JUSTOS

Las autoridades deberían abrir un registro de los trabajadores de salud muertos por Covid

 

La libertad de cuidar a los otros

Muchos trabajadores de salud (TS) están muriendo por su trabajo ante la pandemia. Suele escucharse que se les llama “héroes”, aunque ellos no terminan de aceptarlo. Quizá sea porque la ética del héroe evoca una virtud mayor, el valor, que en su origen es propia del guerrero. Como en Héctor o en Aquiles. Y si es verdad que el valor también es una virtud del hacer ético de los TS, ellos no se consideran guerreros porque su valor ante la enfermedad y la muerte no es su único rasgo ético.

Los trabajadores de salud, aunque comparten con el héroe guerrero la virtud del valor, tienen con ellos una gran diferencia: la finalidad de sus actos. Y el fin es la esencia misma de la ética. El guerrero muestra su valor en la batalla del matar o el morir. Es el valor de exponer la vida para la guerra ante otros guerreros. Y su virtud suele consagrarse con la mayor violencia y cantidad de muertes que logra. Las profesiones de la salud, en cambio, muestran su valor en sus luchas contra la enfermedad y la muerte. Es el valor de exponer la vida propia para la paz o el bienestar de la vida y la salud de los otros. Su virtud se consagra en la mansedumbre de la mayor cantidad de vidas que se puedan salvar y en el mayor número de personas saludables que se alcance. La diferencia ética es abismal.

A los trabajadores de salud también se les podría llamar “santos”, en tanto otra de sus virtudes coincide con la mayor de las virtudes cristianas: la caridad. Pero si bien puede decirse que todas las profesiones de la salud comparten uno de los dos supuestos de la caridad cristiana, el amar al prójimo como a sí mismo, en cambio no es exigible en las sociedades seculares que todos ellos compartan el primer supuesto de la caridad cristiana que es el amar a Dios por sobre todas las cosas.

Esas diferencias ya fueron señaladas hace varios siglos por Rodrigo de Castro en El médico político. Tratado sobre los deberes médico-políticos (1614), al buscar una base humanística no religiosa para la conducta médica: “Ante quienquiera que demande asistencia médica individual, el médico debe atenderlo e intentar curarlo con diligencia, ya sea cristiano, judío, turco, o pagano, porque todos están vinculados por el derecho de humanidad, y la humanidad requiere que todos ellos sean tratados igualitariamente por el médico”.

Visto de este modo, los trabajadores de salud que mueren en su lucha contra la enfermedad por coronavirus y el riesgo de muerte de los otros, sus pacientes, no son héroes ni santos, son personas que hacen de la justicia como igualdad su proyecto de vida. Son justos. Frente a otras opciones de ejercicio de la libertad, ese es el ejemplo de la suya en el acto diario de haber elegido un trabajo con el que comprometieron su vida por quienquiera que la tuviera en peligro, antes y durante esta pandemia en la que murieron.

 

 

Reducir y enmascarar

La creciente mercantilización del mundo de la vida va reduciendo toda moral y toda ética heredada a cálculos de utilidad. Y las profesiones de la salud han quedado en el epicentro de un desarrollo tecno-científico que en los medicamentos o las tecnologías biomédicas se asocia a uno de los mayores mercados mundiales. En este contexto, a los trabajadores de salud les cuesta resistir con su ética ante movimientos sociales y políticos que van achicando lo público, reduciendo sus presupuestos, promoviendo el individualismo, y precarizando cada día más sus condiciones de trabajo y sus sueldos y honorarios.

Hoy los TS vienen siendo reducidos progresivamente al rol de operadores técnicos de estrategias mercantiles que se miden por la eficacia y utilidad de sus productos antes que por una visión igualitaria de la vida y la salud.

Y sin embargo, la ética de las profesiones de la salud va indisociablemente unida a un actuar que tiene como fin a la integridad del paciente como persona. Su actuar técnico, científicamente fundado, no puede abandonar esa su finalidad que es el bienestar del paciente ante quien profesan su compromiso.

Es en este estado de la cuestión que enmascara la condición humana de pacientes y trabajadores de la salud, donde la pandemia se cobra a diario la muerte de muchos de ellos. Y es por eso, quizá, que no tenemos un listado de aquellos que murieron honrando la vida y el vivir con el sacrificio de la vida propia. No tenemos una lista oficial de los nombres de esos justos. Eso no está bien.

