La cigarra de Omar Cigarán

Ocho años del asesinato de un adolescente en La Plata con el sello de la Bonaerense

 

 

 

A Sandra Cigarán,

que con su lucha no pierde la esperanza

 

Omar cigarra, /se hizo presente por su sonido rechinante, /una noche que despertó a su madre/ de un mal sueño /y la guió, /hasta otras cigarras que querían ser escuchadas. /Omar cigarra, /vibra su abdomen /y las multiplica hasta convertirse /en un zumbido abrumador /que mantiene en vela/ a la lista amplia de traidores (…) Omar cigarra, /susurra tanto que tenemos que decir tanto. (…) No dejes de vibrar nunca…

Así comienzan los versos escritos por el poeta y periodista platense Juan Salvador, dedicados a Omar Cigarán. “Omar Cigarra” canta, susurra una historia terrible. Es un canto que nos despierta, que nos quita la neblina de los ojos; pero también mantiene en vilo a sus perpetradores. A los traidores y cómplices. A todos los que no quieren mirar la verdad.

Por eso “Omar Cigarra” canta. Canta, hasta tanto no haya justicia. Es un susurro que viaja a los oídos. Re-tumba. La historia de ese canto dice más o menos así.

 

*

 

Los hechos

Son las 2 de la tarde del viernes 15 de febrero de 2013. Omar Cigarán y un amigo corren por diagonal 115 hasta 122 siguiendo una moderna Yamaha negra. Omar tiene 17 años, su amigo 16. Ambos están decididos a robarla. La calle esté llena de autos amontonados detrás de un semáforo que todavía no se puso en verde.

Leandro Martín Junquera –ex policía, empleado del Ministerio de Seguridad y dueño de la moto– siente cómo lo agarran del cuello y le ponen algo frío en la garganta. Omar le dice: “Dame la moto o te mato”. Por eso se baja y empieza a caminar veloz, alejándose. De pronto escucha un grito: ¡Alto policía! y un disparo, pero prefiere no darse vuelta y correr hacia la 122. Recién gira al oír una detonación de arma de fuego.

Omar trastabilla, se toca el pecho y mira sus manos empapadas de sangre. En pocos segundos, una bala atraviesa las costillas, el hígado, los pulmones y el corazón. Cae sobre el asfalto, al lado de una boca de tormenta, en la esquina de diagonal 115.

El policía que vio todo desde un auto más atrás irrumpe en la escena, camina hacia él, todavía con el arma en la mano, y se queda mirándolo. Sólo cuando cruza la calle para mover su auto empieza a escuchar aplausos de transeúntes y vecinos que allí se agolparon. El amigo de Omar logra escapar a tiempo por calle 43.

El policía al que todos aplauden y felicitan como héroe se llama Walter Flores, es sargento y se dedica al traslado de detenidos en Quilmes. Hacia allí se dirigía, por lo que está uniformado y exhibe su arma reglamentaria Bersa 9mm, que acaba de usar contra la humanidad de Omar.

Horas más tarde, declarando en fiscalía, Flores dirá que fue legítima defensa y que su víctima no dejaba de apuntarlo. Siempre de turno cuando ocurren este tipo de casos, además de sistemática incumplidora de la Resolución 1390 de la Procuración (impide delegar la investigación en la policía sospechada), la fiscal Ana Medina va a creer en la versión del policía. Y lo va a liberar de inmediato.

 

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El médico funcional

El mismo día que se produce la ejecución, en la delegación policial de la morgue ingresa el cuerpo de Omar, que es revisado por el médico de policía, el doctor Menzulo, quien va a dejar constancia en un acta –sin testigo alguno– que halló un arma calibre 22 en los genitales, es decir dentro de los calzoncillos de Omar.

Nada casual. El mismo médico, Marcelo Menzulo (ex yerno del entonces juez de la corte Bonaerense, Carlos Hitters), será quien un mes después, tras la trágica inundación que azotó a La Plata, va a emitir alegremente certificados de defunción –no traumáticos– de cuerpos ahogados y hallados en la vía pública, de manera de esconder la verdadera cifra de muertos por la inundación.

Con esa concesión del médico legista, la aparición sorpresiva de un arma de fuego y no su mera hipótesis, la fiscal Medina podía solicitar –sin dudar– el sobreseimiento del policía Walter Flores.

