La cura

Cuando las explicaciones lógicas no alcanzan, aparece la magia

 

La mayoría de nosotros estamos acostumbrados a vivir en un mundo de lógica. Apretamos un botón y se enciende la tele, apretamos un segundo botón y entramos a Netflix. Damos vuelta la llave y el auto enciende. Chateamos por teléfono, hacemos videollamadas, subimos a un tren y nos lleva a donde vamos. Nos duele la cabeza, tomamos un medicamento y se nos va el dolor. Y se podrían dar decenas de ejemplos de cosas que suceden lógicamente. Y así vivimos casi toda nuestra vida.

Pero nos morimos un día. Y eso no tiene ninguna lógica. No sabemos por qué ni qué pasa después, si es que pasa. Cuando se muere un ser querido (o pensamos en nuestra muerte) todo lo racional se nos viene abajo. Ninguna explicación sensata sirve. Y ahí se entra en el terreno de la fe, de lo irracional, de lo mágico. La religión ayuda más que los médicos, la negación ayuda más que la verdad. Nos gustaría que hubiera magia.

La pandemia del Coronavirus es enfrentarnos a nuestra propia muerte (posible) o a la de nuestros familiares queridos. Y no tiene explicación ni cura (todavía). Y no estamos acostumbrados. Las enfermedades, salvo algunas, se curan. Las epidemias no están cerca desde la desaparición de la poliomielitis hace más de 60 años (SARS, Ébola, incluso gripe H1N1 no afectaron nuestras vidas). No tiene sentido que no podamos curarnos, que no haya una solución.

Y aparece el coronavirus en China. Y se mueren muchos, pero lo controlan. Pero entonces llega a Europa. En Italia y España hace estragos. Países que consideramos más desarrollados y mucho más organizados que el nuestro. Y hay muchos contagiados y muchas muertes. Entonces nos proponen (nos imponen) quedarnos en casa, no entrar en contacto con otros, empezar una cuarentena. Y nos parece razonable. Hay pocos infectados, queremos cuidarnos y casi todos estamos de acuerdo. Salvo unos pocos que están en contra de todo.

No podemos ir a trabajar, ni ver a nuestros seres queridos, ni salir a pasear, o a correr, o… Creemos que esto va a durar poco, que el virus va a desaparecer, que va a desarrollarse una vacuna o una droga que nos cure. Y el tiempo pasa, y sigue habiendo casos y más casos. (Los virus no desaparecen cuando uno quiere, las vacunas llevan tiempo para ser desarrolladas, los medicamentos deben probarse apropiadamente para demostrar que funcionan.)

Y las explicaciones lógicas empiezan a no ser suficientes. Los barbijos molestan, estamos ansiosos, molestos, aburridos, algunos sin ingresos. ¡No podemos trabajar y en muchos casos, esto significa que no cobramos! Las recomendaciones de los infectólogos parecen pueriles, que no nos acerquemos, que lavemos la comida así o asá. Y nos empieza a parecer que acá hay algo raro. Que hay algo que no nos dicen. Que alguien creó (o inventó) el virus para algo. Que existe una vacuna, pero no la aplican. Que hay medicamentos que curan, pero los tienen ocultos, o no los dejan salir al mercado. Medicamentos que curan todo, incluso el coronavirus, pero los laboratorios no permiten que se distribuyan. Esto es una confabulación. Nos quieren tener mansos en casa. ¿Por qué ocurre esto? Nunca pasó. ¿Es culpa de China? ¿De Estados Unidos? ¿El gobierno se alinea para no dejarnos trabajar, ni vivir y hundir el país?

No estamos acostumbrados a no tener respuestas. Y cuando la lógica no funciona, aparece la magia. Queremos soluciones mágicas. ¡Que se acabe el virus ya! Que nos dejen salir. ¡Que nos den hidroxi-cloroquina o cualquier medicamento que cure! Un producto, dióxido de cloro, que se usa para esterilizar material quirúrgico: ¿por qué no usarlo para matar el virus? (No importa que el virus esté adentro de mis células, que morirían también.) Yo soy joven, se morirán otros, no yo. ¡Que nos dejen salir! No importa que en países como Estados Unidos o Brasil, donde la cuarentena fue incompleta, la propagación del virus y de las muertes sea mucho más intensa que acá. No debe ser tan contagioso. Invocando a Luca Prodan, no sé qué solución quiero, pero la quiero ahora.

De ahí que los grupos que plantean estas soluciones mágicas ganen adeptos. Y luego de 100 días de cuarentena, empieza a haber movilizaciones, bocinazos, cacerolazos en contra.

Es en este momento en que hay ser más claro. Más explicativo. No hay una solución ni una cura mágica. Se están desarrollando medicamentos y vacunas, pero hay que probarlos y demostrar científicamente que funcionan. La mejor protección que existe contra el virus sigue siendo la cuarentena. El distanciamiento social, la limpieza de manos, el barbijo. En el momento que nuestro ánimo nos dirige más hacia lo irracional, hacia lo mágico, hay que ser más racional, más claro y más consecuente.

Respetar la cuarentena, cuidarnos y cuidar a nuestros prójimos.

 

 

 

 

 

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