La acusación de antisemitismo

Una estratagema retórica para intentar acallar las denuncias contra el Estado de Israel

 

Según el teólogo cristiano Hans Küng en El Judaísmo (Ed. Trotta), el anti-judaísmo –un sentimiento y actitud de rechazo al judío por su pertenencia a la religión judía– precedió en varios siglos al antisemitismo. Este último es un fenómeno despreciable que emerge con fuerza en la Europa de mediados del siglo XIX cuando adquiere carta de ciudadanía el paradigma del racismo, es decir la creencia de que existen diferencias esenciales entre razas humanas. En 1855 el francés Arthur de Gobineau publicó su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, que puede considerarse la obra inaugural del racismo, y en el mismo año Ernest Renan dio a conocer su Historia de las lenguas semíticas, afirmando que los pueblos semitas son inferiores a los pueblos arios. De este modo se pasa de diferencias lingüísticas a diferencias de raza, estableciendo categorías que han quedado totalmente desacreditadas por la ciencia moderna. El término antisemitismo lo utilizó por primera vez en 1873 el periodista alemán Wilhelm Marr para descalificar a los judíos, definidos como un grupo étnico, como una “raza inferior”, no como los simples seguidores de un credo religioso. El antisemitismo moderno es, por lo tanto, un fenómeno político europeo que desembocó en el terrible genocidio de judíos, gitanos, eslavos y homosexuales que llevó a cabo el régimen nazi. Al ser un fenómeno vasto y complejo, se puede sintetizar con la idea expuesta por H. Greive de que el antisemitismo tiene que ver más con los ‘no judíos’ que con ‘los judíos’ al ser un componente del irracionalismo, es decir la búsqueda e identificación de un enemigo, causante de todos los males sociales.

 

El sionismo

Una de las consecuencias derivadas del antisemitismo europeo ha sido el surgimiento de un movimiento nacionalista judío que reclamaba un hogar para los judíos, una suerte de refugio frente a un mundo hostil plagado de antisemitismo. Debemos situarnos en la época, cuando se produce el surgimiento del nacionalismo romántico, que sostenía la tesis de que cada comunidad orgánica, cada pueblo común, debía dotarse de un Estado común. El padre del sionismo moderno, Theodor Herzl, autor de El Estado judío, publicado en 1896, consideró que lo único que unía al pueblo judío, culturalmente diverso y geográficamente disperso, era su vulnerabilidad frente a las persecuciones antisemitas, una situación que requería un “Estado para los judíos”. La conformación de un nuevo Estado demandaba una base territorial de asentamiento, por lo que Herzl, que era un judío laico, sugirió en su libro varios lugares –entre ellos Uganda y la Argentina– donde “un pueblo sin tierra” pudiera encontrar “una tierra sin pueblo”. Posteriormente, el Primer Congreso Sionista de Basilea, celebrado en esa ciudad suiza en 1897, declaró que “el sionismo busca establecer un hogar para el pueblo judío en Palestina garantizado en virtud del derecho internacional”. El Programa de Basilea sostenía que “el sionismo tiene por objeto establecer para el pueblo judío un hogar seguro pública y jurídicamente en Palestina”. Para el logro de ese objetivo, el congreso consideraba necesaria la promoción de asentamientos judíos de agricultores, artesanos y comerciantes en Palestina. Cabe añadir que en la narrativa que acompañó la empresa de colonización se acudió a la Biblia, para afirmar que Israel es la misma tierra que fue prometida por Dios a Abraham y que había existido como reino hasta el 70 d.C. cuando los romanos demolieron el Templo y exiliaron a su pueblo. Ilan Pappé señala que uno de los usos más intrigantes de la Biblia por el sionismo es el practicado por el ala socialista del movimiento que, aunque no creía en Dios, proclamaba que éste les había prometido Palestina.

La forma en que se llevó a cabo el proceso de colonización en Palestina ha sido descripta por la “nueva escuela de historiadores judíos”, que tuvieron acceso a fuentes primarias provenientes de la desclasificación de documentos al cumplirse 30 años de la fundación de Israel. Esta corriente intelectual está conformada por personas de ascendencia judía, entre los que se destacan Ilan Pappé –autor de La limpieza étnica de Palestina y Los diez mitos de Israel, entre otros ensayos–; Avi Shlaim –autor de numerosos ensayos, el más conocido es El muro de hierro; Shlomo Sand, quien escribió La invención del pueblo judío, libro que fue best seller en Israel y al que siguió La invención de la Tierra de Israel, donde desmonta el mito del éxodo, y finalmente una lista de otros intelectuales relevantes como Noam Chomsky, Benny Morris, Simha Flapan, Tom Segev, Hillel Cohen, Baruj Kimmerling, Jooel Migdal, Idit Zertal, etc. Todos estos autores coinciden en describir la ocupación de Palestina por el sionismo como un movimiento colonial de pobladores similar a las migraciones de los europeos que habían colonizado las dos Américas, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda.