 

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Hostilizando a Omar

Omar era un pibe de barrio pobre como cualquier otro. Su papá Milton, un vareador, laburante, nacido en Uruguay, se rompía el lomo para que en la casa no faltase nada. Su mamá Sandra, ama de casa y con más hijos que cuidar, se desvivía por ellos. A Omar –también al resto de sus hermanos– les tocó la Escuela 37, donde llegó a cursar hasta 4° grado de primaria. Sus padres lo sacaron un día porque les decían todo el tiempo que no lo podían contener. Tras un breve paso por la Escuela 7 (“alto riesgo”), que no tuvo un final muy feliz (se peleó con un compañero y la directora terminó llamando al 911), se la pasaba en la calle. En esas andanzas un día llegó al centro de La Plata, donde conoció a los pibes de la (mal) llamada “banda de la frazada” a la que ya hice referencia en otra oportunidad:

–Si al guacho no lo entregás a la comisaría, mañana lo tenés muerto…

Eso le dijo el teniente Leonardo Chavarrito a Sandra Cigarán luego de participar de un allanamiento en su casa, a pesar que el policía tenía impedido estar siquiera a metros de su hijo. Chavarrito era de esos policías que juntaban firmas entre los vecinos para hacerse famoso y limpiar el barrio del mal ambiente, mientras en paralelo cobraba peaje y hacía caja para la taquería de la zona.

El habeas corpus interpuesto por la defensoría penal juvenil ordenaba evitar todo tipo de injerencias, especialmente al policía Chavarrito que debía abstenerse de tener cualquier contacto con el adolescente Cigarán. Sin embargo, varias denuncias por robo siempre apuntaban a Omar como principal sospechoso y la fiscal Ana Medina, la misma que iba a investigar más tarde su homicidio, era la que solicitaba su allanamiento y lo delegaba en la misma Comisaría denunciada por hostigamiento.

En septiembre de 2012 Omar salió en libertad del Nuevo Dique, donde pasó nueve meses acusado de dispararle en el brazo a una víctima de robo. Volvió a su casa buscando rescatarse, terminar la escuela, tener un hijo con su novia y nunca más volver al encierro.

 

 

Diálogo con un carpintero

–¿Qué es y cómo trabaja un carpintero en el sistema de niñez?

–No podría contestar esa pregunta sin antes decir que desde que comenzó el Programa no hubo un momento donde no hayamos luchado para que no se desfinancien y vacíen los programas, en cuanto a personal, materiales, insumos, caja chica, etc… Ser carpintero me ayudó a acercarme a los niñxs y el CTAI (Centro de Tratamiento Ambulatorio Integral del área de Niñez provincial) logró que ese trabajo se pueda llevar adelante. La carpintería es un trabajo muy noble por sus materiales y por lo que se produce. El objetivo del programa es intentar acercarse a los niñxs en busca de datos, emociones, problemas, que puedan ayudar a entender qué es por lo que está atravesando para que después eso lo trabajemos con una psicóloga con la intervención del grupo, en donde hay trabajadoras sociales, profesores de educación física, profes de plástica, de teatro, músico terapeuta.

–¿Y cómo es la relación que establecen los pibes con lo que les enseñás?

–La carpintería es sólo una excusa para acercarnos, compartir y sin querer aprender un oficio. Realizamos lo más básico de la carpintería, sin encastres complejos por los pocos elementos y herramientas con las que contamos. El primer encuentro se trata de ir buscando el deseo del niño o niña por algún objeto en madera. Vemos que estamos rodeados de elementos, objetos de madera, hasta inclusive casas. Sin pensar mucho puedo decir que los más chiquitxs buscan hacer juguetes y los más grandes realizan objetos, los cuales tienen algún uso cotidiano, percheros, baúles, cajas, cofres, sillas, mesas, etc. Los que tienen algo de experiencia hacen trabajos artesanales como barcos y casas en escala, tallados, cajas con algunas decoraciones especiales.

–¿Qué te acordás de Omar Cigarán?

