INUNDADO DE FELICIDAD

Con un libro que se da vuelta, Darío Lipovich encuentra trazos que conducen a la emoción estética.

 

Sin lo vetusto del panegírico ni lo académico del ensayo; entre la farsa, la diatriba y el apólogo, el Elogio carece de pulcritud filosófica menos que de desfachatez sociológica. Sin dejar de inmiscuirse en los corrillos de aquellos barrios, porque tiene algo que decir. Ductilidad metereta, cuenta con baluartes de alta gama: el de la locura concebido por Erasmo de Róterdam en la bisagra del Renacimiento; el de la sombra gracias a Tanizaki en 1933 y otro de Borges en el 69; Carl Honoré hizo el propio sobre la lentitud, hace poco, en 2004. Badieu y Truong, muy franceses, en 2009 no se privaron de darle al amor. En el siglo I, Crisóstomo hizo el de la cabellera y tres siglos más tarde Sinsesio de Cirene le respondió con el de la calvicie. Y siguen firmas.

Más que por su rigurosidad, los elogios perduran porque dan en el clavo. Aún en el tino de ignorar el género y llamarse de otra manera. “Diario”, por cierto, hasta puede pasar por alto la misma existencia de su ancestro, símil o referente. A los fines, da igual. Es el caso de Darío Lipovich (Buenos Aires, 1975), músico de nacimiento, poliartista por opción, autor de un libro raro porque son dos libros, uno a la vuelta de otro. No se sabe cuál va primero. En esta oportunidad arrancamos por Diario de la felicidad (60 páginas) y, si se lo da media vuelta, aparece Diario de la inundación (50 páginas). Imposible equivocarse: cuando se llega al final de uno, aparece el final del otro patas para arriba, por lo que es menester retornar a la contratapa, ya convertida en tapa del otro. Inconfundibles también, aún desde lejos; el feliz es un relato en prosa, el inundado es poesía. Razón por la cual comenzamos, valga la redundancia, por el primero. Los versos resultan en toda su especie demasiado enormes para los vanos conceptos y criterios de este escriba, responsabilidad de la que huye con moral cobardía a fin de que se pose en mejores manos.

 

El autor, Darío Lipovich.

 

Por lo tanto, cada Diario… de Lipovich resulta un elogio, recuento de intersecciones cotidianas entre la palabra que reina (se trata al fin y al cabo de un libro: literatura), origen y destino, principio y fin, síntesis de múltiples determinaciones, unidad de lo diverso. Música —desde ya—, acaso una ráfaga de viento, frío, paisaje, frase. En fin: modos y circunstancias capaces de  modificar “el mecanismo de fijación de los recuerdos a la vez que, en eso que llamamos memoria, confluyen varios tipos de experiencias que pueden luego conformar un solo acontecimiento”. Ese instante, aquella fugacidad homologada por el autor a la cosa feliz, para no ser otra, nada menos que, en sus inmarcesibles modalidades, la emoción estética.

Universo misterioso pese a su contundencia fáctica, la emoción estética ha sido poco y nada visitada por las ciencias, ninguneada en sus mecanismos, aunque nunca se haya logrado soslayar sus efectos. Recluida en lo empírico, arrebata de a uno, explora el azar hasta que, ¡zas!, hace síntesis. La prueba irrefutable es que nunca al mismo tiempo, ni en el mismo grado, ni de la misma manera. Lipovich cuenta (con) su ariete: la música –Spinetta Jade— que no está sola. La acompaña el pedaleo en la bicicleta, el invierno, la avenida ancha, el trámite burocrático hacia donde se dirige, el abrigo, un “gozo de manera pequeña, limpia”. Se encarama sobre el propio don funcional, su “médium auditivo”. Cada cual descubrirá el suyo.

Una frase de Deleuze en un libro sobre Spinoza surge y de inmediato se esfuma en la pantalla, colgado el sistema. Cree, asegura, haber atrapado el concepto hecho epifanía, alucineta “perteneciente al mundo sensible”. De la dura roca de la percepción el autor va tallando las formas donde lo feliz retoza. Transportado a un relámpago musical, adquiere modulaciones “en los ataques pizzicato de las cuerdas y los triángulos, que es como salir saltando con los pies descalzos sobre el mismo ébano de las tastieras”. Punto en el que el autor despeja cualquier duda: prefiere ser leído como transcurrió la escritura, bajo los sones del A Carlo Scarpa, architetto, ai suoi infiniti possibili (1984) de Luigi Nono. Confiesa con orgullo cómo la música lo “mantiene sujeto al mundo exterior”, proporciona estímulos recortados, sin deriva a un estado de conciencia, “un instante absoluto, vacío de pasado y de futuro”, como —a menudo— el sexo.

 

 

Albricias del instante, pulverización de la cronología, recurso de libertad, retazos hallados en cualquier parte, secretos de lo cotidiano esparcidos aún en la rutina doméstica, irrumpen alterando la velocidad del paso del tiempo. Un parto, una casa con forma de mariposa en Punta Indio, la pelopincho, Kirikú rumbo a los dominios de la bruja Karabá, el sinsentido. Dentro de ese poliedro, Darío Lipovich descubre, facetada, la felicidad misma. La cuenta sin pretensión de agotarla, de modo tal a como un relato se convierte en diario. Entre la filosofía y la crónica, Diario de la felicidad, sin orden cronológico ni índice onomástico; sólo con una experiencia multiplicada, ofrecida con generosidad a fin de que cada quien se anime con la propia.

Respecto al Diario de la inundación, lo dicho: este reseñero no puede con la poesía. Apenas llega a leer que se trata de la aguas creciendo y ocupando todos los espacios, de una mujer testigo y partícipe. Hasta ahí: si la inundación opone, complementa, reduce o supera a la felicidad acordada en el otro Diario…, si hay un revés, simétrico e inverso, o no, supera mi de por sí estrecha capacidad. Sin desmedro de profundidad, belleza y talento en los versos. Lo que surge en forma clara es que aquella inundación, a su vez, puede ser acompañada por la sinfonía n.º 4 en mi menor opus 98 compuesta por Johannes Brahms en 1885, como lo sugiere el autor en un lejano párrafo.

 

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Diario de la felicidad – Diario de la inundación

Darío Lipovich

 

Buenos Aires, 2022

116 páginas

 

 

 

 

 

 

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