Justo nubarrones

La amenaza fantasma del remedo de la Concordancia en el curso poco feliz de la crisis argentina

 

Tiempos más que interesantes tocan vivir en medio de esta pandemia que va concluyendo, pero no tanto, cuando también se presentó entre nosotros a contagiar la Gripe A y hay nuevas cuarentenas en China por otro rebrote de Covid-19. Acerca de estos días, la sucesión de álgidos encontronazos internacionales dice –lo que duele oír–que hace un par de semanas se asentaron en terrenos geopolíticos escarpados con motivo del conflicto de Rusia con la OTAN vía Ucrania, con pronóstico reservado. Lindas piedras para las hondas, tanto las del endeudamiento externo argentino y las de la delicada situación económica del país como las que atentaron contra el despacho vicepresidencial. Entonces, cuadra preguntarse cómo percutirá la situación externa cuando hay un escenario que se va perfilando signado por el acuerdo con el FMI y los precios estratosféricos de la oferta exportable argentina, engullidos también por los estratosféricos precios de la demanda de importables.

Distintos trabajos académicos muestran que un aumento de los términos del intercambio en la periferia profundiza la desigualdad en la distribución del ingreso dentro de los países que se benefician con esa alza. La experiencia argentina 2003-2015, a contramano, fue una rareza por desmentir esa tendencia. En cambio, la situación actual pinta conforme su prontuario. Los que creen que el festival exportador permite contar con 200 o 300 dólares anuales para repartir por familia pobre en aras de parar la bronca para que todo cambie sin que nada cambie, olvidan el detalle del precio de las importaciones, que impide poner en práctica esa mínima coartada conservadora popular. Además, que el acuerdo pactado con el FMI tiene tendencia inflacionaria. Sin embargo, no es descartable (más bien lo contrario) que encuentren un fuego artificial que funcione. Al orden establecido nunca le faltó ingenio para hacer digerible el subdesarrollo amigable. Todo esto agrava una lamentable situación política de fondo, rubricada por al menos el 50% de la sociedad civil en la lona y constreñida. La otra mitad busca un encarrilamiento (a como dé lugar) en el que la parte menesterosa se comporte y no moleste. De manera que, por lo que se ve y percibe hasta el momento, la probabilidad de encontrar una salida razonable para las mayorías nacionales es muy baja. Objetivamente, estamos para el bife aventurero, siendo el abanico de los arreglos electorales en danza parte liminar del asunto. El miasma de otra vez la Concordancia impregna la atmósfera, con guerra psicológica en lugar de fraude, y todos legalmente felices.

Mientras se masculla lo que queda de este aciago día en el plano interno, darse una vuelta por algunos aspectos clave del escenario global hace a la cuestión de tomarle el pulso a los posibles impactos –directos e indirectos– en el arreglo alcanzado en las cuentas externas del país. A corto plazo, los peligros de la hambruna, y a mediano y largo plazo, la suerte de Internet resultan síntomas elocuentes de por dónde empezar.

El norteamericano David Beasley, Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (el WFP: World Food Programme), ante una pregunta en una entrevista televisiva sobre las consecuencias de Ucrania en el hambre del planeta, respondió que en realidad “me está interrogando sobre cómo elegir qué chico muere y qué chico vive”. El espanto en lo inmediato habla muy claro de la situación mundial. Para que no queden dudas del desgraciado escenario al que se enfrenta, Beasley tuiteó: “Estoy recortando las raciones en un 50% para millones en países hambrientos. Antes de la guerra de Ucrania, al WFP ya le faltaban algunos miles de millones de dólares para evitar la hambruna. Ahora el granero del mundo está cerrado. ¿Creen que la Primavera Árabe fue dura? Hoy tenemos altos precios de alimentos y combustibles, Covid y más guerras”. Beasley contrasta que con poco más de 400 billones de dólares de riqueza financiera, por 8.000 o 9.000 millones de dólares es un despropósito que esté en peligro de morir de inanición un porcentaje considerable de los 400 millones de población total de los 4 o 5 países bajo asedio del hambre.

El vocablo compuesto inglés neológico splinternet impulsa la pincelada de largo plazo que al pasar deja las promesas de la globalización en aguas de borrajas. En inglés, split significa quebrado, dividido, separado. La connotación inversa de Internet completa el sentido de frustración que trasmite el neologismo. En vez de protocolos comunes para entrelazar más rápido y libremente la comunicación entre todos los seres humanos, se teme que Internet se balcanice cada vez más con ingenios para que circulen lo que los espacios territoriales consideran adecuado a sus intereses. Algo así como aduanas ideológicas de la red. Todas las grandes ilusiones de una red neutral en las que las fronteras nacionales fueran una antigualla sin retorno del pasado descansaban en la curiosa idea de que el centro de la lucha de clases de la actual etapa por donde discurre la historia y la nación ya estaba formando parte del pasado efímero. El deseo de que Internet sea la plataforma comunicacional de un mundo guiado por la cooperación y el intercambio potencialmente beneficioso se topó con la realidad.

