Como dijo Max Weber, el que quiera escuchar sermones que regrese a los conventículos, y el que quiera indignarse que mire C5N. En la nota anterior que escribimos para El Cohete a la Luna dijimos que los jóvenes que derivan hacia el delito no lo hacen apretados por las necesidades materiales o económicas, sino, sobre todo, impulsados por el deseo, el aburrimiento o las ganas de divertirse, la rabia y el resentimiento acumulados. En esta nota quisiera demorarme en el papel que eventualmente desempeña el resentimiento en las travesuras y fechorías de los más jóvenes.
Esperando el momento
Me gustaría encarar el tema con el cuento "Las hamacas voladoras" que el escritor y periodista argentino Miguel Briante publicó en 1964, su primer libro. Sepa disculpar el lector o la lectora si les espoileo la historia, pero los cuentos están para contarse. En última instancia, siempre podrán saltearse este apartado y recomenzar la lectura en el siguiente.
El protagonista del cuento es un adolescente que trabaja en un parque de diversiones. Un trabajo ingrato, no solo porque es un adolescente, sino porque cuando el resto de los chicos están divirtiéndose, él tiene que trabajar. Para peor, imagina este lector, el patrón o encargado es un viejo amargado cuyo deporte favorito es ejercer de manera sistemática el destrato y el maltrato hacia aquellas personas que están en situación de dependencia. Como casi siempre sucede, los fracasos suelen redireccionarse hacia los actores más vulnerables que tienen a su lado, en este caso sobre aquel adolescente trabajador. Ya lo dijo Sartre: cuando uno no sabe quién te aporrea, tendemos a aporrear al que tenemos al lado. La violencia gira en redondo y daña a los propios oprimidos; se vuelve viciosa.
Imaginamos, por el soliloquio del protagonista, que sus trabajos siempre fueron humillantes. En este caso, el que tenía la manija de las hamacas voladoras era el viejo. A él, por el contrario, le tocaba la parte más pesada y la más aburrida: picar los boletos del público, repasar los asientos, aceitar los engranajes, probar las hamacas después de su reparación. Todo aquello que estuviese al alcance de los caprichos del patrón y que quedara comprendido en el horario laboral que, sospechamos también, siempre debía extenderse más de la cuenta. Así todos los fines de semana y feriados, desde hacía un par de años. En realidad, no importaba que estuviera mucho tiempo trabajando en el parque. Cuando el trabajo se vive con humillación y vergüenza, un año es mucho tiempo, demasiado. Para colmo, esos destratos no eran una excepción en su vida. Hay que leerlos al lado de otros que llegaban con el hostigamiento policial, pero también con las miradas estigmatizadoras de los transeúntes o maestros, con las golpizas de sus padres o sus propios pares. La violencia siempre llega en cadena y en incómodas cuotas.
La violencia se vivía con deshonra y odio. Un odio que empezaba a guardarse en el tiempo, que crecería con el paso de los días. El adolescente se tragaba la rabia en provecho del dinero que la familia o él necesitaban; se resignaba ante los malos tratos. Pero el odio crecía por dentro y con él también la ira y el deseo de venganza. El adolescente se sorprendía, entonces, imaginando distintas formas de desquitarse con ese viejo de mierda. Eso lo tranquilizaba y, de momento, lo consolaba y le devolvía una sonrisa. Ya encontraría el momento de devolver los golpes acumulados. “Ya vas a ver. Ya van a ver”, se repetía como un mantra. Tarde o temprano tendría frente a sí un chivo expiatorio al que le tocara pagar las culpas ajenas —o no tan ajenas— y así, reordenar el mundo, aunque sea por un rato.
Ese día finalmente llegó cuando el dueño le encomendó “agarrar la manija” y tomar el control de las hamacas voladoras. El joven sabía que las hamacas no podían exceder determinada velocidad, porque cuando eso sucedía la máquina empezaba a tambalearse y los usuarios y espectadores eran aprendidos por el pánico y la impotencia. El adolescente empezó a subir la velocidad mientras miraba al viejo de reojo, que empezaba a desesperarse. Esta vez nadie iba a detenerlo: “La palanca la tengo yo”. “Yo soy el que puede decidir ahora, viejo. Tu ruina, todo. Los de arriba ya no van a reírse porque cuando dé el octavo golpe las hamacas dan un salto. (…) Vos también tenés miedo, viejo. Estás por entender. (…) La gente corría. Vio uniformes. Pensó: Vengan. Gritó: Vení, viejo de mierda, que no van a pararme. Gritó: Vengan, gran puta”.
El resentimiento y su jungla
Max Scheler, en su clásico libro El resentimiento en la moral, definía al resentimiento como “una reacción afectiva dirigida contra otro, sentimiento que se profundiza y penetra poco a poco en el corazón de la persona al tiempo que abandona el terreno de la expresión y de la actividad”. El resentimiento como afecto senti-mental, colectivo o individual, está compuesto por una razón calculadora y sensibilidades venenosas, virulentas.
