Justicia y barbarie

Los garantes del plan

 

 

“¿Preguntas? Preguntas van a tener que contestar ustedes”
CFK en Comodoro Py, 2 de diciembre de 2019 

A fines de 1972, pocos meses antes de la victoria electoral de Héctor Cámpora —candidato del Frente Justicialista de Liberación (FREJULI)—, se estrenó en nuestro país El juez del patíbulo (The Life and Times of Judge Roy Bean, en el original). Dirigida por el gran John Huston, contó con un elenco soñado: Paul Newman, Anthony Perkins, Victoria Principal y la maravillosa Ava Gardner, entre otros. El guion, escrito por John Milius y elogiado muchos años después por Quentin Tarantino, tiene un ritmo vertiginoso al que Huston le agregó un cierto humor desangelado. El juez del patíbulo, como tantos otros westerns, trata sobre el dilema de la civilización y la barbarie, aunque, en este caso, sin el optimismo que los grandes clásicos del género depositaban en el impulso civilizatorio.

En ese sentido, podría tomarse como la continuidad lógica de otro gran western crepuscular, Un tiro en la noche (The Man Who Shot Liberty Valance), que John Ford estrenó diez años antes, en 1962. Ford plantea un dilema que podríamos calificar de sarmientino: cómo impulsar la civilización cuando las reglas son establecidas por la barbarie o, en otras palabras, cómo enfrentar a la barbarie en su propio terreno. Dicho enfrentamiento se resuelve con un duelo entre Ransom Stoddard (abogado interpretado por James Stewart) y Liberty Valance (un gran rol de Lee Marvin), el forajido que impone su propia ley a través de las armas. Inesperadamente, el enfrentamiento concluye con la muerte del segundo. Hay, sin embargo, un pequeño inconveniente ético: Valance no es abatido en buena ley (por llamarlo de alguna manera), sino por la acción clandestina de Tom Doniphon, interpretado por John Wayne. Este es un “bárbaro” que, sin comprender del todo esa civilización que defiende Stoddard, intuye que es superior al sistema impuesto por la violencia o tal vez considere que la victoria del progreso es inevitable. La muerte del supuesto bárbaro da por terminado el dominio de la fuerza bruta, abre el camino al desarrollo y en pocos años el pueblo se transforma en una ciudad próspera. Un crimen y una mentira abren así la puerta a la civilización. Es un precio que Ford acepta pagar en base a los resultados virtuosos conseguidos. No es una visión candorosa de la civilización como principio moralmente intachable, sino una opinión profundamente pragmática. Podemos sospechar que contaría con el beneplácito del autor del Facundo.

Con El juez del patíbulo, Huston da un paso más allá. Ya no se trata de aceptar que el avance civilizatorio pueda requerir de algún crimen oportuno, sino que la película trata de la pérdida de sentido de lo que significa la civilización y de cuáles son los límites de la barbarie. Es, desde ese punto de vista, una encrucijada muy actual. La justicia es impartida por un personaje grotesco, en base a lo que se le pasa por la cabeza. 

El falso juez Roy Bean existió, más allá de la ficción. Fue un personaje del Lejano Oeste, nacido alrededor de 1825 en Kentucky y fallecido a principios del siglo XX en Texas. Impartía justicia de una manera muy personal, instalado en su propio bar, el Jersey Lily Saloon, ubicado en una zona casi desértica cercana al río Grande. Aunque la leyenda popular dice que solía sentenciar a la horca repitiendo “primero cuélguenlos y luego júzguenlos” (una propuesta que simplifica la operatoria procesal), no existen registros que prueben que haya condenado a muerte a algún pobre diablo.

En otro caso célebre, que tiene todos los condimentos de una leyenda urbana, un irlandés fue acusado de asesinar a un obrero chino. Al revisar con atención su libro de leyes, Bean declaró que el código legal hablaba del asesinato de hombres, pero no mencionaba específicamente el de un “chinaman”. Con esa interpretación, cerró el caso. Fue, además, un personaje cinematográfico antes de John Huston: fue llevado a la pantalla en The Westerner, dirigida en 1940 por William Wyler y protagonizada por Gary Cooper y Doris Davenport. Esa versión, sin embargo, careció tanto del humor desangelado de Huston como del guion frenético de Milius. 

