La biblioteca y el piano

La música que escuché mientras escribía

 

Hinde Pomeraniec me regaló un fragmento de mi juventud. Ella escribe un newsletter cultural, y una lectora le envió un texto hermoso que habla de mi familia y de mi casa en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, que hoy ha quedado incorporado al Conurbano, como una extensión de la Capital. La autora se llama María Eugenia Fiorini, y esto es lo que escribió, motivada por un texto de Hinde.

«Disfruto mucho de la lectura de sus artículos, que descubrí hace poco. Trabajo muchas horas frente a la computadora, soy intérprete médico telefónico inglés-español, y muchas veces leer me salva del tedio. Además no concibo la vida sin la lectura. Siempre me dejaron leer de todo en mi casa, sin restricciones. Nadie me controlaba y creo que no estoy formada como lectora, leía lo que tenía a mano, sin pensar realmente qué me gustaba. Pero le agradezco a mis papás la libertad. Sigo teniendo la duda de si se nace lector o se hace uno lector. No importa. La cuestión es leer».
«Brevemente quería comentarle que su artículo me hizo recordar una biblioteca en particular. Yo vivía en Ramos Mejía, y en la misma calle, casa de por medio, vivía el escritor Bernardo Verbitsky. Me llamaba mucho la atención: Bernardo siempre vestía de negro, iba con un libro o un diario bajo el brazo, y sombrero. Ahora sé que probablemente cuando salía iba al diario La Nación. Tenía ojos muy celestes y cabello muy blanco. Su esposa, Ana, era muy amorosa, siempre sonriente, y le regalaba a mi hermana unos lemon pies riquísimos. Yo empecé a estudiar piano, pero el principal problema era que no teníamos piano en casa. Entonces mamá, con ese empuje materno que busca soluciones donde parece no haberlas, lo que hace aparecer cualquier obstáculo como un detalle menor, le pidió a Ana si me dejaba practicar en su piano. Y Ana dijo que sí, algo que no olvidaré en mi vida, porque prestarle el piano propio a un principiante es absolutamente un sacrificio que amerita el cielo para el dueño del instrumento: escuchar escalas y arpegios mal hechos, con repeticiones y saltos, es espantoso. Amén de escuchar cómo uno rompe notas como si en los dedos tuviera una especie de máquina de cortar pasto fuera de control, que cercena flores y yuyos sin distinción alguna».
«Entrar en la casa —todavía era una casa de barrio, de una planta, en un barrio tranquilo y arbolado— era hermoso: tenía muchas plantas, una glicina, un banco de plaza que me encantaba y la puerta de entrada estaba como escondida. Ana me recibía y me acompañaba a la sala que también era la biblioteca de Bernardo, donde estaba el piano. Ahora que lo pienso, mientras yo practicaba Bernardo no podía escribir ni leer ahí. Una razón más para mi gratitud eterna. Un escritorio enorme, su máquina de escribir, muchos libros apilados o esparcidos, en un caótico orden al parecer pero orden al fin, muchísimos más en los estantes de la biblioteca —hasta el techo— y un juego de contraluces que me hacía sentir extrañamente feliz, silenciosamente conmovida. La luz le daba a esos libros un toque de melancolía especial. Y además había un piano, lo que también me hacía feliz. Yo practicaba y cuando ya había cortado muchas flores sin lograr que fueran notas, me iba».
«Luego de un tiempo, Bernardo se enfermó de cáncer, creo. Y tengo un recuerdo que jamás voy a poder olvidar: la última vez que lo vi, al fondo del pasillo, en ropa interior, mirándome como entre ido y enojado, muy enfermo ya, como si se hubiera levantado cuando no debería haberlo hecho. Un rayo de luz muy blanca acentuaba el blanco de su cabello y de la ropa interior. No pude hablarle, la visión me dolió y me impresionó profundamente y despacio me fui, porque Ana me dejaba la puerta abierta y yo me iba cuando había terminado».
«Bernardo falleció, y en casa nos sentimos muy afligidos. Pero además de la pérdida de Bernardo, nos preocupaba muchísimo qué pasaría con la biblioteca. Todos amábamos los libros en casa, regalarse un libro sin dedicatoria era impensable, y cada libro atesoraba artículos de diario, notas, reflexiones, frases que mi madre solía coleccionar y escribir dejando un mensaje en cada libro. Calculo que Ana hizo lo que pudo, pero un día mamá volvió con unos libros que Ana había dejado en la vereda; creo yo que el esfuerzo de ubicar tanta cantidad de libros debe haber sido ímprobo. Y un poco tal vez por el dolor de la pérdida y el cansancio emocional, se dio por vencida. No la culpo. Los libros de la casa de mis padres se convirtieron para mí en una carga en cierta forma, luego de haberlos seleccionado, regalado, intentado donar… Y debo confesarle que tengo un par de libros de ese pilón que trajo mamá de la vereda de la casa de Ana y Bernardo, libros que me da culpa tener, porque tienen dedicatorias a sus seres queridos. Siempre pienso en enviárselos a Horacio, de alguna manera hacérselos llegar».
«Espero que los escritores de hoy en día sigan teniendo bibliotecas, no libros electrónicos. Y que Bernardo sea recordado por dos joyas: el libro Hermana y Sombra y Octubre maduro».
«Muchas gracias por leer».
Sólo tengo un par de cosas que corregir. No vestía de negro, sino de marrón y no iba a La Nación salvo de vez en cuando, para ver a algún amigo. Por suerte, nunca trabajó allí. Pero en lo demás es un recuerdo de una fidelidad impresionante, incluyendo la mención a los últimos dos libros que escribió mi viejo y que son de los mejores, cuando ya no quería cambiar el mundo sino conocerlo. La biblioteca se salvó y pronto irá en donación a la Biblioteca Nacional, gestión que comenzamos con Horacio González y que no quise seguir con quienes lo sucedieron en esos años aciagos.
María Eugenia nació seis años después de que yo me fuera de la casa paterna para vivir solo, de modo que no la recuerdo. Esa imagen de mi madre a sus 60 años se superpone con otra, de tres décadas después, cuando le prestaba el mismo piano pero encajonado en un pequeño departamento porteño a Lilia, que trataba de descifrar las Variaciones Goldberg, de Bach.

Por suerte también tengo para evocarla una filmación casera. Y no pierdo la esperanza de que alguna vez reaparezca el video de calidad profesional que le grabó el cineasta Víctor Kesselman en el piano del Chupita Stamponi, en un restaurante de la calle Talcahuano, cuyo nombre era Los teatros, si es que no ha huido junto con esas imágenes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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43 Comentarios
  1. Fabián DRV dice

    Maravilloso.
    Gracias por compartir la historia de Eugenia y su madre. La música, los libros… todo en esta nota de resulta reconfortante.

  2. Luis Juan dice

    Estimado Horacio:
    Qué hermoso recuerdo para usted. Y su madre tocaba muy bien. En cierta forma, junto a su padre escritor, y a pesar de los avatares de una vida agitada (vida de perro), fue un lujo, me imagino, su infancia y adolescencia.

  3. ines dice

    Hermoso relato, imagino su emoción. Gracias.

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