Justicia con sabor a poco

EL comienzo del juicio por la tragedia del Ara San Juan

 

La pequeña sala del Tribunal Federal de Río Gallegos, acostumbrada a una rutina tan calma como ignota, acaparó los flashes. El martes se produjo la apertura del primer juicio oral por el Ara San Juan, y en el comienzo se leyeron las acusaciones. El día posterior, en rigor, empezó el debate. Son juzgados cuatro ex oficiales de la Armada. A ocho años de la tragedia del submarino en el que murieron sus 44 tripulantes —43 hombres y una mujer—, para las querellas significa un cuadro importante pero incompleto: entienden que no están sentados en el banquillo de acusados los responsables políticos ni algunos de los altos mandos de las Fuerzas Armadas.

En primer lugar, pidió la palabra el ex jefe de la Fuerza de Submarinos, Claudio Villamide. Contestó preguntas. Es el principal imputado. El jueves estuvo el ex comandante de Adiestramiento y Alistamiento Naval Luis Enrique López Mazzeo, que también respondió preguntas. Habló durante horas. Luego fue el turno del ex jefe del Estado Mayor del Comando de la Fuerza de Submarinos, Héctor Alonso, y el viernes cerró el ex jefe del Departamento de Operaciones, Hugo Miguel Correa. En los confines del país, Río Gallegos queda a miles de kilómetros y la mayoría de los familiares no pudo viajar: les fue imposible afrontar los gastos de traslado y alojamiento. 

Antes del juicio, Villamide había sido destituido de la Armada Argentina. Es el de mayor rango entre los acusados. A los cuatro imputados se los acusa por incumplimiento, omisión de deberes y estrago culposo agravado, delitos con penas de entre uno y cinco años de cárcel. Si bien Villamide en su declaración admitió fallas del submarino, aseguró que la nave “estaba en condiciones de navegar”. Algo que, para las querellas, se ha demostrado como falso: el submarino había mostrado inconvenientes graves en misiones previas a la tragedia, con informes y auditoría interna de la propia Armada alarmando sobre sus deficiencias. La exposición de Villamide provocó profunda indignación en las familias al sostener que el buque no tenía demasiados problemas e incluso mencionar, como argumento, que contaba con “caja de herramientas y manual de reparaciones”.

Los otros imputados hablaron en el mismo tenor. “Resultó especialmente agraviante la reproducción en audiencia de un audio del capitán Fernández —último comandante del submarino—, cuyo contenido ya obra transcripto en actas. Consideramos innecesaria y dolorosa esa exposición pública, por el impacto que genera en los familiares. Las familias de los tripulantes continúan atravesando este proceso con enorme entereza, pero también enfrentando lo que perciben como intentos de minimizar responsabilidades y diluir hechos que deben ser esclarecidos en sede judicial”, dijo a este medio la abogada Valeria Carreras. 

Pedro Fernández, de 45 años, era el comandante del submarino ARA San Juan de la Armada argentina. “Baterías de proa fuera de servicio, al momento en inmersión, propulsando con circuito dividido. Sin novedades de personal. Mantendré informado”, fue el último mensaje de Fernández al capitán de navío Claudio Villamide —su principal en tierra de la Fuerza de Submarinos—, sin jamás sospechar que, horas más tarde, el San Juan sería el primer submarino hundido en la historia argentina. Dentro de este, el jefe de operaciones, Fernando Vicente Villarreal, detectó en los tableros el principio de un incendio. El último contacto fue a las 7:30 de la mañana del 15 de noviembre de 2017, a 400 kilómetros de la costa. Allí el jefe de operaciones, Villarreal, volvió a hablar desde el submarino con su superior Hugo Correa, que se había trasladado desde su casa a la Base Naval de Mar del Plata. 

Villarreal le dijo, de forma lacónica, que pasaron una noche turbulenta y que seguramente se irían a descansar “a profundidad” para evaluar la gravedad de la avería, mientras esperaba las coordenadas para un cambio de rumbo. “Lo escuché con la voz más tranquila y reposada”, declaró Correa. Al parecer, todo estaba bajo control. Lo que había ocurrido, sin embargo, no era algo apacible. Habían sido varias horas con olas gigantes, de cinco a diez metros. Solo y perdido, el ARA San Juan, de 65 metros de largo y siete de ancho, con 2.264 toneladas en inmersión y 44 tripulantes a bordo, un submarino de ataque capaz de lanzar hasta 24 torpedos, desapareció frente a las costas del golfo San Jorge, en el Atlántico Sur. “Perdió el plano”, en lenguaje naval.

En el juicio en Río Gallegos, defendiendo la postura oficial, el ex comandante López Mazzeo dijo que dentro de la Armada “jamás se dejó de reparar algo por falta de presupuesto”, afirmación que, según los abogados de los familiares, contrasta con lo señalado oportunamente por el Consejo de Armas Submarinas respecto de las limitaciones presupuestarias y las dificultades para el mantenimiento adecuado del material. También manifestó que la Marina de los Estados Unidos habría felicitado a la Armada Argentina por el estado de su flota, intentando transmitir una imagen de normalidad operativa. Respecto a las declaraciones de los otros dos imputados, Alonso y Correa, “sus manifestaciones dejaron un sabor amargo debido a la falta de contundencia y precisión en las respuestas brindadas”, de acuerdo a la abogada Carreras. Las audiencias fueron interrumpidas en varias ocasiones por momentos de tensión entre los letrados de las defensas y la querella, con fuertes cruces durante el acto procesal, debiendo intervenir el Tribunal para ordenar el debate.

