LA CONJURA CONTRA EL MUNDO

Un relato de Philip Roth cuenta qué ocurre cuando una sociedad sucumbe a sus peores instintos.

 

La ficción es como el hilo dental: penetra —en las conciencias, según esta argumentación— donde no llega ni el cepillo del mejor periodismo. Aunque esté desplegada con elegancia, la información apela al raciocinio, a la construcción lógica de un sentido basado en hechos probados. Pero como somos profesionales en el arte de autojustificarnos, que practicamos desde que aprendimos a hablar, siempre tenemos a mano un cliché o un dato falso o incompleto que alzar como escudo, para negarnos a asumir como verdadero el hecho mejor demostrado. (En estos días de coronavirus, desconciertan las voces de quienes creen tener razones para no vacunar a sus hijos.)

En cambio la ficción nos agarra con la guardia baja. Es algo que acometemos cuando nos quitamos la coraza de la tarea diaria, con la intención de distraernos, divertirnos, evadirnos o entender a qué se referían nuestros colegas cuando comentaban la novela escandalosa, la serie imperdible o la película consagrada. Uno se enfrenta a las noticias desde el (pre)juicio, desde una posición armada, vigilante. En cambio, para acometer una ficción hace lo contrario: se abre y se relaja, se dispone a creer aun lo increible, juega a que esa historia que está leyendo o viendo —esa historia que uno sabe que es irreal, y a menudo es delirante de modo deliberado— está ocurriendo de verdad. En ese estado de reconexión con la ingenuidad original, con la capacidad de asombro que alguna vez fue nuestro modo de relacionarnos con el mundo, le permitimos a una historia pedorra que haga cosas con nuestra alma que no le permitiríamos a ningún noticiero. Porque la ficción navega por la superficie, mientras —sin que lo advirtamos— arrastra redes por el fondo de nuestra consciencia y lo remueve todo. ¿Cuántas veces cerramos un libro o salimos de un cine sacudidos de verdad, y sin poder explicarnos qué ocurrió dentro nuestro?

 

 

David Simon en su sitio favorito: las calles de Baltimore.

 

Algunxs creemos en el poder persuasivo de la ficción desde que nos pusimos de pie por primera vez. Otros, sin embargo, se van convenciendo de a poco. David Simon (Washington DC, 1960) comenzó como periodista policial en el Baltimore Sun, pero a fines de los ’80 se desenamoró del trabajo en la redacción («Unos hijos de puta compraron mi diario y dejó de ser divertido») y pidió licencia para escribir un libro. Terminaron siendo dos: Homicide: A Year On The Killing Streets (1991), que fue la base de la serie producida por Barry Levinson (NBC), y The Corner (1997), que terminó adaptada como miniserie por HBO. Ambos son libros periodísticos, lo que llamamos non fiction, pero producto del alejamiento del escritorio y la compu para instalarse en las calles. Para Homicide, prácticamente convivió con los policías de ese departamento durante un año. (En medio de un operativo, y dado que uno de los oficiales sufrió un percance práctico, terminó deteniendo y cacheando a un sospechoso en persona.) Para The Corner, decidió contar cómo las drogas y la errónea política oficial en la materia devastaban una comunidad entera, pero focalizándose en una sola esquina de esas donde tenía lugar la compra y venta.

Hizo su primera incursión en la ficción con algunos guiones para Homicide, pero el giro copernicano tuvo lugar con The Wire (HBO), cuya primera temporada se vio en 2002. La serie arrancó casi como un policial típico, pero enseguida abrió su espectro y se convirtió en el mejor retrato que la televisión produjo nunca sobre la vida en una gran ciudad contemporánea. (Así como en The Corner escogió una única esquina, The Wire se enfoca en Baltimore.) Con la colaboración de algunos de los mejores escritores del policial realista de hoy —Richard Price, George Pelecanos, Dennis Lehane—, Simon y su socio Ed Burns crearon un fresco sobre los pies de barro del sistema y las limitaciones irremontables de nuestras instituciones: empezando por la policía, claro, para a continuación pasear la mirada por el sindicalismo, la política, los medios y la educación. (La cuarta, genial temporada se centra en los dilemas que angustiaban a Ed Burns cuando trabajaba como docente. A través de la historia de cuatro pibes, Simon y Burns expusieron las limitaciones de la escuela pública de los Estados Unidos, que nada puede hacer para salvar a sus alumnos cuando el sistema económico los condena a trabajar bajo contratos basura o a optar por el atajo del delito.)

