LA CONJURA CONTRA EL MUNDO

Un relato de Philip Roth cuenta qué ocurre cuando una sociedad sucumbe a sus peores instintos.

 

La ficción es como el hilo dental: penetra —en las conciencias, según esta argumentación— donde no llega ni el cepillo del mejor periodismo. Aunque esté desplegada con elegancia, la información apela al raciocinio, a la construcción lógica de un sentido basado en hechos probados. Pero como somos profesionales en el arte de autojustificarnos, que practicamos desde que aprendimos a hablar, siempre tenemos a mano un cliché o un dato falso o incompleto que alzar como escudo, para negarnos a asumir como verdadero el hecho mejor demostrado. (En estos días de coronavirus, desconciertan las voces de quienes creen tener razones para no vacunar a sus hijos.)

En cambio la ficción nos agarra con la guardia baja. Es algo que acometemos cuando nos quitamos la coraza de la tarea diaria, con la intención de distraernos, divertirnos, evadirnos o entender a qué se referían nuestros colegas cuando comentaban la novela escandalosa, la serie imperdible o la película consagrada. Uno se enfrenta a las noticias desde el (pre)juicio, desde una posición armada, vigilante. En cambio, para acometer una ficción hace lo contrario: se abre y se relaja, se dispone a creer aun lo increible, juega a que esa historia que está leyendo o viendo —esa historia que uno sabe que es irreal, y a menudo es delirante de modo deliberado— está ocurriendo de verdad. En ese estado de reconexión con la ingenuidad original, con la capacidad de asombro que alguna vez fue nuestro modo de relacionarnos con el mundo, le permitimos a una historia pedorra que haga cosas con nuestra alma que no le permitiríamos a ningún noticiero. Porque la ficción navega por la superficie, mientras —sin que lo advirtamos— arrastra redes por el fondo de nuestra consciencia y lo remueve todo. ¿Cuántas veces cerramos un libro o salimos de un cine sacudidos de verdad, y sin poder explicarnos qué ocurrió dentro nuestro?

 

 

David Simon en su sitio favorito: las calles de Baltimore.

 

Algunxs creemos en el poder persuasivo de la ficción desde que nos pusimos de pie por primera vez. Otros, sin embargo, se van convenciendo de a poco. David Simon (Washington DC, 1960) comenzó como periodista policial en el Baltimore Sun, pero a fines de los ’80 se desenamoró del trabajo en la redacción («Unos hijos de puta compraron mi diario y dejó de ser divertido») y pidió licencia para escribir un libro. Terminaron siendo dos: Homicide: A Year On The Killing Streets (1991), que fue la base de la serie producida por Barry Levinson (NBC), y The Corner (1997), que terminó adaptada como miniserie por HBO. Ambos son libros periodísticos, lo que llamamos non fiction, pero producto del alejamiento del escritorio y la compu para instalarse en las calles. Para Homicide, prácticamente convivió con los policías de ese departamento durante un año. (En medio de un operativo, y dado que uno de los oficiales sufrió un percance práctico, terminó deteniendo y cacheando a un sospechoso en persona.) Para The Corner, decidió contar cómo las drogas y la errónea política oficial en la materia devastaban una comunidad entera, pero focalizándose en una sola esquina de esas donde tenía lugar la compra y venta.

Hizo su primera incursión en la ficción con algunos guiones para Homicide, pero el giro copernicano tuvo lugar con The Wire (HBO), cuya primera temporada se vio en 2002. La serie arrancó casi como un policial típico, pero enseguida abrió su espectro y se convirtió en el mejor retrato que la televisión produjo nunca sobre la vida en una gran ciudad contemporánea. (Así como en The Corner escogió una única esquina, The Wire se enfoca en Baltimore.) Con la colaboración de algunos de los mejores escritores del policial realista de hoy —Richard Price, George Pelecanos, Dennis Lehane—, Simon y su socio Ed Burns crearon un fresco sobre los pies de barro del sistema y las limitaciones irremontables de nuestras instituciones: empezando por la policía, claro, para a continuación pasear la mirada por el sindicalismo, la política, los medios y la educación. (La cuarta, genial temporada se centra en los dilemas que angustiaban a Ed Burns cuando trabajaba como docente. A través de la historia de cuatro pibes, Simon y Burns expusieron las limitaciones de la escuela pública de los Estados Unidos, que nada puede hacer para salvar a sus alumnos cuando el sistema económico los condena a trabajar bajo contratos basura o a optar por el atajo del delito.)