Por eso es que aquí ofrecemos una lista tan depurada como hemos podido de esos nombres, con un número cercano a la cifra de 60 TS que suele repetirse. Los listados que circulan son incompletos y algunos imprecisos ya que registran la muerte de TS “en contextos de pandemia”, lo que hace que algunos de ellos hayan muerto por accidentes. No hemos incluido estos nombres. En unos pocos casos sólo hemos encontrado la mención de un nombre y la hemos registrado con el fin de buscar más información. Cuando hemos podido, recogemos algunas señas de las semblanzas dadas por familiares, amigos o compañeros de trabajo.

 

 

El lecho de los justos

 

 

 

Luis Agüero, enfermero del Hospital Materno Infantil de La Rioja; José Aguirre, 56, enfermero del Hospital Rivadavia, tucumano, cuatro hijos, hipertenso, hombre de pocas palabras, no merecía morir solo; Daniel Aguirre, enfermero del Hospital Thompson de San Martín; Mónica Albornoz, 56, enfermera del Hospital Provincial de General Pacheco, Tigre, “segunda mamá” de médicos residentes; Pamela Amaru; Alex Aquiño, enfermero del Hospital Bocalandro de Loma Hermosa en Tres de Febrero; Paulino Arjona, enfermero del Hospital Posadas, salteño; Patricia Barreiro; Julieta Bogado; Héctor Bornes, 56, médico clínico del Hospital Marzetti de San Vicente, nunca le gustó estar en las noticias, era de perfil bajo; Cimar Terceros Castillo, 38, médico cardiólogo del Hospital Municipal Raúl Larcade de San Miguel, boliviano, pluriempleado; Claudio Cisneros, 58, enfermero del Hospital Materno-Infantil Eduardo Oller de Solano, Quilmes;  Miguel Ángel Codino, 61, enfermero del Hospital Eva Perón de San Martín, nunca dudaba en ayudar a quien lo necesitara y encabezó un reclamo por mejores condiciones de trabajo ante la pandemia; Silvio Cufré, 47, enfermero del Instituto Médico de Brandsen,  tenía buena mano para las inyecciones, salió para hacerse un chequeo y nunca volvió, murió sin saber que tenía Covid, al cementerio pudieron ir cinco personas, y amenazaron a su familia con quemarles la casa; Silvia Chiappa, enfermera del Hospital Eva Perón de San Martín; Ernesto Dragoevich, trabajador en la Morgue del Hospital Posadas, nació en ese hospital en 1975 y sus padres debieron exiliarse; Miguel Duré, 53, médico, jefe de terapia intensiva en el Hospital Perrando de Resistencia, Chaco, bostero de alma, le gustaba jugar algún picado cuando tenía tiempo; María Laura Estanga, médica neonatóloga del Hospital Rivadavia; Horacio Ejilevich Grimaldi, médico psicólogo del Hospital Municipal San José, creador de la Fundación Jung de psicología analítica; Mirtha Godoy Rodríguez, 49, enfermera del Sanatorio del Oeste de Ituzaingó, paraguaya; Noemí Gómez, 32, enfermera del Hospital Municipal Sanguinetti de Pilar, dos hijos; Francisca González, enfermera del Hospital Materno Infantil Eduardo Oller de Solano, Quilmes; Julio Gutiérrez, 52, enfermero del Hospital Durand, asmático, no fue licenciado; Ariel Herrera, 45, enfermero del Centro de Salud N°17 de San Martín, comprometido con la salud y la universidad pública; Isabel; Carlos Jaime, 52, enfermero del Centro Javier Sábato de Berazategui y del Hospital Presidente Perón de Avellaneda, diabético, hipertenso; Eugenio Kosamel; María Ester Ledesma, 50, enfermera del Hospital Gandulfo de Lomas de Zamora, diabética, obligada a trabajar, contagió a su madre que también falleció; Grover Licona Díaz, 45, enfermero del Hospital Durand, boliviano, con enfermedad de Chagas, dos hijos; Cristina Lorenzo, 62, enfermera del Hospital Central Melchor Posse de San Isidro; María Silvina Loza, 45, enfermera; Miguel Luna, camillero, Hospital Thompson de San Martín; Ernesto Maldonado, enfermero-camillero del Hospital Eva Perón de San Martín; Francisco Marín, 61, médico cardiólogo, director de Salubridad en Resistencia, Chaco, su hija dijo que enseñó que el amor al prójimo, sea quien sea, tiene que estar presente; Mónica Manrique, enfermera del Sanatorio San Juan de Lanús; Julio May; Pablo Ariel Mené, auxiliar de esterilización del Hospital Posadas, siempre de buen humor, fanático de River, escuchaba a Metallica todas las mañanas; Carlos Moyano; Mónica Moyano, de 33, enfermera de la Unidad Médica Educativa Uncaus de Saénz Peña, Chaco; Bernardo Muñiz, 40, enfermero del Penal de Choele-Choel, solidario, si podía darte una mano te la daba; Juana Núñez; Lucila Nuñez, 57, enfermera del Hospital Gandulfo de Lomas de Zamora; Javier Ortiz Miranda, camillero de la Clínica Privada La Merced de Martín Coronado, Tres de Febrero, obeso, asmático, con una hija de tres años; Isidoro Olivares; Gustavo Olivera; Alejandro Passarelli, 59, médico del Hospital Castro Rendón de Neuquén; Laura Pérez; Félix Manuel Ramirez Sosa, 61, médico cardiólogo de la Clínica Privada Gral. Belgrano de Quilmes; Ramona; Martín Ramos, enfermero del Hospital de Clínicas y el Hospital Fiorito de Avellaneda; Sergio Rey, 59, enfermero del Hospital Evita de Lanús; Elia Ríos García; Elena Rojas, 62, médica terapista de la Clínica San Carlos de Escobar, trabajaba con adultos mayores; Guillermo Romero; Marcelo Romio, 64, enfermero de la Municipalidad de Florencio Varela, cuidaba a pacientes afectados de Covid; Liliana del Carmen Ruiz, 52, médica pediatra del Hospital Vera Barros de La Rioja, durante su infancia jugaba con muñecas de trapo; Laura Venturi; Virginia Viravica, 61, enfermera del Hospital Durand; Benito Yucra, 65, médico del Sistema de Emergencias Médicas de Florencio Varela y del Hospital Thompson de San Martín.

