La cueva de los sueños

Los bingos: una institución de la democracia

 

Hace un poquito más de una década que los bingos son parte fundamental de nuestras ciudades. Presencia nacional porque a lo largo y ancho del país, de un punto cardinal a otro, hay salas. En algunos sitios con mayor densidad que en otros, seguro, pero no hay zona que no lo roce el juego. Ya son una institución más: municipalidad, comisaría, banco, plaza, escuela… y bingo.

Las salas son una institución de masas, e inclusiva. Por allí deambulan muchas vidas y que salen de todos los recovecos urbanos: espacio policlasista donde varias generaciones y géneros conviven también (“en un bingo hay de todo”, nos dicen una y otra vez). Entre los jugadores se fluidifican las asimetrías que imperan muros afuera. En potencia, todos son iguales. Todos pueden estar ahí. Jugar, juega cualquiera. Así es la democracia timbera.

Pero como digo que hay una dinámica común para los jugadores en un bingo-empresa, también digo que las diferentes pertenencias sociales de cada uno hacen al acto de jugar: momentos disponibles para ir en la semana y duración de cada jornada de timbeo; cantidad de dinero para invertir en las jugadas; formatos de endeudamiento y de pago de los créditos contraídos; bolsillos más o menos sensibles a los cambios de coyuntura económica… Por eso, si bien las salas construyen sus propias distinciones y jerarquías –jugador tranqui o vicioso, por ejemplo— en las salas de juego se replican las fronteras sociales extramuros de las salas.

Las salas de juego son un emergente de la década ganada, por la afiebrada circulación de dinero en diferentes estratos de la sociedad argentina, pero su funcionalidad no las podemos explicar simplemente por el aumento de billete en los bolsillos populares. Sin olvidar los diferentes momentos de avatares económicos en los tiempos kirchneristas, en estos dos años de gobierno macrista y desplume intenso de ingresos económicos, los bingos siguen convocando multitudes.

La hipótesis que barajo es que los bingos operan como una máquina terapéutica sumamente eficaz. Las salas exponen una gran eficacia para regular los estados de ánimo de los cuerpos que padecen la ciudad precaria, con las máquinas tragamonedas como la gran protagonista. Una regulación anímica que se obtiene mediante dos procesos: la producción de adrenalina y olvido.

 

Producción de adrenalina

Apostar genera una expectativa por lo que saldrá en cada jugada. Se corre un riesgo –medido en guita patinada— de ganar o no. La persona apuesta, la máquina sentencia. La creencia en la concreción o no de un deseo, esa tensión de probar una y otra vez y esperar por la irrupción de la sorpresa, es un riesgo que atrapa.

A diferencia de otros juegos, la maquina la manejamos nosotros; no hay que esperar que nadie haga nada a diferencia de la ruleta, los cartones, o el Black Jack. Es muy rápido el mecanismo: poner plata y ver qué pasa. Dinámica de expectativa-efectuación que debe ser lo menos mediada posible para fogonear la adrenalina. Por eso el bingo se encarga de cancelar todos los lapsus posibles: el sistema TITO es un caso muy concreto. Ya no hace falta que el jugador corte la sinergia con la máquina yendo a la caja a comprar más fichas, sino que puede mandar directamente los billetes por la ranura.

De esto quiero hablar: decimos que cortar lapsus agiliza la ansiedad. Es cierto. Pero también se necesita de un suspenso, de generar tensiones entre la apuesta y el resultado. En la maquina el resultado se dibuja en sus contornos muy rápido, como en los dados, o hasta en la ruleta capaz. A diferencia de otros donde se tarda en percibir lo que va tomando forma —cartones, por ejemplo—. En los diferentes tipos de máquinas, una va viendo los movimientos y si se acerca a las chances de ganar sube la tensión o no. Despliegue dentro de la misma tirada, pero ese continuo se da entre jugadas: suspenso, resultado, jugar de inmediato, nuevo suspenso, resultado y así… por eso es importante el suspenso pero también cortar los lapsus, así seguimos jugando entre tiradas y no irrumpe la náusea de estar perdiendo y el deseo de cortar con todo.

Abortar los lapsus sirve para generar un suspenso realista, de que otra vez empezamos y las cosas van bien. A diferencia de esas pelis donde ya sabemos que más allá de los mil obstáculos que el protagonista enfrenta vamos a terminar todos felices, en las salas el final es abierto. Abierto pero casi imposible; de lo apostado, casi nadie gana. Pero el ritual se repite una y otra vez como les comentaba hace un rato. Miles de veces. La creencia se renueva, siempre. La gracia está en comenzar un ciclo. Ciclo donde ganamos, perdemos, pero el final es pura suerte. Aunque la abrumadora mayoría de las veces, se demuestre lo contrario.

 

Producción de olvido

Este esperar y constatar la suerte de la jugada provoca una inmersión en la experiencia inmediata. La conciencia se abstrae de lo general y se transforma en un rígido radar donde la atención y la memoria se anclan en el presente contínuo del juego, dilatando cualquier otro rincón de la conciencia que se ocupe de dar informaciones sobre el estado del cuerpo en la rutina reciente.

Si el presente es un puente entre el pasado y el futuro, afirmarse en un instante genera una amnesia reparadora. Y no lo digo por los recuerdos nomás, los episodios que como flashbacks iluminan nuestra mente. Lo digo por la circulación sensible, las tensiones de los músculos y los nervios irritados. Al apostar, desde el cuerpo que tenemos, hacemos otro cuerpo. Con más fuerza y menos impotencia.

El diseño espacial de las salas colabora para esta licuación de las tensiones y el ninguneo al aburrimiento. Cerrado al exterior no entra la luz solar, impidiendo distinguir si es de día o de noche. Focos que rocían de luz toda a sala crean una suerte de durabilidad indefinida: entre los pasillos de las maquinas siempre hay vida, más allá de lo que pase afuera. Los frentes y puertas, el alfombrado y las columnas, dan unos aires palaciegos como si los bingos fueran la escenografía de un cuento mágico.

Un lugar cómodo y seguro, donde ustedes los que juegan siempre dicen que es uno de los pocos lugares donde no hay robos o peleas. Seguridad dada por la presencia de cámaras que capturan detalles impensados y comodidad en el diseño de las sillas de las máquinas, pensadas según cuentan para que una persona esté sentada dieciséis horas sin que le duelan los riñones.

En conclusión, las salas son un nodo cerrado que imanta cuerpos entre la calle y la casa abriendo un tiempo de larga duración donde promete ese milagro del instante mágico. Pero si al apostar hay una intensidad fulgurante, un frenesí hipnótico, en relación al afuera hay un corte. Un desenchufar. Los bingos son cuevas a los viajes más excitantes, pero también invernaderos. Cápsulas que median entre la calle y la casa. Espacios cerrados que huyen de la rutina. Una interfaz flexible, para entrar y salir cuando se quiera y moverse por todos lados. Ahí los cuerpos están suspendidos, en modo stop. Ni dormidos ni despiertos; soñando pero bien levantados.

 

  • Anticipo del libro ‘La cueva de los sueños. Precariedad, entretenimiento y política’, Tinta limón ediciones.

 

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