Inclusive el culo

El carácter del mundo actual es infantil y la palabra “infantil” significa “el que no habla”

 

Cada época impone una forma de ver el mundo y una plástica del mundo. Después de los atlas imperiales, la época de la guerra fría construyó un mundo redondo como una granada de mano, estuvo siempre a punto de detonar.

Posteriormente a la caída de la URSS, la época neoliberal ahuecó el mundo y lo plastificó, lo modeló como globo. Así, durante la globalización de los años '90, el globo terráqueo impregnó la imagen corporativa de empresas de comunicación, de correo, de telefonía y de navegación por Internet.

Hace pocos años, el globo está tratando de ser aplastado por el fascismo que pretende modelar un mundo plano. El terraplanismo toma su cosmovisión de los pupitres de las escuelas donde los niños miran mapamundis de dos dimensiones en hojas canson. El mundo es plano y “no quiero, no quiero, no quiero” saber nada más.

Pero ha llegado el momento de anunciar que pronto, muy pronto, una nueva cosmovisión diseñará el planeta. Así, un grupo hermoso de amigues querides modelará la plastilina de sus hijes para hacer un planeta con forma de corazón. Para sus ojos la Tierra tendrá la forma de un corazón verde, o marrón, o rojo, o violeta, o naranja, o amarillo, dependiendo de las vibes del día. Esta nueva sensibilidad habrá tomado su visión de los corazones emojis. El mundo que formateará el grupo hermoso será compartido por WhatsApp y será hermoso. Me encanta ♡.

Claro que la hendidura del hemisferio norte del corazón se prestará para la grosería. Posiblemente un barbudo rémora del progresismo de los '70 verá el nuevo mapamundi con forma de corazón y encontrará que reproduce la lógica norte-sur donde el norte está arriba e idealizado. Por esto lo cortará en dos: un hemisferio norte y otro sur. Por esto hará graffitis en stencil que ilustrarán solo la mitad superior del corazón y arriba de la hendidura le dibujará, como entrando, un falo pinchudo con forma de cactus americano. Su imaginario estará tomado de los '70, cuando el mundo era menos infantil que ahora, más adolescente, más rebelde.

 

 

 

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Una historia de las redes sociales no debería soslayar que surgieron como una evolución del espacio público. Los reaccionarios dirán que las plazas eran mejores espacios de encuentros amistosos, de flirteos, de manifestaciones políticas y de juegos para los niños, pero lo eran a costas del bolsillo de todos. Las redes sociales instalaron un espacio público que brinda aquellos servicios de la amistad, el matcheo, la infantilidad y la manifestación política, pero sin costos para el contribuyente y de modo mucho más seguro, blindado a los arrebatos, al acoso callejero... En las redes sociales se vive un hermetismo perfecto sin contacto físico ni roces invasivos que puedan derivar en abusos.

Las redes sociales tomaron su modelo de los peloteros. Pero no solo porque los peloteros privatizaron los areneros y los hicieron más higiénicos, seguros y eficientes, sino porque su estética es la efervescencia. Quien haya puesto el oído alguna vez en un vaso con Coca Cola habrá comprobado que su efervescencia, su burbujeo, es el sonido tácito de los peloteros y de las redes sociales. Las pelotas coloridas a las que se tiran los niños efervescen, la efervescencia sonoriza las cascadas de corazones. Pero además, las pelotas coloridas de los peloteros no son corazones coloridos por un pelito, porque si las pelotas multicolores tuvieran  hendidura las haría parece culos y las prestaría para el gesto obsceno: los niños se los pondrían ante los genitales, las niñas los peinarían. Les niñes clasificarían las pelotas-culos por sub color, no primario, no hegemónico, bien ordenaditos.

 

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Las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero ya están empezando a hacer invivible el planeta. En cuanto a lo económico-social, desde el 2020 el 1% más rico acumula el 63% de la riqueza producida en el mundo. Con esos dos datos se hará interesante el reaccionario, estirará una media sonrisa hasta su sien, y seducirá con un tono afelpado: “No hay salvación”.

