Vivimos en un tiempo tan extraño, que uno siente vergüenza de hablar de algo que simplemente le parece bello.
La atmósfera que nos contiene se degradó, hoy cuesta hasta respirar. En esta semana, nomás, un tipo que estuvo a esto de consagrarse Presidente huyó de su país 48 horas después: el gobierno difundió un informe trucho de Gendarmería para operar contra una causa judicial; y estalló la historia de una maestra violada y asesinada, por reclamar condiciones elementales para sus alumnos. Cosas como estas, parte de nuestro horizonte mental de cada día, hacen que solazarse ante algo que inspira deleite estético suene irresponsable.
(Algún día habría que analizar la descomunal capacidad de Milei para aniquilar todo disfrute estético. Es digna de un supervillano. Si lo mirás, hace que te duelan los ojos. Si lo oís cantar, sangrás por las orejas. El paladar te lo arruinó, desde que el presupuesto no da más que para comer porquerías. Ya ni siquiera se puede refugiar en la lectura, uno. Este viernes, queriendo evocar a Homero, Milei le dijo “Eliseo” a Odiseo. A no ser que su intención fuese citar La Elisea, esa epopeya gallega que cuenta las dificultades de don Eliseo González para volver a casa, después de ganar un campeonato de brisca haciendo trampa y, borracho de orujo, equivocar el camino.)

Si uno se dejase llevar por el clima de época, no se aplicaría a nada que no fuese la fabricación de antorchas y demás enseres inflamables. Pero, al mismo tiempo, no deberíamos permitir que nos impongan esta dinámica que no conoce más lenguaje que el de la violencia. Tiene que existir una forma de atarse al mástil como Odiseo (el griego, no el gallego), para no sucumbir al canto de las sirenas de la ultra-derecha. Porque, una vez que entraste en esa, no pensás en otra cosa que en destrucción: la que están produciendo en tu vida, la que te gustaría derramar sobre ellos — destrucción recíproca, generalizada, por doquier.
Esta semana fuimos en familia a ver una película que es excepcional por varios motivos. Algunos de ellos son fáciles de medir. Wildwood (El bosque salvaje) es el film de stop motion —esa técnica que fotografía cada movimiento que se le imprime a un objeto estático, para luego animarlo— más largo, complejo y ambicioso que haya existido. Algo meritorio en sí mismo, pero más aún en este tiempo donde se apela a la Inteligencia Artificial ante la dificultad más tonta y ya no se piensa en caminos sino en atajos. Sin ir más lejos, Elon Musk difundió días atrás los primeros siete minutos de la versión de La Odisea que está produciendo en IA, para responder a la de Christopher Nolan. La reacción del público y de la crítica ha sido coincidente: Grok Imagine es tan buena narrando como Milei cantando.

El stop motion es una técnica que está en las antípodas de la IA, porque es exquisitamente artesanal. Requiere de la construcción de muñequitos de los personajes, de caritas que aplicarles para que reproduzcan cada expresión facial, de escenarios materiales donde ubicarlos, de personal humano que modifique paulatinamente la posición de cada figura. Esa es la razón por la cual tardaron cinco años en filmar Wildwood: porque entrañó un proceso de una delicadeza proporcional a la paciencia de sus autores. El director Travis Knight tiene clara la forma en que los elementos elegidos determinan una narración. “Un lápiz es una herramienta, un pincel es una herramienta, una impresora 3D es una herramienta, un sistema de captura digital es una herramienta”, dijo en ocasión del estreno de Wildwood. “La IA no es una herramienta. La IA puede irse a la mierda (AI can go fuck itself)”.
Que Wildwood haya sido realizada de ese modo es coherente con la génesis y características del relato. En el principio, Wildwood fue una historia concebida por dos enamorados que cumplen años el mismo día, el 5 de octubre. Él, Colin Meloy, era un músico que todavía no había formado la banda que lo llevaría a aparecer dibujado en un capítulo de Los Simpson: The Decemberists, una de mis favoritas de todos los tiempos. Ella, Carson Ellis, ya era una dibujante en ascenso. Se habían conocido en la Universidad de Montana, donde Carson empezó a diseñar posters para la primera banda de Meloy, llamada Tarkio. (Tiempo después hizo lo mismo para The Decemberists, además de crear el arte de los discos, remeras y puestas en escena.) El germen de Wildwood se les ocurrió cuando se mudaron juntos a un lugar peculiar: la ciudad de Portland, en Oregon, sede de una comunidad famosa por su tendencia al exotismo neo-hippie. Vivían en lo que había sido un depósito y, como sus nuevos vecinos, estaban felices de tener a mano Forest Park, una extensión de colinas boscosas de 2.000 hectáreas, sobre ambas márgenes del río Willamette.