 

 

La serie «The Wire», un tratado sobre los límites de nuestras instituciones.

 

Presumo que el viraje profesional de Simon se aceleró al cambiar su modo de trabajo y dejar el edificio de cristal para pisar la calle; al exponerse al contacto humano y la experiencia emocional que sobreviene, inevitable. (Uno de los personajes reales de The Corner, por ejemplo, murió mientras escribía el libro a cuatro manos con Ed Burns.) Una cosa es informar sobre temas simbolizados por cifras, estadísticas y declaraciones oficiales, y otra distinta ponderar el mismo tema encarnado en gente real, con nombre y apellido y características intransferibles: la distancia que va del número rojo en un Excel al cuerpo tirado sobre un charco rojo —manifestación física de una falla del sistema que, demasiado tarde, demanda corrección.

Considero a Simon uno de los intelectuales más notables de su país, que por esas vueltas de la vida trabaja como autor y periodista. Dueño de una cuenta de Twitter (@AoDespair) tan lúcida como puteadora —allí mismo se define como «El Hombre Más Iracundo de la Televisión»—, expone sin velos un pensamiento que podría definirse como de izquierda, pero populista. En 2016 reinvindicó que Bernie Sanders «rehabilitase y normalizase el término socialista, de modo que pueda volver a usarse en la vida pública de este país». En estos días sostiene que Sanders puede arrimarle a Biden los votos progresistas que se necesitan para derrotar al elefante Trumpita.

Por eso me encendí cuando supe que adaptaría La conjura contra América, de Philip Roth, al formato miniserie. (HBO estrena su primer capítulo mañana, lunes 16.) A ocho meses de las elecciones en los Estados Unidos, es obvio que toneladas de argumentaciones en infinidad de medios no han conseguido persuadir a votantes potenciales respecto del peligro que acecha. (En el mundo entero, pero muy especialmente allá.) Por eso pensé: ¿qué mejor que encare la tarea alguien que comprendió que una buena ficción puede ser más persuasiva que mil discursos y un millón de panfletos?

 

 

 

El gran estribillo de 2020

 

Philip Roth, inoculándonos contra el fascismo.

 

 

En La conjura contra América (2004), Roth vuelve a practicar el registro autobiográfico que es parte de su estilo, pero llevándolo en una dirección inesperada: imagina cómo habría sido su vida si en 1940, el popularísimo aviador —y antisemita declarado— Charles Lindbergh se hubiese presentado a las elecciones y derrotado a Franklin Delano Roosevelt. Lo cuál es lo mismo que preguntarse: ¿qué habría sido del mundo todo, si los Estados Unidos se hubiesen mantenido prescindentes y a Hitler se le hubiese entregado en bandeja la victoria sobre Europa? El slogan que crea la novela para el héroe deportivo devenido candidato es inequívoco: Vote por Lindbergh o vote por la guerra.

