La droga antikirchnerista

El odio es responsabilidad de quien odia, no de quien es odiado

Pintura de Daniel Santoro.

 

En agosto del 2021 se estrenó en la Argentina J'accuse – El affaire Dreyfus (J’accuse en, el original en francés), dirigida por Roman Polanski y basada en la novela Un oficial y un espía, de Robert Harris, quién participó en la escritura del guion junto al director. La película retoma la histórica conspiración contra el capitán Alfred Dreyfus, oficial de artillería del ejército francés, condenado por traición a la patria en 1894. La instrucción, llevada adelante por un consejo de guerra apurado, determinó que era un espía de Prusia a partir de una carta de autoría dudosa. Su condición de judío lo transformó en el chivo expiatorio ideal para cerrar un caso de espionaje que ridiculizaba al gobierno, pese a la ausencia de pruebas y a sus constantes declaraciones de inocencia. La prensa dio rienda suelta a una histeria antisemita con fondo de nacionalismo, mientras algunos manifestantes en París clamaban “¡Muerte a Dreyfus! ¡Muerte a los judíos!”. El oficial fue considerado la representación del Mal y enviado a la Isla del Diablo, una especie de Guantánamo con malaria y cólera.

Unos años después, a partir de la célebre carta abierta de Émile Zola (“Yo acuso”), el caso volvió a interesar a la opinión pública. Los dreyfusards –a favor del capitán condenado– y los antidreyfusards –en su contra– dividieron a la sociedad francesa en una profunda grieta, como las que los argentinos creemos haber inventado. Unos criticaban un juicio escandaloso; los otros denunciaban al judaísmo internacional. Dreyfus fue finalmente indultado en 1899 y unos años después rehabilitado. Como explicó Joseph Reinach, uno de sus defensores, “no son más los hechos controlados los que establecen la convicción; es la convicción soberana e irresistible que distorsiona los hechos”.

El crimen era tan atroz que no requería de prueba alguna.

El caso tuvo repercusiones más allá de las fronteras francesas. Uno de los corresponsales de prensa extranjeros, Theodor Herzl –periodista, político y escritor judío nacido en el Imperio Austrohúngaro–, impresionado por la ola de antisemitismo que acompañó el proceso judicial, cambió sus ideas asimilacionistas por el fervor nacionalista judío. Consideró que era inútil intentar combatir al antisemitismo, y que la única solución para los judíos era crear un Estado propio fuera de Europa; un proyecto al que se abocó durante el resto de su vida. Se lo reconoce como el fundador del sionismo moderno.

Polanski no es el primer director en interesarse por el caso del capitán Dreyfus. Como escribió Diego Brodersen, “el cinematógrafo tenía apenas cuatro años de vida cuando Georges Méliès, poco antes de dar un vuelco a su carrera y convertirse en el primer mago del cine, rodó y presentó al público el drama de corte realista L'affaire Dreyfus (1899)”. Lo peculiar en el caso de Polanski, inspirado por la novela de Harris, es que la historia no se centra en Dreyfus (interpretado por Louis Garrel) sino en su colega, el teniente coronel Georges Picquart (Jean Dujardin), a quien descubrimos en la primera escena, cuando el capitán de artillería es degradado en el patio de armas de la Escuela Militar de Paris. Picquart asiste impávido a la degradación, e incluso se burla del condenado: “Luce como un sastre judío llorando por el oro perdido”, les señala a sus colegas. El comentario apunta a situar al oficial en el antisemitismo social, por llamarlo de alguna manera; ese antisemitismo de salón que ni siquiera es percibido como tal. Dreyfus clama a los soldados que están degradando a un inocente, y concluye vivando a Francia y al ejército francés. Del otro lado de las rejas del recinto militar, una muchedumbre furiosa reclama su muerte. Picquart es nombrado responsable del Servicio de Inteligencia militar, con la tarea de establecer la evidente culpabilidad de Dreyfus y cerrar el caso lo antes posible. La película se centra en esa investigación y en el dilema que sufre Picquart al descubrir la verdad, es decir, la conspiración contra Dreyfus, impulsada para proteger a los verdaderos culpables. Al final, las autoridades se ven forzadas a rehabilitar al capitán, aunque no completamente.

 

Jean Dujardin en el papel del teniente coronel Georges Picquart.

 

Por la misma época, de este lado del Atlántico, la Argentina no era inmune a las teorías conspirativas centradas en el peligro judío. Luego de que el Presidente Julio A. Roca impulsara en 1881 la inmigración de judíos rusos víctimas de la persecución zarista, La Nación publicó una advertencia indignada: “Traer oficial y artificialmente esta raza de hombres a nuestro suelo, con su constitución excéntrica de raza y de creencias, y aun de hábitos, es constituir un núcleo de población sin relación, sin incorporación, sin adherencia a la sociedad nacional que está formándose por la concurrencia de la inmigración extranjera que vive nuestra propia vida, y que se asimila por completo a nuestro mismo organismo”.

Ocho años más tarde llegaría a la Argentina la familia Gerchunoff, escapando de los pogroms rusos. El pequeño Alberto sería luego un periodista brillante y un escritor prolífico, además de un asiduo columnista de La Nación (desde 1907 hasta su muerte, en 1950). El pequeño inmigrante “de constitución excéntrica de raza y de creencias” se transformó en una de las plumas más célebres del diario que había denunciado su llegada.

