La austeridad es una pésima idea

La austeridad no evita la crisis externa, en todo caso, posdata su irrupción

 

A la fecha, según los estudios relacionados, se han administrado más de 2.150 millones de dosis de vacuna Covid-19 en todo el orbe, lo que representa aproximadamente el 14% de la población del planeta. De manera que al ritmo actual de inoculaciones en todo el mundo, los especialistas estiman que, al menos, deberá transcurrir un año para alcanzar la inmunidad global. Entre nosotros, la vacunación masiva que está despuntando posiblemente tome menos tiempo para lograr que todos los argentinos se encuentren inoculados contra el Covid. La pandemia va de salida aunque sigamos estando hartos de estar hartos. Nuestra malaria económica, agravada por las circunstancias en torno al virus, no necesariamente se revertirá. Depende del espacio que se tenga y del que se haga. Los márgenes de maniobra no son un don de la naturaleza, se amplían o yugulan de acuerdo a la eficacia de la política puesta en juego. En cuanto a las acciones en sí, las perspectivas propias encuadradas en las que se vienen identificando en la periferia de la economía mundial, indican que hay que hacer mucho para no seguir cuesta abajo en la rodada.

Dejar atrás los prejuicios que impiden hacer lo que haga falta es una condición necesaria. Algunas de esas infundadas obstinaciones llaman la atención por su ingenuidad conceptual y política. El caballo de batalla en el que andan montadas está ensillado con la restricción externa y las riendas trenzadas con la insuficiencia de dólares que una reactivación –como se debe– requeriría. Cabalgan y cabalgan aferrados a esos aparejos para dar el garbo que está en el ajo de la seriedad, es decir, de los más predispuestos a ir contra los intereses del mercado, esto es, de los trabajadores. Es que descorrido el velo del sonsonete ofertista habitual, se ve bien a las claras que el salario es el mercado.

Dicen los jinetes de la austeridad que como hay 7.000 millones de dólares de reservas netas en el Banco Central de la República Argentina (BCRA), que el gobierno gaste en reactivación 1% del producto interno bruto (PIB) –algo así como 4.200 millones de dólares, y suponiendo un multiplicador de dos, el PIB crecería 8.400 millones de dólares– nos coloca 1.400 millones de dólares por arriba de las reservas disponibles. En tal proceso el dólar se iría a las nubes y abortaría toda la movida. Hay un pequeño detalle a considerar en este distraído razonamiento: el gasto del gobierno se efectúa en pesos, no en dólares. La pregunta pertinente, hecha para simplificar el análisis comparativo, es cuánto repercute en las importaciones un gasto en pesos cuya expresión en dólares es de 4.000 millones.

Para la respuesta buscada, no conviene refugiarse en el 12% del PIB de las importaciones actuales, debido a que el pedazo más grande de los argentinos está muy pobre. En tanto, más ingresos significan importaciones que crecen en mayor proporción hasta que se llega al nivel alcanzado durante la más baja tasa de desempleo que registre la historia. Un 20% de importaciones como porcentaje del PIB, entonces, aún en su tosquedad como cálculo, parece un parámetro prudente conforme a los estándares históricos y acorde a alguna mejora en la distribución del ingreso. Por lo tanto, en el ejemplo dado, las importaciones insumirían 1.680 millones de dólares.

 

 

Gastar más

Lo que es importante de este ajuste de la lente es que permite apreciar la posibilidad real de que se efectivice la iniciativa de gastar lo que se debe para sacar a la Argentina del marasmo. Bajo este ángulo, el gobierno podría gastar no 4.000 sino 16.000 millones de dólares (gasto en pesos calculados en dólares a efectos de sacar la incidencia de las importaciones que sí se pagan en dólares). El efecto multiplicador de digamos 2 conduciría a ese 4% del PIB como gasto a un crecimiento del PIB del 8%, o sea: 32.000 millones de dólares. Todavía no recuperamos el nueve y pico por ciento perdido en la pandemia pero el bochín, como se ve, queda arrimado cerquita. Por cierto, 20% de 32.000 son 6.400 millones de dólares, que es lo que insumirían de importaciones esa apuesta decidida al crecimiento, 600 millones de dólares por debajo de las reservas actuales. Es verdad que si esto ocurriera, los acreedores externos, el Fondo Monetario Internacional (FMI) sobre todo, no se pueden poner ansiosos con el cobro de sus acreencias. Por otra parte, si se dejan de lado esas utopías irrealizables de aumentar exportaciones, no hay que perder de vista que es factible bajar el uso de reservas como consecuencia de una política realista de sustitución de importaciones –que está en el ADN del movimiento nacional– propia de un proceso como el descripto.