 

Un régimen de apartheid

Los resultados de estos procesos de colonización son conocidos. En América, tanto en el sur como en el norte, los nativos fueron masacrados. Un destino similar tuvieron los aborígenes en Australia y Nueva Zelanda. En Sudáfrica estos procesos terminaron con la imposición de un sistema de apartheid y otro tanto ha acontecido en Israel, donde un proceso de limpieza étnica desplazó a una parte considerable de los nativos de Palestina, lo que facilitó la implantación del Estado judío de Israel. Aquí vale la pena detenerse un instante. Como señala Shlomo Sand, Israel insiste en considerarse un Estado judío que pertenece a todos los judíos del mundo pero que excluye de la nacionalidad a quienes no son judíos. Por ese motivo Oren Yiftachel, profesor de la Universidad Ben-Gurion, describe a Israel como “una etnocracia, un régimen que gobierna un Estado étnico mixto con una preferencia legal y formal de un grupo étnico sobre todos los demás”. Este es el motivo por el que organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch consideran que todo el sistema legal actual del Estado de Israel está basado en un régimen de apartheid discriminando a la minoría palestina que representa el 20% de la población interior. De modo que Israel enfrenta una paradoja que aún no ha sabido resolver: ¿es el judaísmo una religión atractiva que se expandió por el mundo o son los judíos una “raza-nación” con características biológicas singulares como en el siglo XIX la imaginaron los antisemitas?

 

 

 

Incumplimientos del Derecho Internacional

Los incumplimientos del Derecho Internacional en que viene incurriendo el Estado de Israel han sido constantes y numerosos. La resolución 181/1947 del Consejo de Seguridad de la ONU, que preveía la formación de dos Estados, sigue siendo incumplida en la parte que garantizaba a los palestinos un Estado. Las resoluciones 242/1967 y 338/1973 fijaron otros dos principios que siguen sin cumplirse: Israel debía retirar sus fuerzas armadas de los territorios ocupados en la guerra de 1967 y llegar a un acuerdo justo sobre el problema de los refugiados palestinos (que actualmente suman 6 millones). En la resolución 3.376/1975 de la Asamblea General de Naciones Unidas se declaró que los palestinos tienen derecho a un Estado soberano. La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) renunció al uso de la violencia para obtener el reconocimiento de un Estado palestino en Cisjordania y Gaza en el proceso de Oslo (1993) pero Israel nunca cumplió con la obligación de revertir la ocupación y retirarse y, por el contrario, aprovechó para intensificar la ocupación con más asentamientos. Actualmente Israel cuenta con un gobierno de extrema derecha integrado por partidos ultra religiosos como Poder Judío y Sionismo Religioso, que abogan por la anexión inmediata de Cisjordania y Gaza y la expulsión de todos aquellos que rechacen dicha medida. El emplazamiento de asentamientos judíos en el territorio ocupado de Cisjordania es una práctica prohibida por el artículo 49 del Cuarto Convenio de Ginebra –del que Israel es firmante–, que prescribe que la “la potencia ocupante no podrá efectuar la evacuación o el traslado de una parte de la propia población civil al territorio por ella ocupado”. Por este motivo han sido numerosas las resoluciones del Consejo de Seguridad que condenan la política de asentamientos, como la resolución 2.334/2016 que el gobierno israelí anunció que no iba a acatar. En marzo de 2021, la Corte Penal Internacional anunció el inicio de una investigación sobre posibles crímenes de guerra cometidos en Palestina, entre los que se incluyen los asentamientos israelíes en el territorio palestino ocupado.

 

Las críticas al Estado de Israel

A la luz de los antecedentes citados, es evidente que existen múltiples razones para explicar que a lo largo y ancho del mundo surjan numerosas voces de condena a las políticas del Estado de Israel y al tratamiento que dispensa a los palestinos residentes en los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania, sometidos a un régimen de dictadura militar. Esas críticas se han agudizado ante los terribles castigos colectivos que Israel viene aplicando en Gaza a partir del asalto de Hamás del 7 de octubre, cerrando el acceso al agua y a los combustibles –lo que ha provocado el cierre de los hospitales– o bombardeando hospitales, escuelas y barrios enteros de viviendas con un saldo impresionante de víctimas civiles de las cuales el 40% son niños. Se podrá buscar justificación a estas acciones en la violencia desmesurada de Hamás, pero una atrocidad no justifica otra mayor. En la Argentina ya sabemos, porque es doctrina consagrada por la jurisprudencia, que la violencia de los grupos insurgentes no justifica ni ampara al terrorismo de Estado.