–Me acuerdo que era bastante ansioso, no podía quedarse mucho quieto. Al principio nos costaba que venga al taller, pero después se enganchó, hasta que se metió con los pibes de la plaza San Martín… Recuerdo que los cortes en la madera le quedaban un poco deformes, pero le ponía muchísimas pilas, garra. Sobre todo se puso más las pilas y se copó cuando trajo un librito de algunos objetos en madera para hacer, objetos de cocina que quería fabricar para la mamá…

Mariano Ramírez es carpintero del CTAI hace más de 20 años. Vio pasar por ahí a cientos de pibes a los que se intentó dar contención, pero también re-vincular con su familia, facilitándoles pequeños rudimentos de aprendizaje con materiales, en este caso maderas, tornillos, clavos, martillos y destornilladores. Huellas de su paso que, si hay algo de empatía o el pibe se engancha, quedarán marcadas en algún objeto construido con sus manos.

Siempre me llamó la atención que, cuando se hablaba de Omar, muchos se referían a él como un pibe hiperactivo, que necesitaba parar la pelota, detenerse. Su cabeza le iba a mil. Su cuerpo también. Sin embargo, las veces que estuve con él en mi visita al Instituto Nuevo Dique o que lo crucé callejeando en la plaza San Martín me dio otra impresión: lo vi jugando entretenido. Una vez con un tablero de ajedrez; otra, mostrando un camión con acoplado de madera que había armado en el taller de carpintería municipal, en el marco del programa que conducía Marcelo Iafolla.

Siento que había algo en las manos de Omar, cierta energía o electricidad que los demás no comprendían; quizás una manera de expresarse, de manipular o empuñar la realidad que determinó su destino.

La respuesta está en los otros, no tanto en él.

 

*

 

Tener o no tener el expediente

Omar fue uno de los siete menores de edad asesinado por disparos policiales en La Plata, en menos de once meses, entre junio de 2012 y mayo de 2013.

A mediados de 2013 asumí el patrocinio de varios de esos casos como defensor penal juvenil, pero en representación de sus familias. No asumí el caso Cigarán, por la única razón que mi colega de entonces, la defensora oficial María Klappenbach, se encontraba de turno al momento del crimen, además que ella había ya intervenido intentando resguardar la integridad de Omar a través de sendos habeas corpus que trataban de impedir las represalias por parte de la Comisaría 2ª.

Recuerdo que en la feria de invierno de 2013 me tocó subrogar a la doctora Klappenbach que había tomado licencia, y la causa ingresó a la defensoría para notificarme una audiencia testimonial dispuesta por la fiscalía. Fue entonces que estudié las fojas detenidamente.

La causa presentaba los mismos patrones de impunidad que las otras causas que había utilizado en la denuncia ante la Suprema Corte. Esos patrones eran: a) adolescentes en situación de vulnerabilidad (mal) atendidos por el sistema de niñez municipal o provincial (la banda de la frazada y la omisión de Estado), b) adolescentes prontuariados por la policía que como en el caso de Omar habían denunciado hostigamientos; c) armado de causas contravencionales o por averiguación de identidad para privarlos de la libertad de manera sistemática (existían más de diez ingresos de Omar a distintas comisarías del radio de La Plata por distintos motivos); d) ejecución policial del adolescente en circunstancias extrañas, en supuestos intentos de robo (el intento de robo de motos se repetía en el asesinato de Vladimir Garay y Axel Lucero); e) policía que se justifica con la legítima defensa con una breve exposición; f) irregularidades en la delegación de la investigación del hecho a la misma policía implicada en la ejecución (violación de la Resolución 1390 Procuración), g) Irregularidades en la morgue policial en el tratamiento del cuerpo de la víctima por parte de los forenses policiales (al igual que el caso Nicora que se ocultó un disparo, pero aquí parecía que le habían puesto un arma en el calzoncillo); h) tratamiento exculpatorio por parte de la fiscalía hacia el policía victimario.

Ante este panorama, decidí tomar contacto con Sandra Cigarán para conocerla y hablar sobre detalles de la causa. Al otro día ella estaba sentada en mi despacho, y pudimos conversar con el expediente sobre la mesa, repasar las medidas dispuestas por la fiscalía, y conjeturar sobre el destino al que se dirigía –inevitablemente– el temperamento de la fiscal Medina: el sobreseimiento anticipado del policía Flores.

Si bien la estrategia legal de mi colega estaba correctamente planteada, desde que esperaba un conjunto de medidas que había solicitado para discutir con la fiscal, mi breve paso por la causa consistió en cotejar patrones y hacer que Sandra obtuviera copia del expediente, de manera de conocer la verdad y evaluar –a futuro– la mejor decisión sobre su impulso.

