"Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca"
Jorge Luis Borges
Hay quienes creen que una librería es un comercio. Entran, comparan precios, compran un libro y se van. Pero una librería nunca fue solamente eso.
Es uno de los pocos lugares donde todavía puede ocurrir algo que el mercado no sabe producir: una conversación. Allí un librero recuerda qué novela nos conmovió hace meses; nos acerca un poeta que jamás hubiéramos buscado por nuestra cuenta; nos contradice, nos sorprende. Un buen librero no vende libros. Forma lectores. Por eso una librería es también una pequeña escuela de ciudadanía.
Es un lugar donde se encuentran generaciones distintas; donde un docente busca lecturas para sus alumnos; donde una biblioteca arma su colección; donde un escritor presenta su obra; donde un lector vuelve porque sabe que encontrará mucho más que un producto: encontrará una conversación.
Las leyes 25.542 y 25.446 nacieron para proteger esa conversación. No protegen solamente un libro, protegen la ecología de la lectura.
Llamo ecología de la lectura al entramado de relaciones que hace posible que un libro exista mucho antes de llegar a las manos de un lector. Un ecosistema donde conviven escritores, traductores, ilustradores, correctores, imprentas, distribuidoras, editoriales, librerías, bibliotecas populares, docentes, escuelas y lectores. Ninguno alcanza por sí solo para sostenerlo. Como ocurre en un bosque, la vida depende de la diversidad y del equilibrio entre todas sus partes.
Las leyes que hoy se pretenden derogar no protegen un objeto. Protegen ese ecosistema.
El Estado no fija el precio de los libros. Lo fijan libremente las editoriales o los importadores. Lo único que garantiza la ley es que ese precio sea el mismo en todo el territorio nacional durante un tiempo determinado, impidiendo que los grandes operadores comerciales utilicen descuentos imposibles de sostener para expulsar a las librerías independientes del mercado. No es una regulación del precio, es una protección de la diversidad.
Toda ecología necesita diversidad. Los monocultivos pueden ser eficientes, pero empobrecen la tierra. También existe un monocultivo cultural: aquel donde unos pocos grupos económicos deciden qué se publica, qué se distribuye, qué se exhibe y, finalmente, qué se lee. La oferta parece infinita, pero las voces terminan siendo cada vez menos.
La experiencia internacional invita, al menos, a la prudencia. Cuando el Reino Unido abandonó su histórico sistema de precio fijo del libro, en el año 1995, algunos best sellers bajaron de precio, pero también desaparecieron centenares de librerías independientes y el mercado quedó crecientemente concentrado en grandes cadenas. No por casualidad, Francia, Alemania, España, Italia, Portugal, Japón y Corea del Sur mantienen leyes similares. Comprendieron que un libro no es solamente una mercancía. Es un bien cultural.
Pero incluso esa discusión económica deja afuera lo más importante. Una librería produce vínculos entre un librero y un lector, entre una escuela y su barrio, entre una biblioteca y su comunidad, entre un escritor desconocido y su primer lector, entre un libro y otro. Esos vínculos no aparecen en ninguna planilla de cálculo.
El neoliberalismo posee una extraordinaria capacidad para calcular el precio de las cosas y una enorme dificultad para comprender el valor de los vínculos. Por eso supone que una librería puede ser reemplazada por una plataforma, pero una plataforma no conversa, solo clasifica, ordena, predice.
Mientras un librero recomienda desde la experiencia de la lectura, un algoritmo recomienda desde la probabilidad estadística de una compra. El primero puede cambiarnos la vida. El segundo confirma nuestros hábitos.
No se trata de salvar solamente librerías por nostalgia. Se trata de salvar libros, que no son negocio. Si dejamos que solo el algoritmo decida, en 10 años vamos a tener todos los best sellers del mundo y nada más. Sin librerías y sin reglas, la cultura se vuelve monocultivo.
Cuando una plataforma concentra la venta de libros, no solo cambia la forma de comprar; también influye en qué libros circulan, cuáles permanecen disponibles y qué voces llegan a los lectores.
Y allí aparece una paradoja de nuestro tiempo: mientras la inteligencia artificial empieza a intervenir en la escritura y en el lenguaje, las grandes plataformas administran cada vez más aquello que leemos. El circuito amenaza con cerrarse sobre sí mismo: una inteligencia artificial escribe, otra recomienda, una plataforma distribuye y un algoritmo decide qué leeremos primero. Creemos elegir, cuando muchas veces simplemente aceptamos el orden que alguien decidió por nosotros. Eso no amplía necesariamente nuestra libertad; puede reducirla silenciosamente.
La Argentina construyó una de las culturas del libro más importantes de América Latina, con una tradición propia que sumó la llegada de los exiliados de la Guerra Civil española, fortaleciendo y ampliando nuestra industria editorial. Crecieron editoriales independientes, bibliotecas populares y librerías que hicieron del libro una experiencia cotidiana. En ese ecosistema pudieron surgir Borges, Marechal, Marcelo Figueras, Rodolfo Walsh, Saer, Piglia, Horacio González, Martínez Estrada; también Alejandra Pizarnik, Silvina Ocampo, Olga Orozco, Sara Gallardo, Libertad Demitrópulos, María Elena Walsh, Griselda Gambaro, y más noveles como Mercedes Halfon o Alejandro Caravario, y tantas otras plumas nacionales e internacionales.
Nadie de esa mención apareció por generación espontánea. Fueron posibles porque existía una comunidad que formaba lectores antes que consumidores.
Cada librería que baja su persiana rompe un hilo de esa trama. Sobre todo, en ciudades que tienen librerías diseminadas en sus barrios, generando un amplio territorio de referencias culturales. Y cuando los hilos se rompen, el tejido comienza a deshacerse.
En 1976 los libros fueron perseguidos mediante la censura, las prohibiciones y las hogueras. La democracia terminó con esos métodos. Pero las amenazas contra la cultura pueden adoptar otras formas. Ya no hace falta prohibir un libro si se vuelven inviables las librerías que lo venden, las editoriales que lo publican o los espacios donde encuentra a sus lectores. Los mecanismos cambian. El empobrecimiento cultural puede llegar sin estridencias, como llegan los procesos de degradación ambiental: lentamente, casi sin que lo advirtamos.
Los ecosistemas no suelen morir de un día para otro; se degradan, y para cuando finalmente comprendemos lo que hemos perdido, suele ser demasiado tarde para reconstruirlos.
Con la cultura ocurre exactamente lo mismo: derogar una ley lleva apenas unas horas. Construir una ecología de la lectura demanda generaciones. Esa es la verdadera discusión; no estamos debatiendo solamente el precio de un libro, sino que estamos decidiendo si queremos una sociedad que forme lectores o un mercado que administre consumidores.
Una librería es uno de los pocos lugares donde una sociedad todavía aprende a leerse a sí misma; en ellas aún existe la posibilidad de seguir conversando y generando comunidad.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí