JINETES EN LA TORMENTA

Un documental sobre los grandes discos de 1971 inspira la pregunta sobre el valor de la música en nuestra vida

 

«En 1971 estábamos creando el siglo XXI».

La frase es de David Bowie y se la escucha cada vez que comienza un capítulo de una serie documental que estrenó Apple TV: 1971, el año en que la música lo cambió todo (1971, The Year That Music Changed Everything.) A simple oída la mención de ese año no evocó mucho en mí, aunque admito que la cifra redonda —hace cincuenta años, o sea medio siglo— era tentadora. Pero me puse a repasar la lista de obras que salieron a luz durante esos meses y la bravata del título empezó a tener sentido. Hablo del año en que Marvin Gaye editó What’s Going On, el año de Blue de Joni Mitchell, de Who’s Next, de Imagine de John Lennon, de Sticky Fingers de los Stones, de Hunky Dory de Bowie, de Pearl de Janis Joplin, de There’s A Riot Going On de Sly and the Family Stone, de Bryter Layter de Nick Drake, de Aqualung de Jethro Tull, de Songs of Love and Hate de Leonard Cohen, de Electric Warrior de T. Rex, de Islands de King Crimson y de Led Zeppelin IV —o sea del disco que contenía Black Dog, Rock and roll y Stairway to Heaven, como quien no quiere la cosa, por mencionar apenas un puñado. Y créanme que esto representa apenas la punta del iceberg.

 

 

¿Recuerdan algún año más cercano al corriente que haya ofrecido al mundo una plétora semejante de riqueza musical?

Hagan el esfuerzo de recordar fragmentos de estas obras, tan fantásticas todas como fundamentalmente diversas; y díganme si no cobra forma en sus cabezas la noción de que en el ’71 tuvo lugar algo muy pero muy parecido a un big bang musical.

 

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En 1971, la década nueva procuraba desacoplarse de su predecesora, la década que lo reinventó todo al colocar en la vanguardia la figura de las y los jóvenes como agentes de un cambio que se consideraba impostergable.

Durante esos breves años que identificamos con la totalidad de los ’60 surgió una cultura planetaria nueva, con afán movimientista, que cuestionaba los presupuestos de la vida contemporánea: el dinero, el individualismo, la monogamia, el nacionalismo, los dogmas religiosos, sociales y políticos. Pero el establishment tardó poco y nada en tomarle el pulso y convertir la rebelión juvenil en algo marketineable. Y bajo el disfraz de la lucha contra la droga, el gobierno de los Estados Unidos libró una guerra soterrada contra las iniciativas que más lo inquietaban: el movimiento por los derechos de la minoría negra, la nueva izquierda, los movimientos revolucionarios latinoamericanos. Lo que pasa todavía hoy en Colombia es un eco de la batalla sorda del american way contra todo tipo de disidencia.

A fines del ’70 Lennon cerró su primer álbum solista con una canción llamada Dios (God), donde se desvinculaba de todo aquello que en algún momento había creído para anunciar su retiro a un paraíso privado, doméstico, aquel que Yoko y él delineaban puerta adentro de su(s) casa(s). Pero tanto la canción como el verso que la cerraba —el sueño terminó, the dream is over— llegaron tarde. El verdadero epitafio de esos años dorados fueron los crímenes que miembros del Clan Manson llevaron a cabo en agosto del ’69. A partir de entonces, todo joven se convirtió en sospechoso por mera portación de años. La utilización que el poder político y los medios hicieron del caso Manson alteró la percepción pública: desde entonces, los hippies —y por extensión, los jóvenes todos— fueron vistos como vacuos, irresponsables y fácilmente manipulables, que para peor bajo el influjo de las drogas (¡y las drogas estaban por todas partes!) eran peligrosos, capaces de cualquier cosa — hasta de apuñalar a una embarazada, como lo estaba Sharon Tate cuando la mataron.

Si Charles Manson no hubiese existido, Richard Nixon lo habría inventado.

Cada música maravillosa que alumbró el año ’71 fue, sin dudas, una astilla del espejo roto de la contracultura.