Posiblemente, la guerra en territorio europeo haya precipitado las pulsiones que nunca dejaron de registrarse, provenientes del insoslayable pero histórico hecho nacional. La contradicción principal de nuestro tiempo, nervio motor del cambio, es entre naciones burguesas y naciones proletarias: mal pueden entonces deshacerse sin más las fronteras nacionales. Joe Biden, al ser una continuidad en este aspecto de Donald Trump, así lo testimonia. De igual modo lo hace la Unión Europea, que con su espacio Schengen deja atrás nada menos que cinco siglos de guerras civiles. Lo mismo que el conflicto ruso-ucraniano o el comportamiento chino o japonés. En fin, de cualquier socio de la ONU que se precie. En resumen, el hambre y la red estorbada ponen en evidencia que, como miembros de la humanidad toda, seguimos solos en la madrugada, dentro de las fronteras nacionales. Y en nuestro caso, sin fijar como se debe el precio nacional más importante: el salario, condición necesaria para liquidar la crisis endémica que nos aqueja.

 

Temporada de osos

El recinto bursátil es el barómetro cotidiano de la actividad económica. Cuando el prócer Paul A. Samuelson se mofaba en su tiempo de las bolsas diciendo que “los índices de Wall Street predijeron nueve de las últimas cinco recesiones” –cosa que ahora repite su discípulo en el alma y tocayo Paul Krugman– ambos no manifiestan lucidez, sino la obtusa cortedad de los economistas neoclásicos para comprender conceptualmente la ganancia y todo lo que significa en el entramado macroeconómico. Los índices bursátiles expresan promedios ponderados del rendimiento económico de las empresas cotizantes que lo conforman y cada uno tiene su forma particular de cálculo. El beneficio o pérdida por acción impacta tanto en el precio de la misma como en el índice del que forma parte. La amarga admonición de director ejecutivo del WFP Beasley sobre los mercados de valores encuentra hoy por hoy a esos oídos sordos incluso más taponados por la suerte que están corriendo esos índices.

Desde el comienzo del año, los dos principales índices de la bolsa de New York, Standard and Poor’s y Nasdaq, cayeron un 12% y casi un 20% respectivamente. El índice bursátil regional Stoxx 600 de Europa anda 8% por debajo desde sus valores de la primera semana hábil de enero; el Xetra Dax de Alemania, 10%; el FTSE 100 de Londres, 6% y el Nikkei 225 –el principal índice de la bolsa de Tokio–, entre un 12 y un 15%. Las bolsas de Hong Kong y China andan en la misma, pero con el adicional del rebrote. Las noticias sobre un acuerdo ruso-ucraniano mejoran los índices, pero no tanto como para revertir la tendencia. No hay que perder de vista que los mercados de los países desarrollados están muy correlacionados. Un mercado que pulula por la zona baja (en jerga, bear market: mercado oso, porque los plantígrados cuando atacan zarpan para abajo) le mete más presión al riesgo argentino, que continúa en niveles de default. La razón de fondo que tiene a mal traer a la bolsa de New York (y al resto) es que la economía norteamericana se está enfriando. Sucede luego de 13 años de mercado bull (toro, ataca corneando de abajo para arriba).

A mediados de la semana pasada, la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) –por primera vez desde 2018– aumentó la tasa de fondos federales de corto plazo en un cuarto de punto porcentual, desde 0,25 a 0,50% anual. Se anunciaron seis aumentos más por el estilo este año y cinco el que viene. Primó que la recuperación de la pandemia es un hecho, junto a la necesidad que sienten de combatir la inflación más alta en cuatro décadas. En diciembre, la Fed proyectaba que la inflación anual de 2022 fuera del 2,6% y el crecimiento anual del PIB 4%. El miércoles dijeron que revisaron los pronósticos, y ahora prevén una inflación más alta del 4,3% y un crecimiento del PIB más bajo del 2,8% en 2022. A medida que aumenta la tasa de los fondos federales, también lo harán las tasas de las tarjetas de crédito, los préstamos y las hipotecas. El efecto que se busca es una reducción en el gasto.

En este panorama no sorprende que un buen número de analistas sostengan que Estados Unidos, y con gran probabilidad también los otros países desarrollados, entren en recesión en el cuarto trimestre. El presidente de la Fed, Jay Powell, lo relativizó afirmando que “la probabilidad de una recesión en el próximo año no es particularmente elevada”. Asume que la economía está fuerte como para absorber tasas más altas. La bolsa le creyó y empinaron las cotizaciones. Pero hasta ahí, según el mercado de bonos del Tesoro a 10 años. El rendimiento más plano que arrojan se ve como señal de que los inversores creen que los aumentos de tasas de la Fed afectarán a la economía más de lo esperado.

