Soy hija de un obstetra de Campo de Mayo

«Si a mí me quiere y me hace esto, no me quiero imaginar lo que hacía con alguien a quien detestaba»

 

Soy Erika. Estoy tramitando el “ex hija” (no para cambiarme el apellido, pero para desaprenderme de la filiación) de Ricardo Nicolás Lederer, que era —es, eso no va a cambiar nunca— un genocida, obstetra de la maternidad clandestina de Campo de Mayo. O sea, era el que daba a luz a muchos de los bebés que todavía no conocen su identidad y que los hermanos y las abuelas esperan.

Nací el 27 de noviembre de 1976 en Salta. Mi viejo había ido tiempo antes al Operativo Independencia. Después de Salta, fuimos a La Plata. En 1978 festejé con la banderita del Mundial en Salta y, en 1979, nació mi hermano en Campo de Mayo, donde laburaba mi viejo.

 

 

De Campo de Mayo tengo un recuerdo muy lindo: haber destruido la guardería. Siempre me pregunté si en esa guardería donde a mí me habían metido un par de horas no estarían los bebés que iban a robar. Yo ya caminaba. Tendría tres años, supongo. Había cunas por todas partes. No había ninguno que caminase, eran todos bebitos. Siempre fui bastante movediza y me dediqué a saltar de cuna en cuna. Había una jirafa enorme y horrible en el baño, parece que me traumó porque todavía me acuerdo. Sugirieron que no vaya más, pero, bueno, fueron de esos gustos que deben venir del karma de otra vida. También me acuerdo de arruinar un par de desfiles entre las botas. Después venía la paliza.

 

 

Algo que me movilizó mucho cuando fui a ver Campo de Mayo, la obra de Félix Bruzzone y Lola Arias. Fue horrible. No quiero volver a ese lugar. Además a todos los lugares de milicos se entra a través de arboledas. Lo mismo Marcos Paz, los lugares de encierro, parece que te meten por la arboleda y los caminos largos. No quisiera volver — o volver de otro modo. Si llegan a hacer una reserva natural, estamos complicados.

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El primer recuerdo de la infancia que tengo es Papá Noel. Vengo de una familia católica. Al mismo tiempo que lo escrachaba Página/12 por ser amigo de Ramón Camps, Papá Noel dejó de bajar de las nubes. Se me caían dos imágenes. Papá Noel y mi viejo.

Al mismo tiempo había hecho la pregunta de si había matado, esas preguntas muy simples de las que uno no tiene mucho regreso. Por lo menos quiebra esto de la eticidad del padre. ¿Tiene que ser ético el padre? Si el padre es católico, por lo menos no cumplió con los mandamientos. Si es médico, tampoco con el juramento hipocrático.

Con el tiempo uno va rellenando todos los blancos, algunos o muchos. Porque yo en ese momento no sabía quién era Camps, el que en Página/12 decían que mi viejo era amigo y lo iba a visitar a la cárcel. El día que supe quién era pude entender por qué tanto enojo con Página/12, por qué se guardaban los recortes de diarios y por qué eso no podía hablar en la casa, por ejemplo, de Mercedes. Había lugares en los que yo no podía decir lo que se decía en casa.

Un poco de vergüenza también por eso, porque era la vuelta a la democracia y mi viejo seguía vestido de verde. Tal es así que, cuando fue el levantamiento carapintada, se disfrazó y fue con Rico y toda esa gente a ocupar Campo de Mayo.

—No voy a volver.

—¿Por qué no vas a volver?

Estaban alienados con eso. La verdad es que no tenían argumentos sólidos, además de la vergüenza que a una le daba porque todo el mundo opinaba distinto. Éramos dos gatos locos, hijos de… y encima no lo podíamos decir.

 

 

Tuve la suerte de no vivir en un barrio de milicos. Eso te permite por lo menos relacionarte con la sociedad. Yo vivía en Ballester. Iba al Colegio Alemán, Club Alemán, todo alemán. Mi viejo era de filiación nazi. En general yo era la distinta, me daba vergüenza. Mis compañeros, años después me dijeron: ¿Todo esto sabías de política? No se hablaba mucho, por eso a veces comparo este tipo de secreto con los casos de abuso, donde uno no puede tampoco hablar.

Era un colegio medio loco, leíamos a Heidegger en el secundario. Eso me dio los argumentos por lo menos para no saltar al vacío y poder tener con qué fundamentar mis ideas y que encima no las entiendan. Para sostener las ideas había que bancarse las palizas feroces, me las había rebuscado para hablar de un modo muy difícil y que nadie me entendiera, que era la filosofía. Yo ponía nombres extraños, Heidegger, Sartre y Camus. No me entendía. Por lo menos esa batalla en el campo de las ideas yo la estaba ganando; después, el cuerpo tenía que resistir — nada más. Uno lo que intenta es defender su cabeza.

Le hice muchos planteos, pero la respuesta siempre era austera. Conmigo no se hablaba porque era la zurda de la familia. Hay un principio en derecho que es quien puede lo más, puede lo menos. Cuando entendí que si mi viejo me cagaba a palos de la manera que me cagaba a palos siendo su hija, lo que más quería en el mundo, no quería imaginarme lo que hacía con un tipo al que detestaba. Encima citaba a Alemann (a este que quedó absuelto en la megacausa ESMA) y decía: me daría asco mezclar la sangre. Yo decía: Si yo no le doy asco y me quiere y me hace esto, no me quiero imaginar lo que hacía con alguien que le daba asco.