 

La deuda con Esculapio

 

Jacques-Louis David, La muerte de Sócrates, 1787.

 

En el Fedón, Platón relata el momento de la muerte de Sócrates y menciona las últimas palabras que le dice a uno de sus discípulos después de haber bebido la cicuta: “Critón, debemos un gallo a Esculapio, no te olvides de pagar esta deuda”. La frase refiere a una ofrenda que se hacía al dios de la medicina para agradecerle por la curación brindada a alguien.

Las autoridades sanitarias deberían abrir un registro permanentemente actualizado de los trabajadores de salud muertos por Covid en el ejercicio de sus tareas durante la pandemia. Ese registro no sólo sería un homenaje permanente a cada uno de esos trabajadores, sino que al final de este drama que hoy vivimos, ya tendríamos dispuesta la lista con sus nombres y sus datos para construir el memorial de la salud que les debemos.

 

 

 

14 Comentarios
  1. HERNÁN DE ROSARIO dice

    En su profundo y humano artículo el doctor Tealdi expresa:

    “Visto de este modo, los trabajadores de salud que mueren en su lucha contra la enfermedad por coronavirus y el riesgo de muerte de los otros, sus pacientes, no son héroes ni santos, son personas que hacen de la justicia como igualdad su proyecto de vida. Son justos. Frente a otras opciones de ejercicio de la libertad, ese es el ejemplo de la suya en el acto diario de haber elegido un trabajo con el que comprometieron su vida por quienquiera que la tuviera en peligro, antes y durante esta pandemia en la que murieron”.

