LA CRISIS DEL MULTILATERALISMO

"Occidente" parece ceder espacio a una nueva correlación de poderes

En la segunda posguerra, el mundo se polarizó alrededor de los Estados Unidos (EE.UU.) y la por entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). También sentó sus reales la Guerra Fría. Para el primero, el mantenimiento de la unidad con la Europa del oeste en los planos económico, comercial, político y militar fue una prioridad estratégica que fogoneó el desenvolvimiento de una comunidad de intereses y de valores a la que se le dio, entre otros, el nombre de “Occidente”. En ella se fue desarrollando un multilateralismo restringido que abarcaba exclusivamente a las potencias de esa área y a otros socios de menor talla. La URSS y los países que orbitaban en torno de esta formaron rancho aparte. Como se sabe, entre ambos conglomerados se desenvolvió un antagonismo que duró casi medio siglo.

En esa primera fase de multilateralidad restrictiva, la comunidad occidental se expresó en instituciones como el Fondo Monetario Internacional, creado en 1945 (recién en 1992 y 1988, respectivamente, se le incorporaron la flamante Rusia y China); el Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio (GATT su acrónimo en inglés, fundado en 1947), en el plano comercial; y en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN, establecida en 1949) en el militar.

Con la caída del Muro de Berlín, la desaparición de la URSS y su reconversión en Rusia, y la dispersión de los países que la habían acompañado, la economía mundial pegó un salto cualitativo y alumbró ese nuevo estadio que se dio en llamar globalización. A comienzos de los ’90 aquella inicial convergencia restringida tomó un extenso e intenso vuelo. Se abrió prácticamente sin limitaciones al orbe y se convirtió en un multilateralismo amplio y complejo, conducido por una superpotencia ahora solitaria: los EE.UU. Esto dio lugar a una combinación de esa multilateralidad en el plano de las relaciones económicas internacionales con “unipolaridad” en el militar.

A nivel económico hubo un cambio de dinámica y una expansión. La inversión productiva se esparció por el mundo, crecieron las actividades y los flujos comerciales, y se afianzó –ganando con el tiempo un lugar central— el capitalismo financiero. Fue ingente la incorporación de nuevas tecnologías ahorradoras de fuerza laboral y generadoras de exclusión social. Se enseñorearon la libertad de mercado y la libre iniciativa de los agentes económicos impulsadas por el Consenso de Washington, que fueron ganando cada vez más espacio y contribuyeron a materializar su –amargo— sueño neoliberal.

Crecieron en el mundo la interdependencia económica y el multilateralismo complejo bajo la atenta mirada norteamericana. La Organización Mundial del Comercio (OMC) sustituyó al GATT en 1995 e incorporó nuevos miembros, entre ellos Rusia; hacia mediados de la década del ’90 se revitalizó el G7 (Alemania, Canadá, EE.UU., Francia, Italia, Japón y Reino Unido), en el que quedó reunido el núcleo duro de un Occidente aggiornado (que paradójicamente había incluido también al oriental Japón). En 1997 le abrió la puerta a Rusia convirtiéndose así en G8 pero se retrotrajo en 2014, luego de la anexión de Crimea, que condujo a la suspensión de aquella. En 1999 se constituyó el Grupo de los 20 (Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, EE.UU., Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, Reino Unido, Rusia, Sudáfrica y Turquía), iniciativa que ha pretendido combinar la multilateralidad compleja con el peso hegemónico de “Occidente”.

Hay que consignar asimismo que la OTAN se abrió también a la incorporación de nuevos miembros, incluso de países que habían estado en la órbita de la antigua URSS.

Con el inicio de los 2000 los vientos comenzaron a cambiar. El fatídico 9/11 engendró una sobreactuación de EE.UU. en el campo de las relaciones y de la seguridad internacional que terminó siéndole desfavorable. Convirtió al mundo musulmán en un polvorín que lo mantiene aún enredado, sin mayor beneficio. Simultáneamente se verificó un dinámico crecimiento de no pocas economías emergentes (China, India, Indonesia, Corea del Sur, entre otras) vis a vis un estancamiento de las economías del capitalismo maduro. Se produjo una fuerte crisis económico-financiera que afectó a la economía norteamericana en 2008. Y otra en 2010, que comenzó en Grecia y fue extendiéndose hacia otros países de la Unión Europea. Generó problemas –y aun lo hace— en la Eurozona. Y ha disparado nada menos que el Brexit. Como contrapartida, China mantuvo un alto y sostenido crecimiento que ha convertido a su economía, hoy, en la más grande del mundo si se mide el PBI a paridad del poder adquisitivo, y avanza con un ritmo arrollador. Rusia, por su parte, sin mostrar un notorio desempeño económico, mejoró su situación y ha recuperado y consolidado su viejo poderío militar.

