La cámara lúcida

Se cerraron los ojos del Turco Salomón, el militante que retrató durante medio siglo las luchas en Bahía Blanca

 

El viernes 12 falleció en Bahía Blanca el fotógrafo Luis Ángel Salomón. El Turco. O Turko, como le gustaba firmar desde que Néstor Kirchner convirtió en realidad algunos de sus viejos sueños de militante juvenil del Frente Antiimperialista y por el Socialismo (FAS), cuando todavía era un pibe que jugaba al rugby en el club Argentino.

Laburante, artista, ojo clínico, compañero. Alguien capaz de ver el hada escondida que hay en todo lo que ves, según el verso de Víctor Hugo que Leonardo Favio rescató en su primer corto.

Por sobre todas las cosas, el Turko fue un tipazo al que era imposible no querer.

Nunca hay palabras para acompañar la ausencia repentina de los mejores, de aquellos ejemplos vivos que ya estaban cuando llegábamos. Metáfora de la vida que se volvía literal en cada marcha, reunión, encuentro, conferencia o charla informal al paso. El Turko ya estaba ahí, y por eso después también estaban sus fotos para testimonio de un debate concentrado, un reclamo enérgico o la ternura que irradian una mirada infantil o la compañía de un perrito lesionado.

 

 

Su oficio nació y creció en el cruce entre talento, gusto, trabajo y compromiso. Si durante las madrugadas fotografiaba fiestas de 15 y casamientos, por las tardes acompañaba concentraciones militantes y en las noches se permitía algún recreo deportivo. Siempre hay tiempo para todo en la vida de un hombre de hablar pausado y andar sereno, cuyos primeros pasos se imprimieron en la revista estudiantil Graphos, que en el trienio inicial de los 70 reclamó por la libertad de los presos políticos bahienses de la penúltima dictadura. La historiadora María Julia Jiménez reconoce en esa denuncia el punto de quiebre más nítido en la paulatina evolución de una publicación que comenzó definiéndose como “imparcial” y acabó convirtiéndose en “el soporte de expresión” de una “progresiva politización del estudiantado universitario” local, antes de abandonar sus intentos en el mundo académico y volcarse a las fábricas y barrios donde ya militaba, como muchas organizaciones, el FAS.

En los años siguientes, por la lente del Turko continuarían pasando muchos de los episodios más importantes de la historia de Bahía Blanca, algunos silenciados durante décadas por la narrativa oficial. La única excepción fue el multitudinario sepelio del Negrito García, la primera víctima de la Triple A en la ciudad, que como él militaba en el FAS. No pudo asistir y cuatro décadas largas después todavía lo contaba como pidiendo disculpas, aunque admitía que de haber podido concurrir habría sido marcado por los servicios de inteligencia, como sucedió con decenas de personas ese día. Pasados casi 47 años, el crimen del Negrito forma parte de un juicio que espera un pronto veredicto. Será el primero en pronunciarse en Bahía Blanca sin la cámara lúcida del Turko presente.

 

 

Lamentablemente, muchos de sus trabajos de esa época se perdieron. Una parte debió destruirla, para no caer él ni poner en riesgo a nadie, y otra se diluyó en las arenas movedizas típicas de dinámicas más cotidianas, hogareñas, como las mudanzas y demás obligaciones del día a día.

Ese fue el camino que aparentemente siguieron revelados y negativos que registraban celebraciones de la cultura popular bahiense, en anocheceres en que todavía era imposible divisar la magnitud de la oscuridad próxima. El Turko fue contertulio frecuente de coliseos como el “Osvaldo Casanova” del club Estudiantes, cuando los partidos eran un acontecimiento social en la Capital del Básquet y el público invadía la cancha tras el segundo cuarto para fumar y comentar el juego. Lo comparto tal y como él me lo contó, con la satisfacción de dejarlo escrito pero la tristeza por aquellas imágenes perdidas. Esa es la razón por la que la mayor parte de las fotos supervivientes de Beto Cabrera duermen en el archivo de La Nueva Provincia.

Varios años más tarde, entre trabajo y trabajo en reuniones sociales, la cámara del Turko tuvo algunas revanchas. En el mismo Casanova, tomó una de las primeras imágenes de un jovencísimo Emanuel Ginóbili con la camiseta de Estudiantes, en la única oportunidad en que el zurdo olímpico jugó por Bahía Blanca un torneo de Liga Nacional. Y en las calles no falló nunca: cubrió cuanta concentración de resistencia, reclamo o celebración militante se convocara. Con un compromiso que, lejos de decrecer, fue aumentando con el paso del tiempo, hasta sus últimos meses. Ya en épocas de redes sociales, no pasaban muchos minutos hasta que su reportaje fotográfico iniciaba la circulación libre, para quien quisiera difundirlo.

En 2011 llegaron los juicios por delitos de lesa humanidad en Bahía Blanca. Las imágenes del Turko los llevaron al plano nacional. Lo que es mejor: se difundieron en la ciudad y su zona, que padecía la desinformación que entregaba La Nueva Provincia. Sus tomas pusieron rostro a represores que eran sólo nombres, mostrando que la criminalidad genocida no necesita expresarse en rasgos faciales especialmente diabólicos. “Qué difícil pensar que ya no serás nuestros ojos en las marchas, en los actos, en cada sentencia, esperando a los genocidas, en los murales, cada marzo y en todas y cada una de las actividades”, lo despidió la regional de H.I.J.O.S.

 

Eduardo Hidalgo (APDH) y Hugo Cañón, tras la primera sentencia a represores.

 

La tarea del fotógrafo militante no se agotaba con la luz del flash. Con paciencia y constancia, seleccionó una y otra vez sus obras para exposiciones en entidades educativas de Bahía Blanca y recorrió la región de norte a sur, de Pigüé a Viedma. En un acto organizado por la empresa recuperada Textiles Pigüé, un estudiante secundario subió conmovido al escenario y pidió un aplauso especial para el autor de las fotos que acababa de ver en el ingreso. Su último proyecto era concretar la inauguración de una muestra en las Escuelas Medias de la Universidad Nacional del Sur, que ya había armado y colocado pero nadie pudo visitar por la pandemia.

Y estaba, claro, aquella imagen del invierno de 1971. “La de las botas”, como la llamaba él. Gente la premió como la foto de la semana. Se quedó muy corta. La dictadura posterior, que la misma revista apoyó, hizo que continúe hablando hasta hoy. Circuló y circula por diarios, portales, libros, blogs, redes sociales y cuanto espacio hable de dictadura y derechos humanos en el país y el exterior. El Turko mostraba, orgulloso, cada reproducción que le enviaban o detectaba en la web. Incluso cuando muchas veces aparecía sin crédito ni información sobre el lugar y momento en que la tomó, agachándose desde su metro ochenta: el 9 de julio de 1971, bajo la dictadura de Alejandro Lanusse, durante el desfile militar que saludó el acto patrio en Bahía Blanca.

Sólo se enojó en una ocasión, cuando una publicación tuvo el poco tino de retocar la imagen y borró el eje de la composición, el punctum barthesiano que su ojo sensible captó al vuelo: el nene holandés con banderita argentina que, anticipando los oscuros tiempos por venir, miraba la simétrica sucesión de botas sin saltar.

 

La mirada atenta y el dedo en el gatillo.

 

 

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