LA CONSTRUCCIÓN DE LA ALEGRÍA

Bailando ante la realidad argentina, a 70 años del estreno de Cantando Bajo La Lluvia

 

Había escrito ya un regio tramo de un texto que armonizaba con el humor de los tiempos —grave, con incursiones en territorio trágico: et tu, Guzmán?—, cuando la realidad se apiadó y abrió una brecha para permitirme el escape; uno casi perfecto, que hasta Steve McQueen envidiaría. «La viuda de Gene Kelly recuerda, a 70 años de Singin’ In The Rain«, decía el título de la página cultural que yo estaba chusmeando. «¿Setenta años ya?», me dije. Y así era, nomás: la película co-dirigida por Kelly y Stanley Donen se estrenó en abril del ’52 en los Estados Unidos.

En ese instante afloraron mis propios recuerdos. Pensé en mi vieja, que me plantó ante la tele a ver Un americano en París (1951) —de Vincente Minnelli, un directorazo que además es el padre de Liza—, el film que me conectó con el Kelly bailarín. (Hasta entonces, para mí era apenas el acrobático D’Artagnan de la adaptación que George Sidney dirigió en el ’48.) También pensé en Siete novias para siete hermanos (1954), de Donen en solitario, que era uno de los musicales favoritos de doña Alicia Susana. (Mi madre, aclaro, por si alguien se quedó afuera.) Pero del mismo modo me asaltaron imágenes más frescas.

 

 

 

 

Cuando mi hijo Bruno tenía tres años y vivíamos en Barcelona, se enganchó como loco con la versión en DVD de Singin’ In The Rain. No es difícil entender por qué: el color, el ritmo, la danza, las canciones que a primera oída se te quedan a vivir dentro del coco. Tenés que estar medio muerto para enfrentarte a una de sus secuencias clásicas y que no influya sobre tu ánimo. Hasta el Alex de La naranja mecánica mejoraba su humor con solo entonar la canción principal, aunque la usase como banda de sonido para actividades non sanctas. Durante meses tuve a un mini-Gene Kelly danzando por toda la casa, chapoteando sobre charcos imaginarios y estallando en una improvisada rutina de tap cada vez que yo le cantaba Moses supposes his toeses are roses / But Moses supposes erroneously.

 

 

 

 

 

Pero más allá de esas sensaciones que viven en mí, ¿tenía sentido escribir sobre una comedia musical de hace 70 pirulos, en este momento? ¿Con una guerra internacional de telón de fondo, durante la más feroz ofensiva oligárquica que hayan soportado las mayorías populares en mucho tiempo y mientras padecemos las secuelas —aunque más no sean las psicológicas y anímicas— que dejó a su paso una peste que nos aisló del mundanal ruido?

Para llegar a una respuesta, me entregué a lo que un amigo define como «el más sano empirismo». Es de muy fácil acceso, la película. La conservo en DVD, pero además está en HBO Max y también se la puede alquilar en YouTube por trescientos mangos. El hecho es que hice play y la dejé correr. Y acá estoy. Escribiendo —y repasándola, y volviendo a escribir— sobre esta película que acumuló toneladas de honores serios (en el ’89, por ejemplo, fue uno de los 25 títulos iniciales que la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos eligió preservar, dado que los consideraba «cultural, histórica o estéticamente relevantes») y a la que muchos señalan como el mejor musical de todos los tiempos. (No es el caso de Verbitsky, que quede claro. Como es vox populi, Horacio milita en el Team Fred Astaire.)

 

 

Gene Kelly.

 

 

El hecho es que, más allá de cualquier justificación académica, Singin’ In The Rain sigue siendo una fuente inagotable de disfrute a siete décadas de su estreno. Verla —y tararearla, y zapatearla— funciona todavía como una tienda de golosinas para el alma, en la que se te concede crédito ilimitado. Porque falta de todo en estos días, pero pocas cosas necesitamos más que un shot de vitamina anímica. Y Singin’ In The Rain es eso, exactamente: la chispa adecuada para encender una melodía alegre en nuestro ánimo aun hoy, cuando tanta gente se esmera en quitarte las ganas de cantar.