 

Es cuestión de hacer negocios cuando se viene el agua, se viene.

 

 

A la sombra de este proceso se abrió un debate entre los norteamericanos, cuyos desenlaces alternativos tienen consecuencias insoslayables sobre la economía mundial en general y la argentina en particular. Están los que opinan que la alta inflación norteamericana en 2021 fue en gran medida el resultado de factores especiales y que es probable que muchos de estos desaparezcan en 2022 y 2023, en tanto las expectativas de inflación a largo plazo han permanecido estables. Por lo tanto, la mayor parte de la alta inflación desaparecerá por sí sola y la Reserva Federal apenas tiene que poner el freno, colocando en un bajo nivel y sosteniendo ahí la tasa de referencia. El economista francés Olivier Blanchard, quien fuera cabeza del Fondo Monetario Internacional (FMI) y ahora reviste en el muy conservador Peterson Institute for International Economics (PIIE), retruca (14/03/2022) que si bien “parte de la inflación desaparecerá por sí sola”, como la parte mayor no, la Fed tendrá que ir bien arriba con la tasa de interés. En ese sentido, Blanchard cree que “es incorrecto pensar en términos de una “tasa postrera” como lo hacen los inversores financieros y los comentaristas. A menos que uno piense que todo lo que se necesitará es un monótono ajuste de la tasa de política a la tasa neutral de largo plazo y nada más, tiene poco sentido hablar de una tasa postrera. Es probable que el ajuste tenga un bache, con la tasa de política manteniéndose por encima de la tasa neutral hasta que la inflación esté bajo control y la tasa regrese a la tasa neutral a largo plazo”.

De forma asimilable a la postura de Blanchard, aunque más drásticos, se pronuncian en un trabajo de corte académico Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro de Bill Clinton y ex asesor de Barack Obama, y su acólito Alex Domash (15/03/2022). Según el dueto, “la evidencia histórica indica que cuando la inflación es tan alta como hoy y la tasa de desempleo es tan baja como hoy, la probabilidad de una recesión durante los próximos dos años es extraordinariamente alta. Además, ninguno de estos cálculos tiene en cuenta los recientes shocks de oferta asociados con la guerra en Ucrania, que sólo aumentarán aún más la probabilidad de recesión. Por lo tanto, creemos que la probabilidad de que la Fed logre un aterrizaje suave en la economía es baja”. El ángulo común a Blanchard, Summers y Domash es que si la recesión es inevitable, entonces hay que hacer ahora una política en el espíritu de la del banquero demócrata Paul Volcker, que corte de raíz la inflación. Total, el costo en términos de desempleo se va a pagar de todas maneras. Volcker, al frente de la Fed entre 1979 y 1987, elevó y mantuvo en promedio esos ocho años la tasa de los Fed Funds a 6-7% y la tasa de 10 años a 9-10%. En 1980, como la inflación no cedía, Volcker aumentó las tasas hasta un nivel del 22%. Dos años después, la inflación era del 3% anual. Había bajado desde el 11,8%. La polémica entre los chimangos y halcones monetarios (aquí no hay palomas) viene de hace un tiempo, siendo las reseñadas algunas de las manifestaciones más recientes. Por cierto en aquella época, tras la bomba Volcker, los muy endeudados países de la periferia entraron en crisis, de las que salieron recién a principios de los ’90, registrando casi todos episodios de muy alta inflación e hiperinflaciones.

  

Cerrazón e intercambio desigual

Hay una sensación de que ese mundo donde todo estaba muy interconectado ya forma parte del pasado efímero. Los vocingleros eslóganes y las voluntariosas apelaciones a la globalización y los mercados se están apagando rápidamente. Se siente el peso de la geopolítica de las grandes potencias en los rumbos económicos. Las corporaciones multinacionales, agentes efectivos de la especialización internacional, a fuerza de geopolítica desarman las redes de aprovisionamiento globales que les llevó años afianzar. A todo esto, si la solución Volcker se impone, la Argentina va a tener que transitar un camino similar al de principios de los ’80, con recesión global y todo. Materias primas se van a seguir comprando y produciendo. Responder a esa potencial desgraciada realidad o a una mejor con una superestructura política tipo la histórica Concordancia, ahonda el intercambio desigual. El excedente de los bajos salarios argentinos se transfiere al exterior a cambio de nada y se lo apropia el consumidor extranjero. Dejar el subdesarrollo debe ser el norte del plan para recomponer los ingresos de los argentinos. Tampoco parece estar en la orden del día la estructura política que lo dote del poder necesario.

 

 

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