Nietzsche había dicho también que los resentimientos son como las violetas, no se dejan ver fácilmente. Para distinguir su floración hay que tirarse al piso y arrastrarse en cuatro patas. El resentimiento está hecho de pasiones bajas que no pueden digerirse, de eventos que pesan y no quieren dejarse atrás, sobre los que hay que volver a pasar y sentirlos otra vez, sea para revivir las frustraciones y juntar broncas, o para mantenerse en guardia y estar preparado, anímicamente hablando, para devolver el golpe cuando haya que pasar a la acción.
Pero entre el resentimiento y la venganza hay un trecho que se allanará con el odio que se fue guardando. Donde hay resentimiento, crece el odio. Y al odio hay que regarlo todos los días.
Los resentidos no actúan, reaccionan; no dialogan, agitan; no protestan, despotrican, bardean o se quejan en voz baja, mastican las palabras, escupen; no negocian, se abroquelan, no son personas abiertas, sino muy supersticiosas, conspiranoides, llenas de miedo y estampitas. Es una emoción pasiva, pero también una fuente constante de malentendidos, toda vez que, al no saber discernir una cosa de la otra y mezclarlo todo, va borrando las escalas hasta confundir la realidad con su imaginación ampulosa. El resentimiento, entonces, roe y clava en la tierra, entierra, le impide proyectarse hacia delante, lo ata al pasado. Los resentidos no olvidan nunca, permanecen aferrados a los hechos que los marcaron.
Según Éric Sadin, el resentimiento puede ser de dos tipos. Uno, el que se produce a partir de fenómenos colectivos, que está hecho de insatisfacciones difusas y opera como una denuncia de las dificultades cotidianas que viven un gran número de personas. Y el otro, que sería de naturaleza estrictamente individual, íntima y solitaria, “porque es experimentado por las subjetividades no solo desde el fondo de sus desilusiones y de sus sufrimientos, sino como si estuviera todavía en correlación directa con un momento de la historia que soportó, década tras década, múltiples experiencias de decepción”. La novedad hoy día —agrega Sadin— es que el resentimiento personal, a la vez aislado y extremo, se siente en una amplia escala, hasta convertirse en el espíritu de la época que averiguamos en la irritación constante. La gente anda con la mecha corta. De modo que el resentimiento no es patrimonio de estos jóvenes plebeyos. El resentimiento es la lengua franca de las personas cuando van para atrás. Su aporte, en todo caso, es la manera de tramitarlos a través de los delitos rastreros y la violencia emotiva y expresiva agregada a ellos.
El resentimiento moviliza a las personas unas contra otras. No hablamos de la reedición de la lucha de clases, sino todo lo contrario: una jungla donde impera la rumia y la desconfianza, insumos de la lucha de todos contra todos. Incluso el resentimiento, además de desviarlas contra aquellos que están al lado nuestro o muy cerca, es una manera de volver a las personas contra sí mismas o contra las personas que están a su lado. Y esto es así porque el resentimiento, dijo Mark Fisher, es una forma de anticonciencia y antisolidaridad. El resentimiento es multidireccional: ya no fluye hacia arriba, sino hacia abajo, pero también hacia los costados. Acaso por eso mismo las víctimas de los jóvenes plebeyos sean también sus propios vecinos del barrio, autores, dicho sea de paso, de gran parte de los rumores que pesan sobre sus espaldas.
Se entiende, entonces, la otra tesis de Eric Fassin, cuando sostiene que el resentimiento es la emoción que cultivan las personas que sienten que hay otras personas que están gozando en su lugar, y “si yo no gozo es por su culpa, pero esa rabia impotente se convierte en goce”. Así de retorcido puede ser el resentimiento. Siempre son los otros los que gozan en su lugar, pero al mismo tiempo, paradójicamente, garantizan su goce, puesto que le permiten exhibirse como una víctima, un loser. Ese será su desahogo, la manera de reclamar su recoveco en el mundo, de expresar el odio, el asco, la envidia, pero también el espíritu de revancha que macera en su interior. En una sociedad de mercado que interpela constantemente a nosotros y a los jóvenes para que ajusten sus estilos de vida a determinadas pautas de consumo, el resentimiento conectará enseguida con la envidia y alimentará el odio.
Motor-psico: pasaje al rito
Hace un par de años, el escritor y cineasta César González escribió un ensayo autobiográfico que llamó El niño resentido. El libro se prolonga con Rengo Yeta y promete nuevas entregas. Pero me quiero demorar en el lugar que César le dio al resentimiento como motor psico de sus acciones, ese susurro muy especial que mueve las cosas de su lugar.
A veces las burlas comienzan demasiado temprano. Cuando sos el hijo de un borracho y linyera, cuando tu mamá cayó presa por robar, cuando la policía te detiene y verduguea por portación de rostro, cuando la pobreza es un gran obstáculo para adecuarse a los estilos de vida que impone el mercado, cuando en tu propio barrio te miran con desconfianza y desprecio, cualquiera se vuelve el blanco fácil de todas las burlas del barrio y el resentimiento puede ser una manera de tomar nota y no resignarse. Hay que aprender a lidiar con las habladurías y las miradas retorcidas de los vecinos, de la yuta, los maestros, los funcionarios, los amigos.