Si Gene Kelly pudo filmar esa escena icónica durante tres interminables días, constantemente empapado, vestido con un traje de lana que encogía bajo el agua y con 39 grados de fiebre, ¿cómo vamos a aflojar nosotros?

 

 

 

 

Fuiste hecha para mí

La génesis del proyecto es más bien banal, y en este sentido coherente con un género que tantos asocian con la bandera de la liviandad. A comienzos de los ’50, el productor de la Metro Goldwyn Meyer que estaba a cargo de los musicales era Arthur Freed. Que no había llegado a ese puesto porque sí. En la década del ’20 se había asociado como letrista con el compositor Nacio Herb Brown para crear canciones que Hollywood usó en infinidad de películas. (Singin’ In The Rain, sin ir más lejos, ya había sonado en el contexto de The Hollywood Revue of 1929.) Contratado por la MGM para generar sus propios proyectos, produjo muchos de los éxitos del team Mickey Rooney-Judy Garland, llevó a Vincent Minnelli de Broadway a Hollywood y convenció a Fred Astaire, que ya se consideraba retirado, de pasar a la RKO a la MGM y filmar Easter Parade (1948.) (Este guiño es para vos, Horacio.)

Al despuntar los ’50 se le ocurrió que sería un gran momento para sacarle un mango extra al catálogo de sus viejas canciones. Por eso pensó en armar un musical que las desempolvase y las hiciese relumbrar en Technicolor. Convocó entonces a los guionistas Betty Comden y Adolph Green, para que ideasen una historia que justificase su uso. Y una vez que concluyó el rodaje de Un americano en París —que Freed producía—, le hizo llegar una versión del guión a Gene Kelly, que a su vez se entusiasmó y sumó a su socio, el coreógrafo y director Stanley Donen. Poco después Un americano en París ganó el Oscar. Caía de maduro reeditar esa sociedad creativa alrededor de un nuevo proyecto.

 

 

Kelly y su socio-cómplice, Stanley Donen.

 

 

Eso fue Singin’ In The Rain. Que hacía gran uso del giro argumental que pergeñaron Betty Comden y Adolph Green. Kelly era allí Don Lockwood, un popularísimo actor del Hollywood de la era muda que encaraba con trepidación su futuro en el cine sonoro, al que debía reconvertirse… o morir en el intento. Esto le permitía a Freed & Co. seducir a un público masivo que estaba en condiciones de sentir nostalgia de los musicales en blanco y negro, a la vez que asistía a su reinvención en clave moderna. De hecho, salvo un par de canciones originales —Moses Supposes y Make ‘Em Laugh, a la que Donald O’Connor la sacaba todo el jugo imaginable—, el resto eran melodías ya difundidas. Pero fue esta película la que les confirió su rango icónico. ¿Quién conoce o escuchó la versión de Singin’ In The Rain que data del ’29?

 

 

 

 

 

 

Parte de la gracia del relato derivaba de ese planteo narrativo que hoy describiríamos como meta. En este caso, Hollywood reflexionando sobre Hollywood. El comienzo de la película es un tour de force, que combina los tres posibles comienzos que Comden & Green habían imaginado para el film: el estreno de una de los últimas películas del cine mudo, una entrevista a su estrella y el encuentro fortuito con la mujer que se convierte en el interés romántico. Y de paso establece una mirada irónica sobre esa fábrica de sueños de algodón azucarado, que era muy consciente de serlo. El contraste entre la versión pública de los orígenes y la carrera de Don Lockwood y la realidad se utiliza humorísticamente: nada de buena familia ni de formación clásica, Lockwood era un poligriyo que se ganaba monedas desde chico en locales vodevilescos y llegó a Hollywood haciendo lo que nadie quería hacer, que era exponerse a golpes y porrazos, trabajando como doble de riesgo. En ese contexto, la consigna que Lockwood menciona como lema de su vida («Dignidad… ¡Ante todo, dignidad!»), no puede sino arrancar una carcajada.