    Los trabajadores de la salud que están al pie del cañón en la lucha contra el coronavirus hacen lo imposible, arriesgando su propia vida, por asegurar a los pacientes graves el sagrado derecho a una muerte digna. Son, como bien señala el doctor Tealdi, hombres y mujeres justos. A continuación me tomo el atrevimiento de transcribir casi la totalidad de un excelente artículo de Fritz Eduardo Gempeler Rueda (médico anestesiólogo y profesor asociado de la Facultad de Medicina de la Pontifica Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia) titulado “Derecho a morir dignamente” (abril de 2015).

    Muerte digna

    Los conceptos morir con dignidad o derecho a una muerte digna han despertado extensas discusiones y existen perspectivas muy diferentes. Para algunos es sinónimo del derecho a disponer de la propia vida, basados en el principio de autonomía —por ejemplo, el suicidio asistido o la eutanasia—; mientras que para otros se trata de la posibilidad de morir sin dolor, con serenidad, acompañado y reconciliado consigo mismo y con los demás. Morir con dignidad es un acto humano que se asume de acuerdo con la visión metafísica y religiosa de cada uno. Para hablar de muerte digna es necesario precisar que la muerte, en sí, tiene un significado diferente en cada persona, dependiendo de la edad, las tradiciones, la cultura, la religión, entre otros; además, es una situación inevitable que cada persona enfrentará tarde o temprano, independientemente de su nivel socioeconómico, cultura, origen, educación, etc. Por desgracia, cada día la aceptación de la muerte como parte inherente de cada uno es menos frecuente. La poca aceptación de la muerte en la sociedad actual está dada por múltiples factores. Uno de ellos es la “hospitalización de la muerte”. Cada día la muerte se aleja más de la vida cotidiana y “se hospitaliza”, ya que la muerte sucede con mayor frecuencia en los hospitales. El patrón cultural de morir en casa perduró durante muchos años y aún persiste en algunas zonas rurales. Los enfermos agonizantes eran llevados a casa, donde morían en compañía de sus familiares y, la mayoría de las veces, con asistencia espiritual, lo que hacía que toda la familia experimentara qué era la muerte, la veían en su propia casa y eran conscientes de ella. La aparición de los hospitales con tratamientos médicos que auguraban curación y prolongación de la vida, llevó a los pacientes a hospitalizarse. La muerte y el morir cada vez más se fueron separando de la vida corriente.

    Hoy en día, los pacientes críticos son llevados a los hospitales y allí son recluidos en las unidades de cuidado intensivo, donde hay pocas horas de visitas e, incluso, cuando un paciente está agonizando o muere, el acceso de la familia es limitado. Los pacientes terminales con poca o ninguna expectativa de vida son también aislados en el último cuarto de hospitalización y pocas veces son visitados o atendidos por el grupo tratante. El proceso de la muerte y el morir se ha convertido en un suceso escondido de la vida cotidiana, aun para muchos médicos. Este hecho lleva a que la mayoría de las personas no hayan experimentado la muerte de un familiar o amigo de forma cercana, lo cual hace más difícil la interiorización de la muerte como parte del proceso normal de la vida diaria. La medicina de hoy en día ha logrado prolongar la vida y combate multitud de enfermedades antes mortales; pero no puede evitar la muerte. En ocasiones, el intento de prolongar la vida falla y, paradójicamente, lo que consigue es prolongar la muerte o, más bien, la agonía, lo que aumenta el sufrimiento del paciente y sus familiares, con excesos terapéuticos sobre la falsa base de la defensa ilimitada de la vida. En realidad, es sorprendente lo que la medicina moderna ha logrado. Si un paciente no puede respirar, se soluciona con un tubo endotraqueal y un ventilador; si tiene una infección en la sangre, se inician antibióticos potentes y se hacen seguimientos continuos; si tiene mucho líquido alrededor del pulmón, se pone un tubo en el tórax; si el corazón para su actividad, se inicia un masaje cardiaco y se dan medicamentos para mantener su actividad, y así se podrían enumerar millones de acciones que los médicos hacen a diario. No obstante, una de las acciones más difíciles en la práctica clínica actual atomizada en especialidades es reconocer cuándo las intervenciones no cambian el panorama general y reconocer que la solución de problemas específicos no podrá mejorar el cuadro clínico global; en otras palabras, identificar cuándo no se está beneficiando integralmente al paciente.

