La agonía de un traidor

Está en nosotros impedir que vuelvan Menem, Macri o Videla

 

No son nunca los fuertes, sino los débiles los que aspiran al poder, y lo alcanzan mediante el efecto combinado de la astucia y el delirio. Emile Cioran, La Caída en el Tiempo.

 

 

En una película épica, un personaje que ha traicionado a su antiguo amo es confrontado por su nuevo amo, el emperador, pues ahora también lo ha traicionado a él. El emperador va a condenarlo a muerte pero no alcanza a comprender por qué lo hizo ya que siempre pensó que lo amaba. Le pido perdón, señor –dice el reo– no ha sido por falta de amor hacia su majestad, es que nací traidor, es mi naturaleza. He olvidado el título del film, los actores y la trama, pero esa frase no me abandonó nunca. Lo que expresa es que el temperamento de los hombres no cambia. Algo que las mujeres golpeadas harían bien en tener siempre en cuenta.

Carlos Menem agoniza, parece probable que no llegue a 2021. Zulemita, su hija, suelta mensajes esperanzadores pero se encomienda al altísimo. Con noventa años de una vida azarosa, no le quedan muchas posibilidades. Carlos, Calito, Calo es el epítome del traidor. Traicionó todas y cada una de sus promesas electorales, se apoyó en las Fuerzas Armadas, obsequió indulto a los militares que no habían sido beneficiados por la obediencia debida, pero les quitó el servicio militar obligatorio y, por lógica, una gran tajada al presupuesto. Traicionó a la clase trabajadora, a los peronistas que lo acompañaron, a sus propios ministros, con Domingo Cavallo a la cabeza. Se dice que a Pablo Escobar le prometió un puerto libre en la zona de Ensenada a cambio de una generosa contribución a la campaña electoral. Una hipótesis sostiene que esa traición le costó la vida a su hijo Carlos Jr., en un acto de venganza típico de los narcos colombianos. Traicionó a Pino Solanas, recientemente fallecido en París, que había colaborado con la campaña con la promesa de que le daría las Galerías Pacífico para fundar un centro cultural, cosa que nunca llevó a cabo. El cineasta se volvió un furioso antimenemista. Unos desconocidos encabezados por un hombre con nariz de payaso lo balearon una madrugada poco después de ratificar sus declaraciones en los tribunales. Traicionó a sus paisanos del mundo árabe aliándose con Estados Unidos para la guerra del Golfo, cosa que otra hipótesis sostiene provocó los ataques dinamiteros contra la embajada de Israel (22 muertos y 250 heridos) y contra la AMIA (85 muertos y más de 300 heridos). Traicionó ambas investigaciones para asegurarse de que la verdad no emergiera del pozo de la vergüenza. Traicionó a la industria nacional abriendo la importación de bienes de consumo determinando una caída brutal del aparato productivo. Impulsó las leyes de flexibilidad laboral más lesivas de la historia para los trabajadores, traicionando la tendencia al reparto que caracterizó a todos los gobiernos peronistas. Traicionó a Zulema, su esposa, haciéndose notar con cuanta vedetonga o trepadora le pasó cerca, hasta que ella terminó plantándolo. Tuvo que expulsarla de la quinta presidencial por las fuerza, valiéndose para tan noble propósito de varios agentes y funcionarios con el jefe de la Casa Militar, con el brigadier Andrés Antonietti a la cabeza. Bajo su gobierno, la política argentina estuvo signada por muertes dudosas, en causas de un altísimo impacto. El tráfico de armas, la explosión de Río Tercero, la muerte de su hijo y algunos otros hechos resonantes de corrupción son los que más testigos o involucrados fallecidos produjeron.

Su apogeo fue en los ’90, la época del éxtasis, del alcohol como medio de aplacar los arrestos revolucionarios de la juventud. Nadie mejor que Menem para presidir la década más frívola de que se tenga memoria.