Esa dignidad es una fabricación, sí. Un invento de la oficina de relaciones públicas del estudio. Y Lockwood están tan habituado a esas fabricaciones, que no puede siquiera ser sincero si no las orquesta de modo que lo ayuden a expresarse. Por eso, para decirle por vez primera a Kathy Selden (Debbie Reynolds) lo que siente por ella, Lockwood la lleva a un estudio vacío que pone en marcha para cantarle You Were Meant For Me: ilumina el telón que simula un atardecer, enciende la máquina que produce humo que pasa por bruma y prende el ventilador que genera brisa artificial. Recién entonces siente que está en el setting adecuado para una efusión romántica. Y, sí: cuando le agregás a cualquier circunstancia lo que Lockwood llama «500.000 kilowatts de polvo de estrellas», todo cobra otra relevancia.

 

 

 

 

 

 

A esa altura —mediados del siglo pasado—,  lo que presionaba a Lockwood no era exclusivo de los actores de Hollywood, sino algo que le ocurría al mundo entero que había crecido mirando cine, el más popular de los entretenimientos de la era. Todas las situaciones claves de la vida habían sido mediadas por la representación cinematográfica. Nadie encaraba una lucha, o una declaración romántica, o la posibilidad de la muerte, sin plantearse antes —conscientemente o no— cómo el cine le había enseñado que debía hacerse. Las convenciones sociales que habían sido discutidas y eventualmente canceladas por la Historia, se las ingeniaron para reingresar al recinto por la ventana. A través de los medios masivos, la sociedad volvió a imponernos infinidad de convenciones y ritualizaciones que no nos animábamos a ignorar. Y fue así que, tanto a mediados del siglo XX como en nuestro presente, la vida quedó sujeta a un ceremonial cortesano tan estricto como aquel que regía sobre Versalles.

Tanto condicionamiento puede ser asfixiante, es cierto. Pero la espontaneidad tampoco es un valor absoluto. Se puede ser espontáneo y a la vez un boludo monumental. Por eso la reflexión, la ponderación previa al acto, suele sumar puntos en materia de nuestra conducta. Y esto sugiere que hasta las emociones que consideramos más naturales —por ejemplo, la alegría— son capaces de exceder la espontaneidad y convertirse en resultado de algo menos casual y repentista. Quiero decir: es natural que la alegría nos sorprenda, que estalle ante nuestras narices, pero también es posible trabajarla, tallarla con paciencia, articularla — parirla, para que advenga a nuestra realidad como un recién nacido que berrea.

 

 

Kelly y la deslumbrante Cyd Charisse.

 

 

 

Las felicidades más profundas no se dan, se construyen. Y eso es en buena medida lo que cuenta Singin’ In The Rain, y —en consecuencia— lo que produce en quienes se abren a su influjo.

Construir la alegría no sólo es posible: es un derecho.

 

 

 

Hacelos reír

Una de las críticas más sostenidas respecto del género musical es, precisamente, su artificiosidad. Nadie prorrumpe espontáneamente en un paso de baile en plena calle, ni se lanza a cantar lo que siente en medio de la oficina o en la cola ante el cajero. El mundo no se convierte en una coreografía en la que todo es rítmico y armonioso de un segundo para otro, y a la que se integran tanto los perros como el lechero y el policía que controlaba el tránsito en la esquina. Pero, al mismo tiempo, también es verdad que a veces sentimos el impulso de hacer algo así, bajo el influjo de una emoción que nos arrebata: pura alegría o efusión romántica, por ejemplo; y que no lo hacemos tan sólo para que no nos tomen por locos o se den cuenta de que carecemos de la gracia de Fred Astaire. (Sin ir más lejos, esta semana me ocurrió en dos [2] ocasiones, a falta de una.)