En un artículo para el Hollywood Reporter, Thomas Doherty —profesor de la Brandeis University, especialista en historia cultural y autor de Hollywood y Hitler, 1933-1939— define la novela como «un ejercicio escalofriante de ficción especulativa». Autor de un libro inminente sobre el aviador, a Doherty le consta que entre 1936 y 1938 visitó Alemania seis veces, aceptando una medalla que Hitler concedió y Hermann Goering le puso en el pecho. Cuando la guerra estalló en 1939, Lindbergh se convirtió en vocero de un comité llamado America First, o sea Primero América (¿les suena?), que presionaba para que su país no entrase en el conflicto. En 1941 ya no ocultaba su antisemitismo. Durante un discurso en Des Moines, Iowa, dijo que quienes querían arrastrar a los Estados Unidos a la batalla eran «los líderes de las razas británica y judía», por razones «que nada tienen de americanas»; y procedió a acusar a sus compatriotas de origen judío de tener una influencia nefasta «sobre nuestras películas, nuestra radio y nuestro gobierno». Por eso mismo Doherty considera que la licencia que Roth se toma respecto de la realidad es «más plausible cuanto más se la considera».

 

Charles Lindbergh, el ídolo deportivo.

 

 

Si la moneda de la historia hubiese caído sobre esa cara y no sobre esta que conocemos, bien podría Lindbergh haber «apelado a los peores instintos nacionales, de modo de traerlos a la superficie», dice Doherty. Lo deslumbrante es que Roth haya imaginado semejante cosa en tiempos de George W. Bush, cuando surgía la marea que llevaría a la Casa Blanca al primer Presidente negro, después de lo cual —lo indicaba la lógica evolucionista— no podía sino venir la primera Presidenta. Sin embargo, quien se impuso fue una figura mediática, blanca teta con acabado naranja, que hizo su campaña bajo el slogan America First y apeló a un nacionalismo que niega todas las conquistas sociales obtenidas a partir de los ’60. Donald Trump no tiene grises a ese respecto: es racista, es machista, atribuye la supremacía mundial de su país a la voluntad divina y se caga en el concierto de las naciones. Por debajo de su ingenio de estafador de poca monta, no hay semana en la que no produzca pruebas que evidencian cuán limitada es su inteligencia. Me hizo reír días atrás, cuando se enfrentó a la prensa para hablar del coronavirus y atribuyó su «natural habilidad» para entender de ciencia al hecho de que tiene un tío que enseñó en el MIT y es un great super genius, doctor John Trump. El mundo lidia con una pandemia, y el líder del país más poderoso cree que el conocimiento se transmite por línea genética indirecta.

 

 

 

 

 

Pero lo más impresionante de La conjura contra América no es tanto su vaticinio sobre el resistible ascenso de una figura polémica que, sin embargo, domina los medios como nadie, sino la forma en qué describe cómo el fascismo cala en la vida cotidiana, a través de incrementos mínimos, gota tras gota, arrancando concesiones que parecen nimias a familias del común —como en su momento la de Roth, o la de David Simon—, hasta que un día descubren que perdieron derechos esenciales y el vecino que antes les sonreía grita ahora que sueña con una America Judenfrei — un país libre de judíos.

 

 

Charles Lindbergh, el admirador del Reich.

 

 

Por supuesto, Roth no sitúa el problema tan sólo en el mundo exterior, sino también en el corazón de su familia. La tía Evelyn (Wynona Ryder, en la serie), se casa con el rabino Bengelsdorf (John Turturro), uno de los líderes de la comunidad judía de Newark que, a pesar del antisemitismo de Lindbergh, lo apoya en su carrera a la Casa Blanca. El hermano mayor de Roth, Sandy, es seleccionado por una iniciativa llamada Oficina de Absorción Americana (OAA) y enviado al sur, para ser «americanizado». Cuando regresa, expresa desprecio por los suyos, a quienes define como «judíos del ghetto». El primo Alvin va a la guerra, convencido de la necesidad de derrotar a Hitler, pero vuelve con una pierna menos y un gran escepticismo, porque «ya no soportaba la carga de preocuparse por el sufrimiento de nadie excepto el suyo propio». Y a medida que las semanas transcurren —la novela cubre un período de dos años y monedas—, la violencia hacia los estadounidenses de ese origen se hace brutal y desembozada, hasta el punto en que «los gentiles matan judíos en las calles».