    Si hacemos una analogía tradicional, esta es la adaptación de la medicina al refrán “no poder ver el bosque porque los árboles nos lo impiden”. Los médicos, con buena intención, buscan siempre qué es lo siguiente por hacer; pero es necesario identificar cuándo utilizar o no el amplio armamento terapéutico cada días más amplio. Aquí es donde toma importancia el principio de beneficencia y autonomía. La medicina actual tiene la capacidad de lograr una multitud de efectos, mas ninguno es, en principio, benéfico para el paciente, a menos que este lo aprecie como tal. Por desgracia, en ocasiones se olvida este asunto fundamental y el clínico se centra únicamente en mantener vivo al paciente a toda costa y se olvida muchas veces de los deseos y expectativas de este. Si no se le pregunta al paciente si quiere que se le realicen los procedimientos, los médicos solo seguirán intentando más intervenciones desde la mirada obtusa de cada especialidad y el idealismo de “salvar vidas”. Los pacientes y sus familias exigen al cuerpo médico “hacer todo” para prolongar su vida; pero, en muchas ocasiones, por desgracia, tienen poca idea de lo que significa “todo”. Esto es porque nadie se ha tomado el tiempo de explicarles cuál es la situación real con claridad. El problema radica en los médicos, pues se ha dejado de tener conversaciones específicas con los pacientes y sus familias sobre cómo vivir el final de su vida o, más bien, de cómo morir. Las razones son múltiples. Los médicos no estamos capacitados para tener estas discusiones. Cuando tratamos de explicarles a los pacientes y sus familias la situación clínica terminal, somos ambiguos y abstractos, utilizamos un vocabulario técnico y frío, y así los dejamos confundidos y asustados, muchas veces pensando que no van a ser bien atendidos si suspendemos algún tratamiento. La mayoría sienten que los hemos abandonado. Con frecuencia, familiares y pacientes se sienten responsables de su propia confusión, sin darse cuenta de que refleja la incapacidad de los médicos para comunicarse de manera efectiva con sus pacientes. El primer paso para lograr una muerte digna está en el retorno a la herramienta más efectiva y antigua de la medicina: hablar y comunicarse con los pacientes; hablar y oír sobre sus deseos de cómo quieren vivir su tiempo restante.

    Es responsabilidad de los médicos entender sus anhelos, creencias o preocupaciones, y explicar con claridad la situación única que están viviendo, las opciones de manejo y tratamiento, así como hacerles conocer las consecuencias posibles del camino que elijan. Cuando el final de la vida se acerca, se debe permitir el suficiente tiempo para conversar y explicar a los pacientes gravemente enfermos las opciones de atención médica, incluida la opción de renunciar a un sinnúmero de intervenciones. Solo así los pacientes pueden realmente elegir cómo pasar sus últimos días. El éxito de esta conversación está en la participación activa y plenamente informada de los pacientes y sus familiares. Entre las preguntas que se deben considerar y discutir con el paciente y su familia están: ¿qué es importante para usted en su vida? Si no fuera capaz de hacer las actividades que le gustan, ¿existen tratamientos médicos que serían excesivos? ¿Tiene alguna creencia espiritual, religiosa, filosófica o cultural que lo guía para tomar decisiones? Las respuestas a estas preguntas quedan plasmadas en un documento conocido como voluntad anticipada o testamento vital, donde se registran con anterioridad los deseos para cuando llegue el final de la vida. Algunas personas elegirán todas las terapias, no importa qué tan extremas, dolorosas o experimentales sean, con el único objetivo de evitar la muerte y aferrarse a la vida; otras dejarán las decisiones al final de su vida a sus médicos de cabecera, sin cuestionarlas. Otros optarán por el cuidado general de síntomas para garantizar la comodidad, y poder pasar los últimos días con sus familiares más cercanos. Otros preferirán terminar con todo sufrimiento de manera voluntaria y rápida, como es el caso de la eutanasia y el suicidio asistido. Al hablar de eutanasia, se diferencia entre eutanasia activa y pasiva, lo cual aumenta la confusión semántica y restringe las decisiones médicas.