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Era médico pero no quería ser médico: quería ser milico. Él había ido al Liceo Militar, pero como no veía, tuvo que ser médico. Se bancó toda la carrera de medicina, después ingresó a las fuerzas, hizo el curso comando, toda esta payasada que hacía. Y todo esto repercutió en mi propia educación. Yo hasta hace poco no entendía lo que era el dolor, porque no podés sentir dolor en la casa de milico. Salía a correr y hasta que no veía que las uñas sangraban no paraba de correr. Había que seguir. Igual, para algo sirvió: para sostener las ideas. Ahora ya podría dejarlo de lado y tener hábitos más sanos.

Mi viejo era comando, contaba que había estado en el monte, peleando. Él se decía más soldado que médico. Eso sumado a que en el Nunca Más está sindicado como el loco con pretensión de depurar la raza era explosivo. Se creía, por lo menos, algo superior y a partir de esto es todo autoritarismo para aplastar al que piensa distinto o al que te arregló mal la persiana. Lo cotidiano es lo que no te va cerrando. Había anécdotas de lo cotidiano que se resolvían por la bota.

Cuando se va de las fuerzas represivas en el ’82 u ‘83, ¿dónde cae mi viejo? En todas estas empresas que marcaban gente, hacían listas negras. Terminó como subcomisario de la Bonaerense. Hacía autopsias como médico legista. Era médico laboral en Astilleros Astarsa; médico legista de Techint hasta hace poco, antes de que se pegue un tiro.

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Yo se lo dije en los últimos días a mi viejo: Si sos valiente, andá a Marcos Paz y decí «volvería a hacer esto».

Mi viejo se pegó un tiro porque iba a ir en cana. Le había avisado la familia Giribone. Él había firmado el certificado falso de Pablo Gaona Miranda (el nieto 106). Me encantaría saber todos los partos en los que participó. Le avisaron para eludir la justicia. Una forma de eludirla es ser un prófugo. Otra es si te llevás todo a la tumba, porque no estás contando todo lo que sabés.

Pegarse un tiro, para mí, en esa circunstancia fue lo más fácil que podía hacer. Creo que los milicos lo nombran como la forma que hay que irse. Pegarse un tiro bien puesto.

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Un momento clave es el ser mamá. Primero quise ser mamá y después buscar pareja. Cuando tuve a mi hijo, tenía terror de que me lo saquen. Pensaba en todas las que no habían podido abrazar a sus hijos. Eso me mataba. Leía el Nunca Más y había un caso muy conocido que ella estaba en la morgue y al bebito se lo habían puesto al lado.

Yo trabajé con niños. Me dolía la niñez toda. No podía ver un bebé sin llorar. Ahora trabajo con lo que hicieron con los chicos. Estudié Derecho porque no podía estudiar Filosofía. Por zurda. Me costaba una cagada a palos. Arte o filosofía no se podía. No me gustó para nada. Pero si me quedo en Filosofía, demasiado Puán y pierdo anclaje con el barro de los barrios, y digo para qué estudié esto si no le va a servir a nadie.

 

 

Apenas mi viejo se pega el tiro, me hago el ADN en Abuelas y me dan el resultado y me dicen que no es compatible con el Banco. Ahí me entero que mi hermano se lo había hecho varios años antes, pero en el marco de una causa judicial. Se cotejó con mi viejo mientras vivía. A mí no me llegó jamás ese dato porque no me llegaba la información.

Cuando me dieron el resultado, por lo menos tuve una certeza: era hija de un sorete e iba a tener que pagar mucha terapia. Pero que tenía una certeza y podía constituirme como sujeto autónomo y sin tutor de conciencia. Eso sirve. Por lo menos podés seguir viviendo, sino es como vivir en tierras movedizas.

Mi esperanza era que me abrace alguien. Que fuera más lindo que lo otro. Recuerdo el día que fui a Abuelas, me perdí. Es mi barrio, se me fue el tiempo y el espacio. Es como que uno se va a quedar sin historia. Yo tengo una historia, una historia de horror, pero tengo.

Soy la hija de ese sorete, pero puedo hacer otra cosa. Por eso no me saco el apellido. Quizá no le permita ser mi padre, pero el apellido es otra cosa.

 

 

La primera vez fue hice pública mi historia fue en el post de la campaña de Abuelas. No quería hablar y que sonara amarillista, así que me animé a mandarle un mensaje por privado a Camilo, que no lo conocía, y me dijo: Hacelo público.

Me daba mucha vergüenza mi apellido. No quería decir ni cómo me llamaba y a pesar de que nadie sabía tal vez, pero me daba vergüenza. El día que yo supe que estaba haciendo otra cosa, poniendo el cuerpo, estuve en paz y un día de mucha paz fue cuando fui a declarar citada por la querella de Pablo Llonto por los vuelos de la muerte en Campo de Mayo. Yo le había preguntado a mi viejo si había subido y me había dicho que sí. Yo no entendía a qué iba un médico que tiene que curar a tirar gente al río.

Salí del juzgado y dije: «Bueno, ya está». Somos lo que hacemos. Yo no creo en las palabras, creo en los actos, y sentí una paz hacia el afuera. Como existencialista, uno sabe que toma un camino y se tiene que hacer cargo, y eso implica quedarme sin familia y que mis hijos no tengan abuelos, primos, tíos y todas estas cosas, pero saben lo que es la verdad, la memoria y la justicia; lo que es el dolor de una hermana buscando a su hermano. Serán buenos ciudadanos.

 

  • Entrevistas y producción: Luciana Bertoia, Agustina Frontera y Alejandra Dandan

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