instituciones públicas por parte de los grupos más ricos, que eligen vivir separados del resto de la sociedad. Los grupos privilegiados empiezan a vivir en comunidades fortificadas y se apartan de los sistemas públicos de educación y sanidad. La exclusión de los de abajo es económica, física y cultural. La falta de oportunidades de trabajo desincentiva la educación, lo que conduce a la inestabilidad y a la desorganización social. Por otro lado, la exclusión de los de arriba es voluntaria e impulsada por una diversidad de factores, entre ellos el tener los medios económicos suficientes para aislarse del resto de la sociedad. Para concluir, desde 1998 se han notado éxitos electorales socialdemócratas en varios países. Hay partidos socialdemócratas o coaliciones de centroizquierda que gobiernan en el Reino Unido, Francia, Italia, Austria, Grecia y varios países escandinavos, entre otros, mientras que en Europa del Este tienen una influencia creciente. Sin embargo, a juicio de Giddens, a pesar de los éxitos electorales, los socialdemócratas no han configurado todavía una ideología política nueva e integrada. De ahí que precisamente él proponga en este libro lo que ha denominado como la tercera vía.

  3. Pablo dice

    El análisis prescinde de la caída de los estados soviéticos y, dadas las dificultades politicas del autor para aceptar el enorme carácter progresista, en términos de desarrollo social, que aquellos regímenes autoritarios habían desarrollado le impide dar cuenta de que aquellas socialdemocracias en las que el capital debía ser disciplinado a la utilidad social de sus empresas cumplia un solo rol. Detener el avance de más experiencias del socialismo real.
    Caídos aquellos regímenes, la eliminación del keynesianismo era una tarea tan urgente y prioritaria como la eliminación, en cualquier empresa, de un costo es superfluo. Porque no vivir el capitalismo esencial, el que aquel socialismo real había cuestionado con tanta eficiencia si ya nada se los impedía.
    Esa es la «magnitud» que la hegemonía del neoliberalismo conquistó. Sus antiguas represas anticomunistas ahora estaban listas para menemizarse a tal punto que aun las experiencias kirchneristas no lograron romper con ese «legado» neoliberal menemista protegiendo todas las reformas económicas impulsadas por el.

  4. Mariano Beristain dice

    Guillermo excelente artículo. Casi una respuesta a la entrevista que Martín Guzmán le dió a Alfredo Zaiat. Tiene que haber una transformación en serio, denlo contrario se corre el riesgo de convertirse en una continuidad moderada del neoliberalismo.

  5. Orlando dice

    Acuerdo con la nota y justo ayer o debatíamos en el Foro de Pensamiento Crítico de la UTN-F.R.AVELLANEDA, resalto el párrafo final d ela nota de Wierzba, que concuerda con lo comentado por «Marcelo K»:
    «Hay que instalar un nuevo paradigma de ideas que resignifique la cuestión del disciplinamiento. Se debe pasar a una época de recuperación de derechos de los sectores populares y eso significa el disciplinamiento de los sectores concentrados. Sin este punto de partida es imposible un programa transformador. Como señalaba Gramsci se pueden tomar ideas y hasta realizar concesiones, pero asumiendo la hegemonía. La hegemonía debe residir en los derechos políticos y no en los de propiedad.»

    La correlación de fuerzas es un dato a tener en cuenta para modificarlo cuando es adverso, al fin y al cabo eso es la HEGEMONÍA, ciero con dos ejemplos tan dispares como sentido para gran parte de nuestra sociedad: la correlación de fuerzas de San Martín, Belgrano, Güemes, etc. frente a los realistas allá por 1816/17…y como no hacer jugar al Diego en estos días, cuando en 1986 los alemanes nos empataron con dos goles en 7 minutos…Aceptar el tamaño del desafío y del rival es el primer paso, el segundo es actuar con un optimismo estratégico, condición necesaria para que la inteligencia sea eficaz…

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