IN & OUT

El mejor musical del siglo XXI ya asomó, obra de El Artista Más Interesante Del Que Nunca Oíste Hablar

 

Cuando ensayistas e historiadores buscan en el arte un reflejo de su tiempo, no suelen apelar a los musicales. Tal vez se deba a la naturaleza del género, que es de las más artificiosas. Conozco gente culta e inteligente que no digiere el hecho de que un personaje se lance a cantar y bailar en plena calle, mientras el mundo gira con gracia a su alrededor. La objeción es atendible, si olvidamos que esos mismos espectadores no cuestionan el hecho de que haya puertas batientes en cada saloon, o de que cada caso policial con ribetes tenebrosos se investigue en medio de una iluminación expresionista, en el sentido más nocturno y alemán del término.

 

 

 

Sin embargo, los musicales pueden ser un buen espejo de su época. A veces por contraste: que una exquisitez como Sombrero de copa haya sido concebida durante la Gran Depresión que empobreció a los Estados Unidos a partir del ’29 es revelador, aunque más no sea de la necesidad de escapismo que sentía el público masivo. (Medio siglo más tarde se filmó otro musical que, lejos de sublimar el sufrimiento de esa época, la reflejó acorde a las reglas del género: Pennies From Heaven, de Herbert Ross, es una película maravillosa e implacable, el musical más deprimente que existe — o, por lo menos, que existía… ¡hasta hoy!) Tampoco deberíamos olvidar que un texto autobiográfico que Christopher Isherwood publicó en 1939 —donde contaba su experiencia en la Alemania del surgimiento nazi— fue rescatado en 1966 por tres norteamericanos que, anticipándose a lo que sobrevendría durante el gobierno de Nixon, consideraron pertinente alertar sobre la forma casi imperceptible en que el fascismo se cuela en nuestras vidas, a través de una obra que llamaron Cabaret.

 

Una imagen de «Pennies From Heaven», conjurando a Edward Hopper.

 

El último fenómeno de Broadway fue Hamilton, el musical en el cual un portorriqueño, Lin-Manuel Miranda, se apropió del proceso independentista de los Estados Unidos para recrearlo desde el punto de vista de las minorías de hoy. Otro musical de Miranda acaba de llegar al cine: In The Heights, homenaje a una de las barriadas neoyorquinas que cobija a la inmigración latina. Y Léos Carax arrancó el Festival de Cannes con Annette, también un musical —sobre canciones del grupo Sparks, con Adam Driver y Marion Cotillard— que reflexiona sobre las trampas del ego y sugiere que el género puede explorar avenidas nuevas.

Hablando de avenidas nuevas, acabo de descubrir el mejor musical de lo que va del siglo XXI. Se llama Inside, es una suerte de one man show del comediante Bo Burnham —que escribió, dirigió, compuso, canta y actúa— al que, no obstante, ni siquiera vas a encontrar catalogado como parte de género. Ocurre que Burnham ha desarrollado una carrera como comediante, y por eso Netflix y los medios catalogan Inside como un espectáculo de stand-up. Pero es mucho más que eso. Es una obra concebida y realizada por Burnham durante un año de encierro pandémico, en el interior de la casita de huéspedes de su propiedad en Los Angeles. Sin mencionar nunca la palabra coronavirus, Burnham reflexiona sobre el aislamiento, por no decir alienación, que es esencial a nuestra forma de vida actual; una condición —la de nuestra vida mediatizada, experimentada vicariamente y performatizada para ojos ajenos a través de Internet— que, en todo caso, el virus no hizo más que transparentar.

 

 

El show comienza con este tipo en la penumbra de la casita, desgreñado, con cara de deprimido, una extraña vincha y vestido con una remera y calzoncillos. Entonces comienza a cantar —pronto descubriremos que Robert Bo Burnham no sólo canta bien, sino que también toca piano y guitarra con solvencia—, diciendo lo siguiente:

Si me hubieses dicho un año atrás

que estaría encerrado dentro de mi casa

te hubiese dicho, un año atrás:

«Qué interesante. Ahora dejame en paz»

Lamento verme así, hecho un desastre

Armé una cita con el peluquero

Pero me la pasaron para otro día

Robert ha estado un poco deprimido.

Así que hoy voy a intentar, nomás

Ponerme de pie, sentarme

Volver a trabajar

Puede que no sirva de mucho, pero aun así no debería doler.

Estoy sentado, escribiendo chistes,

Cantando canciones tontas

Lamento haberme ausentado

Pero, mirá, hice contenido para vos

Papi preparó tu favorito, abrí grande

Acá viene el contenido

Es un bello día para quedarse adentro.

