INDIO MUNDIAL

Solari habla de fútbol, estado de ánimo, lujos vulgares y la necesidad de romper las pelotas  

 

Nunca imaginé que pasaría horas hablando de fútbol con el Indio Solari. Porque, en términos generales, el deporte me interesa poco y nada, y me constaba que él había sido futbolero durante años —le gustaba jugar, además—, pero ya no. Cuando se le pregunta, jura que la cosa dejó de interesarle cuando se retiró Riquelme. Pero claro: ocurrió el Mundial. Y cuando quisimos darnos cuenta llevábamos ya largo rato hablando de la Selección y del fenómeno formidable que generó el triunfo.

Por supuesto, también conversamos de otras cosas. (Cuando uno charla con el Indio, nunca sabe a qué periferia del universo irá a parar. Esta vez, por ejemplo, aprendí que el joven Solari consideró inscribirse hace décadas como aspirante a animador para los Walt Disney Studios, y se arrepintió al toque porque la lentitud del proceso le parecía embolante. O sea que, sin saberlo, nos perdimos largometrajes animados sobre puticlubs, vacas cubanas y diablitos entrañables. De lo que no dudo es de que, de haber persistido por ese camino, la historia argentina hubiese sido diferente.) Pero el hilo conductor del intercambio pasó, y de principio a fin, por el estado de ánimo que la victoria mundialista hizo posible en este país.

 

 

 

¿Cómo te pegó la victoria de los pibes?

Vi una alegría generalizada. Reunió una multitud incomprensible. Un gentío demencial para nuestros parámetros, pero que también lo hubiese sido en cualquier otro lugar del mundo. Una magnitud épica y epopéyica. ¡No faltó ningún extra! Para mostrar una multitud parecida en El señor de los anillos, Peter Jackson tuvo que sacarle humo a las computadoras. (Ríe.) ¡Una locura!

Me parece lindo, este quilombo. Me emocioné mucho, el otro día. Percibí la polenta de un grupo de pibes que tiene hambre de justificarse la vida, con objetivos claros. Así se puede. Porque estaban unidos. Un grupo humano que tenía un proyecto que alentaba desde las entrañas. Ahí tenés la clave. Si no hay emoción, no pasa nada.

Y eso que a Messi vivieron bardeándolo por ser «pecho frío»…

El «pecho frío» se comió el campeonato. Lo vi jugar con un alma invencible, delante de quien fuese. Tenía que ser el capitán, no sólo en términos futbolísticos, y se lo bancó. Y aun así fue dramático.

Es que arrancaron con mal pie, perdiendo ante Arabia. Pero repuntaron, recordándome una frase que solés decir: «Llegado un punto, de lo que se trata es de soportar la presión».

Hay que volver a tener enjundia cuando te ha tocado el ojete todo el mundo. Porque cuando te ven en el piso, te patean. ¿Después del primer partido? Mamita… Pero yo no me amilané. El equipo venía invicto de muchos partidos. No estuvo mal haberlo perdido, las llaves (que determinaban con quiénes se enfrentarían) fueron más livianas. Francia tiene un juego muy aburrido, que le permite ganar a veces pero que en el fondo es un fraude. ¡Hay que jugar a la pelota! Por algo los tres más grandes del mundo fueron argentinos: Di Stefano, Maradona y Messi. Y eso que no ponemos a Riquelme en la lista, porque se llevó mal con el nazi Van Gaal. «Con usted tengo un jugador menos», decía. Andá a cagar. Este tipo tuvo rollo con todos los argentos buenos, que terminaron tapándole la boca porque triunfaron de un modo u otro. Riquelme no se bancó a Van Gaal en el Barcelona, pero en el Villareal les pegó un bailongo a todos los grandes.

Me gustó que la gente aprendiese a valorar a esta Selección a partir de conceptos que iban más allá de lo futbolístico: el espíritu, el alma, la enjundia, el huevo, como cuando pintan a una banda de rock and roll que tiene una profundidad inusual.

Esa es la explicación que dio el Dibu Martínez cuando le preguntaron por qué había llegado a la semifinal: «Porque tenemos huevos, porque tenemos corazón…»

Es un psicópata divino. Si no atajaba ese último tiro del partido contra Francia, se iba todo al carajo. Pero se lo bancó. Hay que ponerse así delante de un tipo que no patea como vos o yo. ¡Te pega en la cabeza y quedás groggy! ¿Viste lo que hizo con la mano (cuando le entregaron el premio Guante de Oro)? El jeque lo miraba… ¡No entendió nada, nunca, pobre!

 

 

 

 

Tenían todo el derecho del mundo a festejar, a descontrolar. Los bardearon durante tanto tiempo…

En los canales que están al aire las 24 horas terminan diciendo pelotudeces que la gente compra, como si fuesen el Evangelio. Y el día en que los corneó la mujer, se levantan y se la agarran con Messi.

Pero no me pareció una cosa que dependiese del ánimo individual, más bien olió a campaña negativa.

Fueron un grupo de periodistas, sí, sirviéndose de sus malas artes y rompiendo las pelotas… Dijeron cosas disparatadas. Un tipo de rodillas pidiendo: «No pongas a Fideo…» Ese otro que se cavó la fosa, reclamándose a Messi que se retirase antes del Mundial… No sé quién va a contratar a esa gente, de acá en adelante. ¡Los debe odiar todo el calzonudo mundo!

