La clase que nunca cae

Del dinero barato de 2008 a los nuevos moralistas del poder

 

Los “archivos Epstein” son la forma en que el mundo ha llegado a conocer las miles de páginas de documentos relacionados con dos investigaciones criminales sobre tráfico sexual por parte del financista y amigo de los ricos, famosos y poderosos. El contenido de esos archivos (quiénes figuran en ellos y en qué contexto) y si debería hacerse público se convirtieron en un tema de conversación recurrente entre republicanos y demócratas tras la muerte de Epstein en 2019. Sin embargo, en 2025, esas y otras preguntas conmovieron al segundo gobierno del Presidente estadounidense Donald Trump, ya que incluso algunos de sus más fieles partidarios expresaron una sensación de traición ante la reticencia de su administración a divulgar información relacionada con el caso Epstein. Así comienza una recopilación que ha publicado Britannica. La frase funciona como un disparo. No es solo una denuncia sobre un caso judicial. Es la descripción de un ecosistema de poder que se consolidó en los últimos 15 años (aunque emergió con fuerza en los años '80), compuesto por una élite que combina dinero, tecnología, acceso al Estado, manipulación y control de la información. Una élite que opera por encima del escrutinio público. Nadie la ha votado, pero ella solicita votos, sea de nuevos líderes, sea de ideas y de opiniones. Una élite que actúa convencida de que nunca caerá.

Y, sin embargo, en ese mismo ecosistema emergieron figuras políticas que se presentan como moralizadores, como limpiadores del sistema, como outsiders que vienen a destruir la corrupción desde adentro, que, siendo parte activa del Estado, lo denuncian como si no fuesen parte de él. Donald Trump en Estados Unidos. Javier Milei en Argentina. Ambos construyeron su identidad pública sobre la idea de que el sistema está podrido y ellos vienen a exponerlo. Pero al parecer, el sistema que dicen combatir es el mismo que los rodea, los condiciona y los sostiene.

 

 

El día que el sistema colapsó… y renació más fuerte

El 15 de septiembre de 2008, Lehman Brothers se declaró en bancarrota. El sistema financiero global entró en pánico. Los bancos centrales reaccionaron con una magnitud sin precedentes: entre 2008 y 2013 inyectaron alrededor de diez billones de dólares en liquidez para evitar un colapso total.

Ese dinero no se volcó a la economía productiva. Fluyó hacia un sector que prometía crecimiento exponencial; esto es, la economía digital y todos los proyectos que se basan en inflar expectativas, atraer dinero, esfumarlo, volverlo oro o basura. Un sistema económico basado en la atracción de inversiones mediante proyectos de apariencia innovadora, estética futurista o narrativa transformadora, cuya magnitud y promesa funcionan como señuelos simbólicos más que como realidades económicas verificables.

Algo cercano al fraude, pero que legalmente no lo sería. Algo que explota todos los terrores juntos, todas las ambiciones, todo de todo. Donde un día colonizar Marte es lo mejor, pero otro lo es colonizar la Luna, llenar el mundo de centros de datos, crear nuevas armas y, el más prometedor, aniquilar al enemigo llamado “bien común”, “justicia y equidad”, etc.

Entre 2008 y 2013, las empresas tecnológicas captaron gran parte de esa liquidez creada de la noche a la mañana con la crisis de 2008 a través de emisiones de bonos y ofertas públicas. El capital de riesgo destinado al sector se duplicó. La liquidez global encontró en Silicon Valley un terreno fértil.

Ese flujo coincidió con un momento decisivo: el teléfono inteligente se convirtió en el centro de la vida digital (y cultural). Así, Amazon Web Services se transformó en la infraestructura de la nube global, Google consolidó su monopolio de la información y Facebook se volvió la plaza pública del planeta.

En 2024, las seis grandes tecnológicas sumaban una o dos decenas de billones de dólares en capitalización bursátil. Nunca antes un sector había crecido tan rápido ni concentrado tanto poder.

 

 

El mito del genio solitario y la verdad del dinero invisible

La cultura popular insiste en que Silicon Valley es el reino del emprendedor genial. Toda una generación se enamoró de este relato. Pero la historia real es más cruda: sin el torrente de liquidez post-2008, nada de esto habría ocurrido. Y detrás de ese torrente hay actores aún más poderosos. Por caso, solo BlackRock administra diez billones de dólares y es accionista institucional de prácticamente todas las grandes tecnológicas. Ninguna fortuna individual —ni Musk, ni Bezos, ni Zuckerberg— se acerca a esa magnitud.

