Hitchhiking

Historia de un viaje iniciático a Perú: el blanco angurriento, la chola inerme y el anhelo de un Pedro Castillo

 

“To travel by getting free rides in someone else’s vehicle, dice el Cambridge Dictionary para explicar el hitchhiking o autostop o el argentinísimo viajar a dedo. Lo copio así, en la más transitada lengua vehicular del planeta, para sacralizar no sólo su universalidad sino también el carácter no pecuniario que, si bien no le es absoluto, es su original esencia. Fue marca de una época en que liberábamos las cabelleras, los cuerpos, los pensamientos y también los caminos, para absorber el mundo y hacerlo nuestro.

Un día metí en la mochila el pasaporte, algunos de los trapitos que solía usar en verano para vestirme, guardé en un bolsillo recatado el billete de 100 dólares que mi papá me confió para que lo usara “solo en situación de inesperada urgencia” y, de la mano de Luciano, mi primer novio flaco y brasileño que ya no está, nos pusimos en camino para llegar a Lima en un viaje que, mirado desde esta pantalla donde hoy escribo, acaso pueda catalogar de iniciático.

Fue la primera vez que empecé un viaje largo en camioneta con un desconocido, un empresario campechano de sonrisa jocosa y gesto paternal. Se llamaba Mendizábal y quería, a toda costa, conchabar a Luciano en la compañía de producción de lácteos y quesos untables que regenteaba en sociedad con sus hermanos. Era apenas un destello difícil de reconocer el chicotazo de rabia que fulguraba en el iris de Luciano –que acostumbraba entretener sus horas muertas tarareando rapsodias de Liszt y sólo sabía hablar de política y literatura– cuando lo sindicaban para peón nomás por su piel del color de las castañas y su pelo motudo. El buen hombre gimoteaba su frustración cuando nos despedimos en Venado Tuerto.

Siguen pantallazos de la ruta 8, del paisaje extrañamente cuadriculado y parejo, luminoso, estático y conservador que dibujaban las viñas en Mendoza, de una foto vieja en blanco y negro en el valle de Uspallata, de la frontera allá arriba de la montaña y de ese torbellino de caracoles culebreros por donde las combis descienden la falda occidental de los Andes hasta hacer pie en Santiago, entre el bullicio de batucada de los amigos brasileños de Luciano, estudiantes y becarios que habían puesto distancia del golpe que derrocó a Joao Goulart en 1964.

Rumbo al norte por el largo y majestuoso corredor chileno, me acomodaba con tímido desenfado en los camiones que accedían a llevarnos, haciendo caso omiso de las miradas entre oblicuas, asombradas o tiernamente inquisitorias de los conductores, poco acostumbrados, de ese lado de la cordillera, a señoritas de blancura pequeñoburguesa que se anduvieran trepando a sus cabinas o a sus remolques acompañadas de un flaco amorenado y sin sortija de casamiento. Remontando serranías que de tanto en tanto se nos atravesaban en el camino, avanzamos por un desierto esplendoroso que cambiaba constantemente de color según el ángulo desde donde lo mirara el sol, habitado de cactus acalambrados en sus poses excéntricas de bailarinas tailandesas. Desayuné sandwiches de palta y enloquecí con los jugos de mango. Esta chica nunca vio un mango era el sonsonete tipo chiste que entrometía Luciano entre el ruido de la licuadora.

Una tupida sucesión de cuarteles de bomberos protegían las construcciones de madera en Antofagasta y cuando me perdí, en una barriada de Iquique, me rescató un auto medio destartalado, lleno de ojos almendrados, descendientes de los culíes, los migrantes chinos que llegaron desde mediados del siglo XIX, como casi esclavos, a extraer el salitre y a juntar la caca de cormoranes y alcatraces –que llamamos guano– o a suicidarse exasperados por la vida de mierda, valga la redundancia, a que los sometió esa tierra botín de guerra que dejó a Bolivia sin mar y no se lo quiere devolver.

