Hilando fino

Dólar y política

 

El mundo ha alcanzado un grado de integración económica, financiera, política y comunicacional de índole inédita en la historia de la humanidad. En este contexto, los acontecimientos parecen seguir una dinámica “natural”: surgen de la nada eterna, se agolpan por un instante ante nuestros ojos y luego desaparecen sin dejar rastros.

Este vértigo entroniza el agujero de la memoria cultivado asiduamente en Occidente con un relato oficial que busca reproducir el statu quo, sembrando desinformación y fake news y, siguiendo el viejo principio de “dividir para reinar”, fragmentando a los individuos en mil pedazos. Estas divisiones multiplican el frenesí de una competencia que, yendo a la yugular, detona miedo y odio hacia un enemigo interno/externo que “viene por todo”. Estos sentimientos primarios bloquean la capacidad de reflexión sobre las causas profundas de lo que acontece. Ocurre que estas causas, lejos de ser naturales y eternas, son el resultado de relaciones de poder y, en tanto tal, pasibles de ser transformadas.

No todo lo que sucede tiene la misma importancia para el presente y el futuro de los individuos y de las sociedades. Sin embargo, muchas veces un hecho aislado y remoto contribuye a iluminar por un instante la lógica que subyace al fluir de eventos fortuitos, conectando así lo que ocurre en nuestra realidad inmediata con lo que pasa en un escenario internacional que parece cada vez más distante. Estos hechos adquieren incandescencia porque revelan las raíces del caos que impregna al mundo: una estructura de poder global que engendra relaciones de fuerza cada vez más antagónicas. Cuando esto ocurre, el trajín de lo cotidiano adquiere un sentido nuevo. Algo de esto parece haber ocurrido por estos días con algunas declaraciones de altos funcionarios del FMI que contribuyen a visibilizar las causas de los problemas que aquejan al mundo y especialmente a los países de la periferia. Ignoradas por los medios, las redes y los “expertos” de la economía y la política mundial, estas declaraciones exponen la esencia del sistema monetario global y permiten comprender las implicancias de políticas que, en distintas partes del mundo, imponen el reinado del dólar.

 

 

El FMI y la fragmentación del sistema monetario global

Gopinath, la segunda autoridad del FMI, puso recientemente el dedo en la llaga que perfora un orden global regido durante décadas por los Estados Unidos al advertir que “los lazos de la economía global están cambiando en formas no vistas desde el fin de la Guerra Fría (…) los países están reconsiderando a sus socios comerciales según sus intereses económicos y de seguridad nacional (…), están reevaluando su estrecha dependencia del dólar en sus transacciones y reservas internacionales”. La consecuencia de esto, según Gopinath, es una creciente fragmentación de la economía y del sistema monetario global y la emergencia de tres bloques: uno próximo a los Estados Unidos, otro cercano a China “y otro de países no alineados (…) que juegan un rol crecientemente friccional (…) inexistente en la época de la Guerra Fría”.

Gopinath reconoce así la emergencia de un mundo multipolar que desafía a la hegemonía global de los Estados Unidos y de su moneda: el dólar, y advierte que “si esta tendencia continúa, podríamos ver una amplia retracción de las reglas globales y consecuentemente un significativo retroceso de los logros obtenidos con la integración económica (global)”. Esto no es poca cosa: para el FMI las “reglas globales promueven la estabilidad financiera y la cooperación monetaria esenciales para el aumento de la productividad y el bienestar económico de los países”. No aceptarlas constituye un peligro para la existencia del sistema monetario global y para rol que el FMI juega en este. Para evitar esto, Gopinath promueve un “método pragmático” de reconstrucción de confianza entre los países, abriendo líneas de comunicación y evitando las consecuencias negativas de políticas adoptadas unilateralmente, especialmente de aquellas destinadas a la industrialización de los países.