 

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Una de las características de la música de los incipientes ’70 era que hablaba de cuestiones relevantes. Ya habían sido superados los tópicos de la canción popular —que sólo hablaban de modas y de asuntos del corazón— y las exploraciones del espacio interior propias de la psicodelia. Al despuntar los ’70, las letras se convirtieron en el principal hilo de comentario —por encima del material informativo, incluso— sobre lo que estaba pasando en todas partes, pero también sobre lo que podía pasar y lo que debía pasar. La música se consagró como el canal por el que circulaba todo aquello que valía la pena saber, descubrir y debatir. Funcionaba como una cruza entre Google y un foro de debate estético-político, a cuyo ritmo además se podía bailar y coger: o sea, una forma inmejorable. Estaba más viva que nunca porque se hacía cargo de lo que estaba vivo, era como la vara de un rabdomante: iba en la dirección de todo manantial oculto, de todo metal precioso. Por algo el Lennon prescindente de la canción Dios reculó en sandalias y tuvo que echar mano a una canción que había compuesto en el ’69, donde reclamaba algo genuino que lo conmoviese, más allá de las fronteras de la felicidad hogareña.

Estoy enfermo, harto de escuchar cosas

Que provienen de hipócritas estirados, miopes, de mente estrecha…

Ya no me banco leer más cosas

sobre políticos cabeza de perno, neuróticos, psicóticos

Todo lo que quiero es la verdad

Dígannos la verdad.

 

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La desintegración del sueño unificado de los ’60 —una utopía comunal, sin fronteras ni ataduras innecesarias, que descreía del éxito material y apuntaba a hacerse una con el medio ambiente y, celebrando la diversidad, con otras comunidades— produjo una balcanización de las formas musicales. De repente ya no había más bandas que, como Los Beatles, exploraban todos los registros como parte de su búsqueda, sino infinitas bandas que cultivaban un estilo definido, excluyente. En la flamante ausencia de una verdad compartida, cada músico buscaba su verdad, cultivaba su quintita. Por supuesto, eso no significaba que se hubiesen cortado todos los vasos comunicantes. Jimmy Page y Robert Plant admiraban a Joni Mitchell, al punto de inspirarse en ella para Going to California, una de las canciones de Led Zeppelin IV. Pero el vínculo entre estos rockers abrasivos y la delicadeza confesional de Joni era intelectual, más que estético. Sus búsquedas profundas tendían a no pisarse, a no copular nunca de verdad — y en consecuencia, rara vez alumbraban nuevos caminos.

Por supuesto que Bowie tiene razón y el universo en contínua expansión que hoy habitamos es tributario del big bang de los ’70, al menos en materia musical. Allí está todo: del hard rock al glam rock de T. Rex, del soul a la disco, del rhythm & blues a la palabra como elemento rítmico —lo que va del Gil Scott-Heron de The Revolution Will Not Be Televised al rap y el hip hop—, del bardo embriagado de Harry Nilsson a la romántica Karen Carpenter, de la desmelenada Janis al genio pop del Elton John de Madman Across the Water, del rock progresivo de Yes, Genesis y Crimson a la música latina de Santana, del primer paladeo de aquellos que se conocería como world music vía Page & Plant y sus viajes a la India y al Rif, de la Mahavishnu Orchestra de John McLaughlin al proto punk de Iggy & The Stooges.

La riqueza musical de aquellos años es virtualmente infinita — insondable. Tal vez porque el mundo vivía en estado efervescente y la música era el vehículo que lo expresaba mejor, capaz de seducir a gente que originalmente tenía otros planes —modelos como Marc Bolan, maestros y pintores como Serge Gainsbourg, poetas como Leonard Cohen— y subirla a su tren eléctrico.

Durante unos pocos años, entre los cuales se cuenta el paradigmático ’71, la libido del mundo y de todos aquellos que querían ser algo y expresar algo se canalizó a través de la música. Era lo que había que hacer y oír, lo que te definía mejor que tu DNI y tu ADN, tu Neverland y tu revolución, tu trip mental y erótico, tu cohete a la luna.

 

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¿Quién era yo por entonces, en 1971? Un crío de 9 años: hijo mayor, escuela pública, primera comunión en la parroquia del barrio, que afortunadamente acababa de dejar atrás el estigma del flequillo y vivía en un mundo de libros, películas, dibujitos, cómics y series — lo que hoy llamaríamos un nerd, pero por entonces era un tragalibros, para ponerlo delicadamente; o si prefieren, un verdadero aparato.

