La economía atada

Enfoques distintos para el problema argentino

Caputo y el presidente del Banco Mundial, más deuda para pagar la deuda.

 

La economía argentina gira sobre un eje conocido: faltan dólares, vencen pagos y la respuesta es conseguir más deuda para sostener el esquema. Mientras tanto, el mundo encarece la energía, presiona sobre los costos y empieza a filtrar inflación hacia adentro. En ese cruce —entre un frente externo cada vez más exigente y una estructura interna que ya venía tensionada—, el gobierno administra urgencias. Del otro lado, aparece otra lógica: intervenir para desacoplar precios, capturar renta extraordinaria y amortiguar el impacto. La diferencia no es menor. No se trata de si el shock llega. Llega. Se trata de cómo entra y quién lo termina pagando.

 

 

Tercer ciclo de endeudamiento

No hay dólares para pagar la deuda y la respuesta que eligió el gobierno está a la vista: tomar más deuda para poder pagarla.

No hay discusión sobre una reestructuración, no hay intento de revisar la lógica del problema, no hay debate sobre cómo salir del esquema. La decisión es otra: refinanciar tomando más deuda, pagar tomando más deuda, sostener el sistema tal como está, aunque eso implique profundizarlo.

El primer objetivo es inmediato. El 9 de julio vencen unos 4.400 millones de dólares de capital e intereses de los bonos Bonares y Globales. Ese pago es una prueba. El gobierno necesita cumplir, no sólo por el monto; necesita enviar una señal a los fondos de inversión, mostrar que la Argentina paga, que no discute, que sigue dentro del circuito.

Pero ese pago es apenas la antesala. El verdadero problema está más adelante. En 2027 aparece la muralla: un bloque de vencimientos en moneda extranjera por unos 33.100 millones de dólares que incluye bonos hard dollar, cancelaciones de Bopreal, pagos al FMI, obligaciones con organismos multilaterales y el crédito REPO con bancos internacionales. Todo concentrado en un mismo horizonte.

En ese contexto se entiende la jugada que está en marcha. No es la única herramienta, pero es la que hoy se impone. Otras no alcanzaron. Los llamados “argendólares” aportan poco. Con las licitaciones de los bonos en dólares, el Tesoro juntó 1.050 millones de dólares. La deuda corporativa que sumó 8.000 millones de dólares desde las elecciones tampoco resolvió mucho. Y los dólares del campo y el petróleo tampoco alcanzan. Nada de todo eso genera una señal de solvencia duradera.

Entonces aparece esta ingeniería. La antesala al tercer ciclo de endeudamiento. Conseguir avales de organismos internacionales para poder emitir deuda en el mercado global. Usar deuda más barata como garantía para tomar deuda más grande. Ese es el mecanismo.

Los números son concretos. Unos 1.000 millones de dólares del FMI, tras la aprobación de la revisión pendiente; otros 2.000 millones del Banco Mundial, y cerca de 1.000 millones de dólares adicionales de la CAF y el BID. Esos fondos no son para gastar, son respaldo. Funcionan como colateral. La idea es utilizarlos para emitir entre 8.000 y 10.000 millones en Wall Street.

El ministro de Economía, Luis Caputo, fue a Washington a ordenar ese esquema. Se reunió con Ajay Banga, presidente del Banco Mundial en el marco de las reuniones de primavera del FMI y el Banco Mundial. Banga llegó al cargo impulsado por Joe Biden, pero hoy se mueve dentro de la lógica política que ordena Donald Trump, que habilita estos respaldos para países alineados. 

La lógica de la operación es conocida: apalancar deuda con más deuda, poner a los organismos multilaterales como garantía para convencer a los inversores privados. 

Caputo ya intentó algo parecido. A mediados del año pasado, después de recibir un respaldo del Tesoro de Estados Unidos por 20.000 millones de dólares, buscó conseguir una suma similar para recomprar deuda. El esquema dependía del ingreso de bancos privados; los bancos pidieron garantías del propio Tesoro norteamericano; Scott Bessent se negó, y el plan fracasó.

