Infanticidios

La escalofriante violencia del terrorismo de Estado sobre niños y adolescentes

 

Fin de la dictadura, vuelta a la democracia. Ciudad Capital. Escuela pública: nivel inicial, primario, secundario. El jardín de infantes cumple años, treinta. Viernes, festejos: salita amarilla, salita verde, preescolar; papás, mamás, abuelos, etcétera. Sábado, celebración institucional: se repiten los números musicales infantiles del preescolar para ex alumnos, docentes, autoridades distritales, educativas, gubernamentales, fuerzas vivas. Viernes pleno sol, sábado fulerazo, se ausenta un tercio de los artistas infantes. Lunes: maestras organizadoras, dirección, vice, entregan una modesta golosina a los niños que asistieron el sábado. A lo que faltaron, no. Estallan en llanto.

A primera vista emerge un acto discriminatorio. Sin embargo, en otro plano, se agazapa un hecho de preocupantes dimensiones: niños de cinco años culpables, responsables del arbitrio de los padres, cuidadores, tutores o encargados (decía el antiguo Boletín). Resulta hartante tener que explicar que los pibitos desean pero no deciden. No obstante, reciben el castigo. Menudo término, extendido dentro de la tradición judeocristiana en una escalofriante familia de palabras: casto, castidad, castigo, in-casto, incesto. El abuso del más fuerte sobre el más débil. La impostura que requiere el poderoso a fin de ejercer su antojo.

 

Ilustración de Antonio Ruano para “La composición”, de Antonio Skármeta.

 

 

Salvando las enormes distancias, una práctica sistemática perpetrada por los genocidas de la dictadura sobre las infancias capturadas en los operativos represivos ilegales. “Quizás la represión a las infancias no haya sido el objetivo principal de la dictadura, pero tampoco fue un daño colateral. No hubo excesos ni errores, no fueron hechos aislados, casualidades, malas suertes, ni márgenes imprevistos de error. Fue un propósito. Los niños fueron aprisionados, hechos presas concretas –algunos todavía lo son–, receptores de esa violencia, carne de apropiación, banco directo de abusos, torturas y exterminio. Nacidos presos o apresados luego, institucionalizados, retenidos como botines y rehenes, manipulados como cosas, no personas, nudas vidas, utilizados como carnada y carne de tortura, atormentados, acallados, esclavizados, enmudecidos, disciplinados, silenciados. Muertos y sobrevivientes, echados a la mala suerte de la voluntad represiva”. Con precisión y claridad, sin morbo, suena la voz en la justa letra de Ángela Urondo Raboy, que del tema sabe.

Inaugura con estos esclarecedores párrafos Infancias sobrevivientes, cuyos diez ensayos y un epílogo recorren distintos aspectos de la escalofriante violencia ejercida por el terrorismo de Estado sobre niños y adolescentes. Un aspecto, si no oculto, solapado. Recluidos inicialmente a la condición de testigos, aquellos pibes hoy rondan los cincuenta años y pugnan junto a sus abogados y organismos de Derechos Humanos para que el Estado y la Justicia los reconozca en tanto sobrevivientes, víctimas infantiles del genocidio. Subestimación y demora son características simultáneas de estas atrocidades. Sin ninguna razón prioritaria, confluye 1994, cuando la Argentina suscribe la Convención por los Derechos del niño (de 1989). Hasta entonces los chicos no eran propiamente personas, sujetos de derecho, sino “objetos de tutela”, según legislación de 1919. Asimismo, con el retorno a la democracia surgen en primer plano los secuestros y asesinatos, enterramientos clandestinos, fosas comunes, centros clandestinos de detención y exterminio (CCD), escabrosas torturas, vuelos de la muerte y, recién sobre el fin de siglo, los delitos sexuales. La represión a las infancias aguarda su momento.

Otra dificultad es la inexistencia, todavía, de estadísticas abarcativas de todo el territorio nacional, CCD por CCD y espacios paralelos, así como una categorización delictiva posible. Esto último, entre otros aspectos relevantes, encara el capítulo de la fiscal Ana Oberlín al distinguir:

  1. niños asesinados en ejecuciones sumarias;
  2. apropiados, cedidos a familias próximas al aparato represivo, a veces vendidos; suman unos 500, de los cuales han sido restituidos 140;
  3. en cautiverio en un CCD, secuestrados junto a sus madres o padres durante horas, días o meses de sujeción, objetos de tormentos, aún de violencia sexual;
  4. alojados en “hogares de niños” con identidades falsificadas durante meses y hasta años para dificultar su localización por parte de las familias;
  5. obligados a permanecer encerrados en sus domicilios, utilizados como rehenes o señuelos; y
  6. abandonados en situación de abandono, en sus domicilios o en la vía pública.

En este espectro, especialistas de diversos recorridos abordan la problemática con sólidas argumentaciones y un lenguaje ensayístico, entre académico y jurídico. Cuidado indispensable para un tema aberrante, refiere situaciones límite, evitando morbo y exhibicionismo. Los casos particulares resultan recortados a fin de operar como paradigmas de extensión sistemática, tal como se alega en las ciencias sociales. De tal modo, Cecilia Goldberg, María Eugenia Mendizábal y Magdalena Oesterheld vierten su investigación sobre el centro clandestino Olimpo. Ana Oberlín, como quedó arriba plasmado, asume el aspecto conceptual, en tanto el abogado Pablo Llonto resume casos de su actuación y la investigadora Luciana Bertoia desnuda la perversión de Casa Belén.

Por su parte, el abogado e investigador Daniel Rodríguez Infante consigna los crímenes estatales en la provincia de Mendoza, mientras la socióloga Florencia Urosevich denuncia la invisibilización en el circuito Atlético-Banco-Olimpo. Los dispositivos tutelares de minoridad quedan expuestos por el poeta y abogado Julián Axat, en consonancia con los efectos de la ley “reparatoria” analizados por el multifacético Leonardo Surraco. Aporte trascendente el de la politóloga Mariana Eva Pérez al conceptualizar los testimonios vicarios y afectivos, para confluir en el emotivo epílogo integrador a cargo de María Tonietti. La artista visual Lucila Quieto tiene a su cargo la impactante ilustración de tapa.

Edición impecable, trabajo en profundidad, el de Infancias sobrevivientes constituye un documento crucial en el abordaje de un tema que repugna a la condición humana como ningún otro: el sufrimiento infantil, en todo tiempo y lugar lo intolerable de la perversión, crueldad e injusticia. Junto a sus imborrables secuelas singulares, los impunes resabios ideológicos continúan percutiendo la sociedad, aun cuando ni siquiera una maestra de jardín de infantes lo note.

 

 

FICHA TÉCNICA

 

 

Infancias sobrevivientes

Ángela Urondo Raboy, M. Eugenia Mendizábal, Ana Oberlín, Luciana Bertoia, Florencia Urosevich, Leonardo Surraco, María Tonietti, Cecilia Goldberg, Magdalena Oesterheld, Pablo Llonto, Daniel Rodríguez Infante, Julián Axat, Mariana Eva Pérez.

Buenos Aires, 2025.

178 páginas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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