Por eso mandé a hacer una fotocopia de sus dos o tres cuerpos, así ella pudiera llevarse consigo la –hasta entonces– reconstrucción judicial de lo sucedido y, si quisiera, pudiera consultar a otras voces o criterios. En esas circunstancias, que una madre tenga el expediente sobre el asesinato de su hijo era para mí un hecho tremendamente doloroso, pero un hecho básico de verdad y de acceso a la justicia.

 

 

Sandra y Omar.

 

 

 

La fiscal y la querella

Tal como lo habíamos previsto, a la fiscal Medina le alcanzó un año de instrucción para terminar pidiendo el sobreseimiento del policía Walter Flores por considerar que actuó en legítima defensa. No agregó prácticamente nada que no estuviera ya en el expediente en la primera semana de actuación. Se basó en los dichos del policía y en el arma que halló el médico policial Marcelo Menzulo, dentro de la morgue.

Sin embargo, durante todo ese tiempo Sandra transformó en fuerza su dolor, consiguió ayuda y apoyo donde antes no había nada, y arremetió contra la decisión de cerrar la causa.

Un abogado de la Asociación Miguel Brú, el doctor Juan Manuel Morente, terminó patrocinando a la familia y consiguió, aún después que la fiscal Medina decidiera no acusar, elevar la causa a juicio como particular damnificado.

Al elevar la causa a debate, el juez de Garantías Fernando Mateos consideró: que no era posible sostener rotundamente que Omar portaba un arma cuando intentó robarse la moto, ni que apuntara con ella a Flores; que el hallazgo del arma entre sus genitales aparecía “rodeado de un halo de dudas” que merecían ser despejadas en un debate oral; y que resultaba “al menos peculiar” que después de haber recibido un disparo en el pecho –y que rozara su mano izquierda– Omar haya podido sostener y luego guardar el arma dentro de sus calzoncillos, entre otras cuestiones.

Por primera vez en mucho tiempo, la familia de Omar ganaba una batalla contra el sistema.

 

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El libro y el juicio

“El juez Germán Alegre perdió su semblante amable. Es martes 11 de abril de 2017, tardó más de una hora en bajar a la sala A junto a su colega Juan Carlos Bruni para presenciar la lectura del veredicto. Aclara más de una vez que el juez Emir Caputo Tártara padece problemas de salud y por eso no pudo hacerse presente. La prensa le exige que acerque el micrófono para hablar, eso parece incomodarlo y en pocos minutos pide a la secretaria que lea el veredicto. Son apenas tres renglones. La palabra ‘absuelve’ cae como un yunque en la sala y Sandra empieza a llorar sin control. Alegre deja de mirar al techo. Ahora sus ojos apuntan a Sandra y su expresión no se decide entre la lástima, la impotencia, la dureza. Permanece así unos segundos, más de lo que podría esperarse. El público queda en silencio hasta que la secretaria termina de leer los datos identificatorios de Flores. Alguien grita ‘hijo de puta’ y después, mirando a los jueces, ‘cómplices’. La gente no sabe que el fallo tiene más de 100 hojas. No sabe que Alegre fue el único que votó en contra de la absolución por descartar la teoría de la legítima defensa, ni que el único juez ausente fue el que fijó los planteos. El cordón de penitenciarios se ajusta para contener a la militancia mientras los magistrados abandonan la sala. Flores y sus abogados también se van: terminarán saliendo con custodia del GAD unas horas después…”

Este fragmento pertenece a Mariana Sidoti Gigli, que era estudiante de periodismo cuando decidió estudiar a fondo el caso Cigarán, convirtiendo el resultado en tesis de su licenciatura en Comunicación y más tarde en un gran libro: Vivir sin justicia, que la editorial Mascaró publicó en el año 2018. La pesquisa arroja una trama lúcida de los hechos, con la construcción de un relato atrapante en el mejor estilo de los grandes de la crónica como Walsh o Raab. La mirada de Sandra, de Milton, de los pibes, de los abogados que atraviesan el caso, son las voces que le dan voz a Omar, quien ya no puede hablar pero habla a través de la escritura hipnótica de Mariana. Uno termina de leer perplejo el desenlace que llega a su clímax en el momento del juicio. En el momento que los jueces Bruni y Caputo Tártara se juegan por la coartada policial construida por el relato del asesino y el oscuro médico legista.

 

 

El libro que cuenta la historia.

