Infancias perras

Recuerdos de Ramos Mejía y un mordiscón inolvidable

 

Nadie se extrañará si confieso que desde el 19 de marzo de 2020 casi no salgo a la calle, así que, para remplazar las caminatas por el parque Lezama y los paseos de compras por la calle Defensa, busco, entre mis favoritos de Google, los 20 grandes éxitos de los Wawancó Qué lepása quelepásamicamión, quélepása quélepása quenoarránca y voy bailando cumbias, trastabillando un poco sobre los pisos de mosaico y evitando los de madera machimbrada para no abrumar al vecino de abajo con las roturas de la síncopa. Mientras meneo las caderas con pasitos rijosos y revoleo las manos como si zarandeara una pollera colorá, contanbuena contanbuenadirección, me vienen a la cabeza, entre las copas verdes de los tilos que me miran por la ventana, alguna minucia que bien podría ser origen de una nota o el justo argumento con que reiniciar una discusión con mi marido aparentemente terminada o una rendija del pensamiento por donde se cuela un flash de la infancia ylarrueda ylarrueda semetranca.

Entre los sacudones de mi último baile me fui escurriendo hacia adentro por los desandaderos de la memoria, camino a lejanos domingos de inocencia infantil en la casa de Elías Piterbarg que quiero relatar, porque más que una contadora de historias soy una contadora de recuerdos que supongo verídicos.

Según decía Yeña, mi mamá, cuando el colectivo 216 llegaba a la esquina de aquella casa, en Ramos Mejía, el conductor paraba el motor, pegaba el grito: «¡Dr. Piterbarg!» y se le vaciaba el colectivo, tal era la cantidad de pacientes que buscaban cura a sus males en su medicina homeopática. Bueno, al menos así decía mi mamá.

Yoledábamanivélaynáda, y floto en la cocina o en algún espacio de los atrases de la casa de Piterbarg, que giraban, al menos para mí, en torno a una amplia pecera iluminada, frente a la que yo me quedaba imantada, fascinada por los pececitos anaranjados que se paseaban –sin siquiera dirigirme una mirada– por su paisaje acuoso de burbujas, piedritas y quizá plantas de adorno. En el afuera más allá de la cocina, una pared o un algo muy alto separaba el jardín de la amplia cancha de paleta a donde los chicos nos asomábamos a asombrarnos de su inmensa vacietud y a corretear en vano cuando los hombres no jugaban. Yo prefería el jardín verde, exótico y florido, habitado por una dinastía de perros salchicha, de los que un día adoptamos un cachorrito que se llamó Pretzel.

Mientras almorzaban, o de sobremesa, los grandes escuchaban a Brahms, a Edith Piaf, la Patética de Tchaikovsky o novedades exquisitas de jazz; hablaban de pintura, del surrealismo que había sido, del primer y único número de Que, la primera revista surrealista de Buenos Aires, comandada por Piterbarg y Aldo Pellegrini, de uno de los primeros cineclubs que fabularon, de Sartre, de la política, de la revolución y la literatura hasta que, en algún respiro, mi papá y Piterbarg se largaban rumbo al paredón del fondo a revisar unas colmenas de abejas de verdad con las que fraguaban quién sabe qué negocio utópico.

Los hijos no desentonábamos cuando se nos proponía alguna ocupación creativa. En un destello de la cumbia alguien nos habla de Shakespeare y nos está contando la historia trágica del príncipe de Dinamarca. Después estamos formando grupos para hacer teatro de lo que habíamos escuchado y cuando lacúmbiasaléderrónda tejiendotúlesdeluzysómbra se me ilumina la imagen de mi hermana Ana, reina de Dinamarca, en la primera escena de su stand-up, fragoteando con su cuñado el uxorifratricidio del fantasma que habría de pedir a su hijo que lo vengara y yo que pierdo la cordura como Ofelia y caigo al agua en pleno delirio aunque tal vez no fui yo la que representaba a Ofelia sino una de la hijas del arquitecto Vivanco, es que el pasado se me confunde.