Los 20.000 millones de dólares prometidos por el Tesoro estadounidense se transformaron en nada; la promesa se evaporó y la carroza volvió a ser calabaza. Bessent ejecutó su propia jugada: apostó 2.000 millones de dólares contra la devaluación. Aprovechó la tasa en pesos y en pocos días se llevó más dólares, una operación de mercado simple y eficaz. 

Para poder emitir en el mercado internacional, el gobierno necesita bajar el riesgo país a la zona de los 370 puntos básicos. Ese nivel permitiría colocar un bono a diez años con una tasa menor al 9%. Hoy, el bono del Tesoro norteamericano rinde 4,3% anual. La Argentina debería pagar casi el doble. Aun así, sería una tasa considerada accesible. Ecuador emitió en enero deuda por 4.000 millones de dólares con vencimientos en 2034 y 2039 a una tasa promedio de 8,9%. 

Pero hay un problema estructural. Incrementar la deuda con organismos multilaterales no necesariamente mejora el precio de los bonos. Esos organismos son acreedores privilegiados; cobran primero siempre. Ya ocurrió entre 2001 y 2005. Mientras el país estaba en default, ellos siguieron cobrando en tiempo y forma. Para los acreedores privados, eso implica mayor riesgo, compiten en desventaja.

Ese dilema impacta directamente en la tasa que puede conseguir la Argentina y también explica tensiones internas. El último intento de emitir deuda fue frenado por Javier Milei. El Presidente rechazó convalidar una tasa superior al 9%. La decisión derivó en la renuncia del secretario de Finanzas, Alejandro Lew. En su lugar asumió Federico Furiase, con una tarea concreta: conseguir financiamiento más barato bajo la presión de Caputo, con un mercado que todavía no confía y con un país que necesita dólares de manera urgente.

Pero el problema no se agota en el acceso al crédito externo. También empieza a cerrarse el frente doméstico. Para hacerse de los dólares que compra el Banco Central en el mercado único y libre de cambios, el Tesoro necesita pesos. Y esos pesos empiezan a faltar. La caída de la recaudación, sumada a un ajuste que compromete partidas sensibles y desarma circuitos de gasto, achica al máximo el margen fiscal. Sin excedente en pesos, el Tesoro no puede comprarle dólares al Central. Y sin esos dólares, tampoco puede garantizar los pagos de la deuda.

El ajuste llegó a un punto crítico, se agotó, y la estructura del Estado empieza a crujir. En ese contexto, el financiamiento externo no es sólo una herramienta financiera, es una condición para sostener el funcionamiento básico. El acuerdo con el FMI lo deja por escrito. Habla de una “estrategia integral” para refinanciar obligaciones cambiarias. Incluye emisión continua de deuda en dólares, venta de activos estatales, operaciones de recompra con bancos centrales y préstamos externos respaldados por organismos internacionales. El objetivo evidente es recuperar el acceso a los mercados internacionales de capitales.

El endeudamiento existe por necesidad del acreedor. La liquidez del sistema busca dónde colocarse para generar rentabilidad. Y la deuda soberana es uno de sus canales preferidos. Ahí encuentra tasas, comisiones, refinanciaciones, un flujo constante. Por eso la lógica del acreedor es que no se corte el circuito, que cada ciclo sume intereses, recargos y nuevas condiciones. 

Los números del Fondo muestran la dimensión del problema. La deuda con el FMI alcanzó los 58.250 millones de dólares, desde un stock inicial de 44.000 millones en diciembre del 2023. Un aumento del 32%. 

Ese aumento se explica por el nuevo programa firmado en abril de 2025. El acuerdo contempla 20.000 millones de dólares. Hasta ahora ingresaron más de 14.000 millones de dólares; en abril de 2025 se desembolsaron 12.396; en agosto, otros 2.073 millones, y recientemente se aprobó un nuevo giro de 1.000 millones de dólares.