Pero, en marzo de 1995, con las elecciones de mayo viniéndosele encima, Carlos Menem no las tenía todas consigo. El mundo estaba de fiesta, el muro de Berlín ya era la lápida de la Guerra Fría. Estados Unidos le había ganado a los rusos una pulseada que duró más de cuarenta y cinco años. Los humanos sentían el alivio de que les hubieran quitado la bomba atómica que pendía sobre sus cabezas. El planeta se preparaba para reverenciar a los nuevos héroes, que ya no serían sudorosos guerreros cubiertos con el fango de las batallas, sino atractivos millonarios, perfumados y vestidos por Hugo Boss, el sastre de las SS.

Por la tarde, en una escuela del norte, Carlos debía dar el discurso de apertura del ciclo lectivo. No quería hacerlo. Una lánguida depresión se había apoderado de él. Su mandato terminaba. La realidad inmediata estaba haciendo polvo su sueño de convertirse en un estadista internacional, en uno de los líderes del glamoroso futuro. Eduardo Duhalde estaba esperando su oportunidad para caerle encima, nunca le perdonó que lo hubiera desplazado del gobierno central, aún cuando le regaló la provincia más rica. Había estado recopilando información y reclutando alcahuetes con el indudable propósito de procesarlo y mandarlo preso ni bien perdiera los atributos de su cargo. No era el único que ambicionaba el puesto y la venganza. El ministro Cavallo, a quien obligó a renunciar, ahora en el llano, se candidateaba para reemplazarlo, un hombre que sabía muchas cosas, demasiadas cosas. Si llegaba a hacer una alianza con Duhalde, Carlos estaría perdido. Menem conocía de sobra a sus colaboradores como para albergar alguna duda sobre cuál sería su actitud en caso de que lo sentaran en el banquillo. De boca a boca circulaba el chiste en el que lo llaman damajuana, porque en cuanto perdiera la manija lo agarrarían del cogote.

Poderosos empresarios judíos no dejaban de escandalizar al mundo haciéndolo responsable de los atentados contra la comunidad. El paso deliberadamente lento, torpe e inepto de la investigación judicial, descarriado por los senderos de la corrupción, cuyos entresijos lo comprometían y no quería ni podía revelar, encrespaba más aún los ánimos.

Necesitaba por lo menos un término más para limpiar toda huella que pudiera incriminarlo. Tenía que hacer campaña, comprar la voluntad y el apoyo de caudillos provinciales y sindicales, operar sobre diputados y senadores, poner la prensa a favor, contratar publicidad y medios. Eso significaba mucho dinero. La dilatada disputa con el ministro había estancado una economía basada en la mala venta de bienes del Estado y efímeros préstamos para el consumo de bienes importados que terminaron por destruir el aparato productivo. Las reservas estaban agotadas. Como resultado de la concentración del capital en los grupos empresarios más poderosos, habían crecido el desempleo y la pobreza, el índice de la mortalidad infantil había trepado al quince por mil, había muertos de hambre en Catamarca, Santiago del Estero y quién sabe dónde más. El país estaba asolado por una epidemia directamente relacionada con la miseria: el cólera. Y cólera es lo que sentían todos aquellos a quienes sedujo para que lo siguieran, esos a los que prometió que no defraudaría.

Su popularidad había bajado a niveles alarmantes y en su ánimo campeaba la culpa por la muerte de su hijo varón. Zulema no dejaba de repetir, a todo quien quisiera escucharla, y hacer público, que Carlitos fue asesinado por culpa de él. Para colmo, por todas partes se corría la bola de que era yeta, los hombres se tocan un testículo al oír su nombre que muchos evitan siquiera pronunciar. Su mente repetía una palabra como un mantra ominoso: desastre, desastre, desastre. Arrollado como un feto en la habitación principal de la quinta, añoraba aquellos tiempos cuando en su provincia invocaba la figura de Facundo Quiroga en quien buscó inspiración y a cuya imagen y semejanza se había construido a sí mismo. Las palabras de Domingo Faustino Sarmiento parecen redactadas a la medida de Menem.

«Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo. Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aún después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos al tomar diversos senderos en el desierto, decían: ‘¡No; no ha muerto! ¡Vive aún! ¡El vendrá!’ ¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas».

Y vino, vaya si vino. Recuerda las noches en que salía al patio gritando y, elevando los brazos, pedía que el espíritu de Facundo entrase en su cuerpo. Y entró, claro que entró. Las multitudes lo siguieron hasta colocarlo en el trono. Carlos superó al maestro, íntimamente convencido de que estaba predestinado a convertirse en el líder indiscutido de la patria. Pero ahora que lo sobrepasó, el Caudillo ya no tiene los atributos mágicos de entonces. Carlos transformó su imagen de gaucho bravo por la de un tycoon del primer mundo, trocando la melena renegrida por el tranquilizador entretejido, el poncho colorado por el civilizado traje de ejecutivo. Lo que entonces necesitaba era una nueva figura a quien emular, capaz de inocularle al pueblo un sueño que quisiera alcanzar y que viera en él al único que podía concretarlo. Alguien a quien creerle la promesa de un futuro preñado de riqueza, moderno y con cientos de juguetes tecnológicos que los harían felices para siempre. Pero no tenía una fuente en la que inspirarse, sentía que la inventiva se le había secado, que el olfato de perro con el que detectaba dónde estaba el poder para ponerse de su lado se había extinguido, y que su emperifollada cabeza era incapaz de segregar una idea pasable. Interpretó como una señal que en esa hora le trajeran el Rolex de su hijo, ése que no se detuvo en el minuto de su muerte y que quizás estuviera marcando los que quedaban para su propia muerte. Prendió la tele. Estaban pasando un documental de Kennedy. Allí estaba Jack: elegante, cristianísimo, blanco y estadista, tras el atril de la Rice University, ante una distinguida concurrencia de alumnos, catedráticos y estudiosos. A Carlos le fascinaba la seguridad con la que se dirigía a su público…

—Hemos elegido ir a la luna. Elegimos ir a la luna en esta década y hacer otras cosas, no porque sea fácil, sino porque es difícil, porque ese objetivo nos servirá para organizar y medir nuestras energías y nuestras capacidades, porque es un desafío que tenemos la voluntad de afrontar, que no estamos dispuestos a posponer, un desafío que nos proponemos ganar…

¡Lo había encontrado! Repentinamente se carga de energía, en su mente se organiza todo, tiene la imagen, el sueño, el talismán y, en pocas horas, el podio desde donde comenzar a propalarlo a una población hambrienta de esperanzas

Por la tarde, un Carlos renovado, seguro y atildado se ubica en el atril, todas las miradas convergen en su rostro sonriente. Ave fénix, campeón de la seducción, blandiendo en su muñeca el famoso reloj de su hijo muerto, para que las cámaras vuelvan a captarlo y conmuevan la piedad de los votantes, con la seguridad de un ganador, se larga con el discurso que da comienzo a su campaña por la re-reelección.

—Se va a licitar un sistema de vuelos espaciales mediante el cual, desde una plataforma que quizás se instale en la provincia de Córdoba, esas naves espaciales van a salir de la atmósfera, se  van a remontar a la estratosfera, y desde ahí elegir el lugar adonde quieran ir. De tal forma que en una hora y media podemos estar desde Argentina en Japón, en Corea o en cualquier parte del mundo. Y, por supuesto, los vuelos a otro planeta, el día en que se detecte que en otros planetas haya vida.

No pocas voces criticaron el disparate, se burlaron y le dedicaron los epítetos más vergonzosos. Pero lo cierto es que todo el mundo estuvo hablando de él. El 14 de mayo ganó las elecciones nacionales con casi el 50 por ciento de los votos. El zorro riojano lo había hecho nuevamente. Pero su mandato, que duró diez años, no se debió solamente a la combinación de astucia y delirio a que hacía referencia Cioran en el epígrafe de este texto. Sino también al apoyo sostenido de los empresarios y factores políticos adeptos al neoliberalismo que vuelven una y otra vez y a la clase media pendular, a la cual es fácil convencer de que son ricos. La política económica de Menem fue la continuación de la política económica de la dictadura de Videla y sus secuaces. La política de Macri fue la continuación post Menem.