    Muchos autores han propuesto utilizar el término eutanasia referido únicamente a la eutanasia activa, o sea, exclusivamente a la acción médica que tiene como consecuencia directa la muerte del paciente, con la intención de terminar así con su sufrimiento. Este concepto deja de lado el concepto eutanasia pasiva, por lo cual se recomienda no usarlo más, pues se incluiría como formas de eutanasia un número ilimitado de decisiones médicas tomadas con otros fundamentos. Esto trae evidentemente una valoración ética y moral diferente. En resumen, la diferencia está entre producir y permitir la muerte. La actitud médica de permitir la muerte, en vez de prolongar la agonía, se denomina limitación del esfuerzo terapéutico, reorientación terapéutica o proporcionalidad terapéutica, no como todavía algunos erradamente entienden eutanasia pasiva. El no instaurar o suspender los tratamientos fútiles es un acto ético, por cuanto constituye una práctica médica correcta, especialmente humana. Habitualmente, la decisión de no iniciar o retirar un tratamiento médico resulta de la desproporción de los procedimientos en relación con la perspectiva de mejora y el daño causado al paciente, sobre todo dolor y padecimiento; hecho frecuente en la medicina de hoy, superespecializada y segmentada, donde al enfrentarse a enfermedades catastróficas y terminales, se pasa muy fácil de tratamientos habituales a excesos de tratamiento y la mayoría de los pacientes simplemente pierden la posibilidad de decir “no más”. Lo que más necesitan los pacientes cuando se enfrentan a una enfermedad catastrófica, o terminal, no es el ofrecimiento de una nueva terapia, sino una guía que los ayude a tomar decisiones. Las personas requieren médicos lo suficientemente honestos y capaces de explicar las posibilidades terapéuticas e intervenciones posibles, con los riesgos y beneficios que las acompañan, y discutir si esas actuaciones serían beneficiosas para su bienestar general. En estas situaciones, los médicos deben apartarse de la concepción convencional de que lo importante es salvar una vida a toda costa. Solo cuando el médico conoce y entiende esta variabilidad interindividual en el concepto, en la actitud y en la aceptación de la enfermedad y la muerte, y cuando decide respetarla, se puede dar el gran paso hacia la humanización de la medicina y la muerte digna de sus pacientes.

    Por otra parte, también es nocivo para el paciente la aceptación de la eutanasia o del suicidio asistido como única forma de muerte digna. En ambos extremos —el exceso terapéutico ya expuesto y la eutanasia como único método (aunque existan buenas intenciones, diferentes razones y circunstancias)— se deja de respetar la voluntad individual del paciente y muchas veces también su autonomía. Definir la muerte digna no es un tema solo médico, sino un tema social y cultural. No puede haber un concepto único de muerte digna y lo que debe primar es el deseo y las necesidades básicas del paciente. Como se puede vislumbrar, en el proceso de la muerte digna, el papel del médico es crucial, pues debe iniciar, continuar o suspender tratamientos acorde con los deseos y estado del paciente. Dicho papel está influenciado por sus propias percepciones, creencias, religiosidad y experiencias personales. Por esta razón, el médico debe tener conciencia de cuál es su propia relación con estos conceptos, de manera que pueda ponerlos a un lado al tomar las decisiones, con base en los valores de los pacientes, más que en los propios, sin que ello signifique renunciar a sus principios éticos. Vale la pena hacer hincapié en que el periodo del final de la vida es un momento difícil, para médicos, pacientes y familiares, en que se deben tomar decisiones que establezcan los cuidados y tratamientos que el paciente terminal requiere, a fin de fijar con claridad sus objetivos. Estas pueden referirse a limitar tratamientos desproporcionados o fútiles de soporte vital, de accesos vasculares, monitorización de parámetros biológicos, inicio de nuevos tratamientos, suspensión de algunos de ellos o de técnicas diagnósticas innecesarias. En conjunto, se trata de lo que hoy se conoce como limitación de esfuerzos terapéuticos, reorientación terapéutica o proporcionalidad terapéutica. El hecho de no tomar este tipo de decisiones puede llevar a una prolongación del sufrimiento y la agonía, lo cual, desde el punto de vista ético, impide la muerte digna y constituye una violación del principio bioético de no maleficencia.