Por esas putadas de la vida, el arranque del Mundial coincidió con la muerte de Hebe (de Bonafini), con quien habías desarrollado un lindo rapport.

 Las largas charlas telefónicas suelen fastidiarme, pero en el caso de Hebe se me hacían cortas. Hablábamos de bueyes perdidos y ella manifestaba un universo emocional bien diferente a la imagen pública. Me acercaba a su domesticidad cariñosamente, como se trata a un hijo. Con una humildad capaz de hacerme creer que yo era su chaperón durante esos llamados, al mismo tiempo que su motor político me encantaba con su prédica. Conmigo nunca hizo alarde de su temperamento, de su arrojo y su valentía. ¿Para qué perder tiempo con algo que todos —la tropa amiga, pero también los mercenarios—, sabíamos?

Cuando falleció fue tanta mi pena que lo único que atiné a escribir fue: “QUERIDA…” sobre una luminosa bandera luminosa argentina.

 

 

 

 

 

 

 

 

Una felicidad sin fondo

El partido contra Francia no fue apto para cardíacos.

Yo no podía creer que jugasen tan bien. Hasta entonces no habían demostrado una articulación tan fluida. ¡Entraban al área jugando!

Pero después la presión se volvió insoportable. Virginia (mi compañera) no podía ver el partido, aprovechó para limpiar la casa. Yo caminé todo el tiempo, no podía estar sentado. ¡No me lo bancaba!

Cuando nos empataron, la argentinidad me jugó una mala pasada. Pensé lo peor, porque siempre estamos a punto de mojar la galletita y al final no pasa nada. Se nos llevaron preso al mejor jugador del mundo… ¡Nos ocurrió mil veces!

Pero ganamos. Y en esa circunstancia, todos lloraban y él (Messi) reía. Una sonrisa como diciendo: «Yo tengo una felicidad que no tiene fondo, y no la puedo ocultar».

Ser Messi debe ser un disparate, como ser Maradona. ¿Sabés lo que es ir a Jakarta y seguir siendo Messi? Decí que empezó de muy chiquito y debe haberse acostumbrado de a poco. A mí me cambió mucho la vida, la popularidad. Son situaciones ingobernables. Menos mal que decidieron no ir a Plaza de Mayo. ¡Los iban a dejar hechos pedacitos!

 

 

 

 

A Messi no lo arruinó la fama. A mí me encanta Maradona, pero él hizo las cosas de otro modo: se subió al personaje, que terminó adquiriendo dimensiones monumentales. A Messi no lo veo así, pero me gustó que aceptase ser el capitán, que se pusiese más serio y fuese a gritarle al árbitro. ¡Que es lo que debe hacer un capitán!

Hubiese pagado por meter una cámara dentro del vestuario del PSG y filmar el reencuentro entre Messi y Mbappé…

Es un tipo insoportable, ese. Le jode Neymar, quiere ser ya el mejor del mundo. ¡Respetá un poquito a los que han sido los más grandes antes que vos!

Encima veníamos del cuestionamiento porque no teníamos negros en la Selección…

Hubo negritud acá, en su momento, pero no quedó casi nada. Ni siquiera hay muchos mulatos. Lo que quedó y se multiplicó fue el criollo, la mezcla de español y aborigen. Pero, por supuesto, a este respecto todo es relativo. Para Latinoamérica, somos blancos. Pero para la clase dominante de nuestro país, al cabecita negra se lo trata como al negro posta en otros países.

De Porto Alegre para arriba hay mucha negritud presente. Son los países que recibieron muchos esclavos. Pero acá usaban como esclavos no a los africanos, sino a los aborígenes nativos: acordate de los mensúes del Litoral… A veces pienso que a algún imperio le gustaría tenernos como enclave blanco en Latinoamérica, así como Israel lo es en Medio Oriente. Pero claro: para que eso ocurriese, deberíamos ser más obedientes.

 

 

 

 

Los festejos fueron demenciales…

Vos veías lo que pasaba en Escocia, en Nápoles… ¡Una cosa de locos! Cosas como esas no ocurren en el resto del mundo cuando, por ejemplo, gana Francia. Y cuando se le preguntaba a los que celebraban, explicaban por qué: decían que la Selección era un grupo inspirador en muchos sentidos. Deben haber irradiado una confianza en su manera de jugar, y a través de sus declaraciones. Y encima ganan: ¡son héroes! Maradona abrió esos puertos para nosotros.

Llama la atención que un país que, como el nuestro, no tiene tanta población en términos comparativos, haya generado a los tres mejores jugadores de fútbol de la historia. Acá se le dedica tan poco presupuesto al desarrollo de los talentos, tanto deportivos como de otra índole… Quizás sea por eso, porque los pibes y pibas tienen que pelear desde el arranque y se acostumbran a no aflojar. Vos viste lo que fue Francia: después del partido protestaron, pero en los hechos lo jugaron con una displicencia… Bueno: ¡jodete!

Las multitudes que festejaron acá también fueron descomunales.

Hay que subir al Obelisco… ¿Vos subiste alguna vez? Yo sí. Llegás con las gambas que te querés quedar a vivir ahí dos días y recién entonces bajar. Una escalerita así de angosta… ¡Es altísimo!