Por aquel entonces la música era cosa de mamá, al principio a través de la radio y después del Ken Brown que compró mi viejo en el Frávega de Rivadavia y Carabobo. A través de ese combinado —porque así se le decía— que era poco más que una bandeja de Winco mejor vestida, me llegaron Sinatra, Serrat, Mercedes Sosa, Lily Pons, Mina, Iva Zanicchi, Raphael, fragmentos clásicos a través de una colección del Reader’s Digest. Los Beatles ya no existían como tales pero seguían sonando mucho en la radio. (Fueron mi primer amor musical. Cuando no había discos en casa, llamaba a la prima de mi vieja para que pusiera el simple de Los Beatles que ella tenía y me permitiese escucharlo por teléfono. Mi viejo debe haber calculado que era más barato comprar el Ken Brown que seguir pagando esas facturas de ENTel.)

El ’71 fue el año en que salió La Biblia de Vox Dei y el primer disco de Pappo’s Blues, pero esa no era música que sonaba en la radio. (O, por lo menos, en los programas que escuchaba mi vieja: Larrea, Guerrero Marthineitz — fue el Negro quien machachó con Balada para un loco hasta que se me grabó a fuego.) Pero esa no era la única cosa que estaba pasando y de la cual no me daba cuenta. A esa altura, dos tercios de mi vida habían transcurrido bajo gobiernos no constitucionales. Nací bajo Frondizi, sí, pero el narigón voló por los aires antes de que yo cumpliese dos meses. Y entre mis dos y mis cuatro años gobernó Illia, sin dejar recuerdo alguno.

Lo que sí recuerdo es un viaje a Córdoba a fines de los ’60, el alto en un bar que hizo mi familia para darle un reposo al Fiat 1500, y la conmoción que generó en los míos que un viejito apergaminado me acariciase la cabeza al pasar. «Es Illia», explicó mi vieja. «Un señor que fue Presidente». No les creí del todo pero se me hizo evidente que algo raro había, porque todo el mundo contuvo el aliento cuando el viejo me despeinó, como si en vez de ser objeto de un gesto amable yo estuviese siendo ungido.    

A los 9 años yo creía que para ser Presidente había que ser militar.

 

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La música no cambió mucho desde el ’71 en adelante. Mejoró la tecnología de interpretación y de reproducción, aparecieron los gadgets que permitieron que las canciones nos acompañaran a todas partes, durante cualquier acción, aun en pleno movimiento: casete, walkman, discman, iPhone, celular. Pero los géneros y los estilos son prácticamente los mismos, incluyendo el reggae y la cumbia.

Aunque más no sea como agradecimiento, démosle crédito a la serie de Apple TV —uno de cuyos directores es Asif Kapadia, autor de documentales sobre Amy Winehouse, Ayrton Senna y Diego Maradona— y pongámosle que, tal como Bowie proclama, 1971 es el año en que empezó a construirse la música de hoy. Porque en efecto, hasta entonces los medios no solían hacer gran diferencia: todo era música pop, o como alarde de precisión se distinguía el pop del rock — pero aun así la menesunda esa seguía siendo, ay, música moderna.

Durante los ’70, cada fragmento del big bang original (cada astilla del espejo roto del pop-rock) evolucionó hasta convertirse en un mundo en sí mismo, con reglas propias, su órbita, sus satélites y sus leyes de gravedad. Desde entonces es posible pasar la vida entera sin hacer mucho turismo musical, permaneciendo en el mismo barrio stone, o cumbiero, o dance, con ocasionales paseos de fin de semana por algún centro comercial. Porque la industria no dejó de inflar y crear nuevos packagings para la moda del momento, el equivalente del shopping recién estrenado, hasta que apareció Internet y les cagó el modelo con el cual habían impuesto artistas durante décadas. No es que hayan dejado de intentarlo, pero el mercado se les fragmentó también y desde entonces tratan de rearmarlo sin mucha suerte, como al pobre de Humpty-Dumpty.

En el trayecto ganamos en variedad. La música se globalizó así como se enriqueció nuestro paladar: cuando yo tenía 9 años la inmensa mayoría de los restoranes eran italianos o parrillas (¡carne o pasta!), ahora si se me antoja comida árabe o japonesa o de la India mando un mensaje y me la traen a casa. Del mismo modo, el menú de música a un solo clic es hoy infinito. Pero eso no significa que estemos mejor. Tenemos el universo a nuestra disposición pero hay pocos mapas y menos guías, y por eso ante la angustia que genera la vastedad de la oferta tendemos a seguir comiendo lo mismo.