La acusación de “antisemitismo”, lanzada habitualmente por los amigos de Israel contra los críticos de las políticas del Estado de Israel, es intelectualmente insostenible, una mera estratagema retórica para intentar acallar, inútilmente, la denuncia por las violaciones del derecho humanitario cometidas por el Estado de Israel. Por otra parte resulta absurdo suponer que quienes luchan contra el racismo y la segregación racial en Israel sean presentados como racistas antisemitas. La denuncia del sistema de apartheid se basa en las mismas razones con las que la comunidad internacional condenó el sistema de apartheid de Sudáfrica. El mayor problema que atraviesa la vieja estratagema de la acusación de antisemitismo es que la crítica más importante a las políticas del gobierno de Israel proviene actualmente de sectores judíos. Hay un buen número de grupos en la comunidad judía estadounidense que son críticos con la política de la derecha israelí y muy especialmente con su presencia continuada en los territorios ocupados. Algunas de estas organizaciones, como Fórum de Política Israelí y Brit Tzedek Shalom, promueven activamente la implicación de Estados Unidos en los procesos de paz. Otras organizaciones pacifistas, con grandes dificultades, operan en el propio Estado de Israel, como Paz Ahora; B'Tselem –defensora de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados– o Breaking the Silence, que reseña las denuncias de los propios soldados por la violencia que sufren los palestinos a manos del ejército israelí.

 

 

Las críticas más duras al gobierno de Netanyahu también son internas, como lo evidencia el siguiente texto: “Los gobiernos de derecha han optado por ocultar la verdad acerca de las repercusiones de la decadencia moral de largos años de ocupación en los tejidos de la madre patria. Netanyahu pasará a la historia como el arquitecto de la integración de la monstruosa distorsión de la idea sionista (cuya expresión es la represión del pueblo palestino por una raza superior judía) en el sistema político de Israel. Si existe una dictadura en las tierras palestinas ocupadas, también existirá fuera de ellas; si en ellas no existen el Estado de derecho ni las libertades fundamentales, tampoco existirán fuera de ellas. Es la ley de hierro de los vasos comunicantes. El partido gobernante de Israel es hoy una secta de creyentes que no se distingue de sus aliados del ‘sionismo religioso’, el obsoleto nombre adoptado por los discípulos del difunto rabino supremacista judío Kahana y los rabinos fundamentalistas de Judea y Samaria. Dicho partido es el componente más refinado del fascismo teocrático que domina hoy el gobierno de Netanyahu; y la remodelación judicial es una parte esencial de su viaje hacia un reino de sacerdotes y una nación santa. Netanyahu es, para ellos, el asno del Mesías; del mismo modo que Donald Trump, el ateo hedonista, lo fue para los cristianos evangélicos de Estados Unidos”. Los amigos de Israel no dudarían en atribuir este texto a los sempiternos enemigos de Israel, pero quedarán decepcionados porque pertenece a Shlomo Ben Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel.

La mayoría de los críticos a las políticas del Estado de Israel sólo aspiran a acabar con el régimen supremacista judío y el sistema de opresión sobre los palestinos o reivindican el derecho a la constitución de un Estado palestino. No cuestionan la existencia del Estado de Israel porque si bien reconocen que el proyecto de colonización judía provocó enormes sufrimientos al pueblo palestino, esto no justifica hacer retroceder la historia para dar lugar a nuevas tragedias. Como acertadamente señala Shlomo Sand en La invención de la Tierra de Israel, “el asentamiento sionista en la región creó no solo una explotadora elite colonial sino también una sociedad, una cultura y un pueblo cuyo traslado es inimaginable. Por todo ello, todas las objeciones al derecho a la existencia de un Estado israelí, basado en la igualdad civil y política de todos sus habitantes –ya procedan de musulmanes radicales que mantienen que el país debe ser borrado de la faz de la tierra, o de sionistas que ciegamente insisten en considerarlo como el Estado de la judería mundial– no son solo una anacrónica locura sino una receta para otra catástrofe en la región”.

A modo de conclusión, sirva una extensa cita de Enzo Traverso tomada de su ensayo El final de la modernidad judía, historia de un giro conservador (Universidad de Valencia, 2013), que permite reconocer los nuevos caminos del antisemitismo: “El declive del antisemitismo tradicional y la adopción de una actitud benevolente con respecto al sionismo forman una importante mutación de las extremas derechas de Europa. Por primera vez en la historia, los judíos y la extrema derecha han dejado de ser universos incompatibles y opuestos, dado que ya no los separa el antisemitismo. La decadencia de la tradición fascista ha dejado campo libre al surgimiento y expansión de una extrema derecha de nuevo tipo. El elemento de sutura de esta nueva extrema derecha no es otro que el racismo, manifestado en un rechazo violento de la inmigración. En la Europa contemporánea el inmigrante asume básicamente los rasgos del musulmán. La islamofobia desempeña en el nuevo racismo el papel que fue antaño el de los judíos en el antisemitismo. El retrato del árabe-musulmán trazado por la xenofobia contemporánea no difiere mucho del que construyó del judío el antisemitismo a principios del siglo XX. En un terreno más práctico, el espectro del terrorismo islamista ha venido a reemplazar al judeo-bolchevismo”.

 

 

 

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