Cuando hay tanta gente, alguien suele morir indefectiblemente, por ley de probabilidad. No se puede entender que no hayan sido muchos los que sufrieron bobazos o accidentes, lo que hubo fue matemáticamente mínimo, más allá del lógico dolor de los familiares. ¡Una locura, en términos estadísticos!

Se generó una cosa masiva casi peronista, en su expresividad. Algo que involucró la emotividad de todo el país. ¡Toda la sociedad estuvo ahí!

El gran problema es que nadie se pudo adjudicar ese todo. Hay una vanguardia de jóvenes que encuentra ahí una epopeya. La necesidad de transformación profunda es tan grande que no hay partido político que la pueda abarcar, la vida va mucho más rápido que la ideología.

 

 

 

 

Mientras ardió el festejo, no pasó nada. Pero apenas se disolvió la multitud, la policía salió a cazar a los que quedaban sueltos.

Es que no les conviene meterse con la marea, porque a la multitud no la podés adjetivar de delincuente o saqueadora. Atacarla políticamente queda mal. Pero a 50 jóvenes con pasamontañas sí les podés decir que son vándalos. A esos les podés adjudicar el mote de saqueadores.

Hacen eso porque lo miden todo en términos de conveniencia política. No les conviene asaltar a la gran multitud, pero si a un grupo lo definís como secta, como decían que éramos los Redonditos… Si lo aislás socialmente, se arrogan permiso para cascotearlo.

Esas multitudes me recordaron mucho a las que asistían siempre a tus conciertos: de todas las clases sociales, de todas las edades y géneros, y sin embargo conviviendo en paz.

Ahora estoy trabajando sobre imágenes de multitudes, dibujándolas mucho. Siempre me fueron incomprensibles, lo admito. Pero por algo me están llamando la atención en este momento. Siempre pensé que cuando uno se perdía en medio del gentío perdía también sus cualidades. Pero si hay un carácter en ese agrupamiento, si lo encontrás guiado por el amor o alguna de esas palabras tan bastardeadas en este tiempo, la cosa cambia. De repente te encontrás con algo parecido a la Revolución Francesa o la bolchevique, con un grado de compenetración histórica excepcional que hace que la sociedad se vuelva más ciudadana. Más metida en la cosa de la polis, de la política bien hecha: la política del alma, la política del éxtasis. Eso sí que vale la pena.

 

 

 

 

Yo sé que hay muchos intelectuales que tienden a relativizar el fútbol, pero cuando la gente se manifiesta, como lo hizo cuando lo fueron a buscar a Perón… Esas cosas no pasan porque sí. En otras explosiones no hay una cúspide, como cuando se saquean supermercados. Eso es una explosión, y ya. Algo que estalla sin control ni norte, que termina robándote a vos, donde se pelean todos contra todos. Pero estos pequeños impulsos que dan grupos aislados que hacen cosas inspiradamente, como la Selección… Salvando las diferencias, (la banda) Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado pela una emoción en vivo que es capitalizada con mucho cariño por la gente.

 

 

 

La responsabilidad de romper las pelotas

Hablaste de palabras bastardeadas. ¿Por qué importarían las palabras, en una situación como la presente?

Hay palabras preciosas que han sido bastardeadas durante mucho tiempo. Cuando uno se enciende y pretende hacer un discurso épico quiere recurrir a palabras pero encuentra que estos hijos de puta las han gastado. ¡Hasta la palabra amor suena mal! Quedó desbaratada, reducida a su mínima expresión. Lo mismo ocurre con valentía, enjundia… Cuando metés dos o tres de esas en un discurso, la gente empieza a codearse y a mirarse escépticamente, a decir: «Este es otro chanta que nos viene a llenar la cabeza». Cuando, por el contrario, estamos hablando de las cosas más importantes. No hay proyecto que se justifique positivamente si no hay amor, cohesión, hermandad. Y mirá quién lo dice, un tipo que viene de la contracultura, no de la cultura tradicional que suele endiosar este tipo de conceptos.

Hay una parte de la población que está muy escéptica, los que dicen: «(Los políticos) Son todos lo mismo». Y eso me jode. Las tácticas pueden ser las mismas en materia de praxis, lo que llamamos la rosca, pero no es lo mismo cualquier gobierno que otro. Hay gobiernos que no se afanan la leche de los chicos.

 

 

 

 

Mucha gente de clase media vociferó contra Cristina en su momento, pero después vinieron los michifuces y esa misma gente no aceptó nunca que ellos habían hablado en favor de estos personajes que perpetraron latrocinios importantes. Porque no cayeron en avivaditas, armaron transas que salieron en la prensa mundial. Para que en la prensa internacional, que es tan liberal, se hable de esta gente, es porque te mandaste una cagada grosera. Pero acá nos encontramos con un suelo tan desanimado que cree que todo es lo mismo, y no es verdad. Yo también podría decir que veo todo mal porque vengo de la contracultura, me sería lo más natural. Pero no todo es lo mismo. Hay gente que está en la bronca ya porque cree que no se va a poder hacer nada, de que para cualquier lado que patee, no va a entrar.

Es comprensible. Cuando te mandan al fondo de un pozo, mirás hacia adelante y no ves nada.