Lo que resulta indiscutible es que el ’71 nos presentó el más rico buffet que hubiésemos conocido hasta entonces. Y no se trataba de un menú del que pudiésemos prescindir: todo lo que importaba —saber, pensar, sentir— estaba en esa música. Y si no participabas de esas expresiones estabas out, aunque te llamases Jean-Paul Sartre.

 

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Lo que se perdió en el camino fue cierta relevancia de la música. Ahora es un consumo más, el soundtrack de la rutina calisténica, de la cena con amigos, de la salida a bailar o del viaje en auto, subte, tren o bondi. En el ’71, la música era el modo de estar en el mundo. Bastaba con echarle un vistazo a tus discos para entender si te encontrabas fuera de carrera o si formabas parte de la discusión de tu tiempo y de los intentos de dejar una marca, de colaborar con un salto evolutivo. El proceso a escala mundial que sobrevino a partir de la segunda mitad de los ’70 fue una marejada compleja, que no puede reducirse a un par de jugadas políticas; pero lo indiscutible es que el poder debe haber celebrado la esterilización de la música como fuerza de cambio. Que los Bee Gees llegasen a ser la banda más popular del mundo y que las discos se convirtiesen en templos, destino de todo peregrinaje, significaba que el establishment había encontrado a los embajadores que necesitaba. Hay temas de la música disco que me gustan como a todo el mundo, pero si, como decía el hit, tu obligación era bailar —you should be dancing!—, eso significaba que podías descuidar muchas otras misiones que hasta entonces considerabas cruciales y de las cuales se te relevaba.

La música pasó de ser un estilo de vida —una elección central, definitoria en materia de destino— a ser una columna en la página de los rankings. Pasó de ser un sonido que hacía temblar, al estilo de las trompetas que derrumbaron los muros de Jericó, a ser material versionable en clave de bossa nova para animar la velada en un lounge. Pasó de representar una consumación, algo acabado en sí mismo de modo trascendente, consumado como lo es un libro sapiencial o La Mona Lisa, a contentarse con ser un consumo más. (Consumación o consumo: una dicotomía de la cual ya hablaba Richard Coleman a mediados de los ’80, y que dio título a un disco de Fricción en el ’86.) Cuando la música dejó de cuestionarte para convertirse en un ítem más de la cuenta de la tarjeta, eso pasó a hablar más de uno que del arte que debía corporizar — como pagar por un licuado antioxidante o una empanada servida en un frasco.

Pero en el ’71, la música todavía significaba una cuestión de vida o muerte. Bah: ante todo, una cuestión de (mucha, mejor) vida.

 

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¿Puede una criatura de 9 años percibir el cambio de viento que prefigura una tormenta? Yo no recuerdo inquietud alguna durante el ’71, pero hoy entiendo que algo comenzaba a cambiar de forma turbulenta. No debo haber reparado en la noticia de la muerte de Jim Morrison, que ocurrió el 3 de julio. Su música recién me conmovió —y me transformó— ocho años después, cuando vi Apocalypse Now por primera vez y lo oí decir en plena dictadura:

Este es el fin, bello amigo.

El fin de nuestros elaborados planes.

El fin de todo lo que existe.

…Nunca volveré a mirarte a los ojos.

Pero 1971 sugería lo contrario del fin. Más bien se vendía a sí mismo como un tiempo de apertura, de nuevos principios. El Presidente milico de turno —Lanusse— llamó a un Gran Acuerdo Nacional, levantó al veto a la actividad partidaria y prometió la vuelta de las urnas. (¿Elecciones? ¿Qué era aquello? Yo no recordaba haber sido testigo de nada semejante.) Desde su exilio español, Perón desplazó a Paladino y eligió como su negociador a un tal Héctor J. Cámpora, dentista como mis viejos, lo cual constituía un buen signo. Faltaba poco para que el Viejo volviese al país de forma definitiva. Recuerdo perfectamente —porque me sorprendió, viniendo de una familia gorila— el comentario en voz alta de mi madre: «Si vuelve a esta edad, será porque quiere hacer las cosas bien». El razonamiento no era malo. Lo único que explicaba que Perón se metiese en semejante quilombo a esa altura de su vida era la aspiración al bronce.