Lo que parece un defecto del género es, más bien, parte de su esencia: el musical vuelve natural, fluido, fácil, algo que en realidad es complicadísimo. Me refiero a la expresión de los sentimientos más profundos, que tanto nos cuesta articular en la vida cotidiana. Porque los números musicales que salpican el relato general —canciones, coreografías o ambas asimetrías a la vez— aparecen cuando se condensa una emoción poderosa. Ponen en acto dramático algo que costaría decir directamente, de frente march, porque la vida social cotidiana no está preparada para conceder lugar a esas sensaciones. Uno se levanta, se ducha, raja al trabajo en algún tipo de vehículo, cumple con su tarea, regresa y se reencuentra con la familia y/o se relaja: nuestro carnet de baile no contempla horarios en los cuales uno pueda entregar a la exultancia de la alegría de vivir, al arrebato romántico o al enfrentamiento coreográfico con la pandilla local. (Salvo que tengas casi ocho años, como mi hijo más pequeño, y estés convencido de que podés derrotar a los Sharks —porque él se cree un Jet— bailando en el living de casa.)

 

 

 

 

 

 

El musical inventa un plano mental donde se sublima lo que sentimos, al mejor estilo Hollywood. La realidad se desdobla para hacerle paso a una segunda realidad de carácter hipotético, especulativo, donde la cámara le concede el primer plano y el wattaje de polvo de estrellas no a lo que es ahí afuera, en el mundo objetivo, sino a lo que nos pasa por dentro, o a lo que debería ser. Es un tránsito jodido, dificilísimo —saltar de lo concreto cotidiano a la abstracción de las emociones—, que Hollywood resolvió creando este género que es como un switch, o una llave de luz: basta que hagas clic para pasar de la oscuridad, o de los grises de la realidad, a la vida concebida como un esplendor.

Y con absoluta coherencia, esta sensación de fluidez que es tan propia de los musicales es el resultado de un trabajo arduo, muy pero muy complicado. Lo que forma parte de la edición final es el destilado de las tomas perfectas, empaquetado por la post-producción del caso. Pero para llegar a ese nivel de liquidez en el cual todo circula como agua por su lecho, tuvo que existir antes una tarea monumental. Además de la composición, de la interpretación durante la grabación de la música, del diseño coreográfico, el vestuario, la escenografía y la puesta de cámara, cuentan las infinitas tomas que documentan el error humano hasta que ocurre la magia necesaria, o al menos suficiente. Y eso es lo que vemos en el producto terminado: no la multiplicidad de intentos, las torpezas y los yerros, sino el instante de la gracia eternizado. Un laburo de titanes, que la narrativa cinematográfica hace ver tan simple e instantáneo como chasquear los dedos.

En este sentido, el rodaje de Singin’ In The Rain no fue excepción. Kelly era un obsesivo y un jefe exigente y tuvo al trote a todo el mundo, pero especialmente a la joven Debbie Reynolds, que para colmo no tenía entrenamiento como bailarina. Un número tan eufórico como Good Morning se filmó entre las 8 de la mañana y las 11 de la noche de un mismo día, y culminó con los pies sangrantes de la actriz. De allí en más, siempre dijo que «parir y Singin’ In The Rain fueron las cosas más difíciles que hice en mi vida». (Se dice que un día cayó Fred Astaire a ver el rodaje y encontró a la Reynolds llorando debajo de un piano, a partir de lo cual se comprometió a ayudarla con sus coreografías. Otro punto para tu equipo, Verbitsky.)

 

 

 

 

 

 

También se afirma que Donald O’Connor estuvo internado en un hospital durante varios días, después de filmar las payasadas que formaban parte de la coreografía de Make ‘Em Laugh. Puede que haya en esto algo de exageración, como pretende la viuda de Kelly en el artículo que me llevó a pensar sobre el aniversario de la película. Pero a cualquiera que tenga la más mínima noción sobre cómo se hace un film, estas leyendas le suenan verosímiles. Ves lo que quedó en el producto final y te imaginás de una el laburo que debe haber entrañado. Y además Kelly predicaba con el ejemplo. La presión para filmar la escena donde canta y baila bajo la lluvia, a pesar de tener casi cuarenta de fiebre, se la puso él mismo. Su viuda, Patricia, confirma en el artículo que nadie lo obligó. Kelly respondió a su propio sentido de la responsabilidad, al compromiso de resolver el rodaje en cierto tiempo y sin salirse del presupuesto aprobado.