Meloy, que además de componer canciones con letras preciosas soñaba con crear ficción, pensó que Wildwood podía ser una linda novela, ilustrada y a la vez inspirada por los dibujos de su compañera, mezcla del preciosismo y la ingenuidad del folk y del expresionismo inventado por los alemanes. Escribió 80 páginas sobre las cuales Carson se puso a trabajar. Meloy aprovechó ese impasse para crear The Decemberists y dar forma a los primeros discos de la banda. Cuando retomó el relato, lo infló hasta las 500 páginas —es larguero como yo, otra razón para amarlo—, y así fue publicado en el año 2011. Lo siguieron otros dos libros, que completan lo que llamó Las Crónicas de Wildwood: Under Wildwood (2012) y Wildwood Imperium (2014).
Podríamos decir que Wildwood es una historia pensada para público infantil o juvenil, en una vena similar a la de Las crónicas de Narnia de C. S. Lewis. Al mismo tiempo, está escrita en un lenguaje sofisticado y describe hechos de una violencia y crueldad inusuales en los exponentes contemporáneos del género, víctimas de la corrección política mal entendida. En esencia, responde a dos impulsos creativos del dúo Meloy-Ellis: darle un trasfondo fantástico a la vida que bullía en Forest Park —tanto en el estrato vegetal como en el animal—, e imaginar un mundo donde inscribir la familia que soñaban tener. El primero de sus hijos, Hank, llegó en 2006. La dedicatoria del libro estaba cantada: Para Hank, escribe Meloy, por supuesto.

La historia ronda en torno a una chica de 12 años —esa edad liminar, cuando ya no sos una criatura pero tampoco estás en condiciones de reivindicarte grande— llamada Prue McKeel. Prue desobedece a sus padres y lleva a su hermanito de un año, Mac, a pasear por el pueblo. En el camino se encuentra con un compañero de escuela, Curtis, también de 12 años, pero del que lo separa el clásico abismo que diferencia géneros a esa misma edad. Prue es madura, decidida y tiene pretensiones intelectuales, derivadas de su afición a las lecturas. Curtis todavía es un crío timorato, el típico nerd que sólo piensa en cómics y en jueguitos. Juntos llegan a una plaza, sobre la cual confluye una bandada de cuervos que se lleva a Mac, ante su aterrada impotencia, rumbo al bosque que empieza donde la ciudad termina — un territorio donde ningún humano puede entrar.
En términos materiales, la novela Wildwood es un bello objeto en sí mismo. Me recordó los libros de Peuser —pienso en una edición de Robin Hood, ante todo— que heredé de mi madre: llenos de viñetas en blanco y negro, e intercalados por láminas en color, impresas sobre un papel satinado.
Tan pronto salió a la luz, llamó la atención de otra potencia creativa con sede en Portland: los estudios Laika, productores de películas de stop motion como Coraline (2009) y ParaNorman (2012). Formalmente, Laika le pertenece a uno de los co-fundadores de Nike, Phil Knight. Pero a Knight le salió un hijo nerd, al mejor estilo del Curtis de la novela: Travis Knight, el director de Wildwood y actual CEO de Laika, que se dedicaba a la animación stop motion desde pibe. Y Travis habrá usado guita y contactos paternos para una buena causa: la creación de un estudio dedicado a una forma artística que se niega a desaparecer bajo el alud digital —o sea, la animación stop motion—, con sensibilidad por las historias para público juvenil pero nada ingenuo. (Tanto Coraline como ParaNorman contienen elementos que otros estudios considerarían traumáticos o truculentos. De hecho, Wildwood es su primera película calificada como no recomendable para menores de 13 años.)