Se ve que mi vieja no leyó un cuento que Rodolfo Walsh había escrito poco tiempo atrás. Se llamaba Un oscuro día de justicia y contaba de la fugaz alegría de los pupilos de un colegio irlandés, mientras esperaban que llegase el tío de uno de ellos a cagar a trompadas al celador Gielty. (Un nombre que suena muy parecido a guilty, o sea culpable.) El tío llegaba al final, pero terminaba fajado de la peor manera. Una maldad como la de Gielty —un poder como el de Gielty el culpable— no era algo que pudiese dar vuelta un hombre solo, por más que se tratase de un hombre encantador y valiente como el tío Malcolm.

La música esencial de aquel tiempo todavía pugnaba por hacerse oír. Ya había existido y dejado de existir algo llamado Almendra, y yo ni enterado. Probablemente no supiese siquiera que existía un cancionero incipiente en nuestro idioma. Para mí el rock en español eran los Teen Tops mexicanizando Long Tall Sally y las cosas que hacían Sandro y Los De Fuego en Sábados Circulares de Mancera. (¿Habré escuchado Muchacha ojos de papel, que era lo suficientemente dulce para ser radiable, sin darme cuenta?) Y sin embargo, por detrás de los decorados de la Argentina de entonces —tan pagada de sí misma como la de hoy—, Spinetta cantaba en el ’71 para que nadie lo oyese:

Después de todo tu eres la única muralla / Si no te saltas nunca darás un solo paso.

 

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Por principio, no voy a sugerir que la música del ’71 era mejor. Descubro a diario artistas nuevos que son buenos de verdad, a pesar de que casi no suenan en ninguna radio. Pero tampoco puedo ignorar cuánto cambió la función social de la música popular. A comienzos de los ’70, si lo que querías era llamar la atención del mundo —para que reparase en una realidad política, una hipocresía social, una novedad o aunque más no fuese para que descubriese tu glamorosa persona—, lo más práctico era colgarse una guitarra eléctrica del cuello. Pero si hoy te parás en una esquina con una viola, cagaste. Porque Horacio Noolvides Larrenta te embaldosa en medio minuto, y además —esto es lo importante— porque todo aquel que pase por allí vendrá sumido en su propia música.

Hasta la tecnología —que por supuesto, nunca es neutral— juega en la misma dirección introspectiva, desmovilizadora en la que está operando el poder grande. Hasta no hace tanto, la música te alcanzaba a vos: era lo que atronaba en las radios prendidas en cada ventana, lo que sonaba desde los parlantes de las disquerías del barrio, lo que escuchaba el colectivero, lo que sonaba en vivo en la tele. Si alguna canción la pegaba en serio, no había forma de que no la escuchases: era imposible caminar por Buenos Aires en el ’71 sin recibir oleadas de My Sweet Lord, o de She’s A Lady, o del tema central de la peli Shaft.

Pero ahora «música» es lo que suena en los sofisticados auriculares de cada quién, una hipodérmica que introduce su descarga directamente al cerebro. Me pregunto si será por eso —cuestión generacional— que soy el único en casa que no tiene auriculares, ni quiere tenerlos. No consigo separar el registro grabado que deseo reproducir de la conmoción física que las ondas deberían generar en mi cuerpo, si lo dejase sonar en un buen set de parlantes. Necesito que la música que me gusta repercuta sobre mi masa muscular, que me sacuda literalmente. Razón por la cual entiendo que voy a contrapelo del tiempo, cuya tecnología empuja a aislarnos cada vez más, a despojar las calles de música y enroscarla directamente en nuestros oídos — del mismo modo en que busca desmovilizarnos, alejarnos de la vía pública y encajarnos en la celda individual del home office y el delivery del universo a domicilio.

En el mismo sentido funciona la accesibilidad a un océano de música, a través de YouTube, Spotify o cualquier otra plataforma: tenemos tanta a disposición, que casi es lo mismo que no tener nada. Hablo de una masa informe donde todo está comprimido y nada se destaca o sobresale. Cuando la música que está viva de verdad debería, por definición, llamar la atención sobre sí misma y obligarte a largar cualquier otra cosa que estés haciendo para escucharla.

La tecnología y el mercado convirtieron la música en un commodity más: «Un bien tangible que puede comprarse, venderse o intercambiarse por productos de valor similar», según la definición que acabo de googlear.