Nosotros, como nuestros modernos pensadores revolucionarios de hace cien años, creemos en el progreso de la humanidad y nos reímos de los profetas que anuncian el fin, que hacen best sellers con sus libros negros, desdeñamos a los amargos empresarios del Apocalipsis, a sus gargantas tapizadas por el alcohol. Porque nosotros creemos en la potencia de la humanidad, la vemos feliz, liviana, despreocupada:

“¿Querés ser mi amigo?”. Solicitud de amistad no aceptada . “¿Nos tiramos por el túnel otra vez?”. “Yo quiero ser tu amigo, ¿vos querés ser mi amigo?” “Acepto” . No me esperaste abajo del tobogán. Te bloqueo. “¡Me bloqueó!”. “Corto gancho corto fierro, que te vayas al infierno”. “¿Subimos a la torre?”. “Te sigo, ¿me seguís?”. “¿Cómo le mirás la story sin que se entere?” “Mirá lo que subí”. “Mirame, mirame, mirame”. “¿Team invierno o team verano?”. Me gusta, me encanta, me enfurece, me entristece, me gusta de nuevo. “¿Trepamos otra vez?”. “Me dijo ‘culo fruncido’ en un comentario”.  “‘¿Culo fruncido?’ Jajajaa”.

Ahora nuestro reaccionario negará ser reaccionario. Dirá que la locomotora del mundo que en 1917 iba hacia un futuro revolucionario y redentor, hace rato cambió de extremo y ahora lleva el tren hacia atrás a toda velocidad. Por lo tanto las vanguardias que a comienzos del siglo XX estaban adelantadas, si no se bajaron de la locomotora ahora creen seguir yendo para adelante pero van para atrás, y las que se bajaron parecen haber quedado atrás, ser conservadoras, parecen estar en la retaguardia. Nuestro reaccionario dirá que la voluntad de freno es ahora una voluntad de poner la locomotora en otra dirección hacia un futuro donde lo radicalmente viejo sea posible.

 

 

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En la era infantil nada debe ser serio, ni grave, ni profundo, ni pesado, ni extenso, sino que todo tiene que ser pasado por el filtro esterilizador de la frescura aniñada, ah re.

 

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Las dos guerras mundiales del siglo XX fueron hechas por hombres adultos, graves,  serios, como resultado murieron 70 millones de personas. Poco después el mundo decidió refugiarse en la infancia y fundar una nueva capital global: Disneylandia abrió sus puertas en 1955, televisó la apertura la cadena televisiva ABC, fue presenciada por 70 millones de personas.

Cuatro años después, en 1959, nació Barbie. Barbie fue precursora de una mujer que podía ser lo que quisiera ser, siempre que fuera en orden, respetando el statu quo, mercantilizando su cuerpo y sus accesorios. La película reciente sobre Barbie parece divulgar valores feministas, hacerlos llegar una vez más a las masas, pero lo que hace en realidad es instalar un mensaje sobre la necesidad de orden y revestir ese orden con belleza hegemónica. Porque uno de los aspectos más revolucionarios de la marea verde fue su rebelión estética, además de política. Pelos en cualquier lado, cuerpos no hegemónicos en actitud furiosa, violenta, desordenada. Crítica en acto de la belleza suave y femenina. Barbie vino a teñir de rosado la marea verde, a meter aquella estética revulsiva en una caja plástica, deseable, cuya maqueta ampliada estaba en los halls de los cines donde los espectadores hacían cola para meterse y sacarse una selfie. Pocas cosas más ordenadas, mercantilizadas y obedientes.

Al mundo machista de mediados del siglo XX, cuando la épica y el capital estaban casi exclusivamente en poder de los nenes que hacían negocios con los nenes, y guerras con los nenes, las Barbies vinieron a decir que las nenas se divertirían con las nenas. Las Barbies simbolizarían el mundo exclusivo y gozoso de las mujeres. Pero la alegría les duró hasta que nació Ken en 1961. Ken vino a introducir un hombre en el mundo ideal y rosa en el que solo había mujeres. El vínculo histórico con Ken ha sido conflictivo. Por ejemplo, la película sobre Barbie vino a mostrarnos un Ken bastante estúpido pero más o menos recuperable. Era mucho más interesante el Ken de la última ola feminista: el Ken imaginado por la marea verde era el enemigo, no tenía nada que hacer con las nenas, era irrecuperable. Incluso con el brazo atado, con las soga al cuello, con un dedo en el culo, este Ken era mucho más auténtico, contraparte de la etapa punk del feminismo, y se adaptaba como un juguete sexual que al apretarlo siempre decía “Eeeeee”.