 

 

La serie «The Wire», un tratado sobre los límites de nuestras instituciones.

 

Presumo que el viraje profesional de Simon se aceleró al cambiar su modo de trabajo y dejar el edificio de cristal para pisar la calle; al exponerse al contacto humano y la experiencia emocional que sobreviene, inevitable. (Uno de los personajes reales de The Corner, por ejemplo, murió mientras escribía el libro a cuatro manos con Ed Burns.) Una cosa es informar sobre temas simbolizados por cifras, estadísticas y declaraciones oficiales, y otra distinta ponderar el mismo tema encarnado en gente real, con nombre y apellido y características intransferibles: la distancia que va del número rojo en un Excel al cuerpo tirado sobre un charco rojo —manifestación física de una falla del sistema que, demasiado tarde, demanda corrección.

Considero a Simon uno de los intelectuales más notables de su país, que por esas vueltas de la vida trabaja como autor y periodista. Dueño de una cuenta de Twitter (@AoDespair) tan lúcida como puteadora —allí mismo se define como «El Hombre Más Iracundo de la Televisión»—, expone sin velos un pensamiento que podría definirse como de izquierda, pero populista. En 2016 reinvindicó que Bernie Sanders «rehabilitase y normalizase el término socialista, de modo que pueda volver a usarse en la vida pública de este país». En estos días sostiene que Sanders puede arrimarle a Biden los votos progresistas que se necesitan para derrotar al elefante Trumpita.

Por eso me encendí cuando supe que adaptaría La conjura contra América, de Philip Roth, al formato miniserie. (HBO estrena su primer capítulo mañana, lunes 16.) A ocho meses de las elecciones en los Estados Unidos, es obvio que toneladas de argumentaciones en infinidad de medios no han conseguido persuadir a votantes potenciales respecto del peligro que acecha. (En el mundo entero, pero muy especialmente allá.) Por eso pensé: ¿qué mejor que encare la tarea alguien que comprendió que una buena ficción puede ser más persuasiva que mil discursos y un millón de panfletos?

 

 

 

El gran estribillo de 2020

 

Philip Roth, inoculándonos contra el fascismo.

 

 

En La conjura contra América (2004), Roth vuelve a practicar el registro autobiográfico que es parte de su estilo, pero llevándolo en una dirección inesperada: imagina cómo habría sido su vida si en 1940, el popularísimo aviador —y antisemita declarado— Charles Lindbergh se hubiese presentado a las elecciones y derrotado a Franklin Delano Roosevelt. Lo cuál es lo mismo que preguntarse: ¿qué habría sido del mundo todo, si los Estados Unidos se hubiesen mantenido prescindentes y a Hitler se le hubiese entregado en bandeja la victoria sobre Europa? El slogan que crea la novela para el héroe deportivo devenido candidato es inequívoco: Vote por Lindbergh o vote por la guerra.

En un artículo para el Hollywood Reporter, Thomas Doherty —profesor de la Brandeis University, especialista en historia cultural y autor de Hollywood y Hitler, 1933-1939— define la novela como «un ejercicio escalofriante de ficción especulativa». Autor de un libro inminente sobre el aviador, a Doherty le consta que entre 1936 y 1938 visitó Alemania seis veces, aceptando una medalla que Hitler concedió y Hermann Goering le puso en el pecho. Cuando la guerra estalló en 1939, Lindbergh se convirtió en vocero de un comité llamado America First, o sea Primero América (¿les suena?), que presionaba para que su país no entrase en el conflicto. En 1941 ya no ocultaba su antisemitismo. Durante un discurso en Des Moines, Iowa, dijo que quienes querían arrastrar a los Estados Unidos a la batalla eran «los líderes de las razas británica y judía», por razones «que nada tienen de americanas»; y procedió a acusar a sus compatriotas de origen judío de tener una influencia nefasta «sobre nuestras películas, nuestra radio y nuestro gobierno». Por eso mismo Doherty considera que la licencia que Roth se toma respecto de la realidad es «más plausible cuanto más se la considera».