Me pregunto si no estaría bueno des-commoditizar la música. Convertirla nuevamente en un bien tirando a intangible, elusivo, raro, precioso.

 

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Si lo que se quiere es conservar la cabeza por encima del agua, hay que aprender a surfear. Y cada época invita a surfear sobre una ola distinta. La música de hoy parece haberse convertido en una ola pequeña, de esas que no te llevan lejos. Lo fácil sería responsabilizar a Internet, que dinamitó un tinglado y eliminó intermediarios pero de paso jodió a los artistas, al pegar un tarascón sobre sus derechos; y a la pandemia que terminó de mearles encima, bloqueando su forma más directa de ganarse el pan: las actuaciones en vivo. Los músicos que siguen produciendo en estas circunstancias bailan con la más fea, librando la más desigual de las batallas: viven en una suerte de Franja de Gaza virtual, donde la supervivencia es una victoria en sí misma.

No hay una sola circunstancia que juegue en su favor. Por un lado, nunca hemos tenido más música disponible, y probablemente nunca se haya escuchado más música que hoy. Pero, por el otro, esa oferta tan tentadora se convierte en competencia desleal, desde que cada clic implica la opción entre una novedad y el mejor artista de todos los tiempos en su género. ¿Para qué voy a poner una canción de Greta van Fleet cuando puedo escuchar a Zeppelin por el mismo precio? Y encima, los músicos en actividad no han recibido nunca una retribución menor por la misma tarea que antes podía valer millones.

También es cierto que mucho artista se resignó al rol de amenizador de veladas, de ringtone humano. No sé a ustedes, pero a mí me cuesta bancarme a los trovadores suaves de hoy, porque una cosa es hacer música delicada —no hace falta ensordecer para que una obra llame la atención sobre la belleza que pretende corporizar— y otra muy distinta hacer música descafeinada, donde todo es funcional y está concebido y medido para no molestar ni confundir —ambiguedad cero— ni remover emociones bravas. Me despiertan la bronca que Morrissey expresaba años atrás en Panic, cuando se calentaba con los DJs «porque la música que pasan constantemente / no dice nada que tenga que ver con mi vida». Por supuesto que hay música para todos los gustos y todas las situaciones, esa no va a faltar nunca porque responde a la mano invisible del mercado. Pero cuando atravesás una época avara en canciones de esas que te abren el cielo y te explican lo que hasta entonces no entendías que necesitabas saber; cuando faltan melodías y palabras que te revelen emociones de las que tampoco te sabías capaz, es porque algo está fallando

Miren en derredor. La realidad nos está cagando a bombazos. ¿Quién de nosotros no necesita descubrir una canción recién salida del horno, de esas que te salvan la vida?

 

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Se podría decir que el cuarto de hora de la música popular como agente revulsivo y transformador ya pasó, y que ha vuelto a cumplir con la función que tenía hasta los ’60: entretener, acompañar, generar calentura, fabricar ritmos bailables y ya. Pero habiendo probado ese dulce, después de experimentar una y mil veces el sacudón que la música adecuada produce cuando vale la pena y se le da la oportunidad, me niego a conformarme. Ya sé que hoy la gente prefiere otros canales de expresión —las redes sociales, los videos de Instagram, el youtubismo, la búsqueda de fama por la fama misma—, y que cuando quiere intervenir en la realidad opta por la militancia política a la participación indirecta, oblícua que supone el arte. Pero si algo está claro es que las formas más difundidas de actuar hoy en el campo de lo público no alcanzan a marcar una diferencia; si así fuese, estaríamos mucho mejor de lo que estamos. Por eso mi mente paranoica sospecha que en la jibarización de la música popular de hoy, en su banalización, en la degradación a que se la ha sometido —pasó de Ministerio de la Belleza a subsecretaría, y gracias—, la mano del poder real tuvo algo que ver.