 

 

Cuando Burnham dice hice contenido para vos, enciende una linterna que lleva adosada a su vincha y, al chocar su luz contra una bola de espejos que pende del techo, convierte la casilla tétrica en el interior de una disco. Se trata de un truco pedorro, bien casero, pero que encanta a la vista y hace que te quedes viendo de qué modo giran los reflejos. Eso es lo que Burnhan llama —y volverá a llamar más de una vez, durante el show— «contenido»: esto es, todo aquello que llama tu atención en la computadora o en el celular y te compele a ver, sin importar que sea zafio o elevado, simple o elaborado. Y al mismo tiempo que llama la atención sobre el «contenido», te muestra que lo que tiene para ofrecer es una boludez, un truco de feria. Burnham caminará sobre esa cuerda floja durante una hora y media, sugiriéndote por un lado que serías capaz de ver cualquier cosa —a fin de cuentas, lo que importa del «contenido» no es tanto lo que presenta (¡el contenido del «contenido»!), sino el tranquilizador hecho de que exista, de que (¡gracias a Dios!) siga habiendo algo que ver— y, a la vez, llenando las boludeces que se le ocurren de un carga vitriólica.

Pero me estoy adelantando. De momento, lo que importa es que nos disponíamos a ver un show y nos encontramos con un tipo que parece empastillado y nos cantó una cancioncita. Después de lo cual aparece el título de la obra (Inside, o sea: Adentro), el crédito excluyente («escrito, editado, filmado y dirigido por Bo Burnham») y una serie de planos donde el tipo se prepara para grabar nuevas secuencias, toma medidas para no errar el foco y prueba efectos. Durante ese montaje percibimos que el Burnham que trabaja tiene su cabello de longitudes diferentes y que salta de un plano donde está bien afeitado a otro donde se lo ve barbado, y la pregunta acuciante pasa a ser la siguiente: ¿Qué carajo estoy viendo? Momento en el cual Burnham se sienta al piano y arranca con su siguiente canción, que responde a estas dudas. Así como la primera canción se llamaba Content, esta se llama Comedy, pero Burnham la arranca muy serio, en onda baladista confesional — un Lerner de la Costa Oeste.

El mundo está cambiando

El planeta se recalienta

¿Qué carajo está pasando? (Risas pregrabadas.)

……………………………………

La gente rebelándose en las calles

La guerra, la sequía

Más miro, más me convenzo de que no hay nada de lo que reirse

¿Se acabó la comedia?

¿Debería dejarte en paz?

Porque, en serio, ¿quién va a largarse a hacer chistes en un momento así?

…………………………………..

Quiero ayudar a dejar el mundo mejor de lo que lo encontré

Pero me temo que la comedia no serviría de mucho

Y ese temor no es infundado

¿Debería dejar de ser divertido?

¿Debería donar mi dinero? ¡No!

¿Qué debo hacer?

En ese momento irrumpe un coro celestial, que le recomienda que «sane al mundo a través de la comedia», y Burnham asume la misión. «El mundo necesita que lo guíe un tipo blanco como yo», reflexiona, y Dios le responde: Bingo. Curar al mundo mediante la risa equivale, según Burnham, a «hacer una diferencia literal, metafóricamente».

 

 

A continuación, Burnham se sienta hombro a hombro con su cámara delante de un espejo y explica lo que está por hacer: crear un show de comedia anormal, desde que no habrá público ni personal de filmación o teatral. «Sólo mi cámara y yo, y sólo ustedes con sus pantallas —dice—, del modo en que Nuestro Señor lo dispuso». También anuncia que todo será grabado dentro de ese cuarto, y que en vez de ser resuelto durante una misma noche como el 99% de los especiales de comedia (lo cual incluye por ejemplo a Tambourine, el último show de Chris Rock, que Burnham dirigió), será grabado «durante todo el tiempo que haga falta hasta terminar».

«Espero que esto haga por ustedes lo mismo que hizo por mí durante estos dos últimos meses», dice, «o sea, distraerme del deseo de pegarme un balazo en la cabeza». Otro signo más de que este no es uno de esos especiales para sentarse y reír, birra en mano.

 

 

La siguiente canción recrea uno de los modos más frecuentes de generar interacción durante el encierro. Se llama Face Time con mi mamá. A esa altura ya está claro que Burnham escribe muy buenas canciones, y en esta crea humor a partir del contraste entre su figura de joven cool («Sírvanme un trago y limpien mi agenda… Les dije a mis amigos que necesito un poco de espacio») y el bochorno que le produce la comunicación con la madre, que lo obliga a saludar al padre, tapa la cámara con el dedo y se dedica a contarle «el final de la sexta temporada de The Blacklist«.

 

 

Después viene una canción infantil que promete algo fuera de lo común, desde que lleva el mismo título que un libro de Noam Chomsky del año 2011: Cómo funciona el mundo. Allí Burnham encarna al animador buena onda, que explica a su público infantil que el secreto de ese funcionamiento es que todos los habitantes del planeta trabajen en equipo, como hace la abeja cuando bebe de una flor y parte con su polen. Cada criatura viva, dice, «da lo que tiene y toma lo que necesita». Hasta ahí todo bien: se trata de una canción políticamente correcta, de calidad superior a lo que solemos tolerar en el ramo. Pero acto seguido llega el mejor momento.