El tándem Meloy-Ellis no dudó. Laika era la productora ideal para recrear Wildwood con el mismo fervor artesanal que ellos habían volcado en su creación. Le cedieron los derechos en el año 2011. Las matemáticas no mienten: en total, el proceso de adaptación de Wildwood insumió quince años.
Una Odisea verde
Ver Wildwood —que milagrosamente se estrenó en versión original, además de la doblada, lo cual permite apreciar las voces de actores como Mahershala Ali, Carey Mulligan, Richard E. Grant, Tom Waits y Angela Bassett— deslumbra desde el primer momento, por su increíblemente detallada recreación de Portland. No hace falta conocer la ciudad para apreciar el primoroso cuidado puesto en ese homenaje. (Durante el paseo de Prue con su hermanito Mac, nos cruzamos con un Meloy stop motion tocando en una calle, y con una Carson Ellis stop motion vendiendo dibujos en otra, al costado de un cartel que anuncia: "Arte hecho a mano".)

Pero una vez que Prue y Curtis se adentran en el bosque, el deslumbramiento da paso a la fascinación. No sólo por las características de las criaturas que allí aparecen. (Animar a un águila gigante, lo cual implica hacerse el cargo del movimiento de cada una de sus plumas, insumió cuatro de los cinco años de rodaje.) Ante todo, uno admira la forma en que Knight & Co. dieron vida a ese bosque insondable. Porque todo bosque real es un organismo vivo. Y a la hora de reproducirlo como maqueta, se requiere verdadero talento artístico para que no parezca de piedra, una naturaleza muerta. En la película Wildwood, el bosque se ve tan animado como su contraparte de Forest Park. Para eso hizo falta un ejército de artesanos y el ojo de un director de fotografía tan celebrado como Caleb Deschanel, responsable de las imágenes de películas como The Black Stallion, The Right Stuff y The Natural.
El bosque que Prue y Curtis descubren es un universo en sí mismo. Allí conviven, y hasta se enfrentan, diversas comunidades. Existe un Principado Aviar, sede de los pájaros que se precian de su independencia. (Lo cual, por cierto, excluye a los cuervos.) Existe un pueblo de Místicos en comunión con el Árbol del Concilio, la criatura más vieja del bosque. Existen los Bandidos, que en realidad son el pueblo humano originario, desplazado de su territorio por conquista militar. Existe un gobierno humano civil, que reemplazó a la monarquía y se caracteriza por su burocracia kafkiana. Y existe todavía la reina que resultó marginada y condenada al exilio en su momento, por hacer uso de la magia negra.