Los westerns clásicos solían ilustrar “el destino manifiesto” de los colonos en esas tierras consideradas vacías. Las caravanas de pioneros, la caballería, el ferrocarril, los fortines eran instrumentos de ese destino civilizatorio que debía luchar contra “la barbarie” de la naturaleza salvaje, los pueblos originarios y su supuesta falta de apego al trabajo duro y al progreso. El destino manifiesto fue la doctrina que justificó la política expansionista de los Estados Unidos durante el siglo XIX. Su fundamentación, casi metafísica, definía a dicho país como una nación “elegida” y destinada a expandirse desde el Atlántico hasta el Pacífico. John Cotton, clérigo puritano que llegó a Nueva Inglaterra huyendo de la intolerancia anglicana, afirmó a mediados del siglo XVII el principio básico de dicha doctrina: “Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a librar, legalmente, una guerra con ellos y a someterlos”. 

La expresión “destino manifiesto” aparecería recién dos siglos después, hacia 1845, en un artículo publicado por el abogado y periodista John L. O'Sullivan: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno”. Por supuesto, el destino manifiesto sólo incluía a quienes hubieran tomado la precaución de nacer blancos. O'Sullivan consideraba que blancos y negros no podían vivir juntos en armonía y por eso apoyaba la esclavitud. 

Aunque la doctrina del destino manifiesto puede parecer cercana a la famosa doctrina Monroe —proclamada por el Presidente James Monroe (y redactada por su secretario de Estado y sucesor en el cargo, John Quincy Adams) en 1823—, se trata en realidad de dos visiones contrapuestas. Monroe buscó proteger al continente del imperialismo de las potencias europeas. Es, en ese sentido, una política básicamente defensiva (más allá de sus utilizaciones posteriores). La doctrina del destino manifiesto, al contrario, justifica el expansionismo norteamericano, e incluso el genocidio, en base a designios más o menos celestiales. 

En su segundo discurso de investidura, el 20 de enero de 2025, Donald Trump ofreció un refrito de aquella doctrina: “Seguiremos nuestro destino manifiesto hasta las estrellas, enviando a astronautas estadounidenses a plantar las barras y estrellas (de la bandera norteamericana) en el planeta Marte”, advirtió. Por si quedara alguna duda, consideró que “la edad de oro de Estados Unidos comienza ahora mismo”. “Seremos la envidia de todas las naciones y no permitiremos que se aprovechen de nosotros ni un minuto más”. Sin buscarlo, esa última frase traduce el temor manifiesto debajo del maquillaje de matón de barrio. A diferencia de China —la economía que ha experimentado la mayor expansión y el mayor proceso de reducción de la pobreza en la historia moderna y cuyo crecimiento se resuelve a través de acuerdos comerciales (“Sin tirar un solo tiro”, diría CFK)—, los Estados Unidos intentan consolidar su hegemonía menguante a través de la amenaza de su poderío militar. Es bueno recordar que, en un país con los peores índices de pobreza entre las naciones desarrolladas, el presupuesto militar anual norteamericano —de casi un billón de dólares— es comparable al gasto militar combinado de los nueve países que le siguen en la lista (como China, Rusia, Alemania, Reino Unido e India). 

Los westerns suelen hablarnos de dos épocas. Una es la del Lejano Oeste, descripta ya sea como una edad dorada o, al contrario, como una época cuestionada desde el revisionismo. La otra es la época en la que se filmó la película, cuyos dilemas permean en la historia. Los westerns clásicos de los años ‘40 y ‘50 reflejan por lo general una etapa de certezas. El pionero se presenta como un personaje virtuoso, acorde con la visión optimista de la posguerra, la de los “Treinta Años Gloriosos” (les “Trente Glorieuses” en francés), un período de fuerte crecimiento económico y mejora del nivel de vida de las mayorías que experimentó gran parte del mundo occidental entre 1945 y 1973.