 

Bo y Socko.

 

Burnham presenta a su «compañero», un títere que no puede ser más rudimentario:, se trata de una media blanca que ha calzado en su mano. La llama Socko, porque sock significa media. (Burnham es fan del comediante holandés Hans Teeuwen, que hacía una rutina con un títere que era una media negra.) Cuando le pide que cuente su versión respecto de cómo funciona el mundo, Socko canta lo siguiente:

La narrativa esencial de cada clase de historia

Es falsa, demostrablemente, y clasista en lo pedagógico

¿No lo sabías? ¡El mundo está construido con sangre!

¡Y genocidio! ¡Y explotación!

La red global del capital funciona, en esencia,

para separar a los trabajadores de los medios de producción

Y el FBI mató a Martin Luther King

La propiedad privada en básicamente un robo

Los fascistas neoliberales están destruyendo a la izquierda

Y cada político, cada policía en la calle

Protege los intereses de la elite corporativa, que además es pedófila.

……………………………..

En materia de genocidio, los nativos dicen

que ustedes (o sea, los blancos) lo hicieron primero

Y así es como el mundo funciona.

¿Soy yo, o habría que enseñar esta canción en cada jardín y en cada escuela? Pero, lamentablemente, la cosa no termina ahí. Sin perder la calma, Burnham amenaza a Socko con quitárselo de la mano. El títere desespera, porque no quiere volver al cajón donde permanece, según ha confesado, «en un terrorífico estado liminar entre estados del ser, no del todo vivo ni del todo muerto». Burnham le pregunta entonces si piensa comportarse.

—Sí— le dice Socko.

—¿Sí, qué?— insiste Burnham, muy serio.

—Sí señor— responde el títere.

Para que Burnham retome la canción con la alegría impostada del comienzo, satisfecho de haber demostrado que es así—entre amos y esclavos— como funciona el mundo.

 

 

Lo que sigue es una de las canciones más interesantes del show. A simple vista, es de las que se limitan a ser humorísticas. Burnham se muestra a sí mismo en actitudes de muchacho encantador y sensible (fotografiado siempre dentro de la casita, por supuesto), mientras la estrofa inicial arma una lista.

Una ventana abierta, una novela

Una pareja tomada de la mano

Una palta, un poema

Escrito en la arena

Nieve fresca sobre el suelo

Un golden retriever con una corona de flores.

Para finalmente llegar al estribillo, donde se pregunta:

¿Es esto el cielo, o

Es apenas el Instagram de una mujer blanca?

 

 

La canción apila imágenes irónicas, como quien tilda casillas del contenido de esa red social: «Calabacitas… Medias peludas y confortables… Una cita de El señor de los anillos incorrectamente atribuida a Martin Luther King… El arte político callejero menos inspirado… Un atrapasueños comprado en Urban Outfitters…». Pero llegado el momento deriva en una tercera parte —si la estrofa es la parte A y el estribillo la parte B, me refiero a una parte C— donde Burnhan asume el papel de una instagrammer que recuerda el décimo aniversario de la muerte de su madre.

La chica empieza a dialogar, le cuenta a la madre ausente cómo le ha ido, le dice que consiguió un trabajo y que está enamorada. «Mamá, tu nenita no lo hizo tan mal», canta Burnham, coronando una sección perfectamente desprovista de ironía. Al contrario, ese tramo suena sensible, comunica una emoción genuina: «Mamá, te extraño», dice, «todavía trato de encontrar la forma de vivir sin vos». En cuestión de segundos, Burnham da vuelta como un guante una canción que pintaba para burlarse de cierta cursilería de un modo casi misógino, e introduce una suerte de antítesis o antídoto en el cuerpo de la misma canción; una cuña casi populista, me animo a decir, desde que lo despoja de la superioridad cultural de ciertos white men (entre los cuales me incluyo, aunque yo esté virado al marrón) y lo ayuda a expresar sentimientos desnudos, a los que de otro modo no podría acceder.

 

 

La canción es una muestra de la inteligencia y la sensibilidad de Burnham, que nunca deja de cuestionar sus propios impulsos. Buena parte de su modus operandi deriva de la consciencia de la inadecuación. Haber nacido hombre, en un momento en que las mujeres deslumbran en todos los rubros. Haber nacido heterosexual, en un tiempo de celebración de la diversidad. Haber nacido blanco, en un momento de reivindicación de etnias y culturas que fueron postergadas por la fuerza. Pretenderse artista en un mundo que necesita salvación urgente, en vez de tipitos que demandan atención porque dependen de la mirada ajena como del aire que respiran. A esto hay que sumar el hecho de que Burnham forma parte de la primera generación del mundo Internet, con todas las particularidades que esto supone.

