La barrera

A veces, pero solo a veces, la suerte le sonríe a los justos

 

La otra noche me tomé el 39 cartel rojo en Corrientes y Libertad. Iba a vender objetos maravillosos, anillos de cobre y alpaca. El coche estaba bastante lleno, pero yo fui sentado en un asiento de atrás. Una vez en Palermo, bordeamos Plaza Serrano y enfilamos por Honduras para el lado de Juan B. Justo.

Media cuadra antes de llegar a la vía quedamos embotellados por el tráfico. Pasaron unos cuantos minutos. Nada se movía y la gente empezó a rezongar.

De pronto, el chofer dijo:

—¡A ver un muchacho por favor si puede bajar a levantar la barrera, que está trabada!

Nadie respondía. El clima se puso tenso. Afuera se oían bocinazos.

Me puse de pie y dije:

—Bueno, voy yo. Abrime la puerta de atrás.

Agarré la mochila, repleta de anillos, me la puse y bajé. Los pasajeros seguían mi excursión con expectativa, mirando a través de las ventanillas.

Caminé entre los autos y finalmente llegué a la barrera, que era bastante pesada. Es que en esa parte la calle es más ancha y sólo hay barrera de un costado, por eso es más larga que lo habitual. Miré para los dos lados y comprobé que el tren no venía. La levanté un poco y enseguida los autos empezaron a pasar, algunos acelerando frenéticos.

El colectivo se acercaba y entonces tuve que subirla más para que la madera no pegara contra el techo. Por suerte cruzó sin problemas.

Atrás del 39 venían un montón de autos. Todos querían pasar, así que tuve que quedarme con la barrera levantada. Cada tanto, espiaba si venía el tren, ya que ahora me había convertido en el responsable de la vida de tantos automovilistas.

Después de un rato, como la fila era interminable, decidí hacer unas señas y bajar la barrera. Los autos se detuvieron inmediatamente. Supongo que habrán pensado que venía el tren.

Me acerqué a los primeros y les dije que la barrera estaba rota, pero que yo me tenía que ir, que alguno se bajara y tomara la posta.

Unos metros adelante, el colectivo había frenado y se mantenía junto al cordón, porque me estaba esperando. Eso me reconfortó. Corrí y subí por la puerta de atrás.

Al llegar, algunos me felicitaron y hasta hubo un par de aplausos, pero descubrí que la mayoría estaba discutiendo. Según me contaron los pibes del fondo, unos pasajeros se habían quejado por el tiempo perdido y le pidieron al chofer que siguiera, que este viaje era eterno y que cómo puede ser, pero apoyado por otras personas, el tipo se negó rotundamente. Parece que les dijo:

—Me voy a quedar acá todo el tiempo que sea necesario hasta que vuelva el muchacho, que gracias a él pudimos pasar la barrera.

Unas cuadras después me bajé. El chofer me repetía:

—Gracias, gracias, muchacho.

Ese señor me habrá dado suerte, porque después, cuando fui a ofrecer objetos maravillosos a los bares, amasé grandes fortunas vendiendo anillos a diestra y siniestra.

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