 

Charles Lindbergh, el ídolo deportivo.

 

 

Si la moneda de la historia hubiese caído sobre esa cara y no sobre esta que conocemos, bien podría Lindbergh haber «apelado a los peores instintos nacionales, de modo de traerlos a la superficie», dice Doherty. Lo deslumbrante es que Roth haya imaginado semejante cosa en tiempos de George W. Bush, cuando surgía la marea que llevaría a la Casa Blanca al primer Presidente negro, después de lo cual —lo indicaba la lógica evolucionista— no podía sino venir la primera Presidenta. Sin embargo, quien se impuso fue una figura mediática, blanca teta con acabado naranja, que hizo su campaña bajo el slogan America First y apeló a un nacionalismo que niega todas las conquistas sociales obtenidas a partir de los ’60. Donald Trump no tiene grises a ese respecto: es racista, es machista, atribuye la supremacía mundial de su país a la voluntad divina y se caga en el concierto de las naciones. Por debajo de su ingenio de estafador de poca monta, no hay semana en la que no produzca pruebas que evidencian cuán limitada es su inteligencia. Me hizo reír días atrás, cuando se enfrentó a la prensa para hablar del coronavirus y atribuyó su «natural habilidad» para entender de ciencia al hecho de que tiene un tío que enseñó en el MIT y es un great super genius, doctor John Trump. El mundo lidia con una pandemia, y el líder del país más poderoso cree que el conocimiento se transmite por línea genética indirecta.

 

 

 

 

 

Pero lo más impresionante de La conjura contra América no es tanto su vaticinio sobre el resistible ascenso de una figura polémica que, sin embargo, domina los medios como nadie, sino la forma en qué describe cómo el fascismo cala en la vida cotidiana, a través de incrementos mínimos, gota tras gota, arrancando concesiones que parecen nimias a familias del común —como en su momento la de Roth, o la de David Simon—, hasta que un día descubren que perdieron derechos esenciales y el vecino que antes les sonreía grita ahora que sueña con una America Judenfrei — un país libre de judíos.

 

 

Charles Lindbergh, el admirador del Reich.

 

 

Por supuesto, Roth no sitúa el problema tan sólo en el mundo exterior, sino también en el corazón de su familia. La tía Evelyn (Wynona Ryder, en la serie), se casa con el rabino Bengelsdorf (John Turturro), uno de los líderes de la comunidad judía de Newark que, a pesar del antisemitismo de Lindbergh, lo apoya en su carrera a la Casa Blanca. El hermano mayor de Roth, Sandy, es seleccionado por una iniciativa llamada Oficina de Absorción Americana (OAA) y enviado al sur, para ser «americanizado». Cuando regresa, expresa desprecio por los suyos, a quienes define como «judíos del ghetto». El primo Alvin va a la guerra, convencido de la necesidad de derrotar a Hitler, pero vuelve con una pierna menos y un gran escepticismo, porque «ya no soportaba la carga de preocuparse por el sufrimiento de nadie excepto el suyo propio». Y a medida que las semanas transcurren —la novela cubre un período de dos años y monedas—, la violencia hacia los estadounidenses de ese origen se hace brutal y desembozada, hasta el punto en que «los gentiles matan judíos en las calles».

«En 1940 éramos una familia feliz», dice el pequeño Philip, que en esa fecha tenía 7 años. Pero entonces Lindbergh irrumpe en la vida política de su país: fotogénico como una estrella de cine, claro y conciso en sus mensajes públicos y apoyado por un sector de la comunidad judía que ayuda a «volverlo kosher«, se impone «gracias a una victoria aplastante en unas elecciones imparciales y libres». «Nuestros vecinos empezaron lentamente a tener más fe en las convicciones optimistas del rabino Bengelsdorf que en las atroces profecías de (Walter) Winchell», dice el adulto Philip, refiriéndose al célebre columnista que, en su ficción, encabeza la oposición política a Lindbergh.

 

 

La miniserie «La conjura contra América»: una familia dividida por la cuestión del poder.

