Irán por la atmósfera

La catástrofe ambiental que deja la guerra

 

El domingo pasado Teherán amaneció con el cielo oscurecido por una densa nube de petróleo causada por el bombardeo israelí a depósitos próximos a la ciudad. No se sabe si los atacantes buscaban también ese efecto o si pretendían limitarse a causar sólo un daño económico al régimen. En cualquier caso, acabó siendo una agresión química a la población porque el petróleo quemado ascendía en columnas de humo y luego se precipitaba desde el cielo como una lluvia ácida sobre la ciudad. Lo inhalaban sus habitantes; una sustancia densa y oscura manchaba sus calles y sus casas y sus vías respiratorias. El evento está clasificado como muy contaminante: es cancerígeno, para empezar. No hubo mucha cobertura de prensa sobre este “incidente”. 

Teherán, una metrópoli de unos diez millones de habitantes —equivalente a toda la población de Israel— estuvo aspirando veneno. Los efectos se verán en unos años. Hay otros brutales daños ecológicos producidos por la guerra en curso. Cada vez que se bombardea un pozo de petróleo o un carguero, se genera una columna de humo que llega a la atmósfera y altera el clima. El clima de todo el planeta, no sólo el de la región. Y hubo muchos pozos, refinerías y barcos ardiendo en estos días, demasiados. La guerra es una tragedia en términos humanos, destruye infraestructuras que quizá no puedan reponerse. Mata personas y atrasa sociedades. Pero esta, muy especialmente, es también una guerra contra el ambiente y la salud. 

 

La DU (Desunión Europea)

A la señora Ursula von der Leyen se le ocurrió declarar que el orden internacional basado en reglas había dejado de existir; el mundo ha cambiado y ya no volverá a ser el mismo que conocimos, dijo. La presidenta de la Comisión Europea lanzó esa profunda reflexión en una reunión con embajadores en Bruselas al comenzar la semana. Francamente hablando, no le faltaban razones. Pero su conclusión no era que había que reconstruir un mundo razonable y vivible. Sino que era necesario aplicar la fuerza bruta imperialista en cualquier caso. Por supuesto, quien la iba a poner en práctica sería su amo del otro lado del Atlántico. Eso fue demasiado incluso para los muy serviciales políticos europeos.

De inmediato se comenzaron a generar reacciones. Por lo general, seguían una línea: von der Leyen no debería sobreinterpretar a Donald Trump. Nadie la eligió para eso. Desde el gobierno del PSOE le dijeron que el derecho internacional era lo único que nos separaba de la ley de la selva. Encantados con el efecto que tuvo su inicialmente aislada (y muy audaz) oposición frontal a las agresiones militares de Trump que obligó a todos los grandes de Europa a virar hacia posiciones menos belicistas, los españoles disecaron a la alemana sometida a Washington. 

El portugués Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, la desautorizó. La ex Primera Ministra estonia, ahora a cargo de la política exterior europea, Kaja Kallas, se sumó al repudio. Kallas tiene una pésima relación con la aparentemente despótica política conservadora alemana a cargo de la Comisión, quien parece querer invadir todo el tiempo su área de influencia cuando por estatuto ella no podría intervenir en cuestiones diplomáticas. 

Hija mimada de la nomenklatura soviética de su país, Kallas devino una anticomunista probada y feroz antirrusa. Nadie le atribuye otro talento que su fidelidad al status quo donde quiera que se encuentre. Sin embargo, al menos en un punto, mantiene una encomiable coherencia: si la invasión de Putin a Ucrania fue ilegal según el derecho internacional, el ataque de Netanyahu y Trump a Irán también lo fue. No se trata, como la pizpireta von der Leyen trata de mostrar, de que el primero violó un principio mientras que los segundos ya no, puesto que en el ínterin este habría dejado de existir porque ella lo decidió. 

Lo más patético fue la retractación posterior de von der Leyen en el Parlamento Europeo, dado que no pudo soportar el repudio a su posición. Nadie le creyó, desde luego. No es que mintiera antes o ahora, es que no existe como opinión: no tiene sustancia alguna. Es todo lo que la opinión pública occidental rechaza como figura política. Ni su palabra ni su figura valen nada. 

 

 

¿Hay una solución socialdemócrata?