Nacido en 1990, en el seno de una familia acomodada de las inmediaciones de Boston, Burnham hizo sus primeras armas a los 16 años, grabándose a sí mismo en el acto de cantar las cancioncitas que ya componía (según él, hacía «comedia musical púber») y subiendo esos videos a YouTube. Esos posteos se popularizaron y le permitieron desarrollar una carrera como comediante en plena adolescencia. Lo cual implicó en simultáneo una bendición y una maldición. Por un lado, la posibilidad de difusión —y notoriedad— instantáneas, dependiendo de la cantidad de clicks que detona tu «contenido». (A marzo de este año, Burnham acreditaba 300 millones de visionados en YouTube.) Y al mismo tiempo significaba un grado de exposición en tiempo casi real nunca antes visto. Burnham todavía recuerda el primer comentario que recibió: Go go Gadget faggot, o sea que alguien usó la canción del dibujito Inspector Gadget para hacer un versito que terminase diciéndole puto.

Internet permitió que lo viesen millones de personas mientras seguía siendo un crío. Lo cual significa que millones contemplaron a Burnham tratando de ser gracioso en pleno desbalance hormonal, y en consecuencia riéndose de las cosas que hacen reír a los críos: el sexo, la masturbación, la incorrección política, el deseo de decir barbaridades cada vez más grandes y de desafiar los límites de la aceptación. Era capaz de grabar una canción en su habitación y, antes de lanzarla a las redes, dedicársela a la gente en general y —acercándose pícaramente a la cámara— a «los pedófilos de Internet». En un momento particularmente tenso de Inside, el Burnham de hoy contempla una de las grabaciones del Burnham adolescente, con gesto inescrutable.

 

 

 

A los 18 grabó su primer disco, a los 19 hizo su primer especial en Comedy Central. Si entrás el show que significó su debut en Netflix (what., de 2013), vas a experimentar lo que los pibes de hoy llaman cringe, la vergüenza ajena que te da —en este caso— ver a un crío diciendo guarangadas y riéndose de las cosas de las que la gente de su edad ríe a escondidas, sólo que en este caso, ante múltiples cámaras. Pero incluso en ese estado de crisálida se percibía una inteligencia y una formación inhabituales en el joven estadounidense de su edad: la contradicción entre su temprana comprensión de lo que es importante y la limitación de sus herramientas para hacer algo al respecto.

 

En este sentido, Inside es también una reflexión sobre esta herramienta aún nueva que le permitió ganar popularidad desde que era una criatura y a la vez no hizo nada para impedir que millones fuesen testigos de su (incómoda, como para todos) adolescencia; en otra época Lou Reed llamó a esto crecer en público (growing up in public), sólo que en el caso de Burnham se dio de modo literal, metafóricamente. Por eso muchas de las canciones de Inside se refieren a fenómenos que Internet hizo posibles, como Sexting («No es sexo», dice, refiriéndose a la variante virtual, «pero es lo que más se le acerca»; me mata el verso donde dice: «Mi pija se parece al bebé de Eraserhead«, en referencia a la película de David Lynch donde hay un recién nacido horriblemente freak) o las dos canciones —a falta de una— que le dedica a Jeff Bezos, el hoy ex CEO de Amazon. Pero la que más me divierte es una muy breve, que se llama Unpaid Intern, algo así como Pasante ad honorem. Como su título lo denota, no habla de las redes sino de un pibe explotado típico, que anda de acá para allá, haciendo cosas de cadete.

—El café es gratis —dice el pasante—, al igual que yo.

 

 

Apenas culmina la canción, Burnham aparece en cámara para practicar ese género nuevo de YouTube que tantos adultos consideramos inexplicable: el de las «reacciones», o sea las personas que se filman reaccionando en tiempo real ante un video que aparece en un cuadro dentro del cuadro. Burnham comenta la misma canción que acabamos de oír, pero al terminar la melodía aparecen nuevos cuadros dentro del cuadro, como en un juego de espejos infinito, que lo fuerzan a intentar una reacción a su reacción, y después una reacción a la reacción de su reacción, y así.

Más tarde interpreta el papel de un youtuber de esos que se dedican al gameplay, o sea —este contenido es cortesía de Bruno Figueras, que tuvo la gentileza de desasnar a su padre— esos tipos que te hacen un recorrido por un videojuego, familiarizándote con la historia que desarrolla mientras lo juegan también, para mostrarte cómo evoluciona; otro disfrute vicario, para aquellos que todavía no lo han practicado o no tienen guita para hacerlo. Pero en este caso, el videogame —que se llama Inside, como el show— consiste en un doble de Burnham, que por más que te esmeres en los controles no puede hacer dentro de los confines de la casa más que llorar, caminar, pararse, sentarse, tocar el piano y encender una linterna.