La esencia del problema radica en que esta fragmentación mundial “arriesga con provocar una disrupción del sistema de pagos global, del mercado de capitales y de la actividad económica global”. Amenaza así la existencia del sistema monetario internacional que hoy tenemos y “al rol principal que en este ejerce el FMI: el de “ser su guardián”. Para impedir este desenlace, el FMI colabora con el BIS (Bank of International Settlements, el Banco Central que nuclea y regula los bancos centrales del mundo), evaluando los desafíos técnicos y políticos de las monedas digitales emitidas por más de un centenar de bancos centrales del mundo y por algunos sectores privados [1]. Asimismo, provee asistencia técnica a sus países miembros en el desarrollo de esta digitalización y avanza en el desarrollo de un conjunto de reglas del juego y sistema de monitoreo que permitirá evitar la ruptura del actual sistema internacional de pagos y la consiguiente inestabilidad financiera internacional. Se trata de “incluir a todos” y poner fin a la multipolaridad que fragmenta al mundo. Esta es impulsada por los BRICS, esa asociación de países que, liderados por Rusia y China, busca afianzar relaciones comerciales y financieras al margen del dólar con el objetivo de evitar las sanciones económicas de Estados Unidos y del FMI y poder así desarrollar sus economías de acuerdo con sus intereses nacionales.

Así, el FMI reconoce que es una pieza central de un sistema monetario global que está amenazado por los que cuestionan el rol del dólar y por lo tanto a la hegemonía global estadounidense. Definiéndose como el “guardián” de este sistema monetario, el FMI emprende el camino de aggiornarlo a las nuevas tecnologías de la digitalización financiera.

 

 

Digitalización y rol de dólar

Existen, sin embargo, divergencias regulatorias y de estándares tecnológicos para la digitalización monetaria elaborados en distintos países y bloques de países y, especialmente, en China, Europa y los Estados Unidos. Esto ya ha dado lugar a la formación de grupos de países que operan con monedas emitidas por sus bancos centrales (CBDC) y son solo operables dentro de bloques de países “amigos”. Así, los CBDC no resuelven el problema de la fragmentación, más bien contribuyen a profundizarlo.

Asimismo, la emisión de un CBDC por parte de los Estados Unidos está trabada por una pugna creciente entre la Reserva Federal, los grandes bancos, algunas corporaciones tecnológicas, legisladores y sectores políticos, en torno a cómo concretar la digitalización futura de todas las transacciones financieras y al rol que jugaran en esta las criptomonedas emitidas por privados y especialmente las stablecoins, que en un 98.8% están referenciadas al dólar y constituyen una alternativa al dólar digital que eventualmente será emitido por la Reserva. La cuestión de quién emitirá dólares, quién controlará las transacciones financieras y cómo se hará esto último agita la política estadounidense desde que asumió Biden el gobierno y estas turbulencias se profundizan en vísperas de una nueva elección presidencial.

Pareciera pues que la digitalización del sistema monetario global es un camino de resultados inciertos en lo que hace a su capacidad para eliminar los desafíos a la estabilidad del sistema monetario global, a las funciones del FMI en este y al rol del dólar como moneda de reserva internacional. Si bien la mayoría de las transacciones financieras mundiales todavía se hacen con esta divisa, las reservas en esta moneda vienen cayendo gradualmente. Según el FMI: de representar un 70% del total de reservas globales en el 2001, el dólar pasó a representar el 59% en el 2023. La intensificación de los conflictos geopolíticos globales en los últimos tiempos ha acelerado el desarrollo de transacciones financieras y comerciales fuera del área del dólar, ya sea en monedas locales y/o múltiples CBDC “amigos”, por lo que la fragmentación del sistema monetario global parece profundizarse.