 

 

El relato de Roth es devastador en su descripción de una cotidianeidad que va contaminándose de a poco, normalizando actitudes antidemocráticas que parecían impensables poco tiempo atrás. Presionada por la sociedad y los medios, mucha gente empieza a tolerar situaciones que ayer se pensaban intolerables. En un momento el pequeño Philip hace una lista de las cosas que nunca hasta entonces habían ocurrido y concluye: «Nunca hasta entonces… ese fue el gran estribillo de 1942″.

Su padre Herman, vendedor de seguros, que dio por bueno el Sueño Americano y adoptó como prócer al Lincoln del Discurso de Gettysburg, para quien «todos los hombres han sido creados iguales», es quien, desde el principio, se resiste más a lo que se viene. «Todos los días me hago la misma pregunta», reflexiona. «¿Cómo es posible que una cosa así esté pasando en Norteamérica? ¿Cómo es posible que personas así estén al frente de nuestro país? Si no lo viera con mis propios ojos, pensaría que estoy sufriendo una alucinación». Este estado de ánimo, que Roth le atribuyó a comienzos de este siglo a la versión alternativa de su padre, ¿no es idéntico al de tantos argentinos durante los últimos cuatro años — no es idéntico al de tantos estadounidenses hoy, que se agarran la cabeza cuando escuchan a Trump acusando al coronavirus de ser un mal «extranjero» , como si los gérmenes tuviesen patria, y aprovechando la pandemia para machacar sobre su nacionalismo marca America First?

 

 

 

Lo que mata es no pensar

La adaptación a la TV de La conjura contra América llega en un momento inmejorable, porque ficcionaliza una psicosis colectiva que estamos viviendo en tiempo real. Tanto la novela como la miniserie ponen en acto lo que ocurre cuando una sociedad sucumbe a sus peores instintos. Allí el mal es el racismo, específicamente el aintisemitismo. Pero en estos días generosos en materia de gente con barbijos, aeropuertos desiertos y desconfianza hacia las manos tendidas, pensar en la naturaleza viral del prejuicio no sólo es oportuno — es puro instinto de supervivencia.

Semanas atrás, escenas como las que vemos a diario hubiesen sonado a demencia propia de serie o película distópica. («La calamidad, cuando llega, lo hace a toda prisa», reflexiona Philip.) Pero si bien trabajamos a partir de la hipótesis de que una pandemia tiene origen natural y por eso es impredecible, lo que nada tienen de naturales son las condiciones que permiten que el mal se difunda como lo hace sin poder ser contenido en tiempo y forma. (Paradójicamente, hay otra novela de Roth que amerita ser leída en tándem con La conjura: se llama Némesis y utiliza la epidemia del polio en 1944 para hablar de los efectos de una peste ya no sobre los cuerpos, sino sobre las almas que conforman una comunidad.) Cuando una enfermedad semejante cunde en una sociedad donde los servicios de salud son carísimos y por ende excluyentes, ¿qué termina siendo más mortífero: los bichitos que se te meten en el cuerpo o el capitalismo salvaje que toma derechos esenciales y los convierte en privilegios?

 

El rabino (John Turturro) que vuelve kosher a Lindbergh.

 

Mientras escribo, el New York Times anuncia a toda página que un funcionario brasileño que visitó a Trump hace una semana en su residencia de Mar-A-Lago tiene coronavirus. Y la clara ventaja del impresentable Biden en la interna demócrata completa la esencia trágica de la situación en Estados Unidos, desde que Bernie Sanders —el candidato que hizo de la promesa de un sistema de salud para todos su caballito de batalla— parece prácticamente derrotado. Entre Trump, que por ser quien es podría obtener el mejor tratamiento médico del mundo, y Biden que es el candidato del sistema —su especialidad es salvar bancos, no gente—, el que se las verá jodidas es el pueblo de su país. (Los Roth de hoy, los Simon, los Smith — los laburantes, los negros, los latinos.) Lo cual pone la cosa en el carril esencial que debemos considerar: mientras el poder real esté en manos del Gran Dinero, los pueblos estarán expuestos a la posibilidad de morir como moscas. La ecuación es simple: a mayor impunidad del capital concentrado, menos democracia — o sea, menos atención a los derechos y necesidades de las mayorías.