 

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Una parte de la literatura de izquierda de nuestra época está escrita para adultos pero es infantil. O nace de la yuxtaposición de temas de adultos narrados con procedimientos infantiles. César Aira escribió que “la literatura está brotando siempre de su fuente primigenia, la infancia, y toda separación es nefasta”. Aira lleva a cabo la operación de re ensamblar la locomotora de la infancia con el resto de los vagones, en un viaje circular, cuando recurre, por ejemplo, al procedimiento del anacronismo. En Ema, la cautiva describe unos indios de la Argentina del siglo XIX que veranean en playas como la Bristol. Estos indios viven asuntos serios: celebran una economía propia e hiperinflacionaria como forma del exceso que los vuelve lujosos y soberanos. Pero aquel anacronismo que ensambla el veraneo en playas populares con los indios del siglo XIX es propio de un niño que juega con indios de juguete en la orilla del mar. Aira logra así un doble extrañamiento: sobre los momentos de ocio que sin dudas los indios debían tener, y sobre la Bristol que, llevándola desde el siglo XX al XIX, la vuelve universal.

 

 

Los procedimientos infantiles en la literatura de adultos funcionan eficazmente para mirar con ojos de niños los asuntos serios, para desautomatizar la percepción. Pasamos de una definición de lo infantil como “el que no habla” hacia una idea del niño como aquel que se asombra y produce asombro en los demás. La falta de costumbre de los niños, por el poco pasado que tienen, los lleva a vivir todo de manera nueva y están siempre abiertos a lo que llamaríamos “revolucionario” (y lo hacen desde una posición totalmente positiva, no crítica). Solo que, en términos ya no literarios sino sociológicos, llevamos unas cuantas décadas viviendo este mundo como niños mientras el capital administra la comida y los peloteros. Es decir, lo infantil se volvió costumbre, se automatizó, se volvió función del statu quo. Pero lo infantil capitalista no es lo infantil estético: la literatura que utiliza procedimientos infantiles se mimetiza con el rasgo infantil de este mundo negativo, desigual y contaminado, pero para tener con él una relación de negatividad justamente a través de la belleza, la esperanza, la positividad y el asombro. Mantiene con la sociedad una relación de crítica a través de lo que es placentero, agradable, sus cuidados llegan hasta el bienestar corporal.

 

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Pero la terapéutica estética es impotente ante el cambio climático, y es impotente ante las redes y la industria cultural, y ante el capital y la desigualdad, nos dirá el apocalíptico. Por primera vez en siglos sentimos que estamos ante fuerzas demasiado potentes para nuestra débil capacidad, cada vez más débil, admitiremos nosotros: el mercado, omnipresente y poderoso como era Dios, es también caprichoso e incontrolable como el algoritmo. Ante este tsunami espantoso que se acerca en cámara lenta vemos unos niños jugar en la orilla, con inconsciencia, que nos recuerdan que hubo varios apocalipsis en la historia, pestes, hambrunas, cambios de ecosistemas, grandes migraciones, y que la vida continuó. La vida continuará, le decimos al apocalíptico, no terminará con vos, esa es para vos una mala noticia.

Nosotros confiamos en que después de este apocalipsis, después del fin del mundo tal como lo conocemos, sobrevivirán varios bebés. La humanidad estará presente en esos seres que no hablan pero lo miran todo por primera vez, y sonríen o lloran, y gesticulan con gusto y con disgusto, y se regocijan ante los animales. Y los bebés sobrevivientes serán criados por animales híbridos y plantas híbridas, cruzas con genes humanos y con inteligencia artificial, y comenzará un nuevo mundo de verdad. Después del fin de este mundo comenzará un mundo… Pero puede empezar ahora, en cada bebé, en todos los bebés que ya nacieron, ellos no nacen conectados, ni saben qué es una pantalla, ni un pelotero, ni una red social. Ni en épocas pasadas ni en épocas futuras: la revolución es el bebé del ahora.

 

 

 

 

 

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