 

 

Dólar, crisis financiera, petróleo

Por otra parte, hay otros factores que amenazan la estabilidad del sistema monetario global. Entre estos, crece la posibilidad de una nueva crisis financiera internacional fogoneada por crecimiento sin límites del endeudamiento estadounidense público y privado. La corrida bancaria del año pasado fue contenida por la Reserva, pero sus causas no han sido resueltas y ahora amenazan a otros bancos. Luego de 11 meses de suba consecutiva de las tasas de interés por parte de la Reserva, la deuda “no realizada” en el balance contable de los bancos continúa creciendo. A esto se suma la existencia de 1.9 billones (trillions) de dólares de endeudamiento al límite del default ligado a negocios inmobiliarios de los bancos comerciales, especialmente de los regionales. Esto ocurre además en un contexto de enorme endeudamiento de las familias que hoy asciende 17.5 billones (trillions) de dólares: 70% de este obedece a hipotecas. A esto se suma otro tipo de deuda que crece rápidamente y es de índole explosiva: la “deuda fantasma” contraída a través del “compre hoy y pague mañana”, un sistema de endeudamiento en cuotas que crece imparable alentado por la inflación y el deterioro del poder adquisitivo de los salarios.

Estas circunstancias marcan la trampa en la que se encuentra la Reserva: la necesidad de impedir el descontrol de la inflación aumentando las tasas de interés y la necesidad de evitar que esto último detone el enorme endeudamiento estadounidense. Esto ocurre en circunstancias en que el precio de la energía se ha convertido en un componente decisivo de la inflación y depende de factores sobre los cuales la Reserva no tiene incidencia alguna. Entre estos factores hay uno que ha permanecido invisibilizado hasta ahora: la enorme dependencia de fuentes de energías fósiles no renovables, cuya productividad se agota paulatinamente.

En los Estados Unidos, la producción de energías no convencionales representó el 75% del aumento de la producción de petróleo a lo largo de los últimos 15 años y ha sido crucial para su transformación en el 2020 en exportador neto de petróleo, por primera vez desde 1949. En los últimos tiempos hay indicios de que esta producción no convencional ha encontrado su límite: cada año que pasa, la productividad de los pozos declina más rápido. En el pasado, la caída de la productividad de “miles de pozos viejos” ha sido ocultada por el rápido aumento de la productividad de los pozos nuevos y la industria no convencional ha casi duplicando la producción promedio de los pozos a lo largo de la última década. Sin embargo, ahora se observa un aceleramiento en la caída del rendimiento. Se prevé que esta caída aumentará en intensidad porque cada pozo nuevo que se agrega a una sección determinada aumenta el ritmo de declinación de la producción en toda esa sección. Luego de años de intenso desarrollo, la vasta mayoría de los pozos nuevos están cerca de los viejos, que han vaciado el reservorio circundante, reduciendo así la producción de los nuevos. Esto ocurre en todas las áreas explotadas, pero afecta especialmente al Permian Delaware Basin. Se cree que esto tendrá gran impacto a corto plazo sobre los precios de la energía en los Estados Unidos. A esto se suma el impacto que tienen sobre el precio de la energía las guerras en Ucrania y en el Medio Oriente que, lejos de amainar, parecen intensificarse al calor de conflictos geopolíticos que no admiten solución negociada.

Mientras tanto, esta semana, los Presidentes de China y Rusia se encontraron para estrechar su alianza estratégica y reafirmar, entre otras cosas, su apoyo total a la construcción de un mundo multipolar basado en la democratización de las relaciones internacionales, el derecho de todos los países a elegir su modelo de desarrollo económico y político de acuerdo con los intereses de sus pueblos y el repudio a un orden global basado en un poder hegemónico y sanciones unilaterales

 

 

La Argentina: dolarización y miseria planificada

Hace pocos días, Milei volvió a explicitar ante los empresarios más poderosos del país su plan de dolarización. Empezó negando que exista atraso cambiario y defendiendo el “mayor ajuste de la historia de la humanidad” que le habría permitido lograr superávit fiscal por primera vez en mucho tiempo y bajar la inflación al 8,8% el último mes. Gracias a estos logros, Milei cree que se ha pasado a una nueva etapa: “Estamos cerrando todos los grifos de emisión (…), terminando con los pases, (…) y arreglando el problema de los puts [2](…) y en la medida que la economía se expanda (…) eso va a incrementar la demanda de dinero. Pero nosotros no estamos poniendo pesos en la economía (…) esta se va monetizando endógenamente (…) poniendo ustedes más dólares o la moneda que tengan ganas (…) y cuando ustedes se den cuenta va a ser tan chica la cantidad de pesos, que podré dolarizar (…) y eliminar el BCRA”.

Así, marchamos rápidamente hacia la dolarización “endógena” con más ajuste brutal, cerrando algunos de los negocios especulativos de los bancos que implican emisión, con tasas negativas que licúan brutalmente activos y pasivos, devaluando el 2% mensual y desmonetizando la economía para obligar a desencanutar dólares. Los destinatarios de esta arenga, los grandes empresarios que lo rodean, son, sin embargo, los principales tenedores de dólares, en el país y en el extranjero. Como en otras épocas de nuestra historia están empeñados en una lucha sin cuartel por maximizar ganancias con operaciones especulativas y descontrolada formación de precios. Apoyan a Milei, pero esperan una devaluación para desencadenar la corrida cambiaria que les permitirá maximizar ganancias, apropiándose de ingresos, renta y ganancias de otros sectores sociales. Milei sabe de su reticencia a invertir y reitera nuevamente la invocación efectuada en el conclave empresario realizado recientemente en Llao Llao: les pide que confíen en el plan del gobierno e inviertan de una vez por todas. Caputo, a su vez, les pide desde hace un tiempo que bajen las expectativas de devaluación y no suban los precios, que “pongan el hombro (…) que la gente no llega a fin de mes” y les advierte que las tasas de interés serán negativas y que tienen todo armado para la dolarización.

En paralelo, el gobierno ofrece todo tipo de garantías y beneficios a los grandes capitales extranjeros para que vengan lo antes posible a invertir en el país, pero hasta que no exista sanción de leyes que den “garantías jurídicas”, difícilmente obtendrá resultados inmediatos. Pareciera pues que el gobierno advierte que los tiempos se agotan, que crece la posibilidad de protesta social y que no logra el apoyo activo de la patria contratista. En este contexto, la coexistencia de monedas es un simple eufemismo para ganar tiempo y llegar a la dolarización. Esta táctica comunicacional es aceptada por el propio FMI quien esta semana volvió a aplaudir el plan de ajuste del gobierno. Dijo que “estaba obteniendo resultados mejores de lo esperado... (y que) no habría inconvenientes con el programa actual si la Argentina define un sistema de coexistencia entre el peso y otras monedas”.

En este contexto, asombra y acongoja que no exista dentro de la oposición política y los intelectuales una discusión sobre lo que implicará la dolarización para el futuro del país como nación y para el bienestar de sus habitantes. El gobierno aprovecha este silencio para profundizar una campaña de estigmatización de los más vulnerables —principales víctimas del ajuste y de una dolarización futura— en torno al supuesto robo de los dineros destinados a la compra de alimentos para los comedores populares y al supuesto chantaje efectuado por los movimientos sociales en la distribución de planes sociales entre sus afiliados. Sin presentar información fehaciente que apoye estas denuncias y sin enviar comida a los comedores desde que asumió, fogonea el odio hacia “el pobrismo” con el objetivo de dividir, meter miedo e impedir reacción alguna contra sus políticas. De ahí la urgencia de visibilizar el intento dolarizador y su otra cara: la estigmatización de la miseria planificada.

 

 

 

 

[1] Estas monedas, llamadas en lo que sigue CBDC (Central Bank Digital Currency), son emitidas por los bancos centrales y pueden o no ser interoperables entre sí.
[2] El put es un seguro otorgado por el BCRA a los bancos para que compren los bonos que emite. Este seguro permite a los bancos exigirle al BCRA que les compre los bonos en su cartera al precio del cierre del día anterior a la venta. Esto permite a los bancos manipular los precios de venta y obliga al BCRA a emitir, una avivada que da grandes ganancias especulativas.

 

 

 

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