 

 

El universo virtual abierto por la tecnología muestra sus límites a medida que transcurren los meses dentro de la casita. En un momento, un Burnham con el pelo largo y sucio aparece sentado junto a un reloj que marca las 11,58. Explica entonces que ya lleva seis meses trabajando en ese show, y que su intención original era terminarlo antes de cumplir los 30, «porque la idea de cumplir 30 dentro de este puto cuarto, trabajando en esta cosa a solas, era algo que quería evitar». Entonces —a la mitad exacta de la duración del show: este tipo es un obsesivo como uno, claramente—, el reloj marca el inicio del nuevo día, que es el de su natalicio, y Burnham corta a la siguiente canción, que es la más divertida y a la vez deprimente que se haya escrito sobre un cumpleaños. La interpreta en calzoncillos, usando la linterna de su celular como un efecto lumínico.

Cuando tenía 27, mi abuelo peleó en Vietnam

Cuando yo tenía 27, construí una casa para pajaritos con mi mamá.

Oh, fuck: ¿cómo es que cumplo 30?

……………………………….

Y ahora mis estúpidos amigos están teniendo hijos estúpidos

Hijos estúpidos, feos del culo, aburridos.

Es 2020 y tengo treinta, voy a hacer diez más

En 2030 tendré 40 y entonces me mataré.

 

 

A esta altura uno ya entendió que Burnham es un maestro en el raro arte —cultivado por muy poca gente, además: pienso, por ejemplo, en Randy Newman— de las canciones que suenan alegres pero hablan de cosas terribles. Y la que sigue no es excepción: se llama Shit, o sea Mierda, y con su musiquita infecciosa, que da ganas de ponerse a bailar, describe del modo más disociado el hecho de que se siente como el culo. Para colmo es de esas canciones que pretenden interactuar con el público:

¿Cómo se sienten esta noche, ahí afuera?

Ja ja ja, yeah.

Yo no me siento bien.

………………………………..

¿Sienten ustedes lo que yo siento?

Llevo nueve días sin ducharme

Mirando al techo y esperando que esta sensación se vaya

Pero no se va.

……………………………….

Me siento como una abultada, masiva bolsa de mierda.

……………………………….

Ladies: ¿se sienten ustedes como la mierda? (Oh yeah.)

Ameos: ¿se sienten ustedes para la mierda? (Oh yeah.)

 

 

A continuación, ya sin música, Burnham se filma vestido apenas con un pantalón de jogging y chancletas, confesando a cámara que su estado mental se aproxima a su peor momento, mientras su rodilla izquierda no deja de agitarse. «Cuando duermo, estoy bien», dice. Pero cuando despierta, se siente morir. Su actuación es tan convincente, que apenas terminó el show me puse a googlear sobre el muchacho y me tranquilizó entender que su vida suena razonablemente normal. Si bien se retiró de las actuaciones en público hace años, a causa de ataques de pánico, no se convirtió en un ermitaño. Dirigió una película muy elogiada que se llama Eight Grade, además del especial de Chris Rock que ya mencioné, y está en pareja desde el 2013 con la cineasta Lorene Scafaria, a quien le dedica Inside («Para Lor, por todo») al final del show. Lo cual me hizo re-apreciar la obra, por la convicción con que representa el modo en que esta pandemia convirtió a la humanidad en millones de Robinson Crusoes, varados en pequeñas islas arquitectónicas y enviando y recibiendo mensajes en botellas digitales, de forma compulsiva.

Esta intención queda reforzada cuando se percibe que Burnham pasa de esa secuencia al borde del ataque de nervios a otra por completo opuesta, que representa el momento más acabado, la pièce de résistance de la obra. Ahora bien peinado y vestido, con unos Ray-Ban espejados, en el centro de un spot de luz y nimbado por estrellitas, Burnham empieza a desgranar una canción que se llama Bienvenidos a la Internet. Su actitud es la de esos untuosos vendedores de elixires que todo lo curaban, capaces de venderle un buzón hasta a Mauricio Macri.

Bienvenidos a la Internet, echen un vistazo

Encontrarán todo aquello que sus cabezas sean capaces de pensar

Tenemos montañas de contenido — alguno mejor, alguno peor

Si nada de eso te interesa, serías el primero.

…………………………………

Bienvenidos a la Internet. ¿Qué preferís?

¿Querés pelear por los derechos civiles o twittear un insulto racista?

¡Sé feliz! ¡Calentate! ¡Explotá de rabia!

Tenemos un millón de maneras de involucrarte.

…………………………………

Ve una decapitación, ofendete, hablá con un analista

Mostranos fotos de tus hijos, decinos cada cosa que pensás.

………………………………..

Acá te explicamos por qué las mujeres no cogen con vos

Acá te enseñamos a armar una bomba

¿Qué Power Ranger sos? Hacé este test, tan particular

Obama mandó a los inmigrantes a vacunar a tus hijos.

¿Puedo interesarte en todo, todo el tiempo?

Un poquito de todo, todo el tiempo

La apatía es una tragedia, el aburrimiento es un crimen

Todo, y de todo, todo el tiempo.