Alrededor de la mesa de los grandes, además de pediatras como mi mamá y mi papá y servidores del alma como Tíbor Gordon, se juntaban Bernardo Kordon y su esposa Marina, una chilena morena de rostro dibujado en profundas líneas curvas que me llamaban tanto la atención como esa excentridad de que un escritor normal se casara con una extranjera. Volvieron de un viaje a China maravillados porque, después de la revolución, los chinos habían logrado eliminar las moscas. Al arquitecto Vivanco, que se fue a vivir la revolución cubana, quien sabe por qué, mi papá le está diciendo, pero usted es un tipo muy vivanco y yo me muero de vergüenza de que le haga un juego de palabras con el propio apellido, tremendo atrevimiento. Y Bernardo Verbitsky que ya estaría preparando el espacio literario de los barrios marginales en ese libro fundante que fue Villa Miseria también es América. Se me enlaza en el aire de cumbiamba un estante del dormitorio de mis padres, donde, entre Simone de Beauvoir, el Río Oscuro de Alfredo Varela y varios chiribigios, quedó ese libro por decenios, sin cambiar de lugar, cosas de la memoria. Su hijo Horacio me llevaba algunos años, como que yo estuviera empezando la escuela primaria y él le coqueteara a la preadolescencia. Pero ya andaría provocando y husmeando donde no debía cuidádoconelgavilán cuidadónotedéjesvér… tencuidadomuchacho quelgavilántequierecomer porque el revuelo que me viene como un pantallazo en el jardín, entre las mamás y los doctores, no fue por el gavilán sino por el ovejero alemán de Tibor Gordon que le encajó tremendo mordiscón. Ya de chiquito le clavaban los dientes aunque por más perrazo irracional que fuera el ovejero, nunca con la saña de algunos contemporáneos a quienes sólo les faltó hacer la Cúneo e incluirlo en el Plan Andinia.

Después pasaron cosas, de esas que los grandes hablan entre ellos, y ya nunca más volvimos a la casa de Ramos Mejía.

Me topé con Horacio Verbitsky hace pocos años, seguramente en una marcha, un 24 de marzo, sin que, a pesar de tanto tiempo pasado, hubiera cambiado nuestra diferencia de edad. Sólo que ahora no se notaba. Le comenté que yo era asidua concurrente a la peña de los sábados, como él llamaba tiernamente a la asamblea de Carta Abierta. No se acordaba de mí, ni de mi nombre, ni de mi apellido, ni de mi hermana ni de mis padres, pero una sonrisa parecida a la de mi papá le iluminó el rostro de perro gruñón que le había copiado al ovejero de Tibor Gordon.

Entre los aleteos del gavilán y la pecera fascinante, encadeno las que podría llamar utopías o ensueños o espejismos de aquellos personajes de mi infancia, el surrealismo, la revolución, el cine, la homeopatía, la estrambótica curación del alma, la miel compartida con la abeja obrera, la China socialista, y quién sabe qué otros anhelos, ilusiones o incluso excentricidades que en la inocencia de mi edad no llegué a comprender. Quizá también se hayan planteado, cómo será la frontera sinuosa que pasa resbalosa entre la ética revolucionaria y la moral burguesa. Es el tema que discuten pensadores, políticos y vecinos en esta semana turbulenta.

Jorge Rachid ha presentado la ética revolucionaria justamente como un utopía que nos mira desde el horizonte porque lleva en su esencia el alejarse constante mientras los humanos, al menos los que leemos y escribimos en este medio, tanto siempre la buscamos, igual que a la equidad y la justicia, como no dejamos de patinar y fallar en el barro del camino porque esa es nuestra condición. Horacio González, en cambio, destapó la moralina pequeñoburguesa que se aferra a su necesidad de un enemigo público al que exigirle el cúmulo de santidades de las que nadie podría responder por sigo mismo.

El que viva en olor de santidad que tire nomás las piedras. A mí el aroma de los inciensos me da estornudos.

 

 

 

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