La Argentina sigue siendo el principal deudor del Fondo. Acumula unos 43.000 millones de DEG (derechos especiales de giro), lo que representa cerca del 34,5% de la cartera total del organismo.

El frente de las reservas es igualmente delicado. Acumular dólares es un imperativo, pero si esos dólares se destinan a pagar deuda, la mejora es ilusoria. No cambia la posición estructural del Banco Central, sólo maquilla el balance. Si el gobierno logra financiarse, podría evitar ese drenaje. Porque el contexto internacional complica todo: la guerra en Medio Oriente encareció los hidrocarburos, suben los costos y aumenta la presión inflacionaria global. Los bancos centrales responden subiendo tasas de interés. La Reserva Federal lidera ese movimiento.

Cuando suben las tasas en Estados Unidos, los países más dependientes de dólares son los primeros en sufrir. Es un patrón conocido: ocurrió en 2018. La suba de tasas global fogoneó la crisis en la Argentina y precipitó el regreso al FMI.

 

 

Inflación importada

Lo que muestran los números de marzo no es solo una inflación que sigue corriendo, es algo más complejo: sobre una estructura que ya venía cargada, se monta mayor presión.

La inflación argentina no arranca de cero, sino que llega a este momento con una dinámica propia. Es una inflación estructural con un componente inercial fuerte, pero con una raíz más profunda: una economía bimonetaria que no fija sus precios en moneda propia, que exporta e importa en dólares y organiza su sistema de precios mirando esa referencia externa.

Ahí se cruzan varias tensiones: tarifas dolarizadas, energía como costo sistémico y fuga de capitales que presiona sobre el tipo de cambio. Todo eso configura una inflación multicausal, persistente, imposible de desarmar solo con política monetaria.

Sobre esa estructura, la guerra funciona como un amplificador. Crea nueva inflación y potencia la existente. La suba del petróleo, los costos logísticos, los insumos difundidos, todo eso empieza a filtrarse desde abajo hacia arriba. Primero en costos, después en precios.

Eso es lo que empieza a verse en los datos. Esto se observa tanto en el Índice de Precios al Consumidor (IPC) nacional como en el índice mayorista con mayor claridad. El Índice de Precios Internos al por Mayor (IPIM), publicado por el INDEC el jueves pasado, marcó en marzo un 3,4%. Es la suba más alta desde septiembre y coincide con el IPC. Pero no es una coincidencia inocente. El IPIM mide otra cosa, tiene más bienes transables, más exposición al dólar y al mundo. Por eso funciona como una señal adelantada. Lo que aparece ahí suele trasladarse, con rezago, al consumidor.

Hace un mes, Javier Milei había usado ese índice para validar su programa. Cuando marcó 1%, dijo que anticipaba una desaceleración. Hoy el mismo indicador marca 3,4% y la lógica se vuelve incómoda: si anticipa, lo que está anticipando ahora no es una baja.

La respuesta oficial fue reencuadrar el dato. Javier Milei dejó claro que no está dispuesto a revisar su marco teórico. La inflación es un fenómeno monetario y en algún momento va a colapsar, en más o menos 26 meses calendario libertario. Por eso, en el extremo más fiel a su libreto, dijo que lo que padecemos “no es inflación estrictamente”, sino un salto de precios relativos: carne, educación, combustibles. 

La lógica libertaria tiene, una vez más, un reflejo demasiado nítido en el espejo de la historia económica argentina. En 1979, con la inflación desbordada, José Alfredo Martínez de Hoz decidió publicar un índice sin carne. La iniciativa se implementó en julio de 1979, cuando la suba de precios se había vuelto inmanejable para la dictadura y la carne acumulaba incrementos cercanos al 300% anual. En ese contexto, se difundieron en paralelo dos indicadores: el del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) y otro que no contemplaba las carnes rojas ni sus derivados. Mientras la inflación acumulada en los primeros ocho meses del año alcanzaba el 95,7%, el índice “sin carne” arrojaba un 85,8%.

