Historia de dos plazas

Escenas del 8M en las calles

 

Una chica bebe cerveza. Otra le da la teta a su niño. Otra se las obsequia al mundo. Desnudas. Sin filtro. Una mujer musulmana anda toda tapada, su cara y su cabeza remontada por una enorme túnica negra. Una enfermera llamada Claudia habla convencida de que los varones, a lo mejor, esta vez, se están despatriarcando. Tres chicas van con los pañuelos verdes al cuello, esas banderas que cruzan de cuerpo en cuerpo la marcha del 8M para exigirle al Estado aborto legal, urgente, ahora. Labios color esmeralda. Pelos de mil colores con las mejores fantasías de una fiesta. Vivas y libres, dicen los escritos hechos a mano sobre piernas o espaldas. Tres chicas se paran frente a una pared. Pasan por Avenida de Mayo donde circulan miles en dirección al Congreso, esta vez sin vallas ni militarización. Las chicas observan las intervenciones sobre uno de los extremos del muro. Ahí se detienen y le toman fotos a un dibujo enorme de un mundo completo: «Imaginen un país donde nos prohíben parir. Ahora imaginen un país donde nos obliguen a hacerlo».

A alguna hora, entre las tres y las cinco de la tarde, una muchacha se hacía espacio para avanzar sobre Avenida de Mayo en dirección opuesta a la marea que había salido desde la Plaza. A la altura de la calle Piedras, la avenida iba congregando a quienes se sumaban a la cabecera del 8M. Sobre la bandera central, ubicada bien abajo, a poco menos de un metro del piso, aparecía la primera consigna de la marcha. Mujeres, Travestis, y todo el colectivo GLTTBI: Basta de ajuste y despidos. Y detrás iban mujeres despedidas. Un cartel llevaba el nombre de la autopartista Stockl. En otro se leía el reclamo a Trenes Argentinos.

«Estoy trabada acá, en Piedras», decía la chica a su teléfono celular. Una mujer se puso a cantar en voz bien fuerte: Obrera / escucha / tu lucha es nuestra lucha. Otras la siguieron. Y luego otras más. Un cartel con la imagen de Diana Sacayán emergió desde la cabecera. Alguien dijo entonces: «¡La muerte de Diana la vamos a pelear con nuestra lucha!» Atrás flameó la segunda imagen del día: la bandera de la campaña del aborto legal.

¿De qué me quieren perdonar?
¡Pero tomate el palo!
No queremos más muertas
Ya legalícenlo
Y que Dios te bendiga
Bergoglio
el Vaticano
sobre mi cuerpo,
decido yo

Con tono de rap y bombo de fondo, el cantó transformó en fiesta y baile la esquina de la Catedral. «Estamos acá por los derechos de todas», dijo Claudia entonces, cuerpo vestido de delantal, enfermera de una clínica privada. Alrededor iban sus compañeras. «Estoy acá por el aborto legal, por el trabajo precarizado, porque cobramos 30 por ciento menos que los varones, porque somos jefas de familia, porque no tenemos guarderías en los espacios de trabajo, por todos los derechos, porque nos siguen matando», dijo sin respirar. Ellas con sus carteles antecedían una columna a que iban a sumarse sus compañeros del MST, varones, ahora despatriarcados. «Porque no se puede pensar en feminismo sin el socialismo, van juntos», insistió Claudia, ya con voz de conductora. «¡No se puede! Y ojo que lo dijo Rosa de Luxemburgo, no lo digo yo».

Dos hermanas de Corrientes pero estudiantes en Buenos Aires se levantaron temprano para escribir unas cartulinas rosadas. Una, médica. La otra, estudiante de trabajo social. Alrededor humeaban choris y patis, y uno de los vendedores ambulantes con cartel de Campari con Cepita hacía el voceo ocasión: «Hay cervezas, chicas, hay cervezas». La más chica de las hermanas desplegó su cartel: Se lo debemos a las pibas que nunca volvieron, había escribito. Las dos dicen que vienen estando en las marchas, o mas bien en la calle, y trazan una línea que va desde el 2×1, sigue con Maldonado y llega hasta acá. Hoy llegaron con lo justo: la SUBE, el celular, el documento y los carteles. Nada más. Tal como indicaban las recomendaciones de la Comisión de Seguridad y Cuidados de la Asamblea 8M en flyers que circularon temprano de teléfono en teléfono, pensados con milimétrico cuidado, donde estaba todo: ubicación de los cordones de seguridad, números de guardias de abogados y señalética del nuevo orden impuesto en una cuidad revolucionada, pensada con puestos de baños químicos, salud y hasta de agua. «Todas nos sentimos distintas, yo misma siento que cambié», dice la médica. Y su hermana enrolla el cartel. «A todas las mujeres alguna vez nos pasó algo de todo esto, ya sea el acaso callejero, las miradas: yo ahora me doy cuenta de cosas que antes ni siquiera veía».

Sara es docente de Construcción de Ciudadanía y profesora de Educación Física en la escuela 58 del Barrio Arco Iris de Merlo. Una escuela que se quedó sin comedor y sin las netbooks, donde las maestras y maestros levantan las piedras del piso para preparar el patio a lxs pibxs. Anda en la calle con este enorme dibujo: una silueta de ella con sus hijas.

 

 

«Vengo porque esto nos moviliza a todas como mujeres que somos. Para decir basta de violencia. Es lo que les enseño a mis alumnas: que aprendan a defender sus derechos, a conocerlos, a cuidar sus cuerpos de todos y de todas». Ella es una de las que se acercó por primera vez a las convocatorias del movimiento de mujeres en junio de 2015, aquel momento en el que la calle mostró que algo distinto empezaba a pasar. Pero así como en aquel momento la calle parecía trazada por historias de violencia en primera persona y mujeres que comenzaban a contarlas en voz alta, este 8M pareció poner de manifiesto la construcción más transversal de algo distinto. No había sólo cuerpos escritos. Había movimiento organizado. Y eso aparecía reflejado hasta en la repetición de símbolos en los cuerpos. Tal vez de eso se trató ese pañuelo verde que algunas llevaron en los puños, otras en el cuello o como abrigos livianos sobre torsos despojados de remeras.

Cuando la cabecera todavía esperaba la hora para salir desde Piedras, la 9 de Julio comenzaba a reunir a las organizaciones sindicales y movimientos sociales, otro de los espacios de la marcha. Claudia Moreno de la cooperativa Nuevo Mundo, una escuela primaria y jardín que forma parte de un espacio mayor de cooperativas gráficas, gastronómicas y textiles, miraba para un lado y a otro de esa avenida transformada en una plaza o un océano: «Es que como no hay uniformes —dijo—, y todo está en verde y violeta, nadie sabe dónde empiezan y dónde terminan las columnas».

Pasó una señora vendiendo banderas violetas. Pasó una chica con la remera AntiYuta. Pasó otra mujer con sombrero Panamá y colección de prendedores. Pasó un vendedor de Hecho en Buenos Aires, esta vez con número a 35 pesos y el 8M en la tapa. Bandera del Frente Darío Santillán en el fondo. Y Claudia Moreno que explicaba la línea histórica de la historia de las cooperativas en clave del 8M: con emergencia en 2001, institucionalización de doce años, presente dónde sólo alcanzan a tener la cabeza afuera del agua y un mundo donde el patriarcado todavía es una cuestión que manda.

Hay aire de tienda de ropas en medio de las calles con algunos percheros. Un vendedor cuelga remeras de Mafalda gritando Basta. Al lado tiene una de la Pachamama. Y otra que dice: Mujer bonita es la que lucha. Hay niñas y niños con sus madres. Cochecitos. Mujeres cuidando esos coches. Niñas con carteles. Adolescentes con tatuajes en las gargantas.

 

 

Otras con flores.

 

 

Y así.

 

Laura Kogan escuchó ayer la noticia de la muerte de Bignone, condenado por el crimen de su esposo, Luis «El Huevo» García, cuarenta años más tarde. «Y estoy acá», dice, «porque pertenezco a este lado del mundo». Una chica se detiene ante un puesto de remeras. El puesto en realidad es una lona tirada sobre Avenida de Mayo. Sobre la lona hay remeras del Mauricio Macri La Puta Que Te Parió con su sigla. La chica dice lo que dicen muchas mujeres estos días: aquellas que piden cambiar el puta por yuta. Que dicen que ese insulto en realidad también es una de las formas de protesta a desterrar. Y habla. Y al vendedor, varón él, no le gusta. La chica insiste. El tipo se pone incómodo. La chica sigue. El tipo no quiere que más. Dice que él no lo escribió. Que no hizo las remeras. Que tampoco lo inventó. Y habla como si adelante suyo no hubiese remeras sino fantasmas. La chica se va. Dice que todo bien, pero que lo piense. Alrededor queda un agujero de soledad.

Pasa una embarazada con la enorme panza desnuda. Seis meses de embarazo. ¿Que por qué se le ocurrió venir casi como su madre la trajo al mundo mientras está por parir a su hijo varón? «Porque sí», dice ella, «porque una tiene que venir, esté como esté».

Marisú Hernández se para y le hace una foto. En su cámara tiene varias tomas del día: foto a un cártel de libertad a las presas políticas. En ese momento veo una imagen de Milagro Sala en medio de la 9 de Julio. El mismo día en que el juez más villano de todos los villanos, Pablo Pullén Llermanos, obligó a su marido a ir y venir de la casa cárcel en El Carmen al cuartel central de Gendarmería porque otra vez está aumentando las restricciones en materia de visitas sin siquiera atreverse a ponerlo en un papel.

Marisú tiene en la cámara una foto de la jueza jubilada Lucila Larrandart. Otra de Nilda Garré. Y una foto más moderna de una intervención callejera. Uno de los modos de dar vuelta el mundo que aparecen cuando las mujeres toman la calle o el poder.

 

 

Leticia Martínez es profesora de lengua en una escuela de Almagro y actriz. Habla de Judith Butler y del poder de la performance y del poder del puro presente que pasa delante de ella. «Esos cuerpos que provocan esa pura afectación del otrx», dice, «y que provoca todo esto». Leticia acaba de comprarse un prendedor con el pañuelo de las Madres porque entiende que su modo de estar en la calle es parte del camino legado por aquellas mujeres que salieron hace cuarenta años cuando eran pocas, pero llegaron hasta el presente. Pero también dice que se compró el pin porque cree en la magia. Y que a la tarde vio pasar dos veces a Hebe de Bonafini en una combi. Que casi es la primera vez que la ve tan cerca. Y esta vez le pudo hasta dar la mano.

«Hoy veo mucha más cantidad de mujeres. Y veo mucha mas fortaleza», dice. «Expresada en los cantos y también en los cuerpos. Y veo también cuerpos combativos. Fortalecidos. Veo una organización de las mujeres. Como un Partido. Veo mujeres que otra vez aparecen en un contexto de una hostilidad como el que conocí cuando acompañaba a mi viejo a la carpa docente en el menemismo. Pero también veo un nuevo orden del espacio: un orden que tiene que ver con el cuidado. Lo veo en la organización, en los cordones de seguridad, en las columnas. Una colectivo en el que nos cuidamos».

Un pareja espera a que Leticia termine porque tiene una noticia. Acaban de encontrar un prendedor de Pappo entre las ofertas de un vendedor. «¡Mira lo que dice!», dicen. «No te atrevas a tocar a mi vieja. ¡Pero qué hace esto acá! ¡Qué hace esto de un machista entre los más machistas!

Y Leticia sigue. Pasa un aviso. Que hace una obra. Que se llama las Panfletarias.

 

 

Marisú tira las ultimas fotos. La marcha acaba de cubrir las dos Plazas.

 

 

1 comentario
  1. emiliano dice

    ignorantes.. no saben por que protestan. yo les voy a decir.. para que muera una vida.. como que ustedes andan haciéndose tener hijos y después quieren que las operen. por eso quieren todo gratis.. para matar a un bebe.

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