Isabel Polo, hermana de Daniel Alejandro Polo, cabo primero del submarino ARA San Juan que tenía 31 años al morir, siente desencanto con lo que expresaron los acusados. Siente que callan más de lo que dicen. “Villamide y López Mazzeo dieron una especie de cátedra de sus funciones, del estado de los buques y de las cuestiones de navegación. Se los notó muy arrogantes. Si bien contestaron preguntas, da la sensación de que son sobradores con las respuestas”, dijo a El Cohete. Y agregó: “Llegué al juicio con enormes esperanzas e ilusiones. Habiendo transcurrido las primeras audiencias, la sensación es de decepción”. 

“Para mí es una pérdida de tiempo —continúa Polo, que junto a otros familiares en Buenos Aires sigue el juicio desde la transmisión por streaming—. Porque, en el mejor de los escenarios, a los imputados los condenarán a un par de años y después van a apelar y no pasará nada. En el banquillo de los acusados no están los principales mandos; ahí debería estar sentado como mínimo el ex jefe de la Armada Marcelo Srur”. Los familiares se indignan, además, porque todavía no escucharon ni un mínimo pedido de disculpas de los responsables de la Armada. “Escuchar sus relatos me da náuseas. Sus mentiras funcionan como escudo protector y para cuidarse entre ellos”, se sincera Isabel Polo. 

 

 

La rueda de testigos —se espera que sean cerca de 120 en total— está prevista para el 25 de marzo, momento en el que se reiniciaría el debate oral. La trama del ARA San Juan comprende negligencia, encubrimiento y espionaje ilegal en torno al submarino perdido. Pero en el juicio sólo se trata la negligencia y la responsabilidad de los que debieron socorrer al submarino y el alcance de sus acciones. “Hubo 44 muertos, hubo un submarino sin mantenimiento, hubo advertencias previas desatendidas, hubo más tripulantes que los permitidos y hubo fallas graves en la toma de decisiones —sintetiza Valeria Carreras—. Por ahora, asistimos a declaraciones de los jefes que dicen que no tuvieron culpa de nada y que encima se quejan de estar injustamente enjuiciados. Es algo cínico, asombroso. Todo lo ponen en responsabilidad del capitán del submarino y de la tripulación, que no están para defenderse. Pero el balance es positivo, llegamos hasta acá con las pruebas sobre la mesa, y se expone para todo el país la repetición de la farsa de la Armada. Tenemos muchísimos testigos para contrarrestarla”.

La hipótesis de la fiscalía, a cargo de Luis Alberto Colla, es que “no se debió a un hecho fortuito, sino que fue un desenlace previsible por el estado de la unidad que hizo posible el naufragio”, según leyó delante de los cuatro acusados. “El Tribunal de Santa Cruz no es el competente —se queja el abogado Luis Tagliapietra, representante de la otra querella—. Y recordé la necesidad de hacer las pericias que faltan, con personal indicado tanto del país como del exterior y de los propios miembros de las Fuerzas Armadas”. Por ahora, Tagliapietra observa una tibieza de la fiscalía en los interrogatorios.  Y le llama la atención que las defensas se sientan tan incomodadas ante las interpelaciones de la querella. 

Las navegaciones eran secreto de Estado. Los submarinos, a diferencia de otros barcos, tienen una ruta prefijada. La misión es tan confidencial que se suele dar el rumbo en un sobre cerrado al comandante para que lo abra recién en navegación. El San Juan, de fabricación alemana, perdió contacto cuando regresaba desde Ushuaia a Mar del Plata luego de reportar un desperfecto eléctrico y un principio de incendio. Una marea feroz irrumpió en la quietud de la noche. Y la nave no estaba completamente cerrada, entrando agua de mar por una de las válvulas. ¿Cuál fue el punto exacto en el que, sin saberlo, se dio el paso en falso? ¿Había entrado agua en la zona de baterías? ¿Cómo fue posible? Son las principales preguntas de la fiscalía para saber por qué se hundió. Tras una búsqueda internacional que conmocionó al país, los restos de la nave fueron hallados un año después a más de 900 metros de profundidad y a 500 km de la costa de la provincia de Santa Cruz. Están en el fondo del mar: probablemente nunca serán reflotados. 

El juicio durará varios meses: se cree que la sentencia estará entre julio y agosto. Una causa paralela, aún en instrucción, busca determinar responsabilidades en la cadena de mandos superiores que llega hasta Mauricio Macri. El ex Presidente que, de forma insólita, fue sobreseído —una vez más, con la ayudita de sus amigos de Comodoro Py— por las escuchas ilegales, agraviantes y bochornosas, que había ordenado sobre los familiares de las víctimas. 

 

 

 

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