Además del antisemitismo, la Argentina de principios del siglo XX padecía otra toxina social: el antipopulismo, muchas veces disfrazado de cruzada contra la corrupción. Como lo explica Ernesto Semán en su muy recomendable ensayo Breve historia del antipopulismo, en la Argentina el antipopulismo precedió al populismo. Es probablemente, hasta hoy, la fuerza política más persistente. Antes de la aparición del peronismo, el populismo estaba representado por el yrigoyenismo; fuente del odio tenaz de la extrema derecha de aquel entonces, que detestaba a don Hipólito Yrigoyen tanto o más que a la sinarquía internacional o a la chusma ultramarina (como Leopoldo Lugones calificaba a los inmigrantes españoles e italianos). Detrás de la denuncia contra la supuesta corrupción populista se escondía en realidad la alergia a la democracia electoral, impulsada a partir de 1912 por la Ley Sáenz Peña (mal llamada de sufragio universal, ya que sólo incluía a los electores varones). Para Lugones, “(el gobierno de Yrigoyen) da la prueba más concluyente contra el sufragio universal; desde que el mayor y mejor uso de dicho instrumento produce gobiernos cada vez peores. Efectivamente, la corrupción electoral es la que todo lo infesta”.

En el manifiesto de los golpistas que derrocaron al viejo líder radical el 6 de septiembre de 1930 se detallan los eternos tópicos del antipopulismo: “La inercia y la corrupción administrativa, la ausencia de justicia, la anarquía universitaria, la improvisación y el despilfarro en materia económica y financiera, el favoritismo deprimente como sistema burocrático, la politiquería como tarea primordial de gobierno, (...) el descrédito internacional (...) el abuso, el atropello, el fraude, el latrocinio y el crimen, son apenas un pálido reflejo de lo que ha tenido que soportar el país”. Golpistas que denunciaban el desprecio por las leyes, el atropello, el abuso y el fraude: una postal de época.

Matías G. Sánchez Sorondo, ministro del Interior del golpista general José Félix Uriburu, se refería al gobierno de Yrigoyen que acababan de derrocar como “una horda, un hampa, había acampado en las esferas oficiales y plantado en ellas sus tiendas de mercaderes, comprándolo y vendiéndolo todo, desde lo más sagrado hasta el honor de la Patria”. No existiendo todavía el peronismo, las hordas de ladrones eran necesariamente radicales.

A partir de 1945, con la irrupción de Juan Domingo Perón como líder popular, el antipopulismo devino antiperonismo, y a partir del 2003, circunstancialmente antikirchnerismo. En Reflexiones sobre la cuestión judía, Jean-Paul Sartre escribió “si el judío no existiera, el antisemita lo inventaría”. Podemos afirmar algo similar sobre el antikirchnerista (la última expresión, por ahora, del antipopulismo). Su odio hacia el kirchnerismo y hacia todo aquello que –según su mente afiebrada– representa el kirchnerismo (una ensalada rusa conceptual que incluye desde los derechos humanos hasta el feminismo, pasando por los sindicatos, el CONICET o el cine nacional) le da sentido a su vida. Como el antisemita odia a los judíos por controlar las finanzas mundiales, a la vez que los detesta por impulsar el marxismo; el antikirchnerista detesta al kirchnerismo por empobrecer a la población, a la vez que lo denuncia por mantener a esa misma población en un nivel de consumo insostenible. Los odiadores suelen estar más enemistados con el discurso lógico que con quienes afirman odiar.

 

Bolsas mortuorias en la reja de Casa Rosada, en 2021.

 

“Probé la droga del antikirchnerismo rabioso, pero un día la dejé”, afirmó en 2023 Pablo Avelluto, ex ministro de Cultura del gobierno de Cambiemos, que critica el apoyo del PRO a Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa. El antikirchnerismo es sin duda adictivo. Permite eludir el debate de ideas y reemplazarlo por el moralismo selectivo y el agravio personal. No hay forma de combatir ese antikirchnerismo desde el discurso lógico, ya que tiene más que ver con sensaciones y prejuicios que con ideas. Ocurre lo mismo con el antisemitismo, que oculta el prejuicio detrás de hechos tan escalofriantes como imaginarios. Es por eso que el antikirchnerismo no es comparable al kirchnerismo. Éste es un proyecto político –criticable como cualquier proyecto político– que incluye aspectos diversos referidos a la ampliación de derechos, al desarrollo con inclusión o al empoderamiento de las mayorías. Las herramientas pueden variar –desde las vacaciones pagas, el aguinaldo o la patria potestad compartida impulsados por Perón en los años ‘40, hasta la AUH, las moratorias previsionales o el Plan Conectar Igualdad, establecidas seis décadas más tarde por Néstor Kirchner y CFK– pero el horizonte es el mismo. El antipopulismo, antiperonismo o antikirchnerismo –según la época– es un odio en busca de argumentos.

Un odio que debemos rechazar de plano, sin perder el tiempo en debatir con quienes todavía están bajo los efectos de la droga que denuncia Avelluto. Con el odio no hay términos medios, ni mesa de diálogo posible. No hay tampoco posiciones que debemos acercar, formas que deberíamos revisar para intentar atenuarlo. El odio es responsabilidad de quien odia, no de quien es odiado. De un lado hay un proyecto de país, del otro un plan de demolición.

Nunca fue tan fácil elegir.

 

 

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