Vamos a decirlo con las palabras de César: “¿Qué te cambia que te amen? La vida es una mierda igual”. “Robar era una minúscula revancha”, “la belleza de robar consistía en la dichosa ilusión de que la justicia podía saborearse en un instante”.
En una entrevista que le hice a César para la revista Cuestiones Criminales, le pregunté por el lugar que tenía el resentimiento como parte de su educación sentimental non sancta, por qué eligió el resentimiento para contar su historia a mitad de camino. Me parecía un poco injusto con aquel niño lleno de pasiones tristes, pero también alegres. Se lo discutí con sus propias palabras: “Cuando sos delincuente y tu albergue es la calle, no hay un segundo de aburrimiento. La vitalidad es un deber. Todo es una orgía, una festividad excesiva, no importa el día ni el horario”. César defendió su título en estos términos: “No, para mí no es injusto, es preciso. A ver… primero, porque para mí el resentimiento no es sinónimo de tristeza, ni de impotencia. Me parece una palabra maldita, una palabra que nadie elige para describirse o definirse. Y segundo, porque necesitaba un título que produzca un efecto frontal, un título… te iba a decir irónico, pero incluso cínico. Es cierto lo que me señalás; en medio de toda esa miseria que relata el libro, siempre había momentos de alegría, de belleza, de amor. Pero el libro termina donde termina, sin apelar a ningún tipo de redención, porque efectivamente yo sentía un resentimiento con la sociedad, sentía un resentimiento con la desigualdad y la pobreza que había tenido en mi vida. Ahora, cínico también, porque a lo largo de todos estos años hubo mucha gente, acá y en el exterior, en diversos ámbitos, que me ha dicho que yo estaba muy resentido: “Qué pena que estés tan resentido”. Entonces me dije: “Bueno, me voy a hacer cargo de lo que me dicen”. También hubo un texto de Mark Fisher [“¡Viva el resentimiento!”] que me hizo resignificar el resentimiento, el odio, que me llevó a abrir esta palabra tan fija, tan clausurada, a encontrarle nuevos significados”.
A veces también la violencia es la partera de las historias individuales, y el resentimiento y el odio acumulados pueden ser la mejor fuente para madurarla y no sentir culpa cuando llegue el momento del pasaje al rito.
El mito de la inocencia
El resentimiento suele ser una piedra en el zapato para la retórica progresista. Si son niños, no puede haber resentimiento. La niñez se caracteriza por su estado de inocencia. El resentimiento tiene que ser incompatible con las niñeces. Demasiado corta es la vida para que el tiempo pasado que se guarda avinagre la trayectoria. Se nos dirá: su violencia es transparente, de allí que pueda redireccionarse hacia causas externas. Los niños siempre son objeto de fuerzas que no controlan, nunca deciden nada, no tienen deseos, mucho menos si son abyectos. Ellos son siempre inocentes. La violencia de la que pueden ser dueños siempre es un dato agregado, producto del contexto. El odio parece incompatible con la niñez.
Los progresistas pretenden aniñar a los jóvenes para invisibilizar la dimensión rencorosa de estos jóvenes. El chantaje moral sigue siendo el mismo. Como escribió Andrés Barba en La república luminosa: “A cambio de amor, están obligados a sostener el mito de la inocencia. No sólo tienen que ser inocentes, sino representarlo”.
Dicho esto —y lo aclaro porque soy consciente de que parte del progresismo fue tomado por la pereza teórica y la modorra intelectual, y suele cerrarse cuando un análisis se corre de la partitura moral en la que fue entrenado y maravillado—, no estamos sosteniendo que la cárcel sea el mejor antídoto para lidiar con el resentimiento temprano. Al contrario, solo tenderá a agravar las cosas. Además, como dijo el criminólogo italiano Vincenzo Ruggiero, el tratamiento penal, al imponer etiquetas y consolidar la autoimagen de desviado-criminal, solo actuará como un acelerador de la carrera criminal, al menos por un tiempo, hasta que el joven se canse o se corra del estereotipo con el que trabaja el sistema penal.
Tanto el rencor, la envidia como el resentimiento suelen ser malos consejeros. Un adolescente cargado de resentimiento es un juguete rabioso al que lo mueven las ganas de devolver el golpe. Como dijimos alguna vez en estas mismas páginas: “Si mi vida no vale, la tuya, tampoco”.
*Esteban Rodríguez Alzueta es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata. Profesor de Sociología del Delito en la Especialización y Maestría en Criminología de la UNQ. Director del LESyC y de la revista Cuestiones Criminales. Autor, entre otros libros, de Temor y control; La máquina de la inseguridad; Vecinocracia: olfato social y linchamientos; Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil; Prudencialismo: el gobierno de la prevención; La vejez oculta y Desarmar al pibe chorro.
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