Esta ex reina —Alexandra— cumple el rol de villana, pero su villanía no es de opereta, al estilo de las brujas y monarcas malvadas de los cuentos de hadas. Sus actos no derivan del ansia de poder ni de la envidia, sino de un dolor no procesado, hecho metástasis. Los hechos que describe la historia no derivan de los caprichos e idiosincrasias de niños y adolescentes, sino que son consecuencia de los actos de los adultos, en particular de aquellos que se negaron a aceptar una de las limitaciones que la vida impone, a veces de manera natural —como a los padres de Prue, que no podían concebir hijos— y a veces de manera trágica, como le ocurre a Alexandra.
Esto le da a Wildwood una densidad inusual en este tipo de relatos. La ex reina obra mal, pero Prue —y a través suyo, el espectador— no deja de empatizar con el dolor que la impulsa a obrar como obra. Y esto, a su vez, echa luz sobre el mundo real que nos toca vivir. No sé ustedes, pero cuando yo considero a gente como Trump y Milei tengo claro que no nacieron así, que no fueron monstruos desde la cuna. Intuyo que se dejaron moldear por un dolor que no metabolizaron y ocupó el lugar de su personalidad. Son tipos que quedaron fijados en una conducta que demanda afecto y atención de modo compulsivo.
Deberían ser juzgados por sus actos, nadie lo niega. Están pidiendo límites a gritos, que alguien les ponga freno. (Eso es lo que nosotros deberíamos hacer, y todavía no hicimos.) Pero la demanda de justicia no impide que uno entienda en simultáneo que nadie llega graciosamente, libremente, a los extremos de grotesquería que frecuentan. Dado que no los rodean más que obsecuentes, que volarán de su lado apenas huelan sangre, deben estar espantosamente solos. De no ser por los daños descomunales que producen, no inspirarían más que patetismo. En un posteo de esta semana, Stephen King dijo: “Trump es una especie de vampiro, que durante sus actos no chupa sangre, sino adulación. ¡Hey, eso sería una buena historia para Steve King!” — o sea, para él mismo.
Trump is sort of a vampire, sucking adulation at his rallies instead of blood. Hey, that would make a good Steve King story!!!
— Stephen King (@StephenKing) October 30, 2026
La ex reina Alexandra va quedándose tan sola como Trump y Milei, mientras que enfrente suyo empieza a amalgamarse una fuerza compuesta por las comunidades que hasta entonces preferían no tratarse, por desconfianza o indiferencia: las aves, los místicos, los bandidos, los hombres. Y el relato conduce a secuencias que constituyen un tour de force: las que describen la batalla final a campo abierto, entre el ejército de coyotes que obedece a Alexandra —armado con mosquetes, cañones y catapultas— y los informales que intentan rescatar a Prue e impedir que la ex reina destruya el bosque. Si estas escenas estuviesen filmadas con gente real, serían espectaculares. Tratándose de stop motion —lo cual reclama enormes maquetas, miles de combatientes con movimientos individuales y efectos especiales: disparos, llamaradas—, califican de antológicas.
Ver Wildwood, pues, significa asistir a un despliegue de tenacidad y artesanía de esos que cada vez son más raros. Y por eso mismo se carga las objeciones predecibles —que no te gusten los relatos de animación, que el fantasy no sea lo tuyo—, para imponerse por pura prepotencia cinematográfica.
No deja de llamar la atención que coincidan en el mismo año dos espectáculos épicos como La Odisea de Nolan y este Wildwood. ¿Será que el clima de época está empezando a invitar a otra cosa, más allá de la mera destrucción?

Todo lo que termina bien, está bien
Pensaba en la mínima comunidad de amor que gestó Wildwood, la novela. Y en la comunidad más parecida a un ejército de artistas que gestó Wildwood, la película. Y esos pactos creativos se entremezclaron en mi mente con las multitudes que se apiñaron en las calles de Brasil, durante las semanas previas al ballotage que concluyó con el triunfo de Lula. Yo veía esas imágenes —tan de epopeya como las batallas de Wildwood y El señor de los anillos, o las multitudes que se agolpaban para escuchar al Indio— y quería creer, pero claro: venía golpeado, como venimos tantos.
El primero que me habló del “Exército de Lula”, la campaña de comunicación digital que mencioné aquí el 11 de octubre, fue un amigo argentino que lleva décadas viviendo en Brasil y se llama Christian Senn. Estaba tan entusiasmado, que casi me contagia. Pero, como buen argento escéptico, recién me permití creer en las últimas horas del domingo 25, cuando se confirmó la remontada de Lula y los números empezaron a cantar victoria.