Actualmente, ya en abril del 2026, los alimentos muestran una moderación en el promedio. No porque hayan dejado de subir, sino porque las subas de algunos productos se compensaron con bajas en otros. Es un equilibrio estadístico que sostiene el índice, pero que no implica una mejora real en los bolsillos. Ese comportamiento tiende a aplanar el dato general. Le quita dramatismo al número final, pero al mismo tiempo oculta dónde se está gestando la verdadera presión inflacionaria. Y ahí es donde los combustibles juegan un papel distinto, porque no funcionan como los alimentos. No compensan, se trasladan, impactan en la logística, en el transporte, en las tarifas y en la producción. En cada eslabón de la cadena. Por eso no solo suben, se multiplican. Y en ese efecto multiplicador es donde empieza a tomar forma la inflación que viene. La inflación importada entra por ahí. No como un shock visible en la góndola, sino como una presión que se acumula en la estructura de costos, y cuando emerge, ya está distribuida en toda la economía.

El mundo está viendo lo mismo. La directora del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, advirtió que el conflicto en Medio Oriente ya está empujando la inflación global y desacelerando el crecimiento. El organismo advierte que el shock energético puede agravarse si el conflicto se prolonga y anticipa una suba inflacionaria de escala mundial. Lo cierto es que abundan los indicios. 

El petróleo volvió a niveles cercanos o superiores a los 100 dólares. El sistema energético global está tensionado. El estrecho de Ormuz, una arteria clave del comercio mundial, está afectado. 

Los gobiernos están actuando con intensidad. Más de 40 países tomaron medidas de contingencia, intervienen precios, subsidian. España redujo el IVA de los combustibles; India recortó impuestos especiales; Vietnam eliminó aranceles; Corea del Sur fijó techos para evitar saltos bruscos; Japón volcó recursos fiscales para sostener el precio de la nafta; Malasia multiplicó su gasto en subsidios; Polonia congeló tarifas eléctricas; la Unión Europea grava las ganancias extraordinarias de petroleras para redistribuir; Singapur subsidia empresas; Filipinas financia el transporte público; Italia compensa ingresos vía beneficios energéticos. El patrón es claro. El mundo está interviniendo de manera masiva frente al shock energético. En ese contexto, lo que hizo la Argentina luce, como mínimo, modesto. Más frío que tibio. Después de un aumento del 23% en surtidores, el gobierno hizo uso de YPF para postergar subas por 45 días.  Al mismo tiempo, se difirió la actualización del impuesto a los combustibles líquidos (ICL). También se administró el componente de biocombustibles. Intervenciones puntuales, de bajo alcance.

La comparación es inevitable. Mientras el mundo despliega paquetes fiscales, controles y subsidios para frenar el traslado a precios, la Argentina aplica un esquema acotado como si el problema fuera transitorio. Pero los datos dicen otra cosa. Muestran que el shock ya empezó a entrar. Que ya se está filtrando en la estructura de costos. Y que se monta sobre una inflación que no estaba resuelta.

 

 

Cómo afrontar un shock externo

Frente a un shock externo hay dos caminos. El primero es aceptar que los precios internacionales “vienen dados”, aplicar alguna medida paliativa (congelar un tramo, postergar un ajuste, intervenir de forma puntual) y dejar que el resto se traslade. El segundo es más exigente: asumir que ese shock existe, pero decidir cómo entra a la economía local, por dónde circula y quién lo paga.