    La muerte es una realidad ineludible y no un derecho o una opción. El derecho a morir debe entenderse, de este modo, como el derecho a morir en determinadas condiciones de cuidado, lo cual tiene que ver con los manejos y tratamientos que las personas reciben al final de su vida, que pueden ser insuficientes, proporcionados, excesivos o, aun, encaminados a producir la muerte, según el deseo de cada paciente. Si se entiende de esta manera, la responsabilidad del médico y otros profesionales de la salud, en cuanto a la humanización de la medicina hacia una muerte digna, favorecerá y respetará las decisiones y valores de cada paciente y sus familiares, previa información y conversación adecuadas. Así mismo, las instituciones de salud tienen la responsabilidad de crear espacios apropiados para el buen morir, donde con la atención médica necesaria para su situación terminal los pacientes están en un ambiente tranquilo, cálido, sin dolor y en compañía de sus familiares y amigos más cercanos, si así lo desearan en los últimos momentos de sus vidas. El alcanzar un escenario adecuado para la muerte digna no es más que un gran paso hacia la humanización de la medicina, en que se respeta la autonomía de cada paciente.

  2. Unomás dice

    Adhiero a lo manifestado por el Sr. Tealdi. Quiero pensar que los respectivos Ministerios de Salud están realizando esa tarea, a pesar de que no lo hagan público. Pero creo que deberíamos también hacer hincapié en un par de cuestiones relacionadas: en el transcurso de la semana pasada, el mismo día cuando se informaba sobre un récord de muertes y contagios, los noticieros de la mañana nos comunicaban que desde temprano y hasta las 15:00, en el centro porteño se iban a realizar seis manifestaciones. ¿Alguien puede explicarme su necesidad en un contexto de excepcionalidad como el que vivimos, en el que prácticamente la única certeza que tenemos es que el distanciamiento es la forma más segura de evitar la propagación del virus? ¿Qué sentido tienen los mensajes oficiales diciendo «cuídense», «quédense en sus casas», «sean responsables» si habilitan la circulación multitudinaria e incontralada? Y no pongo aquí en cuestión los motivos de dichas manifestaciones, lo que creo es que el cuidado de la vida es más importante: no solo la del manifestante, sino la de sus allegados y también la del personal sanitario, el mismo que arriesgará su vida por salvar la nuestra sin preguntarnos si somos o no «anticuarentena». Entiendo al trabajador que todos los días debe dejar su domicilio para lograr su sustento, y también al comerciante que necesita ingresos: no entiendo la movilización de miles de personas con reivindicaciones de tipo político o gremial. Sí, claro que algunas de ellas son justas, y hasta puedo llegar a compartirlas, pero por favor: ¡entiendan que no vamos a salir de esta crisis sanitaria con comportamientos irresponsables aunque tengan el visto bueno de las autoridades!
    Evitar crear las condiciones para la propagación del virus: esto es lo que más inmediatamente está a nuestro alcance, lo que como ciudadanos podemos hacer. Desde las autoridades: proveer al personal de la salud de los elementos necesarios para resguardar su seguridad en el ejercicio de su función, asegurarles un ingreso tal que contemple -y compense- su enorme esfuerzo, asegurarle el descanso, tomar a su cargo el cuidado del núcleo familiar del personal sanitario afectado, poner a su alcance y sin costo para él vivienda digna y asistencia de otros profesionales si fuera necesario (psicólogos, etc.)…
    Debemos honrar sí, al personal sanitario. Honrémoslo, pero empecemos por cuidarlo.

  3. Helida López dice

    Mi sentido pésame a los familiares de los/las trabajadores de la salud que pagaron con tan alto precio su opción laboral, en este milenio ya marchito apenas comenzado. Ojalá, los supervivientes logren levantar cabeza y no deban irse del país. Nuestra sociedad debe crecer en ciudadanía y esta circunstancia es una oportunidad. Tengo una entrañable amiga/colega que trabaja en la salud específicamente con los contagiados que llegan a San Juan. Desolador. Ojalá no sigamos los pasos del apaleado pueblo jujeño con esta pandema mundial!

  4. Tere Sotelino dice

    Los informes del avance del covid deberian incluir los nombres y fotos de los muertos para que los números cobren sentido. Siento como si fueran desaparecidos. Seria mas dificil negar la pandemia con un registro así.
    Gracias por empezar por los trabajadores de la salud

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