 

 

En el tramo que sigue Burnham expresa su inquietud porque, después de un año de trabajar en el show, se aproxima a terminarlo, lo cual significa que pronto debería volver a vivir su vida; la opción que elige es seguir trabajando para siempre en Inside, y por ende no estrenarlo. «O sea que en este momento estoy hablando solo», reflexiona. «Fuck you, y adiós, y sigamos adelante». De inmediato lo vemos cantar la segunda canción para Jeff Bezos disfrazado como una suerte de Jamiroquai, e interpretar una pésima rutina de stand-up al estilo clásico, prácticamente en cueros y con el pelo grasoso. El colapso nervioso se ve inminente, lo cual representa el pie ideal para que Burnham interprete una bella canción apocalíptica.

 

 

Para eso ha armado un set distinto: los árboles de un bosque proyectados sobre la pared del fondo, acogedora penumbra, guitarra acústica, cabellera partida al medio y falsa modestia. («No sé tocar la guitarra muy bien, ni tampoco cantar, así que, ya saben, disculpas». Sí, claro.) El mood que establece es uno de intimidad y calma, ideal para una canción que lo presenta en una vena propia de los modernos trovadores de hoy onda Ed Sheeran, John Mayer o Jason Mraz: música que podés comprar mientras esperás tu café en Starbucks. Pero claro, el «contenido» no puede estar más alejado de las cosas que canta esa gente. Una prueba más de la habilidad de Burnham para tomar una forma establecida —como un género musical, o un presunto especial de comedia— y travestirla, cambiarle el sentido o al menos reescribir su código original, enriqueciéndolo.

El Indio lleva tiempo diciendo que los pibes de hoy han aprendido, o están aprendiendo, a pensar de otra forma. Donde nosotros necesitamos desarrollar una idea completa, o un silogismo, ellos articulan fragmentos que no parecen tener nada en común, sin necesidad del tejido conectivo que para nosotros sigue siendo necesario. Algo que, imagino, empezó a ocurrir desde que fuimos capaces de empezar a hacer zapping y más tarde a surfear en Internet, salteando entre los contenidos que buscamos y aquellos que vienen, sin inocencia alguna, a nuestro encuentro. Es precisamente el modo en que Burnham arma sus shows. En su especial anterior, Make Happy, dice que el espectáculo está construido en base a «bits discretos», con la palabra bit operando en su doble acepción de bocado, pedacito, y de unidad de información. Y es también la forma en que construye muchas de sus letras —es muy buen letrista este muchacho, como espero haber demostrado—: sumando capa tras capa de imágenes que a simple vista son independientes la una de la otra pero que, por acumulación, van construyendo sentido. Y esta canción, That Funny Feeling (Esa sensación tan rara, o particular, podríamos traducir) es un perfecto ejemplo. Una escritura tersa, que se desliza sobre la lengua al cantarla y describe un escenario de filosófica aceptación de un apocalipsis inminente.

Una app para meditar de impresionante resolución, 8K

En honor a la Revolución

Te la venden a mitad de precio en The Gap

Deadpool y su conciencia de sí mismo, padres cariñosos, diversión inofensiva

La reacción agresiva ante la reacción agresiva que recibe a lo que acaba de empezar.

Ahí está otra vez

Esa sensación tan rara.

……………………………..

El mundo entero al alcance de tus dedos, el océano en tu puerta

La versión realista de El rey león, el show de Pepsi durante el medio tiempo

Veinte mil años de esto, quedan siete más.

…………………………….

Una tienda de regalos en el polígono de tiro

Una balacera masiva en el shopping.

Ahí está otra vez

Esa sensación tan rara.

…………………………….

Leyendo los términos de servicio de Pornhub, yendo a manejar un rato

Y obedeciendo todas las reglas de tránsito en el Grand Theft Auto V

Agorafóbico a full, perdiendo el foco, tu identidad revelada

Un libro de autoayuda, entregado en tu puerta por un dron

Disasociación total, completamente sacado

Googleando la palabra «desrealización», odiando lo que encontrás

El aire veraniego que pasa desapercibido en el temprano otoño

La tranquila asunción de la consumación de todo.

Ahí está otra vez

Esa sensación tan rara.

¿Qué querés que te diga?

Nuestro tiempo venció

Pero se terminará pronto.

Esperá, nomás.

Por supuesto —se imaginarán—, googleé «desrealización». Significa «una alteración en la percepción del mundo externo, que conmina a quienes la sufren a verlo de modo irreal, distante, distorsionado o falsificado».

 

 

En mi humilde opinión, Inside es una pequeña obra maestra psicótica. Al principio dije que es el mejor musical de nuestro tiempo y lo suscribo, aunque más no sea porque es el único musical que no rehuye hablar de nuestro tiempo… y porque es el único musical que podríamos concebir en esta era sin teatros, sin coreografías ni masas arrobadas que prorrumpen en ovaciones desde sus butacas. Si en el futuro alguien se pregunta cómo fue esta época y cómo sobrevivimos a ella (apenas, por cierto), difícilmente encuentre una obra —en el registro y en el género que sea— más elocuente que Inside: el producto de la mente calenturienta de un pibe talentoso, náufrago en su propio hogar y dentro de su propia calavera; un Hamlet de nuestro tiempo, que no encuentra nada que no merezca ser cuestionado — a excepción, tal vez, de los sentimientos de una piba que extraña a su mamá.