El proyecto que presentó Máximo Kirchner se ubica en ese segundo camino. No intenta negar la suba del petróleo, ni la presión sobre los alimentos o los fertilizantes, sino que parte de ahí. Sin embargo, construye un esquema para amortiguar ese impacto, desacoplar precios internos y redistribuir la renta extraordinaria que genera el propio shock. El punto de partida es concreto. La declaración de emergencia en energía, alimentos e insumos críticos por doce meses, prorrogables. No es una fórmula abierta. Identifica los canales precisos de transmisión: tarifas, canasta básica y costos productivos. A partir de ahí, el proyecto ordena una serie de instrumentos que funcionan como un sistema; no son medidas aisladas, tienen una lógica común: evitar que la suba internacional se convierta automáticamente en inflación doméstica.

En energía, eso se traduce en una herramienta central: la posibilidad de modular el traslado de precios mayoristas a tarifas finales. Escalonar, diferir, poner topes trimestrales. No eliminar el ajuste, sino administrarlo en el tiempo. 

Esa decisión se complementa con otra más sensible: la posibilidad de intervenir sobre exportaciones de hidrocarburos ante riesgos concretos de desabastecimiento o distorsión de precios internos. No como regla permanente, sino como instrumento transitorio y documentado. 

El eje más importante es el financiero. El Fondo Anticíclico de Emergencia Energética. Ahí aparece la diferencia de enfoque. En lugar de dejar que la suba del petróleo derrame hacia adentro como inflación, el proyecto propone capturar la renta extraordinaria mediante derechos de exportación móviles sobre el excedente de precio. Ese fondo tiene destinos definidos: subsidio al gasoil agropecuario, estabilización de combustibles, financiamiento de fertilizantes, cobertura para productores y acumulación de reservas. Es un circuito cerrado. La renta que genera el shock no se pierde ni se traslada linealmente. Se capta y se redistribuye hacia los puntos donde el impacto sería más fuerte: costos productivos, precios finales y equilibrio externo.

En alimentos, el esquema replica esa lógica. Se declaran críticos los bienes de la canasta básica y se habilitan herramientas para sostener el abastecimiento y evitar saltos de precios: reducción de costos logísticos, acuerdos público-privados y fideicomisos para productos sensibles. A eso se suma un sistema de información de costos y márgenes en toda la cadena alimentaria. No como sanción, sino como instrumento de monitoreo. Saber dónde se generan los aumentos es parte de la política de precios. 

El refuerzo a la Asignación Universal por Hijo completa ese bloque. Un aumento de al menos 30%, actualizado bimestralmente. Es la forma directa de compensar el impacto del shock en el consumo básico. 

En fertilizantes, el proyecto identifica una vulnerabilidad estructural: la dependencia importada. Y responde con tres herramientas: crédito subsidiado para compra anticipada, compra estatal centralizada para mejorar precios y un plan para ampliar la producción local de urea. 

El enfoque es claro: no sólo amortiguar el shock, sino reducir la dependencia que lo amplifica.

El capítulo agropecuario suma cobertura financiera: subsidio a instrumentos de cobertura de precios para productores y monitoreo del riesgo crediticio por parte del Banco Central. 

En un contexto de alta volatilidad, el problema no es sólo el precio. Es la incertidumbre. Este esquema apunta a estabilizar ingresos y evitar efectos en cadena.

El cierre institucional también es parte del diseño. Informes bimestrales al Congreso sobre precios, reservas, impacto fiscal y funcionamiento del fondo. No sólo intervención, también seguimiento. 

La diferencia con las respuestas habituales es de enfoque. No se trata de una medida puntual para contener un precio o ganar tiempo. Es una política integral que actúa sobre toda la cadena: desde la renta que genera el shock hasta el precio que paga el consumidor.

En una economía como la argentina, donde los shocks externos suelen traducirse en inflación rápida y caída del salario, la discusión no es si el impacto llega. Llega. La discusión es cómo. Este proyecto ensaya una respuesta: que no llegue de golpe, que no llegue completo y que no lo paguen siempre los mismos.

 

 

 

 

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