Y sin embargo la música sigue siendo la forma artística más movilizadora que existe. Ni el cine ni la historieta ni la literatura, con lo que las amo, circulan por las calles como un río y transfiguran una ciudad como sólo una canción puede hacerlo. Ningún otro arte arrastra millones de personas y las hace peregrinar por una provincia, un país, un continente en pos de un escenario. (¿Ustedes creen que es casualidad que el artista más popular de este país, considerando la totalidad de las artes y los géneros y sacándole dos mil cabezas al que viene segundo, sea un músico?) Por eso es hora de que den un paso al frente las pendejas y pendejos que dirán que todo lo que suena hoy es una mierda porque no cuenta, no expresa lo que está pasando; porque no puede ser que el mundo esté en llamas y de fondo suene una de Drexler. Que sea lo que sea, las pelotas. En todo caso que sea lo que deseamos que sea, que sea lo que luchamos para que sea… o que no sea nada.

Necesitamos menos gente que haga música como pidiendo perdón y más gente que haga música como diciendo: Si no me entendés es porque no entendés nada, aunque no sepa tocar más que dos acordes como sus abuelitos punk.

A este quilombo, señoras y señores, le falta su música. ¿O acaso conocen algún cambio trascendente en la historia contemporánea que haya ocurrido en silencio, sin la banda de sonido que los mismos agentes del cambio producían en simultáneo?

Si en el ’71 estaban inventando el siglo XXI, como pretendía Bowie, ya en el siglo XXI, en este 2021, ¿qué estamos creando?

 

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El niño de 9 años mueve una silla y la ubica delante del combinado. El living-comedor está en silencio, queda en un extremo de la casa y su madre y sus hermanos están lejos. Ya es de noche, no hay más luces que las que se cuelan desde la calle. Elige un disco del mueble donde mamá los guarda: uno de esos grandotes, que se llaman «long play». Se sienta y abre la tapa del equipo de música, diseñado para parecer un arcón; cada vez que lo hace la tapa cruje, como crujiría el baúl lleno de tesoros en una historia de piratas. Inserta el disco en la bandeja y activa el automático, mamá ya le enseñó cómo hacerlo. Con ese clic el equipo se ilumina por dentro, como Robby el Robot.

No sabemos cuál es el disco. Dada la fecha, podría tratarse de una canción que dice que somos arrojados a este mundo como un perro sin un hueso; o también de otra que habla de un policía que golpea a la persona equivocada, mientras el cantante se pregunta si habrá vida en otro planeta. Aunque lo más lógico sería que se tratase del primer disco que compró con sus ahorros, un doble de rebordes azules donde hay una canción que dice algo que entiende a pesar de su (aún) precario dominio del inglés: que nada es real, que convertirse en alguien es difícil pero que al final todo sale bien.

De todos modos, la canción no es lo que importa aquí. Lo que cuenta es lo que le ocurre al niño mientras, inclinado sobre el arcón como junco a la vera del agua, ve el disco que gira hipnóticamente. La melodía y las palabras que alcanza a entender le producen una emoción que lo sorprende, porque nunca antes había sentido algo así: como si su corazón hubiese sumado un ventrículo nuevo y bombease de forma torrencial, o como si se hubiese encendido una zona de su cerebro que hasta entonces dormía. Su primer impulso es el de levantarse y correr en busca de su madre, para decirle que acaba de descubrir un tesoro — a falta de mejor modo de explicar lo inexplicable. Pero al fin decide quedarse allí sentado. Cuando la canción termine puede ponerla otra vez, buscando repetir el efecto. O dejar que suene la canción que sigue, en la esperanza de que le agregue un ventrículo más —el corazón es el músculo más elástico— o que ilumine otra parte de su cabeza que vivía a oscuras.

No tendría forma de ponerlo en palabras porque ciertas intuiciones se resisten a ser descriptas, como ocurre con los sueños. Pero de algún modo el niño entiende entonces que el futuro ya no es algo informe, gaseoso, sino algo que adquirió una perspectiva: la de que el tiempo sea una sustancia a ser empleada en la búsqueda de sensaciones similares a la que le produjo esa canción. Todavía no lo sabe, pero las canciones que descubra serán su verdadera educación, aquello que —a diferencia de la escuela— lo sacará del bosque de lo indeterminado, como las migas de pan al Hansel del cuento. Esos diamantes hechos de sonido bajo presión brutal lo convertirán en quién será. Y cada vez que repase una de esas canciones, será como revivir su propia historia.

Todo lo que hoy hace falta para que el hombre de 59 se reencuentre con el niño de 9 al que todavía contiene —todo lo que necesita para que esa parte de su alma vuelva a iluminarse— es encontrar la próxima canción capaz de realizar el truco.

 

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