Antes de esa triste escena de rendición de la democracia cristiana europeo-alemana de von der Leyen, casi más penosa que las declaraciones agresivas que se pretendían disculpar, el gobierno español de Pedro Sánchez se sintió justamente envalentonado por su éxito continental al hacer frente en solitario a la política militar de Trump. Sánchez dijo no a la guerra. Con esa sencilla frase ganó popularidad doméstica e internacional y confrontó con von der Leyen y la posición de sus demócratas cristianos. Los dirigentes de esta orientación estaban muy ansiosos por lamer la bota militarista de Donald Trump. Lo ejemplificó muy bien nada menos que el propio canciller germano en el escenario estelar del salón oval, cuando, al lado del gran jefe, instó a España a aumentar su presupuesto militar tal como lo estableció el amo estadounidense. 

Trump acababa de atacar al gobierno de Sánchez por no permitir el uso de las bases estadounidenses en su país para el enfrentamiento con Irán. Merz no reaccionó a esa agresión; en lugar de eso, le hizo reproches al gobierno socialdemócrata español. En Alemania, la prensa sumó desprecio sobre desprecio por esa actitud tan cobarde como antieuropea. ¿Cómo un alemán puede ser cómplice de una bestia como Trump cuando ataca a un aliado continental delante de sus narices? ¿De qué lado está ese tipo? 

Los socialdemócratas alemanes tuvieron un momento de desconcierto al ver a su socio gubernamental agrediendo desde la Casa Blanca a sus camaradas del sur de los Pirineos. Pero pusieron paños fríos a la situación y siguieron caminando con normalidad. Es una reacción típica. ¿Por qué será que cada elección implica un derrumbe mayor para ellos? Se exponen a la inexistencia. Y se supone que los oportunistas lo son para sobrevivir, no para suicidarse. Gente extraña.

Sánchez fue más allá del asunto del uso de las bases militares. Dijo “no a la guerra”. Los demás gobiernos europeos ensayaron todo tipo de contorsiones, presionados por sus electorados. Pero no se adhirieron a esa sencilla frase. Los británicos inventaron una intervención defensiva, no agresiva; los franceses formularon algo parecido; acaban de perder un soldado y de suspender sus ínfulas militares de protección del estrecho de Ormuz justo cuando más se los necesitaba porque Irán amenazaba la navegación en la zona desde hace días. Increíblemente, la muy trumpista italiana Giorgia Meloni dejó claro que esta no era su guerra y que quienes la iniciaron violaron el derecho internacional. La escuela del oportunismo eficaz tiene su eterna sede en Roma. Londres y París siempre contorsionan un poco mal. 

Franceses e ingleses, por supuesto, permiten que Estados Unidos opere sus bases en Asia, cuya legitimidad no está en discusión, para sus misiones en el Golfo Pérsico. ¿No es acaso una actitud pacifista y neutral como pretenden? Por supuesto que no: ¿por qué me haría neutral que prepares tu ataque en mi casa y lo lances desde allí? Es obvio que no son neutrales. 

 

 

Tirar del hilo

Entretanto, el problema es cómo volver a fojas cero. Estados Unidos atacó con grandes ínfulas: pretendía terminar con el programa nuclear iraní (¿pero no lo había destruido en sus bombardeos exitosos el pasado junio?), liquidar sus misiles balísticos, aniquilar las fábricas de drones. Un capítulo aparte merece el cambio de régimen: ningún estratega lo estimaba posible sólo con la fuerza aérea. No había, además, reemplazo político visible. La oposición en Irán no está organizada. Además, el ataque a los civiles no hace que salgan a las calles a protestar; los bombardeos no facilitan que las exhortaciones de israelíes y estadounidenses produzcan rebeliones populares; no estimulan que la gente se lance a la plaza pública para enfrentar un régimen brutal.

Trump los incitó a salir a protestar en el pasado inmediato. Dijo que contarían con su apoyo, proclamó que la ayuda “estaba en camino”. ¿Cómo los protegió? No hizo nada. El régimen diezmó las protestas; la represión fue atroz. Ahora Trump bombardea incluso blancos civiles. No es seguro que los opositores al régimen estén esperando las órdenes del POTUS para actuar. Todo parece indicar que el ataque de Estados Unidos puede cohesionar el régimen y hacer que quienes lo detestan terminen cerrando filas con él para no aparecer apoyando una agresión asesina. 

 

 

 

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