Los neoliberales siempre harán lo mismo, siempre estarán dispuestos a hacer un esfuerzo más para robarnos algo más. El pueblo es para ellos como la mujer golpeada. Los maltratadores volverán con sus promesas almibaradas y sus bombones envenenados para que los perdonen. Pero, como decíamos al principio, el temperamento no cambia, volverán a maltratarnos. Los ciudadanos debemos tenerlo siempre muy en cuenta. Tal vez esa sea la mejor, si no la única, lección que pueda dejarnos Carlos Menem una vez que sea puesto a buen resguardo bajo tierra. En ese momento, los que engordaron bajo su régimen de prebendas, los socios que robaban para la corona, descorcharán el champán, brindarán a su salud y quedarán a la espera de su regreso. Está en nosotros impedirlo y, llegado el caso, resistirlo.

 

 

 

 

 

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53 Comentarios
  1. Maria dice

    Muy buena la nota. Sólo creo que la foto ilustrativa debió ser una que lo muestre en esa época, rodeado de la banalidad y los lujos, no como las sobras de aquel pérfido 20 años después. Y, peor aún!, con el Papa Francisco. Tal vez soy yo que no comprendo qué relación se intenta establecer, pero me llamó la atención que la foto no tenga nada que ver con la nota.

  2. Ignacio Amarillo dice

    Menem no pasó penuria en su intento reeleccionista: era la época del voto cuota, de estar en el primer mundo, consumir bienes importados, Punta del Este con modelos. Así llegó holgado al comicio. Tan holgado que uno de cada cuatro electores volvió a votar por él en 2003.

    El gran problema es que buena parte de la resistencia (que incluía a antiperonista que lo odiaban por eso, y hoy siguen siendo antiperonistas contra el FdT), se construyó al hilo del «honestismo»: el mal del menemismo era la corrupción y no ser corrupto alcanzaba. Eso terminó en el gobierno del aburrido De la Rúa que no propuso nunca la salida de la insostenible convertibilidad, con los resultados por todos conocidos.

    Hablando de tirar imágenes, siempre me quedó una: la fiesta de casamiento con Bolocco, realizada en un estadio de básquet. Mientras los invitados celebravan el banquete en el campo de juego, ciudadanos comunes ocuparon las gradas y veían la fiesta de los privilegiados, mientras les alcanzaban alguna bandejita plástica con locro. La fiesta menemista al palo.

    Me crié como dirigente secundario en aquellos tiempos, era de los que resistíamos la Ley Federal de Educación y otras medidas cuando todavía no habían explotado las consecuencias y eran profecías mudas ante una ciudadanía incrédula. Con el tiempo me convencí de que Menem fue un animal político formidable que, como los villanos de los cómics (diría Figueras) eligió usar sus poderes para el mal.

    También veía en aquellos años cómo el menemismo universitario lo hacía Franja Morada. Hoy aquellos muchachones, con Emiliano Yacobitti como una gloria desleída, son parte de las estructuras cambiemitas (Andrés Delich ya debutó con De la Rúa). Con lo cual un gubierno de Angeloz hubiera sido neoliberal, era el signo de los tiempos: Clinton entendió que la era que abrió Reagan vino para quedarse: «Es la economía, estúpido».

    En fin, muchas cosas para comprender de aquellos años para no arrancar con falsas antinomias y encontrar los síntomas correctos a sanar.

  3. Julian H. Romagnoli dice

    Tengo para mí que el comentario fue en la inauguración del ciclo lectivo de 1996 en Tartagal, Salta y no en 1995. En ese año, sí había sido reelecto en mayo y en marzo había sido derribado el avión donde viajaba Carlos Facundo

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