Con relación a estas proyecciones, hay que tener en cuenta aspectos concernidos al multiplicador y al financiamiento. Es un lugar común en la política argentina y en las de otras naciones invocar a la obra pública como política anticíclica. Grave error. La obra pública debe ser atendida con estrategias estructurales y con una hoja de ruta definida para el largo plazo. Por dos razones. Una, que cuando el nivel de actividad cae, lo más inmediato para revertir la tendencia es poner plata en el bolsillo del ciudadano de a pie afectado. Intentar hacerlo con cemento lleva un lapso bastante más extenso al perentorio que requiere la coyuntura para evitar que el desempleo no se desmadre y tare hacia la baja el nivel de actividad, generando pérdidas sociales innecesarias.

La otra, es que el multiplicador de la obra pública multiplica poco, casi nada. Según los cálculos disponibles –aceptados universalmente– ronda el 1. No obstante, y aparentemente sin conciencia de ese valor nimio del multiplicador, normalmente la clase dirigente ensalza la movida señalando que involucra mucha mano de obra. Eso esconde una trampa en la que algunos caen involuntariamente y otros arman a sabiendas. La obra pública, como la manufactura de monopatines o la construcción de satélites, demanda una cantidad más o menos fija de trabajadores. Si el sector que sea, cuando se está en el máximo nivel de empleo de la economía, ocupa, digamos, al 12 o 14% de la mano de obra disponible, no se ve por qué debería bajar esa proporción cuando se presenta la recesión ni sobrepasarla cuando se supera la debacle. Siempre la cuestión para revertir el desempleo es el gasto: en humo, o en ladrillos o en sábanas.

Los que arman la trampa lo hacen para tornar digerible que permanezcan en el bajo nivel en que se encuentran las remuneraciones del trabajo por efecto del mal clima económico y las decisiones políticas previas ad hoc. Los motiva suponer que la Argentina se perfila más competitiva en el comercio mundial volviendo más pobres a sus trabajadores. Si los salarios en promedio están por detrás de la línea de pobreza, entonces con la zanahoria del empleo recubren el palo de la mano en el bolsillo de los asalariados. Eso va engarzado con el uso amañado del arquetipo de que la obra pública demanda mucho insumo, lo que tendría un marcado efecto movilizador. El producto bruto o valor agregado se define grosso modo como las sumas de los salarios y las ganancias (consideradas en sentido lato). No se adiciona la materia prima que se usa en el proceso productivo. Lógico, se supone con justeza que las compras de insumos de una empresa es la venta de otra y viceversa, es decir, se cancelan entre sí. Sin embargo, cuando el interés es saber cómo anda el volumen de insumos que utiliza una economía se recurre al indicador denominado Valor Bruto de la Producción, que surge de sumarle al PIB la compra de insumos.

Ahora, si los salarios están por debajo de su nivel de equilibrio, definido como aquel ingreso que permite llevar su vida adelante a una familia tipo de trabajadores sin mayores sobresaltos, la masa de ganancias se reduce en proporción a causa del declive de las ventas. En esas circunstancias aciagas, tratar de incentivar la obra pública con la idea de evitar corregir el estropicio que sufrieron las remuneraciones de los trabajadores va a tener un efecto muy módico debido a que, por definición, cuando se dice que crece el producto bruto, los que crecen son los salarios y las ganancias, y resulta que el objetivo deliberado de la política económica es atenazar a los primeros y el involuntario que por esa razón se reduzca la masa de ganancias. Además, con precios internacionales más baratos –como consecuencia de los bajos salarios que se pretenden dejar ahí– las empresas venden más cantidad pero las cuentas externas de la Nación registran un ingreso menor porque esa mayor cantidad no compensa la caída del precio y, entonces, el país pierde en los términos del intercambio y en el resultado comercial. El déficit comercial es una amenaza cierta ante el primer viento con algo de fuerza y de darse se resta al crecimiento.

Aun aceptando que es factible aumentar el gasto público para salir del estancamiento, ¿cómo se financia? Una porción considerable, emitiendo moneda. Ahí es donde los próvidos ponen el grito en el cielo, se aferran con toda la fuerza a las monturas y para disimular su insobornable monetarismo (es un sentimiento, no puede parar) argumentan que recorrer ese camino tiene estación terminal en el precio soliviantado del dólar. De suerte tal que las empresas, cuando les suben las ventas y el mercado lanza señales de seguir creciendo, abortan la buena nueva para sus planes de expansión marchándose hacia el dólar. Todo esto es muy gratuito y encima ingenuo, porque se ponen cuidadosos con los dólares como si el menor crecimiento del producto que eso supone no presionara –y fuerte– para sacar los capitales del país. Hagan lo que hagan, digan lo que digan, piensen lo que piensen los partidarios de no-toquen-las reservas, lo cierto es que la única realidad del capitalismo es vender, y cuando no lo consigue en un lugar se va en busca de una plaza en donde pueda realizar la ganancia. La austeridad no evita la crisis externa, en todo caso posdata su irrupción (a costa del innecesario malestar de las mayorías) y encima en un mundo regido por el intercambio desigual incentiva el vuelco al exterior de excedente nacional no remunerado.

 

El mundo

Cuando la perspectiva de la situación nacional se enmarca en el panorama mundial, se torna más acuciante deshacerse del atavismo de la austeridad. Un reciente trabajo de la London School of Economics (LSE) titulado “Muerte e indigencia: la distribución global de las pérdidas de bienestar derivadas de la pandemia Covid-19” de Francisco H. G. Ferreira, Olivier Sterck, Daniel Mahler y Benoit Decerf, cuantifica, por medio de los años de vida humana, el impacto de la pandemia en el bienestar social respecto del aumento de la mortalidad y del aumento de la pobreza. Estimaron que se perdieron casi 20 millones de años de vida en todo el mundo entre el inicio de la pandemia y diciembre de 2020. Durante el mismo lapso, y utilizando las medidas más conservadoras de empobrecimiento, los seres humanos que habitan en la periferia contabilizan poco más de 120 millones de años de vida adicionales menos a raíz de la pobreza generada por las medidas no compensadas para detener la pandemia. Los países pobres y de ingresos medios experimentaron tanto un aumento de la pobreza como una pérdida de bienestar mayor que la enfermedad en sí. Para los países ricos, las pérdidas fueron por mortalidad dado su envejecimiento y el despliegue de la capacidad financiera para proteger a sus ciudadanos.

En esta línea de análisis, el Banco Mundial en su informe “Perspectivas económicas mundiales” de principios de junio de 2021, estima que la economía mundial se expandirá este año “un 5,6%, el ritmo posterior a una recesión más acelerado en 80 años”. Sin embargo, eso comprende a todas las economías desarrolladas, pero únicamente y en el mejor de los casos al 40% de las economías de las periferias. Al respecto, el informe señala que “se prevé que el ingreso per cápita en muchos mercados emergentes y economías en desarrollo continuará por debajo de los niveles anteriores a la pandemia, y que las pérdidas agravarán las deficiencias vinculadas con la salud, la educación y el nivel de vida. Incluso antes de la crisis por la Covid-19, se había previsto que los principales motores de crecimiento perderían su impulso; es probable que esta tendencia se incremente debido a las huellas que dejará la pandemia”. El Banco Mundial proyecta que recién dentro de 3 o 4 años la periferia recuperará cierto nivel de normalidad.

La Argentina está muy endeudada, la periferia quedó bastante endeudada. Con este panorama de pobreza incrementada y producto estancados, una crisis de deuda global tiene todos los boletos comprados para acontecer más temprano que tarde. Si el proceso inflacionario en los países desarrollados avanza, cartón lleno. Sea como fuere, la austeridad siempre es la peor idea.

 

 

 

 

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