«En 1940 éramos una familia feliz», dice el pequeño Philip, que en esa fecha tenía 7 años. Pero entonces Lindbergh irrumpe en la vida política de su país: fotogénico como una estrella de cine, claro y conciso en sus mensajes públicos y apoyado por un sector de la comunidad judía que ayuda a «volverlo kosher«, se impone «gracias a una victoria aplastante en unas elecciones imparciales y libres». «Nuestros vecinos empezaron lentamente a tener más fe en las convicciones optimistas del rabino Bengelsdorf que en las atroces profecías de (Walter) Winchell», dice el adulto Philip, refiriéndose al célebre columnista que, en su ficción, encabeza la oposición política a Lindbergh.

 

 

La miniserie «La conjura contra América»: una familia dividida por la cuestión del poder.

 

 

El relato de Roth es devastador en su descripción de una cotidianeidad que va contaminándose de a poco, normalizando actitudes antidemocráticas que parecían impensables poco tiempo atrás. Presionada por la sociedad y los medios, mucha gente empieza a tolerar situaciones que ayer se pensaban intolerables. En un momento el pequeño Philip hace una lista de las cosas que nunca hasta entonces habían ocurrido y concluye: «Nunca hasta entonces… ese fue el gran estribillo de 1942″.

Su padre Herman, vendedor de seguros, que dio por bueno el Sueño Americano y adoptó como prócer al Lincoln del Discurso de Gettysburg, para quien «todos los hombres han sido creados iguales», es quien, desde el principio, se resiste más a lo que se viene. «Todos los días me hago la misma pregunta», reflexiona. «¿Cómo es posible que una cosa así esté pasando en Norteamérica? ¿Cómo es posible que personas así estén al frente de nuestro país? Si no lo viera con mis propios ojos, pensaría que estoy sufriendo una alucinación». Este estado de ánimo, que Roth le atribuyó a comienzos de este siglo a la versión alternativa de su padre, ¿no es idéntico al de tantos argentinos durante los últimos cuatro años — no es idéntico al de tantos estadounidenses hoy, que se agarran la cabeza cuando escuchan a Trump acusando al coronavirus de ser un mal «extranjero» , como si los gérmenes tuviesen patria, y aprovechando la pandemia para machacar sobre su nacionalismo marca America First?

 

 

 

Lo que mata es no pensar

La adaptación a la TV de La conjura contra América llega en un momento inmejorable, porque ficcionaliza una psicosis colectiva que estamos viviendo en tiempo real. Tanto la novela como la miniserie ponen en acto lo que ocurre cuando una sociedad sucumbe a sus peores instintos. Allí el mal es el racismo, específicamente el aintisemitismo. Pero en estos días generosos en materia de gente con barbijos, aeropuertos desiertos y desconfianza hacia las manos tendidas, pensar en la naturaleza viral del prejuicio no sólo es oportuno — es puro instinto de supervivencia.

Semanas atrás, escenas como las que vemos a diario hubiesen sonado a demencia propia de serie o película distópica. («La calamidad, cuando llega, lo hace a toda prisa», reflexiona Philip.) Pero si bien trabajamos a partir de la hipótesis de que una pandemia tiene origen natural y por eso es impredecible, lo que nada tienen de naturales son las condiciones que permiten que el mal se difunda como lo hace sin poder ser contenido en tiempo y forma. (Paradójicamente, hay otra novela de Roth que amerita ser leída en tándem con La conjura: se llama Némesis y utiliza la epidemia del polio en 1944 para hablar de los efectos de una peste ya no sobre los cuerpos, sino sobre las almas que conforman una comunidad.) Cuando una enfermedad semejante cunde en una sociedad donde los servicios de salud son carísimos y por ende excluyentes, ¿qué termina siendo más mortífero: los bichitos que se te meten en el cuerpo o el capitalismo salvaje que toma derechos esenciales y los convierte en privilegios?

 

El rabino (John Turturro) que vuelve kosher a Lindbergh.