Porque les faltan cosas domésticas elementales: la paz de saber que podés pagar el alquiler, comer, que tus hijos están bien, sanos. Y cuando no están, esas cosas se convierten en fantasías para la gente, en metas inalcanzables. Están tan desesperados que creen en cosas nefastas, recetas mágicas que les venden una prosperidad ficticia, imposible. Por supuesto que hay otras ofertas en materia política, pero los medios que frecuentan las bastardean, las presentan como nimias o sensibleras, tonteras que no llevan a nada. En cambio les dicen que debería haber mano dura o tensión viril o no sé qué mierda, cuando eso nos llevó siempre al dolor y al llanto.

Pero cuando hablás de eso te dicen: «Otra vez rompiendo las pelotas…» Y, sí. Hay que seguir rompiendo las pelotas. Hay que predicar. Porque es necesario romper con el pudor argentino de tener ímpetu de progresión, de aceptar que nos pase algo bueno. Hemos estado tan cacheteados que a todo el mundo le da miedo entusiasmarse, porque la decepción te lanza al llanto profundo. Cuando apostás a un grupo y le das tu amor y te garca, el desengaño es atroz. Por eso mismo, aquellos que todavía ocupamos un lugar privilegiado en esta sociedad y tenemos el corazón sano debemos predicar. Yo sé que puede parecer medio pobre, porque estamos hablando de que un equipo de fútbol le dé ánimo a toda una población, pero hay que construir con lo que hay. Agarrar eso y mantenerlo, agarrar otra cosita y mantenerla. Para contrarrestar al ojo idiota, el predicador tiene que meterle huevo. ¿Te acordás del texto de (Wilhelm) Reich que grabé hace tiempo para tu programa Big Bang? Ese fragmento de El asesinato de Cristo. Sigue teniendo vigencia, para mí.

 

 

 

 

Lo que hizo el triunfo por el estado de ánimo del pueblo fue inconmensurable. Hasta el Mundial, la mitad de la gente estaba cabreada por razones indiscutibles y la otra mitad estaba deprimida por la decepción que le produjo este gobierno. Pero la victoria nos rescató a todos del fondo del pozo. Lo cual me hizo pensar en vos, que venís predicando la defensa del estado de ánimo desde hace décadas. ¿Cómo fue que llegaste a ese concepto, a entender su importancia?

Fue a comienzos de los ’80, cuando terminó la dictadura y llegó el primer gobierno democrático, con Alfonsín como Presidente.

De lo cual se cumplirán 40 años en este 2023 que arranca.

Los que sabíamos o sospechábamos cómo eran las cadenas de presión política y económica, entendíamos que, más allá de la diferencia formal entre la dictadura y la democracia, toda la gente poderosa que había hecho de las suyas durante el régimen de los milicos seguía en el mismo lugar. ¡Igual que ahora!

Por eso fui tachando, descartando distintas cosas: variables económicas y sociales, cómo estaban los equilibrios de fuerzas entre los democráticos y los que continuaban presionando desde las sombras… y entonces me quedé con eso. Lo que escribí como parte de la letra de esa especie de ska que es Ya nadie va a escuchar tu remera [grabado en Oktubre, 1986]: «Un último secuestro, no / El de tu estado de ánimo, no / Tu aliento vas a proteger / En este día y cada día». Porque bajo semejante presión el pensamiento, la razón, pierde fuerza, y todo lo que importa es que uno anda con el estado de ánimo bajo y pensando que la vida fue un quilombo desde que nació y que nunca dejará de ser así.

 

 

 

 

 

En aquella instancia, mucha gente se contentó con disfrutar de un bonche como el de España post-franquista: lo que llamaron «el destape», la posibilidad de frecuentar sin miedo el circuito de discotecas, decir concha en los medios, esas pelotudeces. Y mientras tanto, por detrás iban largando la obediencia debida, y poco después Menem decretó la amnistía. Durante esos ’80 la gente parecía aburrida en los recitales, llenos de chicos que cantaban sobre el escenario con voz de castrati… Y entonces se me ocurrió lo de reclamar que no nos secuestrasen el estado de ánimo, porque nos habían secuestrado todo lo demás: ¡ya no quedaba nada que fuese nuestro! Me pareció que era lo que estaba flotando en el aire, ver si se podía levantar un poco eso. ¿Y cómo se podía hacer? En mi caso, mediante el rocanrol. Yo no sabía hacer otra cosa.

A 40 años de distancia, los paralelismos que existen entre la Argentina de Alfonsín y la actual son escalofriantes.

Por eso cantaba también, en Música para pastillas: «Emboquen el tiro libre / Que volvieron los buenos / Y están filmando cine de terror». Porque, con la intención loable de que no se les escapase la democracia, aceptaron que una tropa espantosa siguiese enquistada en los estamentos de poder del país. Y eso es complicidad, también. Ahora salimos de algo que no fue tan cruento como la dictadura pero sí muy dañino, esos cuatro años que nos hicieron retroceder tanto. A veces me pregunto por qué vos y yo estamos metidos en este despelote de estar señalando ciertas cosas todo el tiempo, mientras que la gente que está atingida por todo lo que ocurrió —la que fue el blanco de todo eso, su víctima concreta— tiene una actitud muy permisiva, muy let it be respecto de aquellos que la metieron en este brete. Entre la que vive con el ánimo por el piso (¡otra vez!) y la que cree que subiéndose al caballo de la modernidad neoliberal va a hacer de este país algo mejor…

 

 

 

 

Vos y yo sabíamos que al final iba a dar culo, esa taba. En vez de comprar televisores para cada ambiente de tu casa, si tenés fábrica de cerámicos comprá equipamiento moderno, que te permita vender más, competir con Italia. Y a la vez, el gobierno no debería cobrar lo que cobra por la entrada de máquinas de calidad. Al menos para las empresas que quieren prosperar e imponer su producto en el extranjero: no le cobrés la entrada de las máquinas. Si yo quisiese competir con… con Lou Reed no, que está muerto… uh, ¡Bowie también!