Un artículo que The Guardian publicó el jueves dice que «la gente más rica del planeta está usando aviones privados para irse a sus casas de vacaciones o a bunkers especialmente preparados en países que, hasta ahora, parecen haber evitado lo peor de la epidemia… Los ricos también están sitiando a los médicos de clínicas privadas de Harley Street, Londres, y a través del mundo, demandando tests privados… por los que ofrecen pagar». En Twitter, Ezequiel Adamovsky comentó: «Mientras tanto, las enfermeras se quedan y nos atienden en hospitales públicos desfinanciados por la evasión de los super ricos y por las políticas orientadas a beneficiarlos. No olvidar cuando todo esto pase».

 

 

 

 

(La deformación profesional del novelista manda shocks eléctricos a mi cerebro, que no para de imaginar relatos distópicos que transcurrirían en este escenario: uno donde se persigue a las clases altas de una sociedad, que han viajado por el mundo y por eso se volvieron vectores de una enfermedad que urge contener. O sea, ricos encerrados en el ghetto de Nordelta — la revolución popular tan soñada en otros tiempos, detonada por un Che Guevara microscópico.)

No es casual que los populismos filofachos apelen a emociones primales como el nacionalismo y los prejuicios. La condición sine qua non de su salud política es la existencia de una masa asustada y por ende irracional, dispuesta a creer que, ante un desastre, nadie mejor para salvarla que la misma gente que creó las condiciones para que ese horror se extienda sin control. Antes que el coronavirus, lo que mata es no pensar, y no pensar bien. Por eso mismo, respecto de ciertos temas cruciales hay que informar bien, sí, y explicar una y mil veces si es necesario, pero no conformarse con eso, porque cierta gente —mucha gente— no razonará al respecto, ni siquiera cuando su propia vida esté en juego. Y es ahí donde los Philip Roth y los David Simon de este mundo juegan un rol crucial: además de informar bien necesitamos contar bien, porque la ficción es como el hilo dental — penetra donde no llega ni el cepillo del mejor periodismo. (Ver ut supra, etc., etc.)

En los tramos finales de la novela, Roth hace que el legendario alcalde de Nueva York Fiorello La Guardia exprese el dilema en sus términos más elementales: «Hay una conjura en marcha, desde luego, y mencionaré gustosamente las fuerzas que la impulsan: la histeria, la ignorancia, la maldad, la estupidez, el odio y el miedo. ¡En qué repugnante espectáculo se ha convertido nuestro país!»

Por suerte la Argentina tomó el camino de dejar de ser un espectáculo así, porque en el momento indicado sus mayorías se preguntaron lo mismo que el Herman Roth de la ficción: «¿He de quedarme aquí sentado, esperando a que ocurra lo peor?» Y como nos respondimos que no, volvimos a tomar la Historia por las astas; esa ciencia que —según dice Philip Roth y debemos tener presente— es capaz de transformar el desastre en épica.

 

 

 

 

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5 Comentarios
  1. apico dice

    Excelente su articulo Marcelo. No parece haber nada mas peligroso que la verdad, y en estos tiempos donde el rating es furor, se hace insoportable escuchar tantas tonterías de tantos periodistas. Creo que el «corona», no es causa, sino mascara,aún siendo real, de la caída del neo liberalismo en el mundo, y probablemente cambie los paradigmas del Capitalismo Salvaje. El pánico con en el que someten a la sociedad, es el pánico de los poderosos que ven derretir sus sucias acumulaciones de riquezas virtuales, ante un relativamente peligroso virus, que ataca a los mas viejos y ricos. Los pobres viejos italianos que se cansaron de votar gobiernos neo-fascistas, hoy mueren como moscas por un sistema que ellos eligieron. ¿paradoja?… hasta hace unos días daba por segura la re-elección de Trump, hoy no lo se, porque Biden es el representante de W. Street, y creo que esos no se quieren suicidar. Si no me censuran, le envió un saludo peronista.