 

Mientras escribo, el New York Times anuncia a toda página que un funcionario brasileño que visitó a Trump hace una semana en su residencia de Mar-A-Lago tiene coronavirus. Y la clara ventaja del impresentable Biden en la interna demócrata completa la esencia trágica de la situación en Estados Unidos, desde que Bernie Sanders —el candidato que hizo de la promesa de un sistema de salud para todos su caballito de batalla— parece prácticamente derrotado. Entre Trump, que por ser quien es podría obtener el mejor tratamiento médico del mundo, y Biden que es el candidato del sistema —su especialidad es salvar bancos, no gente—, el que se las verá jodidas es el pueblo de su país. (Los Roth de hoy, los Simon, los Smith — los laburantes, los negros, los latinos.) Lo cual pone la cosa en el carril esencial que debemos considerar: mientras el poder real esté en manos del Gran Dinero, los pueblos estarán expuestos a la posibilidad de morir como moscas. La ecuación es simple: a mayor impunidad del capital concentrado, menos democracia — o sea, menos atención a los derechos y necesidades de las mayorías.

Un artículo que The Guardian publicó el jueves dice que «la gente más rica del planeta está usando aviones privados para irse a sus casas de vacaciones o a bunkers especialmente preparados en países que, hasta ahora, parecen haber evitado lo peor de la epidemia… Los ricos también están sitiando a los médicos de clínicas privadas de Harley Street, Londres, y a través del mundo, demandando tests privados… por los que ofrecen pagar». En Twitter, Ezequiel Adamovsky comentó: «Mientras tanto, las enfermeras se quedan y nos atienden en hospitales públicos desfinanciados por la evasión de los super ricos y por las políticas orientadas a beneficiarlos. No olvidar cuando todo esto pase».

 

 

 

 

(La deformación profesional del novelista manda shocks eléctricos a mi cerebro, que no para de imaginar relatos distópicos que transcurrirían en este escenario: uno donde se persigue a las clases altas de una sociedad, que han viajado por el mundo y por eso se volvieron vectores de una enfermedad que urge contener. O sea, ricos encerrados en el ghetto de Nordelta — la revolución popular tan soñada en otros tiempos, detonada por un Che Guevara microscópico.)

No es casual que los populismos filofachos apelen a emociones primales como el nacionalismo y los prejuicios. La condición sine qua non de su salud política es la existencia de una masa asustada y por ende irracional, dispuesta a creer que, ante un desastre, nadie mejor para salvarla que la misma gente que creó las condiciones para que ese horror se extienda sin control. Antes que el coronavirus, lo que mata es no pensar, y no pensar bien. Por eso mismo, respecto de ciertos temas cruciales hay que informar bien, sí, y explicar una y mil veces si es necesario, pero no conformarse con eso, porque cierta gente —mucha gente— no razonará al respecto, ni siquiera cuando su propia vida esté en juego. Y es ahí donde los Philip Roth y los David Simon de este mundo juegan un rol crucial: además de informar bien necesitamos contar bien, porque la ficción es como el hilo dental — penetra donde no llega ni el cepillo del mejor periodismo. (Ver ut supra, etc., etc.)

En los tramos finales de la novela, Roth hace que el legendario alcalde de Nueva York Fiorello La Guardia exprese el dilema en sus términos más elementales: «Hay una conjura en marcha, desde luego, y mencionaré gustosamente las fuerzas que la impulsan: la histeria, la ignorancia, la maldad, la estupidez, el odio y el miedo. ¡En qué repugnante espectáculo se ha convertido nuestro país!»

Por suerte la Argentina tomó el camino de dejar de ser un espectáculo así, porque en el momento indicado sus mayorías se preguntaron lo mismo que el Herman Roth de la ficción: «¿He de quedarme aquí sentado, esperando a que ocurra lo peor?» Y como nos respondimos que no, volvimos a tomar la Historia por las astas; esa ciencia que —según dice Philip Roth y debemos tener presente— es capaz de transformar el desastre en épica.

 

 

 

 

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