¿…Con Peter Gabriel?

…ponele. Para competir con él tengo que tener buenos equipos, si no tengo que remar como un hijo de puta: ¡que no me cobren el doble de lo que le cuesta a él! No me pongan un impuesto demoledor. Ahora, si un tipo está en las finanzas, en la boludez, y apuesta por entrar al país cosas que no se sabe qué son —¡20 palos en toallas!—, a ese sí, jodelo. Pero a un tipo que está queriendo desarrollarse, competir… Entonces ves la lista de lo que te dejan hacer y entrás a tachar: producir naranjas no porque Paraguay ya tiene copado el mercado… Porque siempre hay alguien más que está haciendo lo que vos necesitás hacer. Hay que encontrar la forma de dar valor agregado a lo que fabricamos, en el rubro que sea. Pero es difícil, porque el Hemisferio Norte quiere concentrar toda la producción más elaborada. ¡Es injusto!

 

 

 

El imán de la fortuna

Es lógico que los países más poderosos quieran imponer su modelo. Pero lo que dificulta la cosa todavía más es el hecho de contar con una clase dirigente que tiene menos conciencia nacional que Macri escrúpulos.

Cuando leí los chats de los que viajaron a Lago Escondido, no lo podía creer. Quiero decir: siempre supe que esa logia tenía poder, pero me la imaginaba en un club inglés, en pantuflas con el escudo del club sobre el empeine, urdiendo sus cosas mientras tomaban un whisky o un Armagnac y fumaban un puro. Pero al leer esas conversaciones me enconté con algo más parecido a una mesa de tute cabrero del club Sporting. ¡Más berreta no podía ser! Una porquería berreta. ¡Una vulgaridad impresionante!

Y encima el Mahiques grande se quería hacer el fesa hablando en inglés, pero lo usaba como el culo. Después, cuando quiso despegarse, sacó una declaración donde citaba a Nietzsche… ¡y escribió el apellido del bigotudo como el ojete!

Si vas a recurrir a la cita de un filósofo, ¡buscate uno de apellido más fácil! (Risas.)

Y después los vulgares somos nosotros… Prefiero que me digan vulgar a que me digan gorila. El poder depende de los secretos, de los que unos saben sobre otros y se lo hacen saber, lo que determina por qué nunca va en cana Fulano y seguimos perdonando en los hechos a quienes pusieron la pata en la cabeza de la gente y empobrecieron a un país que era potencia. ¡De esas cosas no se hablan!

 

 

 

 

Lo que tienen de bueno estas revelaciones es que le sacan una foto a todos estos personajes, bien desnudos. A esta altura de la soirée, todas las instituciones deberían estar puestas en observación y discusión. Porque necesitamos dirimir si están capacitadas para bancar el tiempo que viene, que será de un drama muy profundo para toda la humanidad. El Doomsday Clock [el Reloj del Apocalipsis que desde 1947 mantienen los científicos atómicos de la Universidad de Chicago] marca que la peligrosidad que tenemos enfrente es la más alta, la más acuciante que hayamos enfrentado nunca.

Me asusta ver que la vida va más rápido que todas las administraciones del mundo.

No hay ninguna que parezca estar a la altura del desafío histórico.

Mirá la ola de frío en el norte. Hay gente que debería estar preocupada por eso. Heladas en un lado, volcanes en otro… ¡Todo el tiempo se queja, este cascote [la Tierra]! Francia tiene 47 centrales nucleares de las que sólo andan 17, las demás están paralizadas. Pero los candidatos a puestos electivos siguen prometiendo cosas del Primer Mundo, y la ecuación no da. Si fabricamos cepillos de dientes eléctricos para el mundo entero y los enchufamos al mismo tiempo, salta todo al carajo. ¡Algo que nadie quiere decir, porque suena antipático! Sin embargo, como lo dijo la Vice [Cristina Kirchner] y también lo dije yo en su momento, la manera que tiene el sistema de entrarle a la gente, de hacerle pisar el palito, es la oferta. Entre otras razones, el Muro de Berlín cayó porque la gente que vivía del lado dominado por los soviéticos veía ofertadas en la TV cosas que ansiaba tener, que quería comprar… ¡y no la dejaban!

Nadie sabe cómo corromper mejor que los poderosos de verdad.

Alientan una jarana que no nos deja ver el peligro al que se expone la sociedad al tomarse la vida de esta manera.

Lo que estamos viviendo es… una locura. Siento que esa palabra queda chica, pero no sé qué otra cosa decir. Es disparatado, todo. El río revuelto que hay en este momento en el mundo… ¡Y ya sabemos quién se queda con la ganancia de los pescadores! Aquel que, como yo, piensa desde la independencia real —desde una libertad muy grande porque fui independiente toda la vida, no recibí créditos ni ayuda de nadie—, se ve forzado a tomar partido, porque no tomarlo te deja de un lado del charco que no puede serte más ajeno. Y cuando tomás partido, te vinculás coyunturalmente con ciertas personas que tienen responsabilidad política y descubrís que además son buena gente.