Así las cosas, actualmente —a casi 30 años de la demolición del Muro— la “unipolaridad” está terminada y en su reemplazo ha emergido una doble polaridad. Una es la establecida en el plano militar, de nuevo, entre EE.UU. y Rusia; la otra enfrenta a EE.UU. y China en el plano económico. Así de significativo ha sido el cambio.

¿Qué sucede con la multilateralidad? “Occidente” ha perdido el rumbo: una serie de querellas internas aquejan al multilateralismo complejo en su núcleo duro, mayormente pero no exclusivamente impulsadas –aunque parezca paradojal— por Donald Trump. Retiró a su país del Trans Pacific Partnership y del acuerdo climático de París y canceló el desarrollo de la Asociación Transatlántica del Comercio y la Inversión. Sustrajo a su país del acuerdo nuclear con Irán, a lo que se opusieron todos los otros co-firmantes, tres de ellos de su propio riñón: Reino Unido, Francia y Alemania, a quienes amenaza con sanciones económicas si mantienen actividades de negocio en aquel país. Y tiene choques de diversa clase con Canadá y México, sus socios en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). El último ocurrió con Canadá, durante la muy reciente reunión del G7 en Quebec. El presidente norteamericano ha desatado, asimismo, una guerra comercial con la Unión Europea (UE), con sus socios del TLCAN y con China, a partir del establecimiento de un incremento de los aranceles a las importaciones para el acero y el aluminio del 25% y 10% respectivamente, que puede arrojar penosos resultados. La última boutade trumpiana sucedió hace poco. En un programa de la cadena Fox News dijo: “La UE es probablemente tan mala como China sólo que es más pequeña” (Sundady Morning Futures, 01/07/2018).

La Conferencia de la OMC realizada en Buenos Aires en diciembre de 2017 —presidida por la ex canciller Susana Malcorra— fue un fracaso y concluyó sin declaración conjunta. Su estancamiento es perceptible tanto como el de su asociada Ronda de Doha, que se halla congelada. Es decir que importantísimas instituciones multilaterales vinculadas al comercio internacional no están funcionando.

Pero no todo es responsabilidad de Trump. Como se sabe, la UE padece tribulaciones que son de su propio coleto. La mayor es la que la enfrenta hoy al Reino Unido por el Brexit. Pero son múltiples, también, las dificultades por las que atraviesa tanto en la Eurozona como en la ajena al euro.

Se ha dicho ya que China se ha instalado como antagonista de EE.UU. en la polaridad económica. No obstante esto, Trump parece empeñado en abandonar la vieja multilateralidad norteamericana en el campo de las relaciones económicas internacionales para avanzar, en cambio, hacia una unilateralidad poco comprensible porque afecta al núcleo duro de sus alianzas históricas, antes que a Pekín. Esta opción es poco comprensible. Como están las cosas, el comportamiento de los dos actores centrales de lo que aquí se denomina “Occidente” (EE.UU. y la UE) está aportando a la deconstrucción de esa multilateralidad que comenzó a desenvolverse hace ya más de 70 años, antes que a su sostenimiento y desarrollo, hoy en disputa hegemónica con China. Se ha iniciado así una peligrosa deriva hacia un puerto incierto. El punto de llegada es confuso. Y las querellas entabladas entre aquellos dos actores, así como las que afectan a Canadá y a México con EE.UU., están en el centro de esta singladura desconcertante.

No puede decirse que la suerte esté echada ya, porque el Rubicón todavía no se ha terminado de cruzar. Pero a menos que “Occidente” decida un cambio de rumbo antes de que este nuevo escenario se termine de consolidar, esas viejas palabras –alea jacta est— volverán a ser pronunciadas para significar que ya no hay retroceso posible y que el azar o el destino (o los dos juntos, como pregonó el viejo Arquíloco) probablemente materializarán otra correlación de poderes.

 

 

 

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