  2. Luis Juan dice

    Estimado Marcelo:
    Impecable, como de costumbre.
    Si me permite, una digresión.
    El título que eligió hace que me continúe respecto de los comentarios que le realizara a los primeros dos columnistas.
    El 10/6/2016 una página desaparecida de la web, tomaba de la fuente: http://theeconomiccollapseblog.com/archives/george-soros-is-preparing-for-economic-collapse-does-he-know-something-that-you-dont, lo siguiente:
    “Las últimas maniobras del multimillonario George Soros están llamando la atención de muchos medios y provocando que mucha gente se haga la misma pregunta: ¿sabe algo George Soros que no sabemos el resto de gente?
    La cuestión es que Soros está vendiendo acciones, comprando oro y haciendo toda “una serie de grandes inversiones bajistas (bearish)”.
    Y eso es especialmente llamativo, puesto que si la economía se mantiene relativamente estable como está en este momento, estos movimientos probablemente le costarán a George Soros una enorme cantidad de dinero.
    Sin embargo, si estamos al borde de una gran crisis financiera, entonces Soros conseguirá una cantidad de ganancias obscena gracias a sus maniobras.”
    “…Soros además esté invirtiendo en comprar oro y acciones de minas de oro, una maniobra típica de los inversores, que consideran el oro como un refugio en tiempos de agitación económica.
    Parece ser que uno de los aspectos que preocupan particularmente a Soros, es la inminente votación en Gran Bretaña en la que se decidirá su continuidad en la Unión Europea, el llamado Brexit.”
    “…“Si Gran Bretaña se va, eso podría desencadenar un éxodo general, y la desintegración de la Unión Europea se convertirá prácticamente en inevitable”, sostiene el multimillonario.”
    “…Pero Soros no sólo está preocupado por un Brexit potencial. La desaceleración económica de China también le preocupa mucho, y todo ello ha contribuido a que su firma realice apuestas extremadamente bajistas.”
    “…Sabemos que desde hace muchos meses, noticias de este tipo se vienen repitiendo, en forma de advertencias realizadas por todo tipo de “expertos económicos”.
    Pero en este caso, lo que tenemos es a un gran inversor que realiza una maniobra de protección ante lo que él cree que se avecina.
    Como ya hemos dicho otras veces, debes alarmarte cuando las ratas abandonan el barco y George Soros es una de las ratas más gordas…”.
    La pregunta del millón en nuestro país es si, el gigantesco endeudamiento para fuga de divisas que se ha realizado, sólo obedeció a una actitud consuetudinaria de los de siempre o, tenían información privilegiada que los mortales comunes no podíamos imaginar.
    Con fecha 4/7/2016, el sitio desaparecido, citando las fuentes: http://theeconomiccollapseblog.com/archives/what-is-the-government-preparing-for
    http://www.npr.org/sections/health-shots/2016/06/27/483069862/inside-a-secret-government-warehouse-prepped-for-health-catastrophes
    http://motherboard.vice.com/read/fema-contractor-predicts-social-unrest-caused-by-395-food-price-spikes , refería:
    “Estos últimos días se están haciendo públicos datos relativos a los preparativos que silenciosamente está realizando el gobierno de EEUU, para afrontar algún tipo de emergencia significativa a escala nacional.
    El gobierno de EEUU está llevando a cabo un programa reservado de Estrategia Nacional, mediante el cual está almacenando millones de dólares en suministros médicos en almacenes secretos por todo el país.
    Y paralelamente, el gobierno norteamericano ha participado, junto con otros países, en un ejercicio que simula una crisis alimentaria mundial de una década de duración.
    En lo referente a los almacenes de suministros, un reciente artículo del medio NPR, revela que existen por lo menos seis de estos almacenes en varios lugares de EEUU y que en ellos se están almacenando por lo menos 7.000 millones de dólares en suministros…”
    “…El informe de NPR indica que la mayor parte de los suministros almacenados son de naturaleza médica. Según NPR, el inventario incluye millones de dosis de vacunas contra agentes de bioterrorismo, como la viruela, antivirales en caso de una pandemia de gripe mortal, medicamentos utilizados para tratar enfermedades derivadas de radiación y quemaduras, antídotos contra agentes químicos, productos para el cuidado de heridas, fluidos intravenosos y antibióticos.
    Todo ello ha llevado a algunas personas a preguntarse si el gobierno norteamericano sabe algo y se podría estar preparando para afrontar algún tipo de pandemia, quizás provocada por algún ataque biológico.”
    “…Los estudios publicados por la CNA Corporation en diciembre de 2015, de los que no se ha dicho nada hasta ahora, describen una simulación detallada de una prolongada crisis mundial de alimentos que se extendería en la década 2020-2030.”
    “…Que se realicen todos estos ejercicios no significa necesariamente que aquello para lo que se preparan vaya a ocurrir obligatoriamente. En ningún momento estamos diciendo que los gobiernos se preparen ni para afrontar una gran pandemia, ni para afrontar una gran crisis alimentaria.
    Sin embargo, sí que toman en consideración tales posibilidades, y por lo visto, el caso de la posible pandemia se está afrontando muy seriamente, a la vista de cómo preparan almacenes repletos de medicamentos y de la consiguiente inversión realizada.”
    “…Paralelamente a estas dos maniobras, hay otras denuncias que entran más en el campo de la conspiración y cuyas bases, son mucho más discutibles.
    Estos últimos días, medios conspirativos norteamericanos han vuelto a incidir en uno de los temas que más les obsesionan: la presunta presencia de grandes convoyes de vehículos militares de las Naciones Unidas, detectados por sorprendidos ciudadanos en diferentes puntos del país.
    Este es un tema que creemos que forma parte de la paranoia de una determinada clase de estadounidenses, que parecen estar convencidos de que van a ser invadidos por fuerzas multinacionales de las Naciones Unidas en caso de un gran cataclismo, epidemia, disturbios sociales o colapso económico, y que su presencia sería usada como pretexto para implantar una ley marcial en EEUU, acabar con sus libertades, la constitución, arrebatarles las armas que tienen en casa o quien sabe si borrarles incluso las estrellas de la bandera o torcerles las barras.
    Según denuncian personajes como Michael Snyder o Brandon Turberville, estos convoyes de vehículos militares fuertemente blindados y preparados habrían sido vistos en Texas, Mississippi, Arizona, Florida y Virginia.
    Bien, puesto que llevan años con este mismo cuento recurrente, no creemos que sea conveniente dejar que lo que parece más un bulo que otra cosa, nos desvíe la atención de lo que realmente la merece.
    Lo cierto es que el gobierno norteamericano, sea por puro negocio o sea porque realmente se prepara para un posible problema real a gran escala, lleva tiempo preparando almacenes cargados de medicamentos para afrontar algún tipo de gran emergencia.
    Y también parece cierto que el mismo gobierno de EEUU, en conjunción con otros gobiernos, se están preparando para afrontar una hipotética gran crisis alimentaria en un futuro no muy lejano, que no duraría unos pocos meses, sino una década entera.
    Simplemente, son datos que debemos tener en cuenta…”