No todos se afanan la leche de los chicos, como decías antes.

Insisto: las instituciones deberían estar en inspección para ver si sirven para el futuro que viene y viene ya, no dentro de 30 años. ¿Qué pasará con el petróleo, con el resto de nuestros recursos naturales, con cualquiera de las cosas que están en juego? ¿Cómo funcionan las instituciones gubernamentales y no gubernamentales? ¿No deberíamos inspeccionarlas a fondo para ver si rinden, si están en manos de la gente adecuada o si aquellos que están hoy a cargo se están robando hasta las resmas de papel? Vos sabés que yo no soy un defensor de la razón per se, pero tengo un empirismo que no puedo negar. Si salen muertos a granel de un hospital tenés que creer que hay una epidemia, y no negarla como hizo tanta gente: la conductora de TV que decía tomar cloro ante cámaras y hasta Trump, el Rulo Pantene, que durante un acto le preguntó a una funcionaria de salud por qué no tomábamos lavandina de una, si el líquido desinfectaba. La pobre mujer puso cara de circunstancia, porque no podía responderle lo que pensaba. ¡No se bebe lavandina porque si te la tomás, te morís!

 

 

 

 

¿Cuánta gente creés que conoce cómo deberían funcionar las instituciones? ¿Un 10, un 15%? Preguntá a la salida de una fábrica qué pueden hacer los diputados o el Presidente y qué no, y la mayoría va a responder que no sabe. Cosas como los chats de Lago Escondido pasan a años luz de la realidad cotidiana del pueblo, cuando deberían producir un escándalo generalizado. Que esos tipos sean jueces y dueños de medios oligopólicos es una vergüenza. El puesto de juez demanda honorabilidad. No es menor la cuestión de cómo debería ser la conducta de quienes conducen los destinos de la gente. En estos tiempos se respeta a los jueces pero no porque lo merezcan, sino porque tienen el poder de joderte la vida, de talarte como si fueses un árbol. Antes se cuidaban del archivo, por lo menos. ¡Ahora no se cuidan un carajo!

Me sale reír porque todo esto que ocurre es disparatado, pero eso no significa que no entienda que el drama tiene la más grande de las seriedades. Los Estados Unidos están cada vez más metidos en la guerra Rusia-Ucrania. ¡Lo único que me pone contento es que parece que se les están acabando los cohetes!

 

 

 

Toda sociedad que tiene más o menos resuelta la controversia de quién se queda con qué parte de la torta debería estar pensando en qué hacer con el futuro que ya tenemos encima. El problema es que nosotros estamos muy pero muy lejos de resolver esa controversia de un modo más justo, que permita sostener el equilibrio indispensable para un desarrollo real. Hay pocos que tienen demasiado. Y después está el pueblo.

Hay una de las canciones que estás terminando de grabar habla de eso, de la forma más directa.

 Sí, una a la que le puse El imán de la fortuna. Y que dice así:

 

No hay paz donde el oro brilla

Allí cometen maldades

Sólo por deleite, amigos

(Cosas peores no hay)

 

En cada pequeña transa

Está acechando La Bella

Hay unos tipos con ella

Que no tienen compasión

 

¡Así obra la fortuna!

Son las finanzas, amigos

A pocos dan demasiado

Y ríen de tu penar.

 

 

 

 

Mapa de un loco

Estás a pocos días de cumplir 74 años. ¿Pensaste que ibas a llegar a esta edad?

Los jóvenes no piensan en esas cosas, empezás a pensarlas después de los 60 y pico. Y yo ni eso. Me sentí el pibe metálico —¡invulnerable!— hasta que apareció la enfermedad. Sólo pensaba la muerte en términos poéticos, como un personaje más de este asombro transitorio que es la vida. Esta vida es una obra que parece haber sido hecha por alguien que no tenía la lucidez que se supone que un dios debe tener. Por ahí dijo: «¡Que ruede la bola!» y todos fuimos detrás. O capaz que no cabe la queja porque el tipo no nos prometió nada, o sólo le prometió algo a un grupo o a un viejo que había hecho el esfuerzo de subir la montaña.

En los hechos, 74 es lo mismo que 72. Lo único que progresa es la enfermedad de mierda que tengo, pero bueno. Era lógico. No sirvo para viejo, pero no queda otra que comerme el sapo. O el sapo terminará comiéndome a mí, más bien.

 

 

 

 

Me tocó en suerte ser competitivo hasta hace poco en lo que me dedico. A diferencia de los futbolistas, a quienes la cuerda se les acaba temprano. Como decía Ian Anderson, el líder de Jethro Tull: demasiado joven para morir, demasiado viejo para el rock and roll. Por eso ya no puedo subirme a un escenario, tengo una enfermedad invalidante. Mi ensueño de joven era que a esta edad iba a estar leyendo plácidamente. Extraño eso. No leer novedades sino releer muchas cosas, comprobar si han resistido el paso del tiempo. Pero todavía no me dio por ahí porque sigo necesitando hacer: escribir, dibujar, pintar, grabar música.