Cuando ya habíamos pasado Camaná, en la costa sur del Perú, nos acollaramos con un aviador que viajaba a Lima, muy apurado, en un auto rojo. Tenía que presentarse de urgencia para pilotear un avión de no sé quién a no me acuerdo dónde, pero sí me recuerdo tiesa y erecta en el asiento de atrás, aupando férreamente mi mochila, viendo pasar la tierra plana y sin lluvias apenas amarronada o la pared del barranco a la derecha y el Océano azul y Pacífico ahí nomás abajo, a la izquierda, a la velocidad desquiciada a la que el aviador hablaba, fumaba, gesticulaba y piloteaba su bólido carmesí.

Una cholita apareció haciendo dedo allá delante, parada en la banquina estrecha, acompañada de una niña y llevando una enorme bolsa de huevas –en Perú les dicen hueveras– de pescado. No entendí si subían del puerto para venderlas en alguna cebichería o si habían bajado al puerto a comprarlas. Para el aviador lo mismo daba. Relojeó la bolsa y la metió en el baúl. Ellas se sentaron, tímidas, a mi lado, la vista en el piso, hablando solamente si yo preguntaba y me contestaban cortito, sin mirarme, en voz bajita, discreta, como pidiendo perdón por atreverse a decir.

Aquí pes señor es, dijo la cholita después de un rato largo y tuvo que repetirlo más alto, agarrada al respaldo de delante porque apenas se la oía, en los modos discretos a que la acostumbró su piel canela. Ya pues te bajas. Sí señor… mis hueveras pes. Ah ya, las hueveras; me las dejarás por el viaje, ¿no? Ya señor (sonrisa), mis hueveras he de llevarme pes.

Parados en el sol, al lado del coche, oficiando la despedida, Luciano y yo, como desde un palco avancé, desayunábamos la escena de un mundo que no conocíamos, balconeando, desconcertados, el entremés trágico del blanco abusivo y la chola inerme.

Intuimos toda la vida entregada –diría Marx– en el trabajo de recoger esas huevas, las largas horas de los hombres mar afuera, al garete durante días en un barquito de casco color celeste, decorado con figuras de quimeras marinas. Junto a dos o tres compadres disponen las hojas de palma sobre las esteras que dejan caer a la mar, como nidos a la espera de las lisas voladoras que vendrán a desovar, hoy, esta tarde, o mañana o pasado. Llegan con su estampa de peces alados de un paraíso, agitando sus aletas alargadas cual colibríes del mar y menean una danza espasmódica mientras van pariendo sus huevas al agua del océano. Ellos, mientras comen el chupe cocido con la pesca del día sazonada de rocoto picante, las miran bailar y descansar la energía agotada en la parición. Después hay que desenredar las huevas de las hojas de palma, subirlas, limpiarlas de pegotes, quitarles restos del sargazo que agregan a las palmas, hasta que reluce su color amarillo, y entonces empiezan a salarlas para que se conserven hasta el momento de volver. Y pasadas una, dos semanas de trabajo, se ponen en marcha para por fin regresar a casa.

Bueno, repartimos pues, negoció el aviador; puso un algo sobre el piso del baúl y sin la menor vergüenza, con simpático descaro, con negligente displicencia, con desparpajo de clase, con la sonrisa del abuso, con el blanquiñoso derecho al plusvalor, con un guiño ladino a la cruz de su Cristo bifronte, metió una mano en la bolsa, se empacó la mitad de las huevas, las acomodó rápido y angurriento, bajó de un golpe la tapa del baúl y levantó un dedo para indicarnos que montáramos al auto porque seguíamos viaje…

Todavía con el regusto del asombro por las nuevas providencias que acababa de aprender, se me fueron los ojos por la luneta, prendidos a la historia que dejábamos atrás. La cholita y su niña, tal vez su hija, su sobrina, su nieta o su hermana chiquita, aleladas al costado de la ruta con su bolsa vaciada de huevas, no se miraban entre ellas porque hubieran puesto en evidencia el bochorno de impotencia que sufre el adulto sojuzgado que se ve humillado ante los suyos. Tampoco miraban la bolsa ni el rastro del auto que se iba. Se quedaron como enfocando un punto en la lejanía. Divagaban un confuso sueño, digo yo; construían el anhelo de Velasco Alvarado y de Pedro Castillo con el afán de su rabia callada por cinco siglos…

Y esa noche llegamos a Lima.

 

 

 

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