En ese momento, refrendé por las redes lo que ya había sugerido aquí el 11: el mundo cambió mucho, y ya no se puede hacer política con herramientas tradicionales y nada más. Además de ganar la calle física, hay que ganar la calle digital. Pero por supuesto, como somos triunfalistas y encima nos volvimos literales al estilo Milei, hubo muchos que concluyeron que había que imitar el modelo impuesto por el diputado Janones tal cual venía de fábrica, y empezaron a multiplicar “exércitos” por doquier. (Cuando parte del éxito de la ofensiva depende precisamente de la singularidad de la herramienta: “exército” — uno solo, bajo comando centralizado.) En consonancia, también aprovecharon la volada los guardianes de la guardia vieja, burlándose de los que aspiraban a ganar la elección del ’27 a pura cuenta nueva de WhatsApp.
Lamentablemente, las ansias de tener razón suelen imponerse a la honestidad intelectual. Nadie dice que hay que clonar una versión argenta de Janones, y mucho menos que haya que saturar las redes cuando no se definieron candidaturas ni planes de gobierno. Lo único que señalé fue el absurdo de alumbrar una campaña, en estos tiempos, que no contemple la existencia de una clara estrategia de comunicación digital. La inmensa mayoría de los seres humanos —dentro de los cuales estamos incluidos como subconjunto, los argentos, aunque a veces lo disimulemos— no tiene más información sobre lo que pasa, lo que se discute y lo que se dice, que lo que le llega por el celular. Si no está en el telefonito, no existe, nadie lo registra — no pesa, no corta ni pincha. Y si nuestras ideas no se abren espacio en el celular, tampoco llenarás la calle física. Definirse del campo popular e ignorar que hasta los más pobres tienen un celular al que usan como Pinocho a Pepito Grillo —su conciencia digital, en este caso—, sería un contrasentido.
En vez de dividir aguas, habría que poner el acento en el elemento en común. Tanto en la calle física como en la digital, de lo que se trata es de invitar a juntarse, de convocar. Desarrollar tramas humanas, potenciar comunidades. Persuadir a los ciudadanos de que todavía conservan la parcela de poder que la Constitución les reconoce y convencerlos de que pueden y deben usarlo, más allá de lo que haya en sus manos — un choripán o un iPhone.

Eso es lo que sugiere la historia reciente de Brasil, tanto como la existencia de la sociedad Meloy-Ellis y del “exército” que produjo Wildwood: que, más allá de las tecnologías del momento, sigue sin existir fuerza más poderosa que la de los humanos cuando se asocian para crear algo bello, sea artístico o socio-político. Es la misma lógica del meme que muestra al pez grande persiguiendo a los peces chicos, y abajo a los peces chicos una vez que se organizaron y persiguen al pez grande, devolviéndole la gentileza.
Empecé a hablar de Wildwood casi abochornado y terminé entendiendo que la película era más que un festín para los ojos. Cierta persona por la que siento el más grande de los respetos diría: todo tiene que ver con todo. Yo prefiero ponerlo de otro modo: con la belleza como brújula, no te perdés nunca. Andá en la dirección que señala, y siempre llegarás a buen puerto.
A fines del siglo XVI o comienzos del XVII, el tío Will Shakespeare —que tanto sabía de la condición humana— estrenó una comedia que se llama All’s Well That Ends Well. Como suele pasar, los académicos de allende el océano que reclaman el copyright de nuestro idioma tradujeron como el orto: cada vez que veo que rebautizaron la comedia shakespereana como A buen fin no hay mal principio, se me retuercen las tripas. Lo que el título original dice es muy simple: Todo lo que termina bien, está bien.
Si nos asociamos para crear poder popular, esta tragicomedia terminará bien. Y al hacerlo le daremos la razón al tío Will, y todo estará como debe, o casi.
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