La culpa fue de la noche

 

Volvía del cine, o de una lectura que se había estirado más de la cuenta, ya no me acuerdo. Subí el ascensor, bajé en el quinto piso y encontré, frente a mi puerta, al portero, a un tipo en pijamas y a otro con una caja de herramientas tratando de forzar la cerradura.

—¿Qué está pasando?— pregunté, descolocado pero amenazante.

Sin darme mucha bola, uno dijo:

—Se cerró la puerta.

Yo no entendía nada. Ellos seguían en la suya y justo sacaron la chapa del picaporte.

—¿Qué está pasando? —pregunté de nuevo.

El hombre en pijama se me acercó y me dijo, en tono confidente.

—Y… salí a sacar la basura y se me cerró la puerta, así que le pedí ayuda a Hugo (el portero).

Yo me acordé del poema de Fabián Casas.

“(…) Es transitorio, me dije;
pero así también podría ser la muerte:
un pasillo oscuro,
una puerta cerrada con la llave adentro,
la basura en la mano”.

El otro hombre me dijo:

—Y yo escuché ruido y vine a ayudar.

El portero seguía dándole golpes a mi puerta.

Por un momento dudé. Pero miré el piso y efectivamente era el quinto y miré el departamento y era el 19. ¿Estaban haciéndome un chiste? ¿Había una cámara oculta? ¿Querían robarme y por las dudas tenían preparada una obra de teatro en caso de que yo apareciera? ¿Ese hombre en pijama era un yo del futuro que se había quedado afuera?

Entonces exploté:

—¡Pero están tratando de entrar a mi casa!

Automáticamente se alejaron de la puerta y se me quedaron viendo, duros como estatuas.

—¿Qué?— reaccionó uno.

—Señores, esto es el quinto 19 —dije—, están tratando de entrar a mi casa.

—Noooo— se lamentó el del pijama—, pero si yo vivo en el 4to.

—Noooo— hicieron coro los otros dos.

Acto seguido me pidieron mil disculpas; aclararon que fue una confusión, que la culpa fue de la noche, porque a esas horas ya nadie entiende nada; y así los seguí escuchando mientras bajaban al cuarto, dónde empezarían de nuevo con los golpes. Yo, dueño de algún poder oculto, metí la llave en la cerradura y abrí fácilmente. Adentro encontré tornillos tirados y aserrín de la puerta forcejeada en el suelo del hall que, todavía hoy, sigo sin barrer.

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