HORACIO BALZAC

La muerte de Horacio González, un militante popular, un pensador sutil y un hombre bueno

 

Se lo llevó el puto virus, con mucho sufrimiento. Primero con una bigotera de oxígeno, después con una máscara, por último con un respirador. Reaccionó bien y de a poco le fueron reduciendo la sedación, hasta que se despertó. Estaban por darle el alta cuando lo infectó una bacteria intrahospitalaria, también dejó de funcionar su único riñón, producto de un trasplante, y además de la asistencia mecánica para respirar debieron conectarlo a la máquina de diálisis para filtrar las toxinas.

Mientras permaneció consciente siguió conectado con el mundo y también en esos días resplandeció su personalidad. Mucha gente, en su situación, no querría hablar con nadie. Cuando le escribí que me gustaría acompañarlo salvo que lo incomodara, respondió de inmediato y hablamos más de una hora. Preguntaba por personas y circunstancias, con una curiosidad intacta a pesar de la enfermedad. El país, la política, las fuerzas sociales en pugna lo obsesionaban.

El torrente de afecto que despertó, con cada parte diario, transmitido durante un mes por Liliana Herrero o por la hija de ella, y luego del horrible desenlace, no puede sorprender a nadie. Horacio González era un hombre generoso y cordial, que vivió dando y recibiendo amor, de lo que me he beneficiado en más de una ocasión.

En los elogios fúnebres hubo exégesis sobre el barroquismo de su prosa, algunas a cargo de quienes se lo cuestionaron en los textos de Carta Abierta porque no serían de fácil comprensión popular o personalizarían en exceso una creación que procuraba ser colectiva. Esas críticas superficiales no valoraban lo suficiente las ricas vetas de metal precioso que destellaban entre los macizos rocosos. Horacio ni se enojaba ni se dejaba condicionar.

 

 

Una hipótesis sobre su estilo

Después de muchas horas de lectura arribé a una hipótesis sobre las raíces de ese estilo. Su crítica a los poderes fácticos y los sectores de clase que a lo largo de la historia acarrearon sufrimiento al pueblo buscaba decantar esencias, no enredarse en anécdotas, y eludía todo lo posible la ofensa y el agravio. Horacio denunciaba, pero no quería lastimar, ni siquiera con la ironía o el sarcasmo. Aludía, rodeaba, sugería. No por falta de coraje para encararse con los enemigos de la causa popular, sólo por la delicadeza de su espíritu.

Dos ejemplos, muy distintos, de esa actitud:

  • Era Horacio de Flores, de la Unidad Básica de Páez y Argerich, la Capuano Martínez. Pero cuando se produjo la ruptura entre Perón y Montoneros, se alineó con la denominada JP Lealtad. Pero en el casi medio siglo que siguió a ese desencuentro, nunca se jactó de su posición ni trató de validarla de modo retrospectivo menospreciando a los compañeros que quedaron del otro lado. No hubiera sido ilegítimo hacerlo, pero carecería de la grandeza que lo caracterizó.
  • Cuando el macrismo designó para sucederlo a un erudito globalizado, hijo del primer embajador argentino en Israel, que recién conoció nuestro país a los siete años, se puso en guardia. Cuando el nuevo director esperó para asumir que se produjera el despido de una cuarta parte del personal y los trabajadores denunciaron sus gastos personales con fondos públicos y la persecución a quienes lo cuestionaban por eso, Horacio no dudó. Dijo que escribía sine ira et studio, pero se le notaba la furia en cada párrafo y su prosa adquirió una claridad absoluta. Los apologistas de Manguel (en realidad de Macrì) lo acusaron de antisemitismo por haber rechazado el software israelí Aleph. Ignoraban que la Biblioteca lo incorporó durante la gestión de González aunque no fuera el ideal, porque hubiera sido preferible otro de código abierto y no propietario. Y sobre todo desconocían que Horacio fue el director que aceptó la propuesta que le hice a varios de sus predecesores, de quitar el nombre de Gustavo Martínez Zuviría a la hemeroteca de la BN. Creo que fue un error rebautizarla Ezequiel Martínez Estrada, pero esa ya es otra historia.

 

 

Por una cabeza

Estas líneas apuradas en recuerdo del compañero tan querido no están ilustradas con su imagen sino con la estatua de Balzac que una sociedad de escritores le encomendó a Rodin en la última década del siglo XIX.

Balzac había muerto cuatro décadas antes y Rodin sólo trabajaba con modelos vivos. Pasó los primeros años posteriores al encargo releyendo toda su obra y los trabajos críticos sobre ella y estudiando las pocas imágenes registradas con medios precarios antes de 1850. Como no le resultó suficiente, se instaló en Tours, donde nació el autor de las noventa y pico de novelas de la Comedia Humana, para familiarizarse con su gente. Conoció a un sobrino nieto del escritor y tomó como modelo a un conductor de ómnibus parecido a las descripciones que leyó y escuchó sobre Balzac.

Hizo en yeso varios modelos, todos desnudos, pero por temor al escándalo vistió la obra final, con una túnica hasta los pies, evocativa de la bata que Balzac usaba en sus noches de escritura a fuerza de café y tabaco. Pasó a preocuparse antes por la potencia de su actitud que por el parecido físico. La sociedad de escritores rechazó la obra, que recién se fundió en bronce en la década de 1930. La estatua, de tres metros de altura, está en los jardines del bellísimo Museo Rodin de París, entre plantas y pájaros. Es la primera escultura impresionista. Quien quiera constatarlo en forma directa, puede hacerlo en el Museo Nacional de Bellas Artes cuando vuelva a recibir al público, porque allí hay una copia de la cabeza de la estatura.

El misterio que nadie podrá develar es por qué el Balzac de Rodin se parece tanto a González. Sería una pobre explicación decir que siendo tan distintos comparten la profundidad en la descripción de la sociedad de su tiempo.

Eran, además, dos hombres buenos.

 

 

El boceto realista y la obra terminada.

 

 

 

 

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