Entre las obsesiones de Burnham, una constante es la tensión entre aquello que deberíamos hacer y no hacemos —por ejemplo, frenar la devastación de este planeta— y aquello que, por el contrario, no podemos dejar de hacer, como en su caso producir algo parecido al arte y reclamar la atención del público. Por eso lo fascina tanto, del modo más ambivalente, un artista como Kanye West, en cuya persona se conjugan un enorme talento y una estrechez de miras, derivada del propio ego, que linda con lo criminal. (Para los que no están familiarizados con Kanye West: hablo del músico negro que se casó con la más pulposa de las Kardashian, que editó un álbum llamado Yeezus, que fue de los pocos morochos que bancaba a Trump y que alienta la fantasía de llegar a ser Presidente también él. Yeezus nos libre.)

 

 

Ya en el final de su anterior especial, Make Happy, Burnham emulaba uno de los célebres rants en los que incurre West durante sus conciertos —bajadas de línea, diríamos aquí—, riéndose de las boludeces que a este hombre le parecen importantes, como el diámetro del tubo de las papafritas Pringles. Pero en Inside, el track a lo Kanye West no es banal. Todavía sigue siendo una bajada de línea, en la cual el entertainer demanda la atención de sus fans: la canción se llama All Eyes On Me, o sea Mírenme todos, y allí incurre nuevamente en la dialéctica amo-esclavo que ya planteaba la canción infantil Cómo funciona el mundo, con el cantante dirigiendo al público como un títere. «Alcen sus putas manos, levántense de los asientos, bajen sus cabezas, recen por mí», canta Burnham con una voz procesada para sonar más grave, mientras la música subraya el subtexto religioso. No es esta la única vez en que Burnham pone sobre el tapete la cuestión de la fe: además de la voz celestial que al comienzo le impone la misión de sanar el mundo a través de la comedia, hay una canción llamada Problematic en la que Burnham plantea su historia.

Crecí como el típico habitante de los suburbios

Un pueblo pequeñito de Massachusetts, mayoritariamente blanco

Iba a la iglesia los domingos, con traje y corbata

Y después pasaba mi tiempo libre viendo Family Guy

Empecé a hacer comedia cuando era un niño protegido

Escribí mierda ofensiva, y la dije

Padre, por favor perdóname porque no me di cuenta de lo que hacía

Ni de que viviría para lamentarlo.

Burnham elige All Eyes On Me para completar su historia, contando de sus años lejos del escenario, mientras trataba de arreglar su cabeza y sobreponerse a los ataques de pánico. Pero esta nueva versión de la música religiosa contemporánea a lo Kanye West, ahora desprovista de ironía, le sirve para reconocer una dialéctica nueva, de la que antes desconfiaba y ahora se pregunta si estará tan mal.

Me refiero al diálogo entre los artistas, oficiantes de un culto que pone en escena las cuitas esenciales de nuestra especie, y aquellos que, sin serlo, necesitan de esos sacerdotes para que saquen a luz verdades que, de otro modo, permanecerían soterradas. Todos nosotros hemos tenido la suerte de vibrar con obras de arte que nos elevaron a un estado de gracia, que confirmaron intuiciones sobre esta vida que, a falta de mejor adjetivo, consideramos divinas; imágenes, músicas y palabras que nos ayudaron a encontrar nuestro lugar, o al menos nuestra dirección, en el mundo. Mi sensación es que en All Eyes On Me Burnham se permite pensar por primera vez que desear la atención del otro puede no ser obsceno, siempre y cuando cada participante del rito —oficiante y oficiado— cumpla con el rol que le toca, para que la comunión general se produzca y todos nos beneficiemos del mismo sacramento.

 

 

La canción final se llama Goodbye. En nuestras pantallas vemos que la interpreta el Bo Burnham de 2020 superpuesto al Bo Burnham de 2021 —pelo corto versus pelo largo, a lo profeta bíblico—, cantando una canción que hilvana las obsesiones que el show ha desplegado. Aquel que de niño buscaba cualquier excusa para escaparse de casa reconoce que ahora necesita «una razón para esconderse otra vez». Además la canción establece el nuevo pacto que ahora rige entre nosotros por obra de la tecnología, que borra la distancia entre el oficiante y el oficiado:

Ey, se me ocurrió una idea divertida

¿Qué tal si yo me siento en el sofá

Y la próxima vez te miro a vos?