 

No debe perderse de vista que durante el tiempo que se llevó a cabo el juicio de Omar (del 20 de marzo al 11 de abril) rigió en la Argentina la llamada “doctrina Chocobar”, con la que el gobierno de Mauricio Macri llevó a cabo la mayor campaña de demagogia punitiva conocida en democracia, y que autorizaba a las fuerzas de seguridad a matar a presuntos delincuentes, sin necesidad de dar demasiadas precisiones o rigores y alegando legítima defensa (propia o de terceros). En este contexto, para los abogados de Walter Flores todo era mucho más fácil.

María del Carmen Verdú es una abogada litigante histórica de CORREPI, que trabajó casos históricos como el de Walter Bulacio o la Masacre de Budge. En este país, pocas personas saben de violencia institucional como ella. Al asumir la querella en representación de la familia Cigarán, su brillante exposición estuvo dirigida a contrarrestar la idea que Omar era un pibe peligroso: “Según el código penal, homicida es ‘quien matare a otro’, no ‘quien matare a un ciudadano probo”, explicando –de ese modo– que Flores debía demostrar su justificación de la ejecución de un niño, con el mismo alcance con el que la querella intentaba probar que estamos ante un caso de gatillo fácil. Claro que, para esa altura, Omar tenía todos los estigmas negativos que el sistema le había colocado sobre sus espaldas, por lo que su eliminación era una regla no escrita, pero naturalizada, de la que el Tribunal era más que consciente.

Hay un argumento central que, a esta altura, debería haber dado vuelta la causa y condenado a Flores. Y es el argumento que insinúa Verdú en un momento de su alegato final y termina de profundizar el voto en disidencia del juez Alegre. El razonamiento es el siguiente:

Aun cuando el arma no hubiese sido plantada en los calzoncillos de Omar en la Morgue, para dar más verosimilitud o credibilidad a los dichos de Flores; es decir, si el arma existió verdaderamente Omar pudo habérsela guardado recién después de robarse la moto de Junquera, cuando este último ya estaba lejos de la escena, por lo que Flores lo remató por la espalda a sangre fría. Con el chico desarmado, el policía debió haber optado por otros métodos, efectuar un tiro al aire o disparar de la cintura para abajo.

En esos términos, y aun cuando se pretenda que el arma no fue colocada, la legítima defensa propia y de terceros no existió. Es decir, carece de base fáctica. No fue “inevitable” para Flores tener que disparar.

 

Diego Walter Flores, autor del asesinato de Omar.

 

Los abogados de la familia Cigarán pidieron prisión perpetua para Flores por homicidio agravado por abuso de funciones y su pertenencia a la fuerza policial. Los jueces, con el fallo dividido, decidieron dejar a Flores en libertad y absolverlo.

Se aseguraba –de ese modo– la vigencia de la “doctrina Chocobar” (dejo aquí la sentencia para el que guste leerla)

 

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Impunidad y después

Los abogados de la familia Cigarán apelaron la sentencia, sobre todo ante un fallo dividido. Comenzó así todo un derrotero kafkiano en instancias superiores. Recién en febrero de 2018 el Tribunal de Casación Penal confirmó el fallo absolutorio de Flores, ello sin analizar a fondo la denuncia de arbitrariedad en la valoración de la prueba. Nuevamente los abogados apelaron a la Suprema Corte de la Provincia, que a principios de 2020, en un fallo breve, rechazó por improcedente el recurso por haberse interpuesto fuera de término.

La causa se encuentra en la Corte Suprema de la Nación, esperando se haga justicia algún día.

Walter Flores sigue cumpliendo funciones como policía en traslados en Quilmes.

El médico Marcelo Menzulo se jubiló.

El juez Alegre pidió su renuncia como juez poco después de realizado el juicio. Hoy se dedica a la literatura y a escribir artículos de doctrina legal.

Los jueces Caputo Tártara y Bruni, a pesar de tener –hace rato– la edad jubilatoria cumplida, siguen cumpliendo su rol validador policial en la corporación judicial platense.

Sandra y Milton, devastados, todavía siguen luchando y no pierden la esperanza. Especialmente Sandra, que es ya una referente de la lucha contra el gatillo fácil y acompaña en el día a día a todas las madres y familiares. Se solidariza, postea permanentemente en las redes, no olvidar, no perdonar. Hay que seguir.

 

 

Sandra Cigarán hoy.

 

 

 

* El autor es escritor y abogado.