Se podría decir que estás más activo que nunca.

Tengo dos grupos (Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, El Mister y los Marsupiales Extintos) y un solista (El Cantante Tímido). ¡Para un haragán estelar como yo, es una barbaridad!

 

 

 

No me puedo quejar de la vida que tuve, de la convocatoria que he tenido y del tiempo que ha durado. Debe hacer 45, 50 años que estoy metido en este kiosko. En términos cuantitativos —la duración de mi vida artística, la cantidad de público, la música que ha sido bien recibida—, es inmejorable. Pero estoy vivo todavía. Por eso pienso en los músicos que se relacionan con lo que hago, qué decirles. Quizás a partir de un momento muy lejano estar vinculado conmigo pueda no ser muy conveniente.

¿No pensás reunir todas estas canciones que has ido difundiendo últimamente en el formato físico de un disco?

No, porque es un rollo. Ahí entra a tallar la industria, hay que lidiar con la gráfica, el que viene a que firmes tu conformidad con el color que van a usar en la imprenta, el personal de la discográfica… Mejor así: no tengo que ir a grabar a otro estudio, preocuparme por hacer la tapa… Para eso difundo imágenes por Internet: el que quiere las imprime, se las mete a un jewel box [el envase tradicional de los CDs] y ahí tiene su propio disco. La gente no termina de entender que lo más importante para uno es lanzar doce canciones nuevas para que las disfrute el mundo… ¡Pero ahí están!

Por suerte sigue existiendo un montón de gente que cree que vale la pena escuchar esto. Y en términos de calidad no se nota mucho la diferencia con lo que hacía antes, a pesar de que trabajo sobre digital y en un estudio casero. La gente cree que esto es la NASA, pero no. Sólo tengo unos procesadores bastante buenos, eso es todo.

 

 

 

 

 

Las canciones que estoy sacando podrían haber figurado en cualquiera de los cinco álbumes que ya hice. La única ventaja es que la gente ya no tiene que pagarlas. De este modo me hago menos mala sangre. Cosa que no pasa con la flaca [su compañera, Virginia], ni hablar: pobre, vive clavada todo el día en la compu para administrarme a mí, nomás. Con las redes sigue habiendo formas tan poco confiables de controlar la circulación de tu obra como antes. ¡Siempre hay alguien cagándote! Pero mientras siga ganando más de lo que me roban, sea la cifra que fuere…

Me consta que hay otro orden de cosas —un orden que no es el de lo material— donde no sos tan transigente.

Para un tipo de la psicodelia como yo, la muerte no significa nada. Pero mientras estás vivo, hay que vestir la dignidad, también. Hay que ser y parecer. Y cuando tenés dificultades para caminar, se empieza a poner feo. Estas enfermedades duelen todo el tiempo, molestan, tenés que luchar para que te dejen hacer algo. Hay un momento en que la elegancia del espíritu no se lleva bien con la elegancia del cuerpo.

Y aunque nadie de afuera tenga derecho a reclamarme una postura digna, yo sí tengo derecho a reclamármela a mí. Todo lo que obstaculiza eso es mi enemigo. El coreano Par Kin Son es mi enemigo. Todos los días me está jodiendo. Por el momento todavía puedo hacer algunas cosas que me permiten abstraerme. Pero ya no tengo el criterio de eternidad propio de los jóvenes, cuando podías postergar, procrastinar, y eso te hacía eterno. Ahora no puedo postergar nada.

La libertad de que dispongo, gracias a la sociedad informal que se creó entre mi obra y los millones de personas que la siguen, es envidiable. Trabajo como quiero, cuando quiero. Pero ojo, que mi libertad no es la de un pachanguero sino la de un obsesivo. Por eso sigo demorando mi sueño de dedicarme a la lectura y hablar con amigos sobre la razón del universo, para insistir en esto de hacer canciones. Que las haga más rápidamente que antes no impide que vete lo que no termina de gustarme. Soy el testeador principal de lo que me place. Por eso no puedo dejar a nadie encargado de esto, porque es la esencia mía: mis caprichos, mis temores, mis alegrías. Alguna otra cosa me hubiera gustado hacer, pero el tiempo me pasó por encima. En un momento tuve el proyecto de sacar una caja con pendrives con música, dibujos ilustrando letras mías y poemas… Se iba a llamar Mapa de un loco. Pero la mayoría de la gente ya no disfruta de la aventura de apropiarse de un objeto físico como un CD, un disco o una caja.

 

 

 

 

¿Qué le demandás todavía a lo que hacés, qué le demandás a lo que hacen los demás artistas?

Que produzca emoción, que provoque que te pase algo. Con lo digital, la cuantización, ahora cualquiera puede hacer un disco. ¡Todo el mundo está en condiciones de hacer una maqueta interesante desde su cama! Mailer decía que la perfección que permite la tecnología iba a terminar por matar la música. ¿Cómo te van a decir los críticos qué es lo que suena bien, cuando todo suena bien? Ahora todo suena bien. Los músicos tocan mejor que los pibes que tocaban antes, pero claro: no generan estilo.