Por supuesto, Burnham siendo Burnham, tiene que dudar una vez más de sus propios instintos y preguntarse si no estará volviéndose loco. Pero en la hora final abandona su cáscara de nuez y apela a la amabilidad de los extraños:

Si despierto en una casa llena de humo, sentiré pánico

Así que llamame y contame un chiste

Cuando me haya vuelto irrelevante por completo y ya no tenga un mango, mierda

Llamame y contame un chiste.

Todavía hoy, aislados y desrealizados, necesitamos de un Otro que nos salve en la hora crucial, de alguien que sea capaz de producir algo que ninguna Inteligencia Artificial suplirá: una buena broma, algo que nos haga reír.

Por supuesto, Burnham siendo Burnham, no te la hará fácil ni siquiera cuando pretendas ayudarlo. Por eso después de esa súplica mira a cámara y nos dice:

¿De veras vas a hacer un chiste en un momento así?

 

 

A modo de bonus track.

En el show llamado Palabras palabras palabras (del año 2010, o sea de cuando tenía veinte años), Bo Burnham estrenó una canción llamada El arte ha muerto. Que decía así:

A los entertainers les gusta parecer complicados

Pero no somos complicados

Lo puedo explicar fácilmente

¿Alguna vez fueron a un cumpleaños infantil

Donde uno de los niños no para de gritar

Porque es una máquina de llamar la atención?

Cuando crezca

Para ser un cómico o un actor

Se lo recompensará

Por no madurar nunca

Por no entender nunca

O aprender

Que cada día

No puede girar en torno suyo

Existe otra gente

Pelotudo egoísta

Debo estar psicótico

Debo estar loco

Para pensar que merezco

Toda esta atención.

…………………………

Mi droga es la atención, soy un adicto

Pero a mí me pagan para que me regodée en mi hábito.

………………………..

Soy un artista, por favor, Dios, perdoname

Soy un artista, por favor, no me veneres

Soy un artista, por favor, no me respetes

Soy un artista, sentite libre de corregirme.

……………………….

Pero también soy un crío

Y tal vez crezca y se me pase.

A Robert Pickering Burnham le tocó crecer en una época liminar entre una concepción del arte —la clásica, por así decir, que hoy incluye desde la tradición griega hasta las series que consumimos vía plataformas— y su nueva etapa, todavía incipiente, detonada por las herramientas que la tecnología proporciona hoy. (Lo cual incluye, por supuesto, las computadoras baratas y las cosas que con ellas crea gente como L-Gante.) La maldición de Burnham pasa por el hecho de haber sido educado en la concepción clásica, a la vez que empezaba a circular libremente por las avenidas insondables que abría Internet. Por eso El arte ha muerto suena a sobreactuación, a crío diciendo entiendo la diferencia entre lo que se considera arte y lo que hoy estamos haciendo — eso que llama «contenido». La galaxia digital está llena de pelotudeces que puede hacer, grabar y subir cualquiera, y lo estará cada vez más. Lo que no hay que olvidar es que, aunque el contenido berreta constituya el 90 % de lo que se incorpora a la galaxia virtual, los Leonardos, Mozarts y Dickens del mañana darán sus primeros pasos, sin duda alguna, subiendo boludeces a alguna plataforma.

Puede que cambien los códigos del placer estético. Lo que seguirá intacto —y Burnham lo ha reconocido, haciendo Inside— es la necesidad humana de hacer contacto con alguien que practique el rito del arte, ya sea en la contigüidad física entre escenario y plateas o en la oscuridad eléctrica de tu living. Puede que no sepamos cuánto tiempo nos queda, en caso de que nuestra especie haya superado en efecto su fecha de vencimiento; lo que sí sabemos es que seguiremos produciendo arte o «contenidos» hasta el último instante, incluso en las condiciones más extremas — como las que supuso la pandemia y encendieron la chispa de Inside.

Llevo semanas revisitando ese show, entero y por partes, y acabo de hacer un ingente esfuerzo por explicar por qué. Aun así, tengo la sensación de que apenas he arañado las razones por las cuales Inside me fascina. Me tomará mucho más tiempo entenderlo, sin dudas. Lo único que sé hoy es, primero, que Inside representa algo nuevo y cargado de promesa, que por supuesto procesa viejas formas, de modo de permitirme apreciar lo que está ocurriendo, pero reescribiendo sus códigos para que operen de otro modo en nuestro cerebro. Inside es al mismo tiempo una obra reconocible y desconcertante, ambiciosa y accesible, ordinaria y sofisticada, divertida y triste, boluda y profunda — el mismo mix que, en su momento, convirtió en éxito la novedad que traían aparejadas las obras de un tal William Shakespeare.

Lo otro que sé es que agradezco que Bo Burnham no haya crecido de modo de sobreponerse a su locura. Si algo demuestra Inside es que, aún sin moverse de su casa, su alma peregrinó hasta alcanzarnos e invitarnos a un nuevo ritual; ese sentimiento tan peculiar, que se reitera cada vez que un artista nos conmueve.

 

 

 

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 250/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 500/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 1000/mes al Cohete hace click aquí