La verdadera estructura de propiedad es mucho más concentrada y opaca de lo que sugieren las biografías de Silicon Valley y el poder de hacer predominar valores oscuros a través del streaming es inconmensurable.

 

 

Tecnología, Estado y secreto: la alianza que nadie votó

DARPA financió los orígenes de Internet. Amazon Web Services aloja datos de la CIA.

Microsoft y Amazon compitieron por la nube del Pentágono. Google, Microsoft y Amazon firmaron contratos millonarios con Israel. La unidad 8200 del Ejército israelí alimenta el ecosistema global de ciberseguridad.

La frontera entre lo público y lo privado se volvió difusa. La innovación tecnológica se integró al complejo militar-industrial. La infraestructura digital del planeta quedó en manos de corporaciones que operan en alianza con agencias de inteligencia.

Y mientras tanto, los líderes tecnológicos moldean la conversación pública. Musk publica decenas de mensajes diarios. Zuckerberg controla plataformas que procesan más de 100.000 millones de mensajes al día. Gates influye en debates sobre salud, educación y clima. Bezos, Nadella y Pichai administran la narrativa empresarial global.

La noósfera —el espacio donde circulan ideas, significados y percepciones— está mediada por algoritmos y decisiones corporativas que no pasan por ningún control democrático, ni podrían pasar por él. Mal le pese a autores como Harari, quien opina que comités de expertos podrían contrarrestar lo que los líderes de gigantes tecnológicos dominan respecto al debate sobre cómo regular la inteligencia artificial.

 

 

Epstein: el espejo oscuro de la clase conectada

Jeffrey Epstein no fue solo un criminal sexual. Según se desprende de los archivos del caso, ha sido un nodo en una red de poder que conectaba finanzas, política, inteligencia, celebridades (incluidas algunas del mundo académico) y filantropía. Su muerte en prisión —oficialmente un suicidio— dejó más preguntas que respuestas. La lista de supuestos clientes permanece en gran medida oculta y protegida. La opacidad no es casual. Es sistémica.

Describe un sistema donde los flujos financieros son invisibles; los algoritmos son opacos; los contratos con el Estado son confidenciales; las plataformas controlan la información y los archivos sensibles no se publican; los poderes judiciales no van a fondo o les juegan a favor, nada resulta fácil de probar.

 

 

Los nuevos moralistas del sistema

En este escenario emergen figuras políticas que se presentan como “purificadores” del sistema. El discurso público de Trump se apoya en la idea de que él es el único capaz de enfrentar a “la casta de Washington”, “al pantano”, “a los globalistas”, pero también de lograr lo necesario para que el mundo marche mejor. Se presenta como un outsider que lucha contra una élite corrupta que controla el Estado desde las sombras. Su retórica moralista es central porque promete limpiar, exponer, drenar. Pero el caso Epstein lo roza, según lo señala el análisis de la Enciclopedia Británica y, mientras para sus seguidores es con la intención de ensuciarlo, los documentos públicos que han sido revelados siembran dudas más que razonables, pero no prueban delito alguno. El demonio de la polarización, por su parte, los protege. 

En la Argentina, Milei construyó su identidad política sobre la denuncia de “la casta”, la corrupción estatal y la decadencia moral del país. Se presenta como un libertario que viene a destruir un sistema podrido desde adentro. Su discurso es explícitamente moralizador: él sería el único capaz de enfrentar a los privilegios enquistados. Claro que los escándalos de la ANDIS, el caso $Libra, INDEC y la opacidad (ahora además controlada de cualquier filtración incómoda), sumada a los escándalos del kirchnerismo, del albertismo, etc., lo protegen a través de individuos sintéticos que componen burbujas y burbujas: ¿estallarán? ¿Lo favorecen?

Ambos comparten un rasgo, pues se posicionan como supuestos moralizadores capaces de desmentir toda inmoralidad que se les atribuya en un sistema que, en realidad, no controlan. Ambos denuncian la corrupción de las élites, pero operan dentro de un ecosistema global donde el verdadero poder —financiero, tecnológico, militar, informacional— está concentrado en actores que no pasan por elecciones. Su discurso moralista funciona políticamente como lo vio Steve Bannon, pero no altera la estructura profunda del poder contemporáneo, del cual ellos son jugadores con un privilegio no despreciable: “Yo lo afirmo, por lo tanto, es verdad”. Es una nueva forma de verdad, como el viejo crédito a sola firma, no tan viejo si se tiene en cuenta el respaldo a sola firma que la Argentina recibió, no sabemos bien aún a cambio de qué.