Directores de cine: no lo entenderías.

 

 

 

 

La importancia de la lluvia

Esa escena icónica encapsula, por sí sola, todo lo que trato de decir. Échenle otro vistazo y díganme si no es cierto. Uno ve a Kelly cantando y bailando y, primero, ni se te cruza por la cabeza que estás contemplando a un hombre enfermo, engripado mal. Pero, además, su alegría parece genuina. Ese tipo que está ahí es exactamente lo contrario de un tipo debilitado, agotado, anestesiado por múltiples retomas. Más bien es la perfecta encarnación de la felicidad, de la dicha que sentimos —díganme que la han sentido alguna vez— cuando se enfilan los patitos y todo sale bien.

En esos instantes no se nota la tonelada de trabajo que Gene Kelly ha hecho para llegar hasta allí. Y no me refiero tan sólo a las cuitas de la filmación, sino a los años invertidos en perfeccionarse y desarrollar una obra. Porque hablamos de un tipo al que nada se le dio fácil, dado que amaba hacer algo para lo cual su físico no ayudaba. «Siempre envidié el estilo cool, aristocrático, de Fred Astaire: tan íntimo, tan contenido», confesaba Kelly. «Él se ponía frac y sombrero de copa y parecía nacido en una mansión. Cuando me los pongo yo, parezco un camionero». (¿Viste, Verbitsky? Gene Kelly está de acuerdo con vos.) Astaire era la elegancia encarnada, mientras que el de Kelly era un estilo más bien atlético, derivado de su habilidad para los deportes. Leslie Caron decía que bailar con Astaire era como flotar, mientras que bailar con Kelly la mantenía centrada en la Tierra.

 

 

Kelly, el deportista bailarín.

 

 

Lo que pretendo sugerir es que el género musical, y Singin’ In The Rain, y muy particularmente la escena de la lluvia, tienen mucho que decirnos aún hoy, a 70 años de su estreno. Porque aunque parezcan tener poco y nada que ver con lo que hoy nos pasa, revelan que la gracia —y no hablo de gracia en el sentido humorístico, sino en aquel del favor divino— no ocurre espontáneamente sino que hay que laburarla, que construirla, que ganársela. Y que aquello que la vuelve aún más meritoria no es sólo el esfuerzo, sino la adversidad en cuyo contexto lo desarrollamos.

Porque no sería lo mismo que la película se llamase Singin’ a secas, o Singin’ In The Sun, o In The Street. Lo que la define, lo que la resignifica, es la lluvia. El contratiempo —meteorológico, en este caso— que impulsaría a cualquier otra persona a quedarse mosca, postergar el momento, esperar que escampe. Pero que es precisamente lo que mueve a Don Lockwood a desafiar las circunstancias, a enfrentarlas de modo de hacer que dejen de ser obstáculo y se conviertan en parte de la condición del triunfo. La lluvia no lo frena ni lo disuade; al contrario, carga su felicidad de sentido, porque le permite demostrar que la alegría que lo embarga es más grande y más fuerte que cualquier impedimento.

What a glorious feeling, sin duda alguna.

Eso es lo que me transmite hoy la visión de este clásico tan gozable. La convicción de que no podemos darnos el lujo de aguardar a que despeje, para construir la felicidad que andamos necesitando. Porque cantar cuando todo marcha bien, canta cualquiera. Pero nuestra circunstancia nos está invitando a otra cosa: a desafiar la realidad, a poner el cuerpo a pesar de la fiebre, a defender la alegría como deben defenderse los derechos esenciales y producir la escena memorable que la Historia demanda.

Dignidad. Ante todo, dignidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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