En el rock eso no ocurre desde hace años. El rock ya no significa nada, medido por lo que significó. Han pasado otras cosas, las que surgen ahora, que se verá cuánta duración tendrán, cómo se proyectarán al futuro. Está bueno que Wos haya empezado a sonar con una banda atrás. Me gustó lo que hicieron Bizarrap y Apai [Gaspar Benegas, uno de los Fundamentalistas] con Ji ji ji, estuvo bueno. Lo importante es que los artistas de verdad no se resignen a ser cultores de un género. Yo quiero ir con la ola, no quiero quedarme haciendo blues. Me gusta ir surfeando la cultura, con la música y con todo lo demás.

Antes para hacer bien cualquier truca tenías que armar mil quilombos: cortar la cinta al bies, perdías emulsión, sonaba opaco, era un quilombo. Ahora una máquina tiene incorporados innumerables samplers, autotune, le corregís tempo, afinación… Por supuesto, si la tecnología está al servicio del artista, habrá quien la use bien, significativamente.

A veces me pregunto qué será de gran parte de nuestra cultura si sobreviene un pulso electromagnético y perdemos lo almacenado digitalmente.

Cualquier día de estos el sol se tira un pedo de hidrógeno de más y hay blackout en el planeta entero… ¡porque está todo gobernado por computadoras! ¿Cuántos pibes están en condiciones de resolver las ecuaciones y las fórmulas que mantienen las cosas andando, sin las maquinitas que piensan por ellos?

Yo no creo que la música desaparezca, como no desaparecerá el ruido, pero desaparecerán los conceptos culturales que están detrás de la música. Los artesanos volverán a tener valor. Te pagará muy bien un ricachón para que vayas a tocar el cello a su mansión, pero —como antes— casi nadie se enterará.

La idea del artista tal como lo consideramos hoy sigue siendo relativamente nueva. Antes era uno que no tenía más remedio que ponerse al servicio de rey para sobrevivir y tocaba detrás de una columna, con un cuarteto de cuerdas, mientras los nobles comían y le tocaban una teta a la marquesa. Los pintores se veían obligados a pintar las caras de todos esos jovatos de los Países Bajos. ¡El tipo le tenía que dar su obra a alguien!

Nos veremos obligados a memorizar series y películas y a recrearlas teatralmente, como hacían con los libros los personajes de Fahrenheit 451 de Ray Bradbury…

En este momento histórico la humanidad es vulnerable. En algún momento, como dice [el comediante] George Carlin, hubo otros seres viviendo sobre este cascote. Y si no lo destruye por completo algo grande, la Tierra seguirá existiendo aunque la humanidad ya no esté. Es ineluctable, hay fuerzas de tanto poder actuando contra la vida que es difícil aceptar que las cosas vayan a salir bien. Todo tiene su tiempo de ser.

 

 

 

 

 

Toda tecnología trae aparejadas sus complicaciones. Nadie moría arrollado por un tren cuando no había trenes. La energía atómica es peligrosísima. El colisionador de hadrones, ni hablar: ahora somos capaces de llevarnos puesto al universo completo. ¡Estamos jugando a ser dioses! Ni ni vos ni yo, claro, que estamos en el culo del mundo, pero hay gente que decide esas cosas. ¿Estamos en condiciones de jugar a Dios? Es adjudicarse a una gloria que no representa a la humanidad, sino a esos doce tipos, los Einstein, Curie, Plank de este momento. ¡Mirá el quilombo que armaron estos hippies con las computadoras, casi sin medir las consecuencias!

Mirá el quilombo que armó Oppenheimer, cuando desarrolló la tecnología que permitió crear la bomba nuclear.

No soy muy optimista. Hay un tiempo para que una cultura exista y otro para que no exista dentro del marco planetario. No sabemos nada. Yo me voy a morir —te lo aviso, porque sé que sos impresionable (risas)— y me voy a ir sin haber conocido más que mis propios caprichos, lo que resultó de andar moviendo el ojete por la vida. Ya perdí el impulso de la busca en sí misma, me interesan más los buscadores que los que encuentran. No me da por pensar que descubriré la verdad de Dios, eso es algo que ya tenía claro a los 17. La aventura del hombre es así, es acá, y es cortita. Yo miro el cielo y no me imagino que hay humanoides por otros lados, pelotas babosas, o peludas, con antenas… Por ahí estamos solos. ¿Quién dice que tiene que haber vida en otra parte? ¿Por la cantidad de cascotes que hay? Mirá toda la cantidad de cascotes que conocemos y los únicos pelotudos que estamos acá transpirando la camiseta somos nosotros.

Y no lo digo sólo por descreer, sino porque me tomé el trabajo de investigar, de leer a las mejores mentes que había disponibles. Ahora te enseña a vivir Ari Paluch… ¡Estamos todos locos!

Sin embargo, el tipo que arrancó hablando de la Selección y del fenómeno que inspiraron los campeones sonaba no te digo optimista, pero sí entusiasmado por algo…

Es que sigue entusiasmándome la emoción genuina, puesta en juego por la voluntad de la gente. Es lo que escribí sobre la bandera que subí a las redes cuando ganaron: Estas cosas ocurren cuando creemos desde el alma en un proyecto. De esa manera sí que se puede, si existe un grupo con alma. ¡Pero hay que lograr eso! Lo que no hay que permitir es que nos encierren en ghettos, eso de conformarnos con que somos todos redonditos y que la cosa termine ahí. No: el discurso es para todo el mundo. Llegado el momento, el predicador deberá corregirlo para asegurarse de que nadie quede excluido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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