Los afectos son los vínculos emocionales que organizan la vida colectiva: amor, apego, pertenencia, reconocimiento. Para el cantor Antonio Tormo, esos afectos estaban ligados a la familia, la tierra y el mundo del trabajo. Por eso, sus canciones. Por ejemplo, “El rancho e´ la Cambicha”, que conectaba con los “cabecitas negras” que migraron a Buenos Aires: les devolvía una identidad y un lugar de pertenencia.
No es que Perón inventó una doctrina de los afectos, sino que construyó su vínculo con la gente desde ahí, y Tormo lo expresó.
Perón y Evita no hablaron solo de salarios y derechos laborales. Hablaron de reconocimiento afectivo: la política no era solo un contrato laboral, era sentir la pertenencia a algo.
La “Revolución Libertadora” entendió que el vínculo no era solo ideológico, sino también emocional.
Los afectos organizan el tiempo y la memoria, por eso el anti-peronismo siempre atacó el afecto, no solo la política económica.
El peronismo crea una conexión sostenida por rituales y símbolos compartidos, devenidos en una mística invisible. El “Luche y vuelve” fue la expresión que permitió el retorno de Perón. Con el kirchnerismo, el peronismo del siglo XXI se recupera un afecto generacional y militante: “la década ganada”, “los pibes para la liberación”, los ‘70, los desaparecidos y el 2001 son resignificados como parte de una misma memoria política. Ya no hay un Antonio Tormo, sino una playlist de cumbia y rock nacional que hilvana esa identidad colectiva.
El radicalismo y el liberalismo movilizaban afectos más abstractos, ligados a la democracia, la república o la moral. Con Milei cambia el juego: el afecto ya no es familiar ni generacional, sino la bronca compartida contra “la casta”, los “parásitos” y los “zurdos”. Construye un “nosotros contra ellos” donde la empatía surge del enojo común, casi como una hinchada.
Esto derrota afectivamente al peronismo, esta vez. El motor ya no es la memoria, sino la bronca y el deseo de romper todo. Gritos, motosierra y TikTok: un afecto performático y viral.
Canaliza el enojo común, pero también lo hace más frágil: el afecto colectivo construye identidad, mientras el de La Libertad Avanza depende de la bronca del momento. Si Milei es la “casta”, como lo viene demostrando, el vínculo puede enfriarse rápido. No hay un Antonio Tormo ni unos Redonditos de Ricota: hay memes, clips y cultura descartable en Internet.
También surge un individualismo crítico basado en la desconfianza: se define más por señalar contradicciones que por construir pertenencia y, aunque critique al neoliberalismo, muchas veces reproduce su lógica competitiva y meritocrática.
El Peronismo te decía “vos sos parte de esto”; Milei, “vos, contra la casta”. Mientras que el individualismo crítico te dice “vos no tenés que ser de nada, quedate afuera y mirá”, lo cual genera un afecto de superioridad, un desprecio elegante, que solo construye audiencia.
No hay “compañeros”, hay “seguidores”. No hay rituales, hay ensayos, threads, podcasts.
Ese afecto es parasitario: necesita de la grieta para existir. Se alimenta de criticar a Milei, al peronismo o al kirchnerismo, pero le cuesta construir algo propio. Por eso muchos críticos terminan refugiados en una “neutralidad” lúcida, más cómoda para señalar contradicciones que para comprometerse con un proyecto colectivo.
El individualismo crítico te hace sentir inteligente y libre de la manada, pero te deja sin tribu. Por eso no llena plazas, llena comentarios de YouTube.
El afecto es lo que te sostiene cuando las cosas salen mal. Si este es de pertenencia, tiende a unir; si es de exclusión, somos los buenos, estéticamente superiores, ellos “son la basura”. ¿Adivinen con qué juega Milei? El individualismo crítico huye de ambos. La política sin afecto es un manual de contabilidad que nadie lee, pero la política sólo con el afecto es una secta.
Lo sano es cuando el afecto te hace pertenecer y la razón te permite cuestionar. El afecto abre la puerta; la gestión la sostiene abierta.
Si prometiste “pertenencia y familia”, y después hay inflación ascendente, el afecto se convierte en bronca.
En 2003, el afecto no era hacia Néstor Kirchner, sino hacia la salida del 2001, la soberanía y la memoria colectiva de los excluidos del menemismo. Así se articulaba una conexión política y un nuevo puente afectivo.
Para transformar estructuras no alcanza la ilusión autoritaria, como cree la derecha; hace falta una autoridad excepcional sostenida desde el afecto popular: lo que un gran compañero, risueñamente, denominó “la patada en el culo” de Néstor y Cristina.
La diferencia es clave: el autoritarismo concentra poder por la fuerza, prohíbe la disidencia, cambia la ley.
La autoridad excepcional concentra poder gracias al afecto que le brinda el pueblo. La gente banca decisiones valientes porque confía en que lo haces para su beneficio.
Néstor y Cristina usaron ese capital afectivo excepcional, lo que implicó, por ejemplo, tensar la política, rearmar el PJ, ampliar la base política, sumar movimientos sociales y otros partidos, crear organismos paralelos a la burocracia vieja: secretarías, ministerios, empresas públicas.
Mover la burocracia requiere lealtad, y la lealtad se consigue con cargos. El afecto popular no gestiona hospitales ni AFIP. Para eso se necesita un aparato, y el aparato tiene lógica propia.
El pueblo te da la autoridad para romper el tablero. Pero si esa ruptura no se institucionaliza, el nuevo orden termina volviéndose intocable. Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner rompieron estructuras entre 2003 y 2007; desde 2011 predominó la lógica de conservar un modelo ya consolidado y desaforadamente atacado por los medios y el law fare. Luego, Macri intentó restaurar el tablero del status quo, mintiendo en respetar lo bien hecho, mientras Alberto Fernández gobernó con afecto prestado, sin autoridad ni estructura propia.
Sin base propia, Alberto no usó el capital político que se le delegó –ni lo respetó– para reformar el Estado o para desplazar viejos aparatos.
A CFK siempre la quisieron pintar como déspota y era una mujer contra los poderes reales, que jamás perdió la ternura. Nunca olvidemos las palabras elogiosas que le dedicó Leonardo Favio, uno de los pocos con la autoridad suficiente en el mundo afectivo del peronismo:
En 2025, la Corte Suprema confirmó la condena e inhabilitación a CFK en la causa Vialidad. Desde entonces, cumple prisión domiciliaria y está proscripta, pero conserva una centralidad política inédita. El afecto popular transformando las condiciones coyunturales impuestas puede devolverla plenamente a la vida política y sostenerla como principal alternativa de la región. ¡Qué más podría pulverizar al neoliberalismo, que una Cristina triunfante!
Ganar la batalla afectiva es la tarea del presente: reconstruir una fuerza colectiva capaz de sostener un futuro gobierno de CFK y las transformaciones de una nueva estatalidad. Sin organización ni liderazgo, todo queda reducido a un trabajo práctico para la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, a la vuelta de San José 1111.
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