 

 

La élite que no cae

Entre 2008 y 2024, el sector tecnológico creció 38 veces y, si bien la pandemia contribuyó a ello, su poder se consolidó, como ya he dicho, a partir de la crisis de 2008. La economía global creció apenas un 1,7. La brecha no es solo económica, sino que es política, simbólica y moral. La impunidad no es un accidente, sino un efecto sistémico.

La muerte de Epstein, la expansión de Silicon Valley, la liquidez post-2008, los contratos con el Pentágono, la influencia de BlackRock y otros conglomerados financieros y la hegemonía algorítmica forman parte de un mismo proceso histórico. Un proceso que ha creado una élite global que opera por encima del escrutinio público.

Al parecer, detrás de Epstein hay un pantano de poder y celebridades donde nadie sale indemne del olor a podredumbre. Los “archivos de Epstein”, aunque publicados en parte por distintos medios y con nombres muchas veces tachados, son igual reveladores. Por ejemplo, nos permiten conocer que Steve Bannon, de quien se dice era mentor y amigo de Trump hasta que se cree dejó de serlo, le habría explicado a Epstein sus planes para una nueva coalición de centro-derecha europea, una que podría sobrevivir a las elecciones democráticas durante más de una década. Así, según una noticia que publica un correo entre ambos (Epstein y Bannon), el último habría descrito su movimiento como una “Alabama inversa”: “Populistas/nacionalistas, primero; cristianos conservadores (católicos/evangélicos), después”, lo cual encendió la curiosidad de Epstein, que en su morbosa visión de la vida y del futuro “estaba ansioso por obtener más detalles”. Entre ellos necesitaba comprender el flujo de fondos, dado que se necesitaría dinero para grupos de expertos, para anuncios, para reuniones políticas… y hasta mencionó las criptomonedas como una opción potencial, animando a Bannon a estudiar la cadena de bloques.

Bannon tenía razón al considerar a Epstein como la peor pesadilla de Trump, porque era difícil no ver este podrido entramado. Cabe decir que, según se ha dicho, entre ambos querían hacer caer al Papa Francisco por ser un “pontífice comunista”, contrario al capitalismo salvaje, a los negocios de las armas, a la pena de muerte, defensor de los migrantes, de los últimos desposeídos y del cuidado del ambiente; que según los correos publicados en la última tanda de documentos desclasificados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, Epstein y el ex jefe de campaña de Donald Trump, Steve Bannon, intercambiaron mensajes planteando financiar organizaciones católicas para incursionar en el Vaticano con la intención de deponer al Papa argentino. Uno al que Milei primero denostó (lo llamó "imbécil" y "representante del Maligno") y luego visitó en el palacio apostólico del Vaticano.

El peligro de un mundo así es que la supuesta “gente de bien” que los apoya en verdad se opone “al bien de la gente de a pie”, del que a veces ellos mismos forman parte. Ese “bien común”, que tras el mágico y perverso mundo de la mutación de significados ahora se aferra a verdades a sola firma, como el enemigo. 

Donde la palabra comunidad, como la idea de una sociedad integrada y regulada por un proyecto nacional en el que el Estado, las organizaciones sociales y el trabajo cooperan para asegurar la justicia social, la distribución equitativa del fruto del trabajo y la realización plena del individuo dentro del colectivo, se ha transformado en un extremo en comunidades fragmentadas. Por caso, algunas donde hasta es usual que personas que se identifican internamente con un animal no humano describan su conexión profunda con un “teriotipo” (especie o tipo animal).

Si no fuese tan real, tan terrible, parecería una conspiración bastante fantasiosa. Lástima que parece que no lo es. Que exista una clase conectada que sienta que puede salirse con la suya en todo, sencillamente porque puede. 

¿Cómo hemos llegado a esto? Es la pregunta que recorre el libro Una noósfera envenenada, un ensayo sobre la crisis de pensamiento en nuestros días, obra que ha sido publicada por la editorial Prometeo. Una que invita a pensar quiénes somos, pero también quién soy, una pregunta indispensable en esta era de individualismo.

 

 

 

* Roberto Kozulj es autor de Una noósfera envenenada, un ensayo sobre la crisis de pensamiento en nuestros días, obra que ha sido publicada por la editorial Prometeo y saldrá al público próximamente.

 

 

 

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