Con Un tiro en la noche, Ford pone en tensión no sólo aquel optimismo, sino incluso la misión civilizatoria norteamericana. Finalmente acepta el precio a pagar para terminar con la barbarie (un crimen y una mentira), pero al hacerlo pierde la inocencia del relato fundador. Con El juez del patíbulo, Huston patea las últimas certezas de ese candoroso relato. En los albores de la crisis del petróleo que frenaría las tres décadas de crecimiento de la clase media, los límites entre civilización y barbarie ya no parecían tan claros. El Estado de bienestar, que explicó ese crecimiento y propició una mejora inaudita en la calidad de vida de gran parte de los países de Occidente (en mayor o menor medida), pasó a ser denunciado por el manual neoliberal como parte del problema y ya no de la solución. Paradójicamente, medio siglo después de haber implementado las alucinaciones establecidas por dicho manual (jibarización de la inversión estatal, empeoramiento crónico de la educación y la salud públicas, ajuste eterno de los salarios y jubilaciones), el causante de todos los males sigue siendo el Estado, ese “pedófilo en el jardín de infantes con los nenes encadenados y bañados en vaselina”, para retomar la repulsiva metáfora de Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa. 

 

 

Como ocurría con las sentencias del falso juez Roy Bean, hoy los límites de la legalidad y la barbarie son difusos. Por si quedara alguna duda sobre la ilegitimidad de lo que los argentinos persistimos en llamar Justicia federal, en unas pocas semanas, jueces y camaristas oportunos liberaron al oficialismo y a sus apoyos políticos del fardo de las investigaciones judiciales. Cerraron la investigación por el préstamo de 57.000 millones de dólares con el FMI durante la gestión de Macri, beneficiando al ex mandatario, a Luis Caputo —el Timbero con la Nuestra—, Nicolás Dujovne y Federico Sturzenegger; mientras la Cámara Federal confirmó el sobreseimiento del ministro de Economía por presuntas negociaciones incompatibles con la función pública. Para no ser menos, el juez Marcelo Martínez de Giorgi dictó el sobreseimiento de Milei y de su hermana Karina en la causa por la criptomoneda $LIBRA. Consideró que los hechos denunciados no encuadran en ninguna figura legal (como estafa o negociaciones incompatibles). Esto sigue el pedido de sobreseimiento del parsimonioso fiscal Eduardo Taiano, luego del apartamiento de las fastidiosas querellas. Para equilibrar la balanza de la diosa Temis, el viernes pasado comenzó el juicio oral contra CFK y Máximo Kirchner por Hotesur-Los Sauces, causas en las que habían sido sobreseídos en noviembre de 2021 por el Tribunal Oral Federal N° 5. No debería sorprendernos: como ocurrió con el caso de Vialidad o el Memorándum con Irán, cuando los acusados son kirchneristas, las causas se benefician de la vida eterna enunciada en los Evangelios.  

Mientras esos jueces y camaristas liberan del fastidio de la legalidad al oficialismo y persiguen a la dirigencia kirchnerista, la Corte Suprema duerme el sueño de los justos y persiste en ignorar los planteos de inconstitucionalidad del DNU 70, una verdadera reforma constitucional de queruza. Esa pachorra intermitente no impidió que los tres operadores aterciopelados rechazaran por unanimidad y en tiempo récord los recursos de queja de la defensa de CFK en la causa Vialidad, confirmando la condena de seis años de prisión y la inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos, la pena que más interesa a sus mandantes. 

Más allá de tal o cual magistrado que intenta administrar justicia de manera imparcial y fundada en la ley, podemos considerar que el mal es sistémico: la Justicia federal se ha transformado en el grupo de tareas de nuestro establishment, así como hasta el colapso de la última dictadura cívico-militar lo fueron las Fuerzas Armadas. Como ocurre con las amenazas de matón global de Trump, es en la extravagancia de los fallos de nuestros jueces y camaristas que reside el mensaje: “Hacemos lo que queremos”. Sin embargo, haber salido a la luz, dejando el ámbito protegido de las bibliotecas de caoba lustrada y las alfombras orientales, tiene sus riesgos. Los escraches padecidos por sus señorías y el fastidio ciudadano generado por los asombrosos fallos cruzados sobre la vigencia de la Ley de Tierras ilustran el costo de ser un instrumento de la plutocracia, es decir, de quienes ejercen el poder real. 

A diferencia de lo que creen estos operadores aterciopelados, no hay ningún destino manifiesto en su tarea. No tienen un destino civilizatorio, son apenas garantes de un plan de negocios que beneficia a unos pocos y castiga a las mayorías con la pobreza planificada. Por suerte para las grandes mayorías y para el futuro de nuestro país, Néstor Kirchner demostró, apenas asumió con una cantidad escuálida de votos, que no hay runfla aristocrática que resista al ejercicio pleno e impaciente del poder popular. 

 

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