  3. Diana dice

    No hay caso, leerte es tan placentero como angustioso lo que tan «bien contás». Maestro.

  4. Celina Herrera dice

    Gracias Marcelo. Me encanta leerte. Ya tengo de nuevo para pensar. Buena semana!

  5. Marta (Cuca) Rapoport dice

    Muy bueno este comentario, esta explicación de cómo el mundo conocido de aquellos “aliados” de la segunda guerra , nuestros héroes, yo nací en 1939 y ansiaba escuchar batalla tras batalla como ganábamos al archimaldito Hitler, mientras iba creciendo leía todo lo que conseguía y mi cerebro fue penetrado , al mismo tiempo que el odio al alemán, la admiración a los americanos. No te voy a cansar con la lista de ficciones que operaron mi lóbulo frontal, se tarda en comprender cómo el capitalismo y su hijo hicieron este mundo invivible para
    los pobres, los diferentes. Justamente leer y ver la serie que mencionas me haría bien a mi ego, ya un poco inflado, estoy viviendo estos momentos como la historia distopica que no puedo, todavía, escribir.
    Hace una semana recibí la visita de una mujer q quería charlar acerca de cómo editar unos poemas, tomamos el té y, como ella después me gritó,se me ocurrió comentar la situación política y la muerte de una segnora judía
    amiga de otros tiempos, que se había muerto ya muy mayor, que había sido prisionera en campo de concentración en Polonia. La poeta ,con furia me dijo, “ya salió el lamento judio”. Quedé muda.
    Hace días, en una reflexión comenté que tengo un sobrino político norteamericano, yo pienso en él como el americano tierno, es ya un hombre mayor, trabajó en el senado como secretario de una senadora demócrata y
    NO PUEDE CREER que su país esté gobernado